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04 febrero 2026

Fotos de familia.


C
uando era adolescente me encantaba pasar los sábados con mis abuelos. Mis padres trabajaban, y mi enervante hermano pequeño se quedaba en casa de mis tíos con mis también insufribles primos, así que estábamos los tres solos. Comíamos juntos, y les escuchaba hablar sobre los últimos cotilleos del barrio o comentar alguna noticia del telediario que zumbaba en la televisión.

  Yo por aquel entonces era poco hablador y apenas participaba en la conversación, anhelando que terminase la comida para irme a la habitación que había sido de mi tía y que yo había redecorado y utilizaba como refugio aquellas agradables tardes. Mientras el abuelo roncaba en el sofá y la abuela se sumergía en el argumento de algún telefilme cutre basado en hechos reales yo pasaba las horas jugando a la videoconsola, leyendo cómics y haciéndome alguna que otra paja.

   Como la habitación tenía pestillo no tenía que preocuparme por ser sorprendido con las manos en la masa, así que me recreaba, mucho más relajado que en cualquier otro lugar. A veces incluso me desnudaba por completo, tumbándome sobre la colcha que la abuela mantenía siempre suave y fragante. Por aquellos tiempos no era tan fácil conseguir pornografía cómo hoy en día, y a no ser que algún compañero de clase me prestase con extrema discreción una revista guarra o una cinta de vídeo con alguna peli porno grabada del Canal Plus, mi material masturbatorio se limitaba a catálogos de lencería, revistas de moda o las pantorrillas de alguna presentadora de la tele. Pero de vez en cuando los abuelos salían después de comer, a cumplir con algún compromiso social o simplemente a dar un paseo, dejándome solo, y entonces la cosa cambiaba.

   Salía de mi refugio, a veces sin pantalones, y buscaba cualquier cosa que pudiese estimularme sexualmente, cosa que por aquel entonces era bastante fácil pues me ponía cachondo hasta con los maniquíes de los escaparates. Mi primera parada solía ser la habitación de mis abuelos, concretamente los cajones donde la señora de la casa, la cual tocaba con mucho cuidado, fascinado por su tacto y por su olor a lavanda. En el último cajón había algunas prendas particularmente provocativas para una mujer de 68 años, aunque aparentase menos y todavía fuese una mujer enérgica y atractiva, entre las que destacaba un salto de cama transparente adornado con encajes y cintas rojas.

   Otra de mis fuentes de alimento erótico eran los numerosos álbumes de fotos que mis abuelos tenían en la sala de estar. Mi abuelo siempre había sido muy aficionado a la fotografía, y nunca desaprovechaba la ocasión de echarse al rostro su cámara. En aquellas gruesas páginas protegidas por plástico transparente buceaba buscando alguna imagen que pudiese hacerme llegar al clímax o al menos dejarme en las cercanías. Me encantaban las fotos de bodas, bautizos y comuniones, todo un festín de piernas con elegantes medias, vertiginosos tacones, generosos escotes y sonrientes rostros maquillados. No me incomodaba que aquellas mujeres fuesen mis tías, primas, mi madre o mi abuela; en mis fantasías no existían los tabúes, y simplemente disfrutaba contemplando sus cuerpos hermosos y sensuales dejando que mi imaginación añadiese lo que la tela no dejaba ver.

   Cierto día, ojeando uno de los álbumes menos frecuentados por mis lujuriosas manos me topé con una foto que hasta entonces me había pasado inadvertida: en ella aparecía mi tía, la hermana mayor de mi madre, con unos veinte años, vestida con una minifalda tejana y sentada con las piernas cruzadas en el banco de un parque. El descubrimiento merecía sin duda una buena corrida, así que me encerré con el álbum en el cuarto de baño, lo coloqué cuidadosamente sobre el lavabo y comencé a tocarme mirando los rollizos muslos de mi tita. Cuando estaba a punto de correrme hice un movimiento brusco con la mano y el álbum cayó al suelo, rebotando con una de sus esquinas. El impacto hizo salir despedida una foto antigua que se encontraba oculta en el forro de la cubierta. Me agaché, rezando para que la cubierta no se hubiese dañado, y me acerqué al rostro la foto oculta.

05 junio 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 08.

  Poco después de la puesta de sol, los potentes focos que iluminaban la arena de El Coliseum se encendieron, provocando gritos de júbilo e impaciencia en las miles de personas que miraban desde las gradas.

   El enorme edificio circular, adornado con arcos y columnas de mármol  y majestuosas esculturas, parecía llevar allí miles de años. En realidad tenía poco más de un siglo. Uno de los primeros alcaldes de la ciudad, un extravagante multimillonario, lo había mandado construir, pagándolo con su propia fortuna, y nadie sabía el motivo. Después de su muerte, el monumento quedó abandonado y las bandas se lo apropiaron para celebrar sus populares combates entre líderes.

   En el palco principal, flanqueado por una colosal diosa desnuda con una lanza y un dios de falo erecto que empuñaba una maza, se sentaban los líderes y principales lugartenientes de las bandas, mezclados con personajes poderosos de la ciudad. Empresarios, banqueros, deportistas, modelos, jueces, e incluso el alcalde, conversaban animadamente, comían, bebían y flirteaban. Además de para ver el combate, muchos acudían para participar en el jolgorio que se extendía por las gradas, donde abundaba el alcohol, las drogas y los cuerpos con poca ropa.

   Sentado cerca de un fiscal se encontraba el comisario Graywood, observando con el ceño fruncido cuanto le rodeaba y con una severa mirada en sus ojos grises. En teoría, los combates de El Coliseum eran ilegales, pero para la policía era más fácil hacer la vista gorda, e incluso acudir al evento, que intentar acabar con una tradición tan arraigada entre los criminales de la ciudad. Miró por enésima vez el asiento vacío entre el suyo y el de Tarsis Voregan. 

   —Parece que nuestra vaquita se retrasa —dijo el líder de los Toros de Hierro, mirando al comisario con su habitual sonrisa irónica.

   Graywood detestaba a aquel presuntuoso delincuente de melena rubia, detestaba que fuese amante de su hija y detestaba que la llamase "vaquita". 

   —Nunca ha sido demasiado puntual —afirmó el comisario, sin mirar siquiera a Voregan.

   —Me ha sorprendido verle aquí —dijo Tarsis—. Su hija dice que no le gustan estos combates.

   —No pensaba venir, pero no me agradaba la idea de que Darla estuviese sola entre tanta gentuza.

   —¡Ja, ja, ja! Así que está aquí por amor paterno, ¿eh?

   El veterano policía clavó sus duros ojos en los del Toro. No le gustaba el tono malicioso en el que había pronunciado la última frase. ¿Acaso Darla le había hablado de los encuentros incestuosos que mantenían desde hacía años? Prefirió pensar que su hija era demasiado inteligente para eso, soltó un gruñido de asentimiento y apartó la vista del arrogante joven.

   —No se preocupe, comisario. Nuestra vaquita sabe cuidarse sola.



      Situados en amplios pasajes subterráneos , los vestuarios de El Coliseum eran sombríos y silenciosos. Allí apenas llegaba el alboroto del exterior, y Laszlo Montesoro lo agradecía. Estaba sentado en un banco de madera, realizando ejercicios de respiración para concentrarse. Estaba ansioso por combatir; deseaba la victoria más de lo que nunca había deseado nada. Y Kuokegaros, el dios primitivo cuyo poder le llenaba las venas con un calor sobrenatural, estaba impaciente.

   En aquellas estancias de paredes rocosas solo se permitía la entrada a los líderes, a sus lugartenientes, y a uno de los numerosos árbitros que supervisaban la contienda, para comprobar que los luchadores no llevasen armas ocultas, algo improbable ya que combatían casi desnudos. A el líder de los Pumas Voladores no le había agradado en absoluto que aquel tipo con camiseta a rayas blancas y negras le metiese un dedo enfundado en látex por el culo, pero era parte de las normas. Se había adoptado esa medida quince años atrás, cuando la entonces líder de los Murciélagos Dorados había degollado a su adversario con una navaja automática que ocultaba dentro de su vagina. Desde ese día, la inspección de orificios corporales era obligatoria.

   Koudou se encontraba a escasos metros de su líder, apoyado en el muro y fumando con expresión inescrutable. Loup Makoa, la cuarta persona en la estancia, miró a Laszlo con una sonrisa burlona mientras este se subía los cortos calzones que llevaría en la arena, mitad negros y mitad púrpura.

   —¿No me digas que no te ha gustado aunque sea solo un poco,  jefe?

   —Cállate, Makoa —gruñó el líder.

   —Todo en orden —dijo el árbitro en tono solemne. Se quitó el guante y lo arrojó a una papelera —. Dentro de diez minutos pronunciarán tu nombre por los altavoces y saldrás a la arena. 

   Laszlo miró al guerrero negro, quien asintió con gesto grave. Era la muestra de apoyo más efusiva que obtendría del siempre adusto Koudou. Loup Makoa, en cambio, le dio un largo abrazo y un beso en la mejilla.

   —Suerte, jefe. Haz que esa enorme zorra pida clemencia.

   Era lo único en lo que pensaba. Durante los dos días que había pasado en casa de Biluva, alternando sesiones de sexo salvaje para apaciguar su ánimo exaltado y ejercicios de meditación, no pensaba en otra cosa que en humillar a La Capitana delante de toda la ciudad. Casi no se acordaba de lo que supondría la victoria o la derrota, de la libertad de Ninette o del futuro de Los Pumas Voladores. Solo pensaba en ganar.

20 septiembre 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (27)


  Entre pitos y flautas (nunca mejor dicho), cuando llegué a la parcela se acercaba la hora de comer. Bajé del Land-Rover en mangas de camisa y respiré el agradable aire campestre, la acogedora atmósfera de aquel atemporal microcosmos que se había convertido en mi hogar sin que casi me diese cuenta. Animado por la inusual temperatura, me quité la camisa mientras me acercaba al porche, donde encontré sentada a mi madre.
  Recibió mi desaliñado aspecto con una sonrisa irónica no carente de afecto y nos saludamos con un largo pero casto beso en las mejillas, pues aunque estábamos solos allí fuera, a través de la ventana podía escuchar el trajín de mi abuela en la cocina. 
  El aspecto de mamá había cambiado bastante desde el desayuno, sustituido de nuevo el look “ama de casa formal de extrarradio” por el de “hippie despreocupada pero de las que se duchan a diario”. El corto cabello castaño volvía a estar alborotado, había desaparecido el innecesario maquillaje y se cubría con una larga camiseta sin mangas que dejaba uno de sus bronceados hombros al aire, amarilla y con siluetas negras de animales y plantas. Debajo solo llevaba un bikini naranja, y por el leve olor a cloro en su piel deduje que se había dado un baño en la piscina tras regresar de la ciudad. Estaba descalza y, por supuesto, una de sus bonitas piernas lucía en el tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la sencilla baratija que se había convertido en algo así como nuestro anillo de compromiso, y que yo también llevaba en mi muñeca.
  Mentiría si dijese que, al verla, no me sentí culpable por mi reciente mambo victoriano. El hecho de que mi amante tuviese entre las piernas el mismo equipamiento de serie que yo no ayudaba a atenuar la culpa tanto como había previsto, pues a todos los efectos tenía la sensación de haber estado con otra mujer. Me consolaba pensando que a nivel romántico no había tenido relevancia. Sentía afecto por la dulce Victoria pero no estaba ni de lejos enamorado de ella, y desde luego lo estaba de la mujer sentada frente a mí en ese momento, dándole un sorbo a un botellín de cerveza mientras me miraba entornando sus ojos color miel, intuyendo que algo me rondaba la cabeza como solo una madre puede hacerlo.
  —¿Qué tal te ha ido con la abogada? —pregunté, para librarme de su escrutinio. 
  Apoyó las manos en las rodillas, elevadas debido a que apoyaba ambos pies en un pequeño taburete, en el cual yo me senté para mirarla cara a cara. La sonrisa adoptó un matiz triste pero no desapareció, acompañada de un largo suspiro.
  —No ha ido mal. A tu padre le ha sorprendido un poco que me haya dado tanta prisa, pero no va a darme problemas.  —Hizo una pausa y siguió con la mirada una abeja que pasó danzando en el aire y desapareció sin prestarnos atención—. Divorcio de mutuo acuerdo, le dicen. Y por mi estupendo. Lo que no quiero es perder más el tiempo.
  Le dio otro breve trago a la cerveza, que estaba casi entera y muy fría. Me la ofreció y me supo a gloria. Encendí un cigarro y también lo compartimos.
  —¿Y no ha intentado... no se, que vuelvas con él? ¿Pedirte perdón o algo? —pregunté, pues me costaba creer que alguien dejase escapar tan fácilmente a una mujer como ella.
  —Bueno, perdón me ha pedido. Pero más por el escándalo que se montó que por haberme puesto los cuernos... no se si me explico.
  —Si, te entiendo.
  —Se le ve triste, pero me parece que él también tiene ganas de quedarse soltero —afirmó, y su sonrisa se volvió maliciosa—. Igual piensa que se va a ligar a otra zorra culona como Bárbara.
  —¡Ja ja! Bueno, las putas y los taxistas siempre se han llevado bien —dije.
  —¡Ja ja ja! ¡Ssshh! Baja la voz. Ya sabes que a la abuela no le gusta que insultemos a “Barbi” —me regañó, conteniendo la risa.
  Tras una larga calada al cigarro seguida de una nube de humo que se llevó la leve brisa continuó hablando.
  —Vamos a vender el piso y quedarnos cada uno con la mitad del dinero. Así que tendremos que buscar un sitio donde vivir.
  Esa noticia me produjo sentimientos encontrados. No echaba de menos mi pequeña habitación en el pequeño piso de barrio obrero, pero sentí cierta nostalgia al saber que no volvería a vivir en el hogar donde había crecido. Por otra parte, que mi  madre diese por hecho que viviríamos juntos me produjo una mezcla de alegría y alivio, acompañados de una sensación cálida en el pecho.
  —A la abuela no le importará que nos quedemos todo el tiempo que queramos —afirmé, sin dudar un ápice de la hospitalidad de nuestra anfitriona.
  —Ya lo se, hijo. Pero por muy bien que nos llevemos, sería raro vivir con mi ex-suegra después de divorciarme, ¿no crees?
  —Cosas más raras se han visto —sentencié, no muy convencido.
  Mi madre se encogió de hombros e hizo gala de su nueva actitud vital, más serena y hedonista. La antigua Rocío estaría de los nervios ante una situación parecida. La nueva versión apuró el botellín de un trago y tiró dentro la colilla del cigarro, que se apagó con un siseo. Se desperezó cual gata tras una siesta y me dio una suave patada en el costado.
  —Ya nos preocuparemos de eso más adelante. Ahora vamos dentro, que ni siquiera has saludado a tu abuela, y yo debería estar ayudándola y no aquí tocándome el higo—dijo, usando una expresión barriobajera que siempre me había hecho mucha gracia.
  —Si te has cansado de tocártelo yo te lo puedo com...
  —¡Ssssh! Calla, idiota —gruñó, sin enfadarse realmente, aunque me dio una patada más fuerte que la anterior.
  Me levanté del taburete, pues si no me separaba de sus piernas no aguantaría mucho más sin acariciarlas, y me llegó una oleada de un olor muy agradable, uno que notaba desde mi llegada pero no conseguía identificar. Aún así, se me hizo la boca agua cuando lo aspiré con toda la potencia de mi prominente napia.
  —Joder, que bien huele. ¿Qué hay de comer?
  De repente, mi madre adoptó una expresión de pícara conspiración, miró hacia los lados y se inclinó hacia adelante, haciendo crujir el sillón de mimbre bajo sus firmes nalgas. Con un gesto de la mano me indicó que me acercase para hablarme en voz baja.

26 abril 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (25)


C
uando llegué bajo el cómplice ramaje de nuestro viejo amigo vegetal me encontré una inquietante sorpresa. Mi madre no estaba allí. La había dejado apoyada en el tronco, contrariada aunque no muy alterada en apariencia, dispuesta a esperarme y culminar nuestra peligrosa aventura. ¿Dónde coño se había metido? Colocada a más no poder y cachonda en igual grado, por no hablar de lo caótica e imprevisible que se había vuelto su personalidad en las últimas semanas, tenerla suelta por la parcela era como liberar a una diablilla que llevase siglos encadenada por un brujo  (una buena metáfora de su matrimonio, aunque mi padre era demasiado aburrido para ser un brujo.)
  No había regresado al dormitorio, pues estaba vacío cuando lo atravesé y salté por la ventana. Miré entre los arbustos cercanos al roble, en los alrededores de la piscina e incluso en la huerta. Ni rastro. Tal vez se había puesto a deambular, debido a mi tardanza, se había asomado a la ventana de mi abuela y nos había visto en pleno polvazo. En ese caso no podía adivinar su próximo movimiento. Podía estar en un oscuro rincón de la casa, llorando en silencio o rechinando los dientes de rabia y pensando en mil formas de castigarme, no solo como madre sino también como amante despechada. O a lo mejor simplemente se había quedado dormida en alguna parte. Incluso vinieron a mi mente imágenes horribles de los enemigos que había hecho durante mis negocios con el tónico, algunos de los cuales habían estado en la casa sin ser advertidos. Me esforcé en descartar semejantes temores: el alcalde y Montillo estaban bien muertos, y la Doctora Ágata no tenía motivos para atacarme a mí o a mi familia. 
  Con el corazón a punto de salirse por mi garganta decidí entrar de nuevo en la vivienda y revisar todas las habitaciones, pero antes fui a echar un último vistazo bajo el roble. No estaba. Di un par de pasos de regreso a la casa y me giré, sobresaltado, al escuchar el crujido de una rama detrás de mí.

 Lo más desconcertante es que el sonido, que se repitió a medida que perdía intensidad, no provenía de la zona cercana a las raíces del árbol o los arbustos cercanos. ¿Venía de arriba? Era eso o la droga porro me estaba jugando una mala pasada. Alcé la vista hacia las frondosas ramas del gigante vegetal y entorné los ojos para escrutar entre la maraña de hojas y sombras. La luz de la luna me ayudó a descubrir dos trozos de tela colgados, como si de la colada de una ardilla se tratase, de sendas ramitas. Uno de ellos pequeño, blanco y visiblemente húmedo. El otro un poco más grande, de un rojo descolorido. A mi alterado cerebro le llevó unos segundos procesar que eran unas bragas y una camiseta recortada en forma de top.
  Me acerqué un poco más al roble, cauteloso, y di un respingo cuando una risita sofocada sonó sobre mi cabeza. Entornando los ojos, al fin conseguí descifrar el trampantojo de hojas, ramas y formas femeninas.
  —¿Ma-mamá? ¿Qué carajo haces ahí arriba? —exclamé, sin gritar pero en un tono demasiado alto.
   Era probable que mi abuela siguiese despierta, a no ser que correrse dos veces y el sofocante calor la hubiesen dejado fuera de combate. La fugaz imagen de aquella sensual gigantona cayendo derrengada en la cama trajo a mi memoria la voz del difunto alcalde Garrido mientras la tenía atada desnuda en el matadero: “Eso sí, le hemos metido en ese cuerpazo sedantes como para tumbar a una yegua”. Estaba claro que los recuerdos de la pesadilla vivida en la finca de Montillo iban a acosarme durante mucho tiempo. Aunque, por otra parte, tenía la sensación de que todo había ocurrido hacía semanas en lugar de tres días atrás.
   Ajena a mi flashback de Vietnam pero no a la preocupación por ser descubierta mi madre me chistó, probablemente poniéndose un dedo frente a los labios. Hacía ese gesto de una forma muy curiosa, estirando el índice pero sin cerrar los demás dedos en un puño, como es habitual, sino estirándolos en una especie de abanico. Una de sus rarezas que antes pasaba por alto, e incluso me molestaban, pero que ahora encontraba encantadoras.
  —No te quedes ahí pasmado. Sube... ¡Venga! —me instó. Su voz era un susurro algo ronco y animado, con evidentes rastros de la embriaguez opiácea.
  Eché la cabeza hacia atrás y por fin comencé a verla con cierta nitidez, sin dar crédito a mis ojos. Estaba en cuclillas, vestida solo con las deportivas blancas y rosas, la pulserita del tobillo y la fina pátina de sudor que cubría su piel bronceada. Había encontrado el lugar idóneo donde colocar los pies, sobre una rama cuyo grosor bastaba y sobraba para soportar el peso de su cuerpo menudo y ágil (por lo visto, más ágil de lo que yo pensaba). Sin olvidar del todo su prudencia maternal, se sujetaba con la mano derecha a otra rama, por si acaso, y con la izquierda sacudía residuos vegetales de su corto cabello, más alborotado que nunca. Se encontraba a más de tres metros del suelo. Altura suficiente para hacerse daño si caía de mala manera. Me dio un escalofrío ante la idea de que pudiese resultar herida, sin preocuparme de como afectaría eso a la hazaña que estaba realizando aquella noche. Visto ahora, habría sido un reto interesante para mi imaginación tener que explicarle a la abuela, camino del hospital, por qué su nuera se había caído desnuda del roble.
  —Déjate de tonterías y baja de ahí. Venga, te ayudo —dije, extendiendo los brazos hacia arriba.
  —¿Por qué has vuelto a tardar tanto? —preguntó. Mis ojos se acostumbraban a la penumbra y pude ver, allí arriba, la mueca desconfiada en su rostro de hada salvaje— ¿Está despierta tu abuela?
  —Se había levantado a por agua, como te dije. He esperado hasta que ha vuelto a dormirse.
  —¿Te ha visto? —susurró, inclinándose hacia adelante cual hermosa mujer araña. 
  —No, no me ha visto —suspiré al tiempo que lanzaba una mirada hacia la casa, donde todas las luces volvían a estar apagadas, cada vez más impaciente— ¿Y qué más da si me ve? Vivo aquí, joder.
  —¡Ssshh! No grites.
  —No he gritado. Vamos, baja de una vez que te vas a hacer daño.
  —De eso nada. Sube a buscarme. ¿O es que no eres capaz de trepar hasta aquí, nenaza?
  Bufé ante la provocación. Su sonrisa creció y dos hileras de pequeños dientes destacaron entre las sombras. Por un momento recordé al gato de Alicia en el País de las Maravillas, Cheeseburguer creo que se llamaba. Obviamente no iba a conseguir convencerla de que bajase, y además mi proverbial falta de prudencia y sentido común cuando estaba caliente (cosa que al parecer había heredado de ella) ganaba terreno muy rápido en mi cerebro. Solo el hecho de verla desnuda allí arriba bastó para aumentar la palpitante dureza de mi polla. Por suerte, el susto no había bastado para ablandarla del todo y el condón continuaba en su sitio.
  Cogí aire, me froté las palmas de las manos cual gimnasta a punto de subirse a los aros y me dispuse a ascender. Sabía que mi hazaña de esa noche iba a suponer un desafío físico pero nunca hubiera imaginado que incluiría trepar a un puto árbol, cosa que no hacía desde que era un mocoso. Pero me moría de ganas por hacerle el amor de nuevo a la mujer que me esperaba allí arriba, y además: ¿Cuántas personas pueden decir que han echado un polvo en lo alto de un roble? Sería otro logro desbloqueado en el disparatado RPG de mi vida sexual.
  Fue más fácil de lo que esperaba. En pocos segundos sentí las manos de mi madre agarrando uno de mis brazos para ayudarme a coronar la cima. En ese momento miré hacia abajo y casi no pude creer la distancia que había hasta el suelo. 
  —Eso es... ya casi estás... Tranquilo, mami no va a dejar que te caigas —decía ella. Su tono era cómico pero supe que lo decía en serio.

22 marzo 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (18)

  La mañana del martes pasó sin pena ni gloria. El único cambio en la rutina diaria fue que mi jefa me ordenó recogerla del club dos horas antes de lo habitual para llevarla a hacer algunos recados al centro, haciendo realidad sin saberlo la mentira que le había contado a mi madre el día anterior. Por supuesto, la esbelta y estricta alcaldesa me recordó que esa noche mi abuela y yo teníamos una cita con ella. Un evento social al que yo no le estaba dando demasiada importancia y que como contaré más adelante supuso un inesperado y casi surrealista plot twist, como se dice ahora.

  Por supuesto no dejaba de pensar en lo bien que lo habríamos pasado mamá y yo solos en el pinar y aún me dolía recordar la decepción mal disimulada en su voz cuando cancelé el plan. También pensaba, mientras conducía a Klaus en silencio, en nuestra onírica luna de miel y en la horrible pesadilla que la siguió, cuyas grotescas imágenes por suerte se desvanecían poco a poco en mi mente.

  Durante todo el día tuve que reprimir las ganas de llamarla, e incluso de ir a la ciudad y presentarme en casa con la esperanza de que estuviese sola, o repetir la hazaña de llevármela frente a las narices de mi padre, de nuevo al cine o directamente a un motel. Pero conseguí contenerme, ya que la seguía culpando de mi alterado estado mental. Hablando de eso, mi viejo amigo el hachís me estaba ayudando bastante y me encontraba más tranquilo y centrado (dentro de lo que cabe). Los efectos del tónico en mi organismo habían desaparecido por completo y ya pensaba que el portentoso brebaje era cosa del pasado (me equivocaba, para variar).

  Con mi abuela la situación había regresado a un engañoso remedo de normalidad. A simple vista cualquiera habría pensado que éramos una atractiva señora de pueblo y su nieto conviviendo sin más, con un trato afectuoso, sin ningún secreto bajo la alfombra, mostrando quizá una complicidad poco habitual entre una mujer de cincuenta y tantos (lo creáis o no, nunca he llegado a saber su edad exacta) y un joven de diecinueve, pero sin indicios de una relación inapropiada entre parientes de sangre. Obviamente, el secreto bajo la alfombra abultaba tanto que tarde o temprano tropezaríamos con él. Mi deseo hacia ella no había disminuido en absoluto y sospechaba que ella echaría de menos mis lúbricas atenciones antes de que se cumpliese la semana de castigo.

  Aquel caluroso martes volví a casa antes de lo habitual gracias a la inesperada benevolencia de la alcaldesa, quien me dio el resto del día libre después de llevarla a la mansión. Mi abuela se alegró al verme llegar horas antes de lo habitual y celebró con encantadoras sonrisas y besos en la mejilla el simple hecho de que pudiésemos comer juntos. Me había castigado sin fornicio durante una semana, pero no había regresado a sus antiguas costumbres en cuanto a indumentaria doméstica, sino que mantenía esa actitud más relajada y sensual que había adoptado gradualmente desde que comenzase nuestra relación secreta. Mi pelirroja anfitriona no llevaba sujetador bajo su ligera bata floreada y mientras cocinaba, canturreando y dando sorbitos a un vaso de vino blanco, moviéndose con despreocupada gracia sobre sus pies descalzos, las tetazas temblaban bajo la tela como dos enormes flanes y con cada leve cambio de postura la rotundez de sus nalgas adoptaba distintas formas, cada una más llamativa y deseable que la anterior.

  Sentado a la mesa y bebiendo cerveza, conseguí portarme bien y aceptar mi condena, conteniendo las ganas de acariciar y lamer todas y cada una de las pecas de su suave piel, saborear su lengua y sus pezones, enterrar mi verga entre los pálidos y robustos muslos y sentir la acogedora calidez de su coño. Pero me conformé con mirarla y charlar amistosamente, lo que bastó para alejar mi mente  los problemas con mamá y demás tribulaciones, cosa a la que también contribuyó el porro que me había fumado antes de entrar en la casa.

13 septiembre 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (17)

  

  A medida que mi mente se despejaba y era consciente de lo que había hecho notaba una creciente 
presión en el pecho y un nudo en la garganta. Me senté en la cama y la vi de pie cerca de la ventana, en toda su espectacular desnudez, brillante por el sudor y con sus bonitos ojos verdes enrojecidos por el llanto. La forma en que me miró me partió el corazón. Una mirada de reproche y rabia, con un matiz de compasión que me desarmó. A pesar de todo, era incapaz de odiarme. Me levanté y caminé hacia ella. Extendí una mano para coger la suya e intenté parecer lo más arrepentido posible.
  —Abuela... Lo siento mucho... yo...
  Lo que ocurrió a continuación no me lo esperaba. En sus ojos apareció un destello que nunca antes había visto y me dio una bofetada tan fuerte que trastabillé hacia atrás y caí de culo, quedando sentado al borde de la cama. Sin añadir nada más, salió del dormitorio con pasos firmes y rápidos, recorrió el pasillo, entró en el cuarto de baño y cerró dando un portazo. Yo me quedé donde estaba, aturdido, con la mejilla ardiendo y la sensación de que la había cagado más que en toda mi vida. La colcha blanca, antes inmaculada, estaba arrugada y húmeda.
  Cuando conseguí reaccionar seguí las huellas que las rosadas y húmedas plantas de sus pies habían dejado en el suelo. Me planté junto a la puerta del baño y acerqué la oreja a la madera pintada de blanco. Durante unos largos segundos solo escuché los sonidos propios de un llanto suave y discreto, débiles gemidos y una nariz sorbiendo. Después todo quedó silenciado por el potente chorro de la ducha que limpiaba su cuerpo mancillado por mi absurda violencia.
  Como ya sabéis en aquella casa ninguna puerta tenía pestillo, así que moví la mano hacia el picaporte y lo agarré. No sabía qué decirle o qué hacer para que me perdonase, y puede que me llevase otra hostia fina, pero tenía que intentarlo. Al menos tenía que verla, comprobar que estaba bien. Pero mi mano se apartó sin girar el pomo. Pasado el febril arrebato de arrolladora masculinidad, la cobardía se apoderó de mí y me llevó hasta la cocina, donde recuperé mis gayumbos y me los puse, dejando el resto de mi ropa colgando en el respaldo de la silla. 
  Frasquito retozaba sobre los restos deshilachados del vestido de mi abuela, rebozándose en el agradable aroma de su dueña. Al notar mi presencia el animal se quedó quieto y clavó en mí sus ojos negros, diminutos y brillantes, en los que mi alterada percepción creyó vislumbrar un matiz de reproche, como si supiese que le había hecho daño a su querida “madre”. Por un segundo acudió a mi mente la mirada demoníaca de Pancho, el enorme verraco con el que practicaba el bestialismo la no menos enorme esposa del porquero. ¿Sería el adorable lechón parte de la progenie de semejante bestia? 
  De pronto me asaltó la idea de que en la finca de los Montillo había algo más que sordidez, mezquindad y depravación. Quizá en la mirada del porcino semental se manifestaba una fuerza oscura, maligna y primitiva, una presencia innombrable que acechaba en los montes y frondosos bosques que rodeaban el pueblo. Quizá el tónico no era un simple afrodisíaco y había atraído la atención, puede que incluso invocado, entidades que estaban más allá de la comprensión humana. Al fin y al cabo el brebaje era obra de gitanos, un pueblo famoso, entre otras cosas, por su brujería.
  Sacudí la cabeza y fui hasta el fregadero para beberme de un trago un vaso de agua. ¿Qué estupideces estaba pensando? Frasquito no era nada más que un cerdito normal, y enseguida dejó de mirarme para seguir revolcándose en los jirones de tela azul. Lo último que necesitaba era obsesionarme con fantasías sobre demonios y pociones mágicas. Me refresqué la cara bajo el grifo e intenté poner orden en mis caóticos pensamientos. El reloj de la cocina me indicó cual debía ser mi siguiente paso. Tenía que vestirme y salir lo antes posible o llegaría tarde para recoger a mi puntual jefa.
  ¿Iba a marcharme así, sin más? Regresé al dormitorio y me enfundé a toda prisa en el uniforme de chófer. En el pasillo, acerqué la cara a la puerta del baño y supe que había terminado de ducharse, más bien de purificarse después de mi rastrera profanación. La casa entera estaba en silencio. ¿Qué estaría haciendo ahí dentro? Me la imaginé sentada sobre la tapa del inodoro o en el borde de la bañera, con su hermoso cuerpo envuelto en una toalla, puede que aún derramando lágrimas y escondiéndose de mí, o simplemente reuniendo fuerzas para superar el mal trago. Lo peor de todo, lo que me hacía sentir una alimaña y me atenazaba la garganta, era la certeza de que, siendo como era, ella se sentiría más culpable por haberme abofeteado de lo que me sentía yo por haber forzado su puerta trasera. De nuevo, no fui capaz de abrir la puerta.
  —Abuela... eh... Me voy a trabajar —dije, dominando el temblor de mi voz.
  —Muy bien. Hasta luego —respondió la suya al otro lado de la madera.
  Nunca me había hablado en un tono tan frío y seco. Sus saludos y despedidas, dulces y musicales, siempre iban acompañados de un apelativo cariñoso. Cielo, tesoro, hijo, cariño... etc. Aquel simple y solitario “hasta luego” se me clavó en el pecho como una lanza. Incapaz de decir nada más, salí de la casa a toda prisa y me subí al Land-Rover.

14 julio 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (16)

  Mi mano no se movió y mi corazón amenazaba con salirse por mi boca. Si sacaba del bolsillo la prenda equivocada estaba bien jodido. Mi madre conocía la lencería de mi abuela, ya que muchas veces la ayudaba a hacer la colada durante sus visitas a la parcela. Podría fingir que era una broma, pero teniendo en cuenta que ya mantenía una relación incestuosa con ella si sacaba del bolsillo las bragas de mi atractiva abuela sin duda llegaría a la conclusión de que también me la empotraba, y de que el picante juego de esa mañana no tenía dos participantes sino tres.

   —Carlos, joder... Deja de hacer el tonto. Dámelas de una vez.

  Pensando a toda velocidad, intentando recordar, solo pude esbozar una sonrisa estúpida ante la mirada impaciente de mi madre, que ya había empezado a dar golpecitos con el pie en el suelo. Si me la jugaba y elegía el bolsillo incorrecto, la situación daría un giro que no podría manejar de ninguna forma.  

  Una gota de sudor resbaló despacio por mi frente. Mamá entornó sus bonitos ojos y pude intuir que comenzaba a sospechar que ocurría algo. Si fallaba en mi elección no volvería a probar esos  labios, ni a sentir sus maravillosas y suaves piernas alrededor de mi cintura, ni a acariciar aquellas nalgas de gimnasta, tan firmes y redonditas, y tan diferentes a las de su suegra, mullidas y excesivas... ¡Eso era! Ya tenía la clave para salir del atolladero en el que me había metido mi recalentado cerebro. Las braguitas de mi madre eran mucho más pequeñas que las de la abuela.

  —¿Se puede saber qué te pasa? Deja de mirarme como un idiota y dame las putas bragas. Vas a hacer que me enfade de verdad, ¿eh?

  Llevé ambas manos a mis propias posaderas y con disimulo palpé el contenido de mis bolsillos traseros, notando el volumen de las prendas bajo la tela tejana. El derecho abultaba menos, así que introduje los dedos, agarré un trozo de fina tela y tiré. Casi me desmayo de puro alivio cuando levanté el brazo y las delicadas bragas moradas de mi madre se balancearon entre su rostro y el mío.

   —¿Qué haces? Trae acá —dijo, antes de arrebatármelas a toda prisa y meterse en la parte trasera del Land-Rover.

  Tras comprobar que no había nadie en los alrededores se las puso con un único y diestro movimiento que levantó durante un instante su falda hasta las caderas, regalándome una sensual estampa por última vez en ese día. Volvió a bajar, más relajada, y nos sentamos a esperar. Le cogí una mano, hizo un gesto más bien cómico de fingido enojo, pero no rechazó mi contacto. Al fin y al cabo, no tenía nada de malo que una madre y su hijo se cogiesen de la mano. Por lo demás, después del frenético polvo y devuelta a su lugar la prenda íntima, nuestro aspecto y actitud no revelaban nada inapropiado. 

  —¿Quieres que te lleve a casa? Podrías venirte a pasar el día en la parcela y por la noche te traigo de vuelta —propuse, pues no me agradaba la idea de separarme de ella.

  —No. Tengo muchas cosas que hacer —respondió. Por su tono y el matiz nostálgico de su mirada sospeché que en el fondo tampoco quería alejarse de mí—. Además, no quiero dejar a tu padre solo sin avisarle.

  —Seguro que ni se daría cuenta de que no estás.

  —Carlos, no empieces...

31 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (14)


  Su voz era grave pero femenina, con una entonación extraña que no supe identificar, como una mezcla de varios acentos. A esas alturas, que supiese mi nombre no me sorprendió demasiado.

  —Eh... Sí, señora... —conseguí decir—. Si no es molestia... ¿Podría decirme quién es usted y qué... por qué estoy aquí?

  —Me llamo Ágata. Puedes tutearme, por cierto.

  —Ágata... Encantado. Pero sigo sin saber... eh... quién eres.

  —Doctora Ágata Montoya —dijo. Cruzó las piernas y sonrió de nuevo, sensual y amenazante a partes iguales— ¿Te suena?

  Me sonaba. Joder que si me sonaba. Me quedé sin habla, esperando a que la misteriosa mujer me diese más explicaciones, ya que no sabía qué preguntarle. No me había dado cuenta de que aún llevaba en la mano la bolsa del estanco, y al removerme inquieto en el asiento se me cayó al suelo y su contenido se desparramó en la alfombra. La tal Ágata se agachó frente a mí para coger la caja de caramelos y me llegó a las fosas nasales un embriagador perfume, una mezcla de especias y azahar. Volvió a su lugar, sentada con natural gracia en el borde de su escritorio, y observó la cajita de metal.

  —Mira qué monada... ¿Te importa? —dijo mientras la abría, sin esperar a que le diese permiso.

  Cogió entre dos dedos un caramelo de color violeta. Llevaba las uñas cortas y pintadas de amarillo, a juego con las flores que predominaban en su vestido. Separó sus sensuales labios y atrapó con ellos la golosina un segundo, antes de metérsela en la boca y saborearla.

  —Mmmm... Qué bueno. —Miró al suelo, hacia los paquetes de tabaco—. Puedes fumar si quieres. No me molesta.

  No era mala idea. Fumar no me calmaría pero al menos tendría las manos ocupadas. Encendí un cigarrillo y ella me tendió un cenicero de vidrio verde que coloqué en el reposabrazos de la butaca. Me miraba en silencio, moviendo el caramelo dentro de su boca, con una sonrisa pícara y asimétrica que debía resultar arrebatadora cuando uno no estaba cagado de miedo.

  —Ya que no dices nada, voy a explicarte lo que pasa. —Subió las redondeadas nalgas hasta quedar sentada en la mesa y cruzó de nuevo las piernas—. Soy la bisnieta de Arcadio Montoya, el creador de ese tónico que andas vendiendo. ¿Empiezas a entender por qué estás aquí?

  —Creo... Creo que si —dije, aunque no estaba seguro de entenderlo del todo.

  —Voy a contarte la historia, ya que te veo algo algo perdido. ¿Tienes prisa?

  —No. Ninguna prisa.

  —Bien. Como ya sospecharás, mi bisabuelo no era realmente doctor. Yo si lo soy, por cierto, pero ya hablaremos de mí más adelante. —Hizo una pausa y escuché crujidos dentro de su boca. Los fuertes dientes trituraron el caramelo y continuó hablando—. Era un charlatán, un estafador, contrabandista, ladrón de poca monta, proxeneta ocasional y jugador habitual, tramposo, por supuesto. Gracias a su madre y a su abuela, que eran brujas y comadronas, tenía ciertos conocimientos básicos de hierbas, pero ningún talento a la hora de mezclarlas, ni demasiado interés en aprender. Durante uno de sus viajes a la capital, vio en una barraca de feria a un tipo que vendía a voces un tónico milagroso, prometiendo toda clase de efectos positivos, incluso relacionados con la potencia sexual, y vio a muchos incautos soltar los cuartos por una botellita de ese brebaje. Todo era mentira, por supuesto. Arcadio, que era espabilado y calaba a un timador a la legua, se dio cuenta al instante. ¿Te estoy aburriendo, Carlos?

  —¡No! Claro que no —exclamé. 

23 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (13)



 P
asados un par de minutos me sobresaltó un extraño ruido en la sala de estar, como si algo se moviese por el suelo. En una casa de campo, era habitual que de vez en cuando entrase algún animal, un ratón, un pájaro e incluso una ardilla, así que no me asusté. Fui a la sala de estar, encendí la luz y detrás del sofá encontré al causante del ruido. Era un lechón. Un cerdito diminuto, rosado y tembloroso, que me miró con sus ojillos negros y correteó torpemente por la habitación.

  Un trueno hizo temblar los cristales de las ventanas y comencé a inquietarme de verdad. ¿Dónde estaba mi abuela y por qué demonios había un cerdo en la casa?

  Regresé a la cocina, nervioso. Apagué el cigarrillo con fuerza en el cenicero e intenté calmarme con un largo trago de cerveza. El sonido de la lluvia atronaba en mis oídos y por primera vez la limpia y acogedora casa me resultó un lugar terrorífico, como le sucedía a mi madre cuando pasaba allí la noche. Miré de nuevo al cerdo, que olisqueaba el suelo de la sala de estar como si buscase algo. Recordé la última vez que había acariciado a un lechón, en la finca de Montillo, y un escalofrío me recorrió la espalda.

  Caminé por la cocina, encendí otro cigarro y me asomé a la ventana. Tras la cortina de agua que caía del cielo podía verse la verja de hierro y el camino de gravilla blanca y gris que llevaba hasta la casa. Un relámpago me deslumbró y el inevitable sonido del trueno retumbó a mi alrededor. Entonces escuché unos rápidos pasos en el exterior y vi una sombra moverse hasta el porche, quedando fuera de mi vista.

  Me asomé al recibidor y la puerta principal se abrió de golpe, dejando entrar a una figura encapuchada, alta y corpulenta, cubierta por un antiguo chubasquero verde oscuro. 

   —¡Santa Bárbara bendita! La que está cayendo, hijo.

  Casi suelto una carcajada de alivio cuando reconocí la voz de mi abuela. Colgó el capote empapado en el perchero de la entrada y se quitó las botas manchadas de barro mientras yo contemplaba las familiares curvas imposibles de disimular por su sencillo vestido de faena. Cuando entró en la cocina la abracé y el calor de su cuerpo, la mullida sensación de sus pechazos y su agradable olor a tierra húmeda me calmaron de inmediato. Su intuición maternal detectó mi inquietud y me acarició el pelo con ternura.

   —¿Estás bien, cariño? 

   —Sí... Estoy bien. Algo cansado —dije. La besé y cuando nuestras lenguas se encontraron no hizo gesto alguno de rechazo o alarma, por lo que deduje que esa noche estaríamos solos—. ¿Dónde estabas?

  —En el gallinero. La última vez que llovió salió una gotera y lo estaba revisando por si acaso.

  —¿Y mis tíos? ¿Se han ido?

  —Se fueron por la tarde. Dicen que vendrán el fin de semana que viene.

  Después de una breve sesión de morreos y caricias reparó en mi indumentaria y se apartó para verme de cuerpo entero. Caminó a mi alrededor y me observó con una dulce sonrisa en los labios y sus bonitos ojos verdes brillando de orgullo.

   —¡Pero qué guapo estás! Pareces un general —dijo, colocándome con cuidado la gorra, que se había torcido durante nuestro efusivo saludo.

  —Joder, no exageres —dije, riendo.

  —¿Sabes una cosa? Siempre me han encantado los hombres de uniforme —afirmó, con cierta picardía.

  Tomé nota mental del dato para sacarle partido más adelante, pero en ese momento había algo urgente que solicitaba mi atención. Ese algo entró trotando en la cocina y pasó entre las piernas de mi abuela, quien se agachó y lo levantó en brazos. Se sentó en una de las sillas junto a la mesa de la cocina y lo acunó contra su pecho como si fuese un bebé, sonriéndole con ternura y haciéndole carantoñas con un dedo.

  —¿Has visto a nuestro nuevo amiguito? ¿A que es para comérselo? —dijo. 

  —Oin... oin oin... —respondió el amiguito.

  “Para eso son los cerdos, para comérselos”, pensé, aunque no dije nada. La verdad es que el bicho era una monada, tan pequeño y rosado, rozando con su hocico la enorme teta que para él debía ser como una montaña. Me alegré de que mi abuela estuviese vestida ya que ver al animalillo chupándole el pezón habría sido perturbador. 

  —Si, ya lo he visto. ¿De dónde ha salido? —pregunté, intentando ocultar mi recelo.

  —Lo ha traído Monchito esta tarde. Dice que las cerdas han parido más crías de lo normal y que están regalando algunos a la gente del pueblo. O eso he entendido yo, ya sabes que el pobre no habla muy bien —explicó, aumentando mi preocupación.

  —¿No te parece raro? Montillo nunca ha sido muy generoso que digamos.

  Mi abuela se encogió de hombros, sin dejar de mirar al lechón, que parecía encantado con su nueva “madre”.

14 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (11)

 

 Me equivocaba. Cuando entré en la casa la luz de la cocina estaba encendida y desde la sala de estar llegaba al pasillo el resplandor azulado del televisor. Me asomé y vi a mi tío, mirando la pantalla con semblante serio, su corpachón pecoso hundido en el sofá y los pies sobre la mesita. No se percató de mi presencia así que fui a la cocina. Allí estaba su madre, sentada a la mesa con una taza humeante en la mano. Llevaba su bata floreada ceñida a las abundantes curvas que yo no podría disfrutar esa noche. 

  —Ah... Hola, cielo —me saludó, con afecto pero sin su habitual alegría.

  Estaba triste, alicaída, y cuando me acerqué para darle un beso en la mejilla pude comprobar que sus bonitos ojos verdes estaban algo enrojecidos, como si hubiese llorado un rato antes. Además, por el olor de su taza supe que estaba bebiendo manzanilla, una infusión que se preparaba cuando le costaba conciliar el sueño.

  —¿Qué ha pasado? —pregunté.

  Soltó un largo y trémulo suspiro antes de responder, mirando el contenido de su taza. La bata floreada estaba lo bastante abierta en la zona del escote como para que pudiese atisbar lo que había debajo: uno de sus ligeros camisones de dormir, sin sujetador, lo cual significaba que se había levantado de la cama después de acostarse.

  —Tu tío y Bárbara han discutido —dijo. Miró con cautela hacia la sala de estar, pues no quería que su hijo la oyese hablar mal de su nuera—. Por una tontería, como siempre. Ha pegado cuatro gritos, se ha vestido... por llamarlo de alguna forma, y se ha ido en el coche.

  Esta vez fui yo quien dejó escapar un suspiro, o más bien un resoplido de enojo y cansancio. Había sido un día muy largo y agotador, física y mentalmente. Mi primer día como chófer, la demencial experiencia con Klaus y la alcaldesa, la inoportuna visita de mis tíos y la peculiar cita con mi madre, todo ello en menos de veinticuatro horas. Podría haberme desentendido sin más de los conflictos matrimoniales de David y Bárbara, pero no podía irme a la cama y dejar a mi abuela desvelada e intranquila. Le acaricié el brazo y contuve el impulso de acurrucarme entre sus maternales tetazas y dormir durante tres días.

  —No te preocupes. Ya sabes que tienen broncas cada dos por tres pero siempre se reconcilian. Volverá dentro de un rato, cuando se le pase el cabreo —intenté tranquilizarla, sin mucho éxito.

  —Ya lo se, hijo. Lo que me preocupa es... ya sabes. —Bajó la voz y miró de reojo hacia la sala de estar—. Seguramente estará bebiendo, y estas carreteras de noche son un peligro.

  Tenía razón. Esa borracha descerebrada era lo bastante estúpida como para estampar el potente coche de su marido contra un árbol. Reconozco que a mí también me preocupó esa posibilidad. Aunque me sacase de quicio, Bárbara era de la familia y le tenía cariño, por no hablar de lo mucho que sufriría la sensible pelirroja que sorbía manzanilla sentada frente a mí. Además, ser el hombre de la casa implicaba algo más que meterle el rabo o conducir el coche de su difunto marido. No podía limitarme a esperar que la situación se arreglase sola, como haría mi padre o el huevón de su hermano.

   —Cálmate. Voy a hablar con mi tío e iremos a buscarla. Tu acuéstate y descansa, ¿vale? —dije, en tono afectuoso pero firme, El tono de un hombre que se hace cargo de la situación.

   —Ay... gracias, tesoro —suspiró, un tanto aliviada, aunque sabía que no estaría del todo tranquila hasta que su nuera volviese—. No se que haría sin ti.

EL TÓNICO FAMILIAR. (9)

 

  La mañana del viernes me subí al Land-Rover silbando una alegre melodía, nervioso por mi primer día de trabajo pero contento por el rumbo que estaba tomando mi destierro rural. Mi abuela me había despedido en el porche, con un discreto beso en la mejilla, después de pasarme revista como la más adorable de las sargentas, para asegurarse de que iba bien vestido, limpio y peinado. Antes de prepararme un abundante desayuno, se había resistido a disfrutar de mi vistosa erección mañanera, preocupada porque pudiese llegar tarde. Me conformé con susurrarle al oído todo lo que pensaba hacerle cuando volviese, cosa que la hizo sonrojarse y regañarme entre risas y suspiros de lúbrica anticipación.

  Me lancé a las sinuosas carreteras de la zona mientras el sol asomaba detrás de las montañas, prometiendo otro día de sofocante calor. Llevaba un par de frasquitos de tónico en el bolsillo, por si acaso, y había dejado el hachís en la casa para no caer en la tentación de emporrarme y fastidiar la primera jornada de lo que podría ser un empleo estable. La finca del alcalde estaba a una media hora del pueblo, y llegué veinte minutos antes de la hora acordada. Pensé en lo orgullosa que estaría mi madre por mi inusitada puntualidad, y eso me llevó a una fantasía en la que me recompensaba usando partes de su cuerpo de las que un hijo no suele disfrutar. No quería presentarme ante mi nueva jefa distraído y empalmado, así que sacudí la cabeza e intenté concentrarme.

  Siempre había escuchado decir a la gente del pueblo que la familia de la alcaldesa era una de las más acaudaladas de la provincia, pero no me esperaba lo que encontré al traspasar la gran verja blanca de la entrada, después de identificarme ante un robusto guardia de seguridad que me miró con indiferencia desde su garita. La residencia era una mansión en toda regla, de las que yo solo había visto en películas o revistas, con un pórtico flanqueado por columnas, balaustradas de piedra en los balcones y altos ventanales con vidrieras. Estaba rodeada por una enorme extensión de jardines, cuidados hasta el más mínimo detalle, con fuentes y esculturas por doquier, y hasta un “pequeño” pabellón para conciertos cubierto por una impresionante cúpula de cristal. Más tarde sabría que en la propiedad también había una piscina de tamaño olímpico, dos pistas de tenis y un lago artificial. Entonces entendí que Don Jose Luis no quisiera dejar a su esposa, a pesar de lo mucho que la detestaba. El hijoputa había pegado el braguetazo del siglo.

  Detuve el coche frente a la entrada principal y caminé hasta el pórtico, erguido y con paso firme. No iba a permitir que tanta opulencia me intimidase, ni quería parecer un cateto que nunca ha salido de su barrio o del pueblucho de sus abuelos. La puerta se abrió antes de que tuviese tiempo de tocar el timbre. Apareció en el umbral una mujer se unos sesenta años, un poco más alta que yo y vestida con un sencillo uniforme de criada negro, sin más adornos que un anticuado cuello de encaje blanco. Tenía la constitución de una gallina de dibujos animados, pechugona, culona y regordeta. Se peinaba el cabello gris con un apretado moño y en su rostro mofletudo no había una pizca de simpatía cuando me miró de arriba a abajo.

  —Tu debes ser el nuevo chófer —dijo. Tenía una voz grave y profunda, casi masculina, con el deje autoritario de quien está acostumbrado a dar órdenes—. Pasa por aquí.

EL TÓNICO FAMILIAR. (8)

   

  En ese momento sucedió algo que casi nos mata a ambos de un puto infarto. Alguien golpeó las puertas traseras del Land-Rover. Mi madre saltó como una conejita asustada y se cubrió el cuerpo con la manta. Yo maldije en voz baja y me tapé la genitalia con lo primero que pudo agarrar mi mano del asiento delantero, y que resultó ser mi camisa. La potente luz de una linterna nos alumbró a través del cristal y tras ella distinguí una silueta.

  La mano volvió a golpear, esta vez con más fuerza.

  —A ver, tortolitos. ¿Vais a abrir o no? —dijo una voz masculina, grave y socarrona.

  Mamá estaba sentada y encogida contra un asiento, intentando ponerse las bragas sin soltar la manta, que solo dejaba al descubierto sus hombros y parte de una pierna. Me tranquilicé, aunque no mucho, cuando pude distinguir una gorra de policía sobre la cabeza del desconocido. Busqué mis pantalones y me los puse a toda velocidad, revolcándome de forma bastante ridícula en el suelo.

  —Un... Un segundo, agente. Ya abro —dije, con voz temblorosa. 

  No es que me diese miedo la pasma, ni temía que nos detuviesen por echar un polvo ni por la minúscula piedra de hachís que llevaba escondida en la cajetilla de tabaco, pero me aterraba que me hicieran preguntas sobre el frasquito de tónico. Y si encontraban el alijo oculto bajo el asiento trasero podría quedarme sin negocio y sin los buenos momentos que me proporcionaba el brebaje.

  —¡No abras! —exclamó mi madre. No parecía tan asustada como furiosa, y eso me preocupó.

  —¿Cómo no le voy a abrir a la poli?

  En cuanto conseguí subirme la bragueta quité el seguro de las puertas traseras y el policía las abrió de par en par. Nos enchufó con la linterna, primero a mí y después a mi acompañante, que soltó un bufido de fastidio.

  —Vamos a ver... Aquí no se puede estar, amigo —dijo, hablándome a mí—. Para eso están los descampados.

  Era el típico poli cincuentón, grande y pasado de kilos. Tenía una papada sudorosa que le temblaba al hablar y una sonrisa sardónica en los labios. La verdad es que tenía razón; podría haber buscado un lugar más apartado, pero el calentón y la prisa por aprovechar el efecto del tónico cuanto antes no me dejaron pensar con claridad. Asentí a las palabras del agente y comencé a ponerme la camisa. Él miraba a mi madre, que se había quedado quieta y lanzaba chispas por los ojos. 

  —¿Y usted, señora? ¿No es ya mayorcita para andar follando en callejones? 

  —No hace falta ser impertinente, ¿eh? —dijo ella, en voz demasiado alta y en un tono poco adecuado para dirigirse a la autoridad.

  El madero soltó una risita que hizo temblar su papada y movió la linterna hacia abajo, enfocando la pantorrilla y el pie de mi madre, quien se apresuró a esconderlo. La luz subió de nuevo hasta la mano que mantenía apretada contra el pecho para sujetar la manta. La sonrisa del tipo se volvió más burlona y lasciva cuando vio la alianza de casada en el dedo.

EL TÓNICO FAMILIAR. (7)

   

Al día siguiente, una soleada mañana de miércoles, estábamos de tan buen humor que desayunamos en el porche, colocando una mesita junto a los sillones de mimbre. Si un vehículo pasaba por la carretera de tierra al otro lado de la verja y miraba en dirección a la casa podría vernos, así que tuvimos que reprimir muestras de afecto demasiado efusivas. Aun así pasamos un rato muy agradable, charlando y bromeando, en voz muy baja cuando comentábamos algo relacionado con nuestra relación secreta.

  Aunque nadie más que yo hubiese podido reparar en ello observándola, la actitud de mi abuela cambiaba de forma gradual y sutil. Cuando se sentaba, cruzaba las piernas y no se preocupaba de taparse si el comienzo de su muslo asomaba, y si el prieto canalillo quedaba a la vista no se apresuraba a cerrarse la bata como hacía antes. Se la veía más relajada, su humor era más mordaz y picante, sin llegar nunca a la crueldad o la obscenidad, e incluso su forma de andar era más insinuante, dentro de los límites de su ineludible discreción y el recato implantado por la sociedad puritana de la dictadura en la que creció.

  Nuestra relación no solo se hacía más estrecha en lo carnal, sino que cada vez teníamos más confianza y nos conocíamos mejor. Me hablaba de aspectos y épocas de su vida que desconocía, me confesaba anhelos secretos, sueños incumplidos y decisiones de las que se arrepentía. Descubrí que su aparente sencillez ocultaba una complejidad y profundidad insospechadas. Quizá no era una mujer brillante, pero sí lo bastante inteligente como para haber aspirado a algo más que ser madre y ama de casa, algo de lo que por otra parte no se arrepentía en absoluto. Hablaba de sus años de matrimonio con nostalgia y cariño, y quería a sus hijos (y a su nieto) más que  nada en el mundo.

  A pesar de algunos momentos de duda en los que salía a relucir su adoctrinamiento católico o el miedo a ser descubierta y juzgada por propios y extraños, tampoco se arrepentía de la impúdica intimidad que compartíamos de puertas adentro. La noche anterior, después del salvaje polvo en la sala de estar, me atiborró de huevos fritos, patatas y fruta, y tuvimos en el dormitorio un segundo asalto más largo y pausado, sin lencería fina ni tacones, solo nuestros cuerpos a la luz de la luna, pues por primera vez se atrevió a hacerlo con la ventana abierta.

  Después del desayuno y los quehaceres campestres de cada día comenzamos a pintar el garaje. El sofocante calor de días atrás estaba dando una tregua y el trabajo me resultaba incluso agradable. Mi compañera canturreaba y yo silbaba al ritmo de la música del transistor, moviendo el rodillo o la brocha con brío.

  A mediodía sonó el teléfono. Por suerte no era ninguno de mis desagradables clientes, ni ninguna de las cotillas amigas de mi abuela que podrían haber enturbiado su buen humor con noticias sobre el infame padre Basilio. Era mi madre, quien llamaba solo para charlar un rato con su suegra, cosa que hacía cada varios días. Aproveché la pausa para beberme un refresco y fumarme un cigarro en la mesa de la cocina, desde donde podía ver parte de la sala de estar, incluido el sillón en el que mi anfitriona hablaba por teléfono con las piernas cruzadas, balanceando un pie en el aire y jugueteando con el cable rizado del auricular como hacían las secretarias macizas en las películas, cosa que me hizo sonreír pues era consciente de que la estaba mirando.

  Tras una media hora de conversación, se levantó y me miró desde el quicio de la puerta, en una postura que resaltaba la curva de sus caderas. El desgastado vestido de faena que llevaba ese día se cerraba por delante, con una hilera de botones que iba desde el cuello hasta las rodillas, y en la parte del escote había más botones desabrochados que cuando habíamos entrado en la casa. El pañuelo azul que protegía su pelo de las salpicaduras de pintura solo dejaba a la vista los rebeldes rizos de su nuca, y en el rostro redondeado lucía una expresión traviesa. Me excitaba y me desconcertaba a partes iguales que se mostrase tan juguetona estando mi madre al teléfono, pues no había colgado. El auricular estaba cuidadosamente colocado en el reposabrazos del sillón. 

    —Tu madre quiere hablar contigo —me dijo.

EL TÓNICO FAMILIAR. (6)

   

  Se quitó las gafas y se secó con los dedos una lágrima. Soltó un largo y tembloroso suspiro que me conmovió. No me gustaba verla triste, y menos aún sin saber el motivo.

  —¿Qué es lo que pasa, abuela? ¿Quién ha llamado? —pregunté de nuevo, nervioso.

  —Era Jacinta —dijo. La tal Jacinta era una de sus amigas beatas del pueblo. Suspiró de nuevo y continuó hablando con voz temblorosa—. Dice que... esta tarde han detenido al padre Basilio. Se lo ha llevado la guardia civil.

  —¿Que han detenido al cura? ¿Qué ha hecho? 

  Un escalofrío me recorrió la espalda. Que lo hubiesen detenido el mismo día en que había bebido vino con tónico no podía ser casualidad. Le puse a mi abuela una mano en la rodilla para animarla a seguir hablando. 

  —Resulta que... ¡Ay, hijo no se ni cómo decirlo! Resulta que lo han pillado... abusando del monaguillo.

  —¿En serio? No me jodas.

  —Ojalá fuese mentira.. Ojalá —dijo. Comenzó a llorar y sacó un inmaculado pañuelo blanco del bolsillo de su bata—¡Ay, pobre Luisito! Con lo inocente y bueno que es el pobre. Dice Jacinta que se lo han llevado al hospital. Imagínate lo que le habrá hecho ese... ese...

  —Ese hijo de puta —terminé la frase.

  —Sí, ese hijo de puta —repitió ella, para mi sorpresa.

  Nunca la había escuchado usar ese tipo de lenguaje, y he de reconocer que me excitó un poco. Hice que se sentara en el sofá junto a mí y rodeé sus hombros con mi brazo, consolándola. Luisito, el monaguillo, era uno de los pocos niños que había en el pueblo, y su puesto quedaría vacante durante mucho tiempo.

  —¿Quién lo iba a decir? El padre Basilio... tan devoto y tan caritativo, un santo varón... y fíjate —se lamentó.

  —Hay que joderse. No te puedes fiar de nadie —afirmé, cariacontecido.

  Intenté no sentirme culpable por lo ocurrido. Hasta donde yo sabía, el tónico solo aumentaba el deseo, no cambiaba las preferencias sexuales de quien lo bebía, y el cura no había tomado tanta cantidad como para perder el control hasta el punto de follarse lo que se le pusiera a tiro. Podría haberse matado a pajas, podría haberse ido de putas o engatusar a una de las solteronas beatas que lo miraban con adoración en misa. Si había hecho lo que había hecho era porque ya tenía esas tendencias. Seguramente no era la primera vez que abusaba del monaguillo, pero debido al inusual calentón se había pasado de la raya y lo habían trincado.

  Pasamos un buen rato sentados en el sofá. Mi abuela necesitaba desahogarse y mi obligación era reconfortarla. Mientras le acariciaba la espalda y le daba besos en la húmeda mejilla, pensé que debía deshacerme de la botella de vino trucado cuando tuviese ocasión. No podía hacerlo esa misma noche, desde luego. Puede que fuese una mujer sencilla y un poco ingenua pero mi abuela no era tonta en absoluto, y si desaparecía la botella podría sospechar y atar cabos, e incluso relacionarlo con la cena que le preparé y lo que pasó esa noche. Pero debido a ciertos acontecimientos que ocuparon mi dispersa mente me olvidé del asunto, y como ya dije el puñetero vino volvió a dar problemas más adelante.