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14 julio 2026

Los secretos de Maribel. 7.

 


 Lo primero que vi cuando me desperté fueron aquellas bragas blancas con ribete azul en mi mesita de noche, brillando casi bajo la luz de la mañana que entraba entre las cortinas de mi habitación. Eran la única prueba de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido un delirante sueño.

  Estiré los músculos con un gruñido de satisfacción, cogí la inmaculada prenda y la miré mientras mi mente despertaba del todo y recreaba las imágenes, añadiendo más ímpetu a mi habitual erección mañanera. El partido de tenis nocturno, en el que mi madre y la famosa tenista Diana Wesley se habían batido mostrando sus encantos a la luz de los focos. La increíble escena lésbica en el vestuario y las atenciones orales de las gemelas africanas. Una noche que no olvidaría jamás.

  Me quité los boxers y dejé a mi miembro erecto balancearse al ritmo de la sangre que hervía en sus cavidades. Acerqué las braguitas a mi rostro y aspiré profundamente, aunque ya sabía que mamá las había robado de la taquilla de la presumida norteamericana y no estaban usadas. Aún así, el olor de la tela perfumada por el suavizante y el recuerdo de su propietaria, sus nalgas perfectas aceitadas y enrojecidas por los azotes de su contrincante, bastaron para excitarme aún más.

  Entonces escuché, procedente del piso de abajo, el característico pitido del microondas. Mi madre debía estar preparándose el desayuno. Me moría de ganas por verla, tantear su estado de ánimo y cómo le había afectado todo lo ocurrido hacía apenas unas horas. No solo la velada en casa de Don Gerardo Herrero sino también, y sobre todo, el beso que le había robado antes de volver a casa aprovechando su cansancio, un beso en el que nuestras lenguas habían llegado a tocarse durante un sublime instante.

  Miré de nuevo las bragas de la campeona y tuve una idea que tal vez aliviaría un poco la tensión entre ambos. Sonreí con cierta malicia y me levanté para ponerla en práctica.

  Como ya sospechaba, mi madre estaba en la cocina, sentada a la mesa frente a una humeante taza. No me escuchó llegar, así que me detuve en la puerta para observarla. Llevaba uno de sus finos vestidos veraniegos, corto y con tirantes, de un intenso color entre el naranja y el amarillo, el tipo de color que combinaba a la perfección con su piel bronceada. La prenda dejaba al descubierto casi toda la longitud de sus formidables piernas e iba descalza, lo cual me hizo recordar el placer que esos pies podían proporcionar. La larga melena negra, recogida en una coleta, parecía un poco húmeda, señal de que se había duchado o nadado en la piscina no hacía mucho.

  —Buenos días, mamá —dije, después de acercarme a ella.

  Mi aparición la pilló por sorpresa y no pudo evitar que la saludase con un rápido beso en los labios. Consideré un triunfo que no se quejase, aunque en sus preciosos ojos oscuros pude ver preocupación y cansancio. Fui hasta la nevera para servirme un vaso de zumo y caí en la cuenta de que su actitud no se debía a mis constantes intentos de meter mi lengua en su boca. Sin duda estaba preocupada por el trato que habíamos hecho con Herrero.

  —¿Qué te pasa? ¿Tienes agujetas? —pregunté, tras sentarme frente a ella en la mesa.

  —No muchas —Suspiró y le dio un sorbo a su bebida —. Estoy preocupada por tu primo.

  Que mostrase tanta preocupación por su sobrino, el mismo hijo de perra que la había chantajeado y humillado, me puso de mal humor, pero en el fondo, y aunque me costaba reconocerlo, compartía la misma inquietud. A pesar de haber presenciado cómo usaba sus malas artes para abusar de mi madre, Héctor había sido como un hermano mayor para mí desde que tenía memoria. Habíamos pasado buenos ratos, me había defendido de matones y hasta había perdido la virginidad gracias a su ayuda. Desde luego, yo era el menos indicado para culparle por tener deseos incestuosos hacia su tía, pero la forma rastrera en que los había consumado, su actitud hacia ella, la forma en que la sometía y degradaba, eso merecía un castigo.

10 julio 2026

Los secretos de Maribel. 3.

 


 Me limpié la cara y esperé unos minutos antes de salir. No quería dar pie a sospechas bajando al mismo tiempo que ella, aunque su madre la hubiese visto sola en la habitación. Una vez en las cercanías de la piscina, vi a mi madre sentada en su tumbona, poniéndose bronceador en los brazos. Estaba aún más guapa que por la mañana, con los ojos brillantes, las mejillas encendidas y el pelo algo alborotado. Incluso lucía una tenue sonrisa. Obviamente, no era la siesta lo que le había sentado tan bien, sino el polvo (o polvos) que le había echado su sobrino.

   La idea de mi madre disfrutando con Héctor, sometiéndose a sus deseos y dejándose llevar por el placer, me hubiese hecho enfurecer mucho más en otro momento, pero mi cerebro seguía escribiendo las líneas de mi propia aventura incestuosa. Alba estaba en otra de las tumbonas, recostada y ojeando una revista de moda como si nada hubiese pasado, y la tita Teresa estaba en otra, embadurnada ya en crema protectora y con el rostro medio oculto por unas enormes gafas de sol.

   —¿Dónde está Héctor? —pregunté, al notar la ausencia de mi primo.

   —Ha ido a echarle una mano a su padre con un trabajo —dijo Teresa, con la voz melodramática que ponía cuando hablaba de sus problemas—. Le han fastidiado el domingo, al pobre. Pero a ver... Tal y como está la cosa, no hay que rechazar un encargo aunque sea festivo.

   Mi tío Sancho era fontanero, y a juzgar por las constantes quejas de su esposa el negocio no le iba demasiado bien. Pero los problemas económicos de mis tíos no era lo que más me interesaba en ese momento. Héctor estaba fuera de escena, por lo que no tendría ocasión de aclarar el asunto de las cámaras ocultas. Por otra parte, que no estuviese me ponía las cosas más fáciles en lo relativo a su hermanita.

  Mamá terminó de untarse y se tumbó bocarriba, también con unas grandes gafas oscuras. Hice ademán de volverme hacia la piscina, me giré como si hubiese olvidado algo y miré a mi prima. Mi sonrisa debía resultar demasiado perversa o libidinosa, porque cuando Alba me miró se puso tensa y frunció el ceño.

   —Oye, Alba, ¿por qué no vienes al agua? —pregunté, lo bastante alto como para que lo oyesen su madre y la mía.

   —No tengo ganas —respondió.

  —Vamos, Alba. Vete a la piscina con tu primo, que luego te quejas de que no te hace caso —intervino la tía Teresa, como yo esperaba.

   —¡Mamá! ¿Cuándo he dicho yo eso?

   Reparé en que mi madre levantaba un poco la cabeza y me miraba. No podía ver sus ojos, pero resultaba evidente que estaba sorprendida. Era la primera vez que invitaba a mi prima a venirse conmigo al agua, y tal vez sospechaba que tramaba algo. O tal vez pensaba que me había tomado en serio sus palabras de la noche anterior sobre mi aparente indiferencia hacia Alba. En ese momento, sentía de todo por mi prima excepto indiferencia.

   Alba resopló, dejó su revista y me siguió hacia el borde de la piscina, seguramente para no levantar sospechas. Me miraba como si fuese un tigre dispuesto a morder de un momento a otro, y eso me gustó. Gracias a un supremo esfuerzo mental, había conseguido aplacar mi erección durante unos minutos, pero cuando nos metimos en el agua volvió con renovadas fuerzas. Cogí la pelota de waterpolo, que andaba flotando por allí, y se la lancé a mi prima sin mucha fuerza.

   —Venga, vamos a jugar un poco —dije, con tanta normalidad que solo ella podría haber captado una doble intención.

08 julio 2026

Los secretos de Maribel. 2.


  Llevaba uno de sus finos pareos atado a la altura del pecho y le llegaba un poco más abajo de las caderas, como un vestido muy corto que dejaba a la vista la totalidad de sus formidables piernas. No podía ver muy bien el bikini que se había puesto, pero me pareció que era el azul con pequeños lunares blancos, uno de mis favoritos. Se había lavado el pelo y lo llevaba suelto, húmedo y brillante a la luz del sol. 

   —¿Es que hoy no tienes hambre? —dijo, mirándome con las manos en las caderas y la cabeza algo ladeada—. Vamos, sal y sécate. La comida está lista.

   Nos sentamos a comer en la mesa de la cocina, como solíamos hacer cuando estábamos los dos solos. Su actitud era casi normal. Se la veía algo distraída, pero si no supiese lo que había pasado esa mañana no hubiese sospechado nada fuera de lo común.

   —¿No iba Héctor a quedarse a comer? —pregunté en tono despreocupado, para ver cual era su reacción.

   —No. Ha tenido que irse. Creo que había quedado con unos amigos —respondió, sin alterarse lo más mínimo.

   Me pregunté si mi primo le contaría a los macarras de sus amigos lo que le había hecho a su tía, o si dejaría de lado el parentesco y les diría solamente que una madurita adinerada le había hecho una soberbia mamada en un garaje. Me ponía enfermo la idea de que presumiese de su hazaña, pero era casi inevitable. Hacerlo con una mujer como mi madre era algo de lo que cualquiera querría presumir.

   —¿Y la tía Teresa? ¿Vendrá esta tarde con la prima?

   —Sí, vendrán a darse un baño —dijo mamá. Me pareció que la idea no le agradaba demasiado. Seguramente no le apetecía ver a la madre del pervertido que la había humillado—. Y por favor, hijo, no se te ocurra comentar nada de lo que ha pasado hoy.

   —¿Te refieres a lo de las webcams? —pregunté, con cierta malicia.

   —Pues claro. ¿A qué iba a referirme si no? —respondió, más nerviosa de lo que quería aparentar.

   Decidí no presionarla más. No sabía cómo reaccionaría al enterarse de que su hijo había presenciado la escena del garaje, y más teniendo en cuenta que ya estaba al corriente de mis fantasías incestuosas. Preferí fingir ignorancia hasta que supiese que es lo que había pasado exactamente entre su sobrino y ella.

   Después de comer nos fuimos al salón. Se recostó en un extremo del enorme sofá blanco situado frente al televisor de plasma y yo me tumbé en otro más pequeño que había cerca. Solo tenía que girar un poco la cabeza para mirarla, y no pude evitar hacerlo en varias ocasiones, hasta que se tapó las piernas con una fina manta.

   —¡Brrr! Parece que el aire acondicionado está muy fuerte. Hace frío —dijo, para disimular. Era obvio que, después de haber visto el material de mi ordenador, mis miradas la incomodaban.

   —Yo estoy bien. ¿Quieres que lo baje?

   —No... no, no hace falta.

   Pasamos la siguiente hora en silencio. Mamá miraba, prestándole tan poca atención como yo, una de esas espantosas películas basadas en hechos reales que ponen los sábados por la tarde. Yo repasaba mentalmente los acontecimientos del día, y aunque intentaba centrarme en cual sería mi siguiente movimiento para desentrañar el misterio de lo que había pasado entre mi madre y Héctor, mi cerebro no dejaba de mostrarme imágenes que me desconcentraban por completo: el cuerpo tembloroso de mamá, moreno y brillante por el sudor, la expresión de su rostro cuando gritaba de placer sobre el capó del coche, el triángulo de piel clara debajo del bikini... A veces había deseado verla tomando el sol desnuda, pero me encantaban las marcas del bronceado. Esas zonas pálidas me parecían muy sensuales, y además eran un premio. Verlas, tocarlas o besarlas era un privilegio con el que soñaba día y noche.

24 mayo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 07.


  La última patada voladora casi descolgó el saco de arena, firmemente sujeto al techo del gimnasio por una argolla de hierro. Cayeron algunos trozos diminutos de yeso mientras Ninette, sudorosa y jadeante, daba por finalizada la sesión de entrenamiento.

  Aquella mañana había empezado más temprano, antes del amanecer, para asegurarse de estar sola. Solo quedaban dos días para el combate en el Coliseum, el esperado enfrentamiento entre Laszlo Montesoro y Fedra Luvski, un acontecimiento del cual hablaba toda la ciudad. Las entradas estaban alcanzando cifras astronómicas en la reventa, y las apuestas movían millones por toda la ciudad.

  Nadie tenía más motivos que la joven lugarteniente de los Pumas Voladores para esperar el enfrentamiento con impaciencia, pues si Laszlo ganaba podría volver por fin con sus amigos, con Koudou, Loup y los demás. Echaba de menos las noches en el Boogaloo, escuchando su jukebox y bebiendo los dulces cócteles que le preparaba Nicodemo, y las partidas de Backgammon con Laszlo.

  Pero, después de un mes viviendo como una Bala Blanca, y sobre todo después del ataque a las Llamazonas, se sentía tan confusa como culpable. En su cabeza, escuchaba una y otra vez el crujido de la columna de la adversaria a la que matase en el restaurante, y el placer que sintió al dominar con el Ariete a la desgraciada novata llamada Sherry. Libélula, la Bala Blanca enmascarada, era mucho más fuerte y temible que Ninette, y la idea de no ponerse la máscara nunca más le provocaba una extraña nostalgia. Para colmo, se había encariñado con Esther, e incluso con Brenda, y el miedo que antes sintiese por La Capitana se había transformado en sincero respeto.

  Intentando no darle más vueltas al asunto, se dirigió hacia el vestuario. A esas horas, el cuartel general de los Balas era un lugar desierto y silencioso, y Ninette sintió cierta inquietud al desnudarse junto a la larga hilera de duchas vacías. Bajo el agua caliente, cerró los ojos, relajándose mientras el sudor y la tensión bajaban hasta el desagüe. Se enjabonó con las manos, acariciando con energía todo su cuerpo, desde los pechos pequeños, de puntiagudos pezones rosados, hasta las carnosas nalgas, más duras y tersas que hacía un mes, y las fuertes piernas de formas redondeadas.

  No tuvo tiempo de reaccionar cuando una mano le tapó la boca con fuerza y un brazo le rodeó el torso, arrastrándola fuera de la ducha. Al principio creyó que era otra de las bromas de Brenda, pero la voz que le habló al oído, acompañada por un desagradable aliento que olía a alcohol, era grave y rasposa. La voz de un hombre al que había conseguido evitar durante casi un mes y que ahora la tenía a su merced.

20 marzo 2022

RICITOS.

  Dentro de la cabaña el calor era sofocante, pero eso no molestaba demasiado a los tres hermanos Bearson, acostumbrados al clima extremo de aquella región boscosa.

   —¿Le queda mucho al estofado?— preguntó Klaus.

   —Ya casi está — respondió Paul, quien removía la enorme olla con un enorme cucharón de madera.

   —Abriré el barril — dijo Jansen.

   Los tres hermanos Bearson eran idénticos, come corresponde a unos trillizos. Los tres medían casi dos metros, los tres eran extraordinariamente robustos, con brazos como troncos y cuellos de toro, los tres llevaban la cabeza rapada y lucían espesas barbas negras como el carbón, los tres vestían pantalones de camuflaje y botas militares.

   —Ya está... ¡Joder, como nos vamos a poner!

   —Huele que alimenta.

   —Traed las jarras.

   Mientras Paul llenaba los platos hasta el borde con un sustancioso estofado de ciervo, Jansen llenaba hasta el borde tres grandes jarras. Después de una mañana poco provechosa, en la que un astuto jabalí se les había escapado por los pelos, los tres cazadores se disponían a consolarse con un almuerzo contundente y bien remojado con espumosa cerveza.

   —¡Joder, que buena pinta tiene, Paul!— exclamó Klaus.

   — Así es como lo hacía Madre, en paz descanse.

   Los trillizos se santiguaron al unísono, recordando a su oronda progenitora, y se dispusieron a dar cuenta del guiso, cuando sus aguzados oídos de cazador captaron un ruido que los hizo levantarse y correr hacia la ventana.

   A escasos cincuenta metros de la cabaña el sotobosque se removía, y los aguzados ojos de cazador de los trillizos Bearson vislumbraron el pelaje parduzco de un jabalí bastante grande.

   —¡Hijo de puta! Desde luego tiene cojones el bicho — gruñó Klaus.

   —El estofado lleva patatas. Las habrá olido el muy verraco — susurró Paul.

   —Ya comeremos luego, ¡a por él!— ordenó Jansen.

   Con movimientos enérgicos y expertos, los tres hermanos cruzaron sobre sus anchos torsos, desnudos y sudorosos, tres cinturones repletos de cartuchos. Agarraron sus respectivas escopetas y salieron de la cabaña a paso ligero pero sigiloso, adentrándose en el bosque desde tres direcciones distintas para rodear a la esquiva bestia.

   Pero el jabalí, después de haber huido de ellos durante toda la mañana, conocía a los hermanos Bearson mejor de lo que ellos lo conocían a él. Les obligó a perseguirle por la espesura durante dos horas, hasta que los cazadores, agotados y con los estómagos rugiendo por el hambre, desistieron de su empeño.

   —¡Maldito hijo de una cerda! Nos la ha vuelto a jugar.

   —Mañana le daremos lo suyo.

   —Sí, mañana será otro día. Vamos a comer y a pegarnos una buena siesta.

   Lo primero que los hermanos Bearson hacían cuando entraban en su cabaña era soltar las armas, pero aquella vez no lo hicieron. La puerta estaba entreabierta y, a pesar de las prisas, estaban seguros de haberla dejado cerrada.

   —Aquí ha entrado alguien, cuidado.

   —¿Habrá sido el hijoputa del marrano?

   —Calla, coño ¿desde cuando los jabalíes saben abrir puertas?

   La sorpresa de los cazadores aumentó cuando vieron, sobre la mesa, sus tres platos rebañados, y las tres jarras igualmente vacías. Se rascaron al unísono el vello negro y rizado que tapizaba sus pechos.

   —¡Se han puesto las botas!

   —Ssshh, calla Klaus, puede que sigan aquí.

   —Miremos en el dormitorio.