Lo primero que vi cuando me desperté fueron aquellas bragas blancas con ribete azul en mi mesita de noche, brillando casi bajo la luz de la mañana que entraba entre las cortinas de mi habitación. Eran la única prueba de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido un delirante sueño.
Estiré los músculos con un gruñido de satisfacción, cogí la inmaculada prenda y la miré mientras mi mente despertaba del todo y recreaba las imágenes, añadiendo más ímpetu a mi habitual erección mañanera. El partido de tenis nocturno, en el que mi madre y la famosa tenista Diana Wesley se habían batido mostrando sus encantos a la luz de los focos. La increíble escena lésbica en el vestuario y las atenciones orales de las gemelas africanas. Una noche que no olvidaría jamás.
Me quité los boxers y dejé a mi miembro erecto balancearse al ritmo de la sangre que hervía en sus cavidades. Acerqué las braguitas a mi rostro y aspiré profundamente, aunque ya sabía que mamá las había robado de la taquilla de la presumida norteamericana y no estaban usadas. Aún así, el olor de la tela perfumada por el suavizante y el recuerdo de su propietaria, sus nalgas perfectas aceitadas y enrojecidas por los azotes de su contrincante, bastaron para excitarme aún más.
Entonces escuché, procedente del piso de abajo, el característico pitido del microondas. Mi madre debía estar preparándose el desayuno. Me moría de ganas por verla, tantear su estado de ánimo y cómo le había afectado todo lo ocurrido hacía apenas unas horas. No solo la velada en casa de Don Gerardo Herrero sino también, y sobre todo, el beso que le había robado antes de volver a casa aprovechando su cansancio, un beso en el que nuestras lenguas habían llegado a tocarse durante un sublime instante.
Miré de nuevo las bragas de la campeona y tuve una idea que tal vez aliviaría un poco la tensión entre ambos. Sonreí con cierta malicia y me levanté para ponerla en práctica.
Como ya sospechaba, mi madre estaba en la cocina, sentada a la mesa frente a una humeante taza. No me escuchó llegar, así que me detuve en la puerta para observarla. Llevaba uno de sus finos vestidos veraniegos, corto y con tirantes, de un intenso color entre el naranja y el amarillo, el tipo de color que combinaba a la perfección con su piel bronceada. La prenda dejaba al descubierto casi toda la longitud de sus formidables piernas e iba descalza, lo cual me hizo recordar el placer que esos pies podían proporcionar. La larga melena negra, recogida en una coleta, parecía un poco húmeda, señal de que se había duchado o nadado en la piscina no hacía mucho.
—Buenos días, mamá —dije, después de acercarme a ella.
Mi aparición la pilló por sorpresa y no pudo evitar que la saludase con un rápido beso en los labios. Consideré un triunfo que no se quejase, aunque en sus preciosos ojos oscuros pude ver preocupación y cansancio. Fui hasta la nevera para servirme un vaso de zumo y caí en la cuenta de que su actitud no se debía a mis constantes intentos de meter mi lengua en su boca. Sin duda estaba preocupada por el trato que habíamos hecho con Herrero.
—¿Qué te pasa? ¿Tienes agujetas? —pregunté, tras sentarme frente a ella en la mesa.
—No muchas —Suspiró y le dio un sorbo a su bebida —. Estoy preocupada por tu primo.
Que mostrase tanta preocupación por su sobrino, el mismo hijo de perra que la había chantajeado y humillado, me puso de mal humor, pero en el fondo, y aunque me costaba reconocerlo, compartía la misma inquietud. A pesar de haber presenciado cómo usaba sus malas artes para abusar de mi madre, Héctor había sido como un hermano mayor para mí desde que tenía memoria. Habíamos pasado buenos ratos, me había defendido de matones y hasta había perdido la virginidad gracias a su ayuda. Desde luego, yo era el menos indicado para culparle por tener deseos incestuosos hacia su tía, pero la forma rastrera en que los había consumado, su actitud hacia ella, la forma en que la sometía y degradaba, eso merecía un castigo.



