Todos guardamos silencio durante unos segundos que parecieron meses, incluso años. Con sus oscuros ojos muy abiertos, mi madre miró a la tenista, en cuyo bonito rostro se dibujaba una mueca traviesa. Miró a Herrero, paciente como solo puede serlo quien siempre se sale con la suya. Por último me miró a mí, tan estupefacto como ella.
Mis sospechas comenzaban a confirmarse. Sabía que ese viejo verde no iba a conformarse con un simple partido . Quería una sesión de “tenis erótico”, si es que existía tal cosa, y no había elegido a mi madre por su habilidad en la pista sino por su espectacular anatomía. O quizá por ambas cosas. Lo más sorprendente era que Diana Wesley, toda una celebridad mundial, pareciese encantada con la peculiar norma del millonario.
—No... No me esperaba esto, Gerardo. Es algo... embarazoso —dijo mamá al fin, con las manos todavía sobre su escueta falda blanca.
—Vamos, Maribel —intervino Diana —. Ya verás que cómodo es. Te va a encantar, y jugarás mejor que nunca, te lo aseguro. Si en Wimbledon permitiesen jugar sin braguitas ganaría todos los años, ¡ja ja ja!
Las francas risotadas americanas de la tenista no relajaron demasiado a mi madre. Entonces me miró, como si buscase una respuesta en mi rostro. Yo no sabía qué decir. Me debatía entre el deseo de ver ese increíble, casi surrealista, partido de tenis y el impulso de protegerla de las libidinosas maquinaciones de Herrero. Temía que jugar “a pelo” solo fuese el principio y que el viejo guardase en la manga más ases obscenos.
—Entiéndelo, Gerardo... Delante de mi hijo...
El viejo soltó una carcajada chirriante y se giró hacia mí. No me gustó su forma de mirarme. Parecía saber de mí más de lo que yo pensaba. Me dije que miraba así a todo el mundo, para intimidar, aunque realmente no supiese nada. ¿Qué podría saber de mi? ¿Se habría dado cuenta de lo que mamá y yo hacíamos bajo el mantel del club? Eso era poco probable.
—No creo que a tu hijo le importe, mujer —dijo Herrero, en tono afable —. Hay confianza, ¿no? En una familia debe haber confianza. Al menos hasta que un miembro de esa familia se pasa de la raya y hay que darle un escarmiento. ¿No estás de acuerdo, Julio?
Los ojillos astutos del vejestorio se clavaron en los míos. Obviamente, mi presencia allí significaba que yo estaba al tanto de todo, y que incluso tal vez recurrir a él para castigar a mi primo había sido idea mía, cosa que era cierta.
—Si, estoy de acuerdo —dije, a regañadientes. Miré a mi madre y traté de sonreír para que se relajase. La había visto desnuda ese mismo día, en el baño, así que no había motivo para que mis miradas la incomodasen —. Hazlo, mamá, no pasa nada.
No estaba seguro de si me encontraba en posición de darle permiso para que se plegase a los deseos de nuestro anfitrión, pero mis palabras surtieron efecto. Ella suspiró, esbozó una tímida sonrisa que no enmascaraba del todo su reticencia y se metió las manos bajo la falda. Con un rápido movimiento, empujó sus bragas con los pulgares hasta los tobillos, sin flexionar las piernas. Sin agacharse, las hizo pasar por sus zapatillas deportivas y con una hábil patada consiguió que se elevasen en el aire. Pretendía cogerlas al vuelo, pero Diana Wesley hizo gala de sus bien entrenados reflejos y se le adelantó. Ver a esa mujer tan famosa con las inmaculadas bragas blancas de mi madre en la mano fue una de las situaciones más extrañas que he vivido jamás.
Por un momento pensé que iba a acercárselas al rostro para olerlas, pero en lugar de eso la atractiva norteamericana me las tendió a mí, mirándome con sus pícaros ojazos azules. A juzgar por el calor en mis mejillas, debí ponerme rojo como un demonio. Intentando fingir toda la normalidad posible, agarré la prenda y me la metí en el bolsillo trasero del pantalón.
—No las pierdas, ¿eh? Son parte del juego —dijo la tenista, guiñándome un ojo.
—¿Que... que quiere decir eso? —pregunté, algo escamado. Si aquel juego tenía más normas quería conocerlas todas.
Herrero le quitó importancia al asunto con un gesto de su arrugada mano.
—Bah, no es más que una pequeña tradición. La ganadora se queda con las braguitas de la perdedora. Por cierto, yo tengo las de Diana a buen recaudo.
Tras decir eso, dio unas palmaditas en el bolsillo de su pantalón. A continuación golpeó el suelo con su bastón, como un maestro de ceremonias anunciando el comienzo del espectáculo.
—Señoritas... ¡A la pista!
Las jugadoras obedecieron y caminaron hacia la salida trasera de la casa. Diana iba en cabeza, ya que ella conocía la propiedad de Herrero, sonriente y silbando una alegre melodía. El talante de mi madre era menos festivo. Aunque procuraba parecer despreocupada y segura, miraba a su alrededor con cierto nerviosismo y se daba leves tirones de la falda, intentando ocultar sus desprotegidas partes femeninas. Un gesto inútil, pues cuando comenzasen a correr por la pista no podría hacer nada para impedirlo.
Herrero y yo las seguíamos a varios pasos de distancia. El viejo no podía andar muy deprisa, y a pesar de todo no quería ser descortés y reduje el paso para ir a su lado. No quitaba ojo de las piernas de sus invitadas y en un par de ocasiones se relamió como un lagarto anticipándose al sabor de una presa. Salimos al exterior y recorrimos un sendero empedrado e iluminado por lámparas que imitaban antiguas farolas de gas. Aunque con mayor disimulo, yo también miraba las piernas de mi madre y su adversaria, tan diferentes como hermosas, y no dejaba de pensar en las intenciones del viejo.
—Don Gerardo —dije —. Sobre el partido... Supongo que no habrá público, ¿verdad?
—Oh, no, claro que no. Solo tu y yo —respondió. Levantó la cabeza y me miró otra vez con esos ojos astutos —. A no ser, claro está, que no te parezca apropiado verlo y prefieras ausentarte. En ese caso, hay muchas cosas en la casa con las que podrías pasar el rato: billar, una sala de cine, sauna, gimnasio, biblioteca, criadas obedientes... —añadió, guiñándome un ojo.
Reconozco que por un momento pasó por mi mente la idea de dar media vuelta y poner a prueba la obediencia de dichas criadas, que a juzgar por los gustos de su amo debían de ser más que apetecibles, pero no quería dejar a mi madre sola. No terminaba de fiarme de las intenciones de Herrero y me olvidé por un momento de lo peligroso que era, a pesar de su aspecto decrépito.
—Escuche, don Gerardo. No se que es lo que tiene planeado, pero sepa que no voy a consentir que intente... aprovecharse de mi madre —dije, con tanta firmeza como pude.
Herrero soltó una de sus carcajadas reptilianas, me miró con una ceja levantada y una sonrisa condescendiente en la que percibí también cierta tristeza.
—Vaya, chaval, no me imaginaba que los tenías tan bien puestos. Hacía mucho que nadie se atrevía a hablarme así. —Hizo una pausa y miró de nuevo al frente. Ya estábamos llegando a la pista de hierba—. No tienes de qué preocuparte. Aunque quisiera, esta ruina de cuerpo no me permitiría estar a la altura. Ya solo me queda alegrarme la vista, y el tacto de vez en cuando. Pero tranquilo, tu madre es toda una señora y no voy a faltarle el respeto toqueteándola como a una vulgar camarera.
Asentí varias veces, aunque no estaba del todo de acuerdo con él. Decía respetar a mi madre, pero a cambio de un favor la estaba exponiendo a la humillación de ser derrotada por una tenista profesional, y sin bragas.
Al fin llegamos a la pista, un perfecto rectángulo de hierba que parecía terciopelo verde iluminado por potentes focos. Me sorprendió ver las gradas vacías que la rodeaban, con capacidad para docenas de personas, y me pregunté si alguna vez habría público en esas peculiares veladas deportivas.
Las jugadoras entraron en la hierba y yo acompañé a don Gerardo hasta los escalones que daban acceso a las gradas. Cuando estábamos a punto de sentarnos en la cuarta fila, muy cerca de la pista pero lo bastante alejados como para tener una buena visión del juego, me di cuenta de que no estábamos solos. Junto a la tensa red, quietas como estatuas, nos esperaban dos chicas.
Eran muy jóvenes, no mucho mayores que mi prima Alba. Su piel negra, brillante a la luz de los focos como obsidiana pulida, sus rasgos y el cabello muy rizado, recogido en sendos moños compuestos por delgadas trenzas, indicaban que eran de ascendencia africana. Vestían ropa deportiva: un conjunto de camiseta de tirantes y pantalones muy cortos cuya blancura contrastaba con su piel. Tenían la belleza felina y salvaje que solo se encuentra en las mujeres del África profunda, cuerpos fibrosos de aspecto ágil y rostros serios que parecían tallados para representar a dos diosas de la sabana. Además, eran completamente idénticas.
—Ah, no te preocupes —dijo Herrero, que percibió mi sorpresa al ver a las desconocidas —. Son Greta y Marlene. Esta noche harán de recogepelotas. Son muy discretas, así que no te preocupes. No le contarán nada a nadie.
Sonreí un poco ante el hecho de que ambas se llamasen como actrices míticas de Hollywood (si es que esos eran sus nombres reales). Eso despertó mi curiosidad aún más. Comenzaba a sentirme menos cohibido por la compañía de Herrero, y me atreví a hacerle una pregunta.
—¿Son parte de su servicio, don Gerardo?
—Oh, no. Son unas gemelas huérfanas que adopté durante un safari —explicó el viejo —. Son muy buenas chicas, y les encanta el tenis. Deberías ver cómo juegan. Diana entrena a veces con ellas y dice que llegarán lejos.
Observé como las chicas se colocaban a ambos lados de la red y se agachaban, haciendo que la fina tela de sus conjuntos se pegase a sus bien formados cuerpos. Que dos hermanas de raza negra triunfasen en el tenis me parecía poco probable, pero no quise contradecir a su padre adoptivo.
Dejé de prestar atención a las exóticas recogepelotas cuando Diana Wesley hizo botar una bola amarilla contra la hierba. Su sonrisa había desaparecido y ahora mostraba la misma expresión concentrada que en cualquier partido de alto nivel. Mi madre estaba al otro lado de la pista, inclinada hacia adelante, sujetaba la raqueta con ambas manos y sus ojos oscuros estaban clavados en su adversaria. Dio unos cuantos botes en el sitio, a modo de calentamiento, y cuando su falda ondeó entendí por qué don Gerardo organizaba esa clase de partidos.
No era el hecho de ver el coño o las nalgas de las tenistas (un tipo como Herrero podía ver cuantas mujeres desnudas desease) era la emoción de no saber el momento exacto en que la tela se movería lo suficiente como para verlo, saborear la anticipación en cada zancada, finta o salto de las jugadoras. Realmente, era un entretenimiento sublime, de un erotismo mucho más refinado de lo que pudiese parecer en principio. Don Gerardo era un hombre que sabía disfrutar la belleza femenina, y al momento supe que tenía mucho que aprender de él.
Durante los primeros juegos del primer set, casi me hice ilusiones de que mi madre tuviese alguna oportunidad contra su rubia contrincante. Devolvió muchas de sus bolas, ganó un juego e incluso se atrevió a hacer una dejada a la que Diana no pudo llegar, momento en el que no pude evitar aplaudir y levantar el pulgar hacia mamá. Me miró con una breve sonrisa y de inmediato volvió a concentrarse en el partido. Como ya dije, es una mujer muy competitiva, y no daba una bola por perdida. Volaba por la pista, aprovechando la inusual longitud de sus piernas, sin preocuparse de que los movimientos de la falda mostrasen sus redondeadas nalgas, el triángulo oscuro de su vello púbico e incluso, cuando separaba mucho los muslos, el delicioso tono rosado oscuro de su sexo.
Pero la americana solo estaba calentando. En el segundo set su juego se volvió mucho más rápido y agresivo, demasiado para una amateur que casi le doblaba la edad. Aunque la detestaba por avasallar a mi madre de esa manera, también disfruté de su atlética belleza, su vello púbico dorado y perfectamente recortado, el rosa más claro de su prieta rajita, las nalgas en las que se podrían partir nueces. Y para colmo ambas gemían y jadeaban con cada golpe, añadiendo un factor sonoro que llevó mi calentura al punto de casi hacerme en algunos momentos olvidar lo que nos jugábamos, y lo que estábamos perdiendo, en ese partido.
—Le dije que no era justo, don Gerardo —dije, tras ver a mi madre intentando llegar a una bola imposible que golpeó casi en la línea —. La está humillando.
El viejo me miró un momento. Tenía el rostro perlado de sudor y los ojos le brillaban como a un niño con su juguete favorito. Ambos bebíamos agua mineral procedente de una nevera portátil que había aparecido en la grada como por arte de magia y Herrero dio un trago de su botella antes de hablar.
—Le dije a Diana que fuese suave, pero es incapaz de bajar el ritmo durante mucho tiempo. Por eso es una campeona. —Volvió a mirar a la pista y sonrió —. Pero puedes estar orgulloso de tu madre, chaval. Se está defendiendo como una leona. Creo que ni en mis mejores años hubiese podido ganarle.
Los elogios de Herrero no me consolaron. En efecto, mamá no se rendía. Tras más de una hora de partido, cubierta de sudor y jadeando de cansancio, corría con todas las fuerzas que le quedaban y sus ojos no perdían el acerado brillo de determinación. No podía soportar la idea de que todo ese esfuerzo fuese en vano, y de nuevo me atreví a encararme con el viejo.
—Seamos realistas, don Gerardo. Mi madre no va a ganar. ¿Va a ayudarnos con nuestro problema o todo esto ha sido una pérdida de tiempo?
—¿Pérdida de tiempo? —exclamó Herrero, mirándome con las cejas levantadas —. Pase lo que pase, ¿dirías que contemplar a semejantes mujeres, prodigios de belleza en movimiento, es una pérdida de tiempo? ¡Ah, jóvenes! La facilidad que hoy en día tenéis para disfrutar de la anatomía femenina, de verla incluso retorcerse en el falso éxtasis de la pornografía, os ha hecho perder la capacidad de maravillaros ante la simple visión de un cuerpo grácil y bien formado como los que esta noche admiramos. Pérdida de tiempo, dices, pero no te he visto apartar los ojos un segundo de esa belleza anglosajona de mejillas sonrosadas y muslos tan suaves como poderosos, ni de la peculiar y por ello aún más hermosa fisonomía de la mujer que te trajo al mundo entre sus formidables piernas, ni tampoco de esas dos hijas del continente negro, sigilosas y ágiles como panteras.
El apasionado discurso de Herrero me dejó sin palabras. Y cada palabra, por rimbombante que fuese, era cierta. Llevaba tanto tiempo empalmado que notaba la entrepierna húmeda, pero a pesar de todo no me dejé engatusar por sus frases. La peculiar y hermosa fisonomía y las formidables piernas de mi madre estaban al límite de sus fuerzas, y yo tenía que saber si su sacrificio obtendría alguna recompensa. No tuve que volver a preguntar, pues don Gerardo se adelantó a mis pensamientos tras dar otro sorbo de agua.
—Sobre nuestro trato... Ya veremos. Me lo pensaré después del partido. No me gusta tomar decisiones a la ligera. Y, desde luego, no me gusta que me presionen.
En su última frase había una advertencia que no me pasó desapercibida. La decisión era suya, y nada de lo que yo dijese inclinaría la balanza en un sentido u otro. Decidí que callarme era la mejor opción e intenté disfrutar del espectáculo.
Poco después, el partido terminó, con una aplastante victoria para Diana Wesley. Ambas jugadoras caminaron hasta la red y se dieron la mano. Saltaba a la vista que mi madre estaba agotada, pero caminaba erguida y aún con cierto orgullo, y sonrió deportivamente a su adversaria. Fueron hacia la grada y, como dos actrices tras una función, nos saludaron con una reverencia. Greta y Marlene estaban detrás de ellas, junto a la red, justo como antes de comenzar el partido. La única diferencia era que sus pieles brillaban más debido al ejercicio.
Herrero se puso en pie apoyándose en su bastón, se lo colocó bajo un brazo y aplaudió con entusiasmo, sonriendo de oreja a oreja. Por supuesto, yo hice lo mismo, mirando con orgullo a mi madre. Ella sonrió, o al menos lo intentó. Nadie podía culparla por perder ante una profesional, pero eso no hacía que la derrota doliese menos.
—¡Excelente, señoritas! ¡Magnifico! —exclamó el viejo.
En ese momento Diana, que no parecía ni de lejos tan cansada como su rival, se subió a las gradas de un salto y extendió hacia mí un brazo con la mano abierta. En sus ojos brillaba de nuevo esa inquietante picardía.
—Vamos, ya conoces la costumbre. Dámelas —dijo la americana.
Por un momento no supe a que se refería y me quedé mirándola con cara de idiota, hasta que recordé la otra “norma” del tenis nocturno. Saqué las bragas de mi madre de mi bolsillo trasero, arrugadas y un poco húmedas por mi propio sudor, y las puse en la mano de la tenista, quien las agarró, volvió al suelo y las levantó como si fuesen el puñetero trofeo de Wimbledon, dando saltos y gritando de alegría. Su actitud me pareció poco deportiva y de mal gusto, pero no hice nada más allá de mirarla con seriedad. Me pregunté cuantas bragas habría ganado en la pista de don Gerardo, y si las tendría colgadas en alguna pared de su mansión en Miami.
—Bien, mis hermosas damas de la hierba. Vayan a darse una merecida ducha mientras mi joven amigo y yo las esperamos tomando un refrigerio en la sala de estar —dijo Herrero, y remarcó sus palabras con un golpe de bastón en el suelo de la grada.
Las jugadoras caminaron hacia el pequeño edificio donde estaban los vestuarios (pequeño, pero casi tan grande como nuestra casa). El viejo y yo bajamos de la grada y nos dirigimos hacia el sendero empedrado. En cuanto lo pisamos, los focos de la pista se apagaron de golpe. Me giré para echar un vistazo y vi que Greta y Marlene habían desaparecido. También me sorprendió que Herrero no se dirigiese hacia la mansión. Tomó una bifurcación del camino y me indicó que lo siguiese. El nuevo camino era más sombrío, flanqueado por densa vegetación selvática. Por un momento temí que el excéntrico millonario tuviese intenciones deshonestas hacia mi persona, pero teniendo en cuenta su devoción por la anatomía femenina parecía poco probable que le interesasen los jovencitos. También imaginé fugazmente a sus dos gemelas africanas abalanzándose sobre mí desde las sombras para devorarme, convertidas en feroces panteras. Obviamente, mi imaginación estaba fuera de control, así que hablé solo para romper el espeso silencio.
—¿A dónde vamos, don Gerardo?
—Te dije que debía tomar una decisión respecto al asunto de tu primo, y vamos al lugar donde voy a tomar esa decisión.
Sin dar más explicaciones, Herrero continuó caminando. Minutos después, el sendero terminó en un muro cubierto de enredaderas con una sencilla puerta. Tardé un poco en darme cuenta de que era la parte trasera del edificio donde estaban los vestuarios. Mi guía abrió la puerta y le seguí, no sin cierto resquemor, por un pasillo estrecho y poco iluminado, hasta llegar a otra puerta que también traspasamos. De pronto estábamos en una pequeña habitación amueblada solo con dos antiguas sillas forradas de cuero, orientadas hacia una pared ocupada en gran parte por lo que en un principio tomé por una enorme pantalla de plasma. Pero era un cristal, y tras él podía verse una amplia y luminosa estancia recubierta de azulejos blancos, con taquillas de metal azulado, varios bancos de madera y una hilera de duchas sin ninguna cortina o separación entre ellas. Dos de ellas estaban encendidas, y bajo el agua caliente había dos mujeres: una joven rubia de piel sonrosada y una belleza madura que debía medir más de metro noventa.
—¡Joder! Son Diana y mi madre —exclamé. Al instante bajé la voz y me agaché un poco — ¿Qué coño pasa aquí?
—Tranquilo, chaval. Ellas no pueden vernos ni oírnos. Esto es un falso espejo. Otra de las sugerencias de mi querida señorita Wesley. Qué chica tan avispada, ¿verdad?
El viejo sátiro dejó su bastón apoyado en la pared, cerró la puerta del habitáculo y se acomodó en una de las sillas con un gruñido de satisfacción. Yo tenía razón. Herrero no tenía suficiente con el partido sin bragas y se disponía a deleitarse con los cuerpos desnudos y húmedos de las jugadoras. Reconozco que me decepcionó un poco; comparado con el tenis erótico, espiar los vestuarios resultaba vulgar. Aunque no por ello aparté la vista de las duchas. No tardé mucho en sentarme en la otra silla para disimular mi erección.
Mientras se duchaban, las mujeres charlaban animadamente. No se me da bien leer los labios, pero supuse que hablarían de tenis.
—¿No hay micrófonos, don Gerardo? —pregunté.
—Oh, desde luego que no. Mi único interés consiste en deleitarme con la visión de sus cuerpos. Escuchar lo que dicen no sería educado.
—Claro, eso sería invadir su intimidad —dije, con cierto sarcasmo.
Cuando terminaron de lavarse, Diana y mi madre fueron hasta los bancos y comenzaron a secarse con sendas toallas blancas. En esa situación, totalmente desnudas y actuando con naturalidad, la diferencia de estatura resultaba más patente que nunca. La americana no era bajita, pero junto a mi imponente madre parecía una chiquilla. Mamá se sentó para secarse mejor las piernas, y Diana optó por apoyar un pie en el banco e inclinarse, lo que nos proporcionó una vista deliciosa de sus tonificados glúteos.
—Chaval, tu madre es una mujer única —dijo de pronto Herrero, sobresaltándome un poco —. Que una mujer de su excepcional estatura posea un cuerpo tan armonioso, femenino y bien formado es un prodigio de la naturaleza, ¿no estás de acuerdo?
Asentí a las palabras del viejo, pues estaba de acuerdo, pero hablar con un extraño, en aquella extraña situación, sobre el cuerpo de mamá no me resultaba cómodo en absoluto. Al otro lado del cristal, mi madre sacó su ropa de la taquilla y se dispuso a vestirse. En ese momento Diana dijo algo que la hizo cambiar de idea. Intercambiaron algunas frases y me percaté de que la rubia tenista tenía en la mano un bote de plástico. Apuntó con él hacia su propio pecho y un chorro de aceite transparente resbaló entre los firmes pechos de pezones rosados, gruesos y erectos. Soltó el envase en el banco y extendió la brillante sustancia por su piel, masajeando con movimientos lentos pero firmes todo su cuerpo, que en pocos minutos quedó cubierto por una fina pátina resbaladiza.
En el privilegiado palco tras el falso espejo, Herrero parecía hipnotizado por el espectáculo. Solo se movía de cuando en cuando para acomodarse mejor en la silla, o se relamía sacando la punta de la lengua entre sus finos labios. Mi mayor temor era que, en algún momento, el viejo se bajase la bragueta y comenzase a meneársela, pero no lo hizo.
Yo, por mi parte, la tenía tan dura que no dejaba de removerme en el asiento, buscando la postura menos dolorosa. Tenía la sensación de que si cruzaba las piernas la mera presión del muslo me haría correrme encima, así que las separé cuanto pude, fingiendo una postura relajada.
Entre tanto, mi madre echó mano al bote de aceite hidratante, pero Diana se le adelantó y lo levantó sobre su cabeza, riendo como una chiquilla traviesa. Por un momento sostuvieron lo que parecía una discusión amistosa. Mamá hizo un gesto de resignación, sonrió y se sentó a horcajadas en el banco de madera. Se recogió su larga melena negra en una especie de moño para dejar al descubierto su espalda, y la americana disparó el bote de aceite. La visión de sus manos pálidas recorriendo la espalda morena de mi madre hizo palpitar mi verga contra la tela del pantalón.
Casi me da un mareo cuando mamá se puso de pie, con las piernas separadas ya que el banco estaba entre sus pantorrillas, y Diana extendió el masaje hacia abajo, magreando sin reparo alguno las nalgas y los muslos de la mujer a la que había humillado en la pista. Entonces mi madre se dio la vuelta, le quitó el bote de aceite a la tenista y derramó una buena cantidad del fluido en su torso, donde los pezones oscuros subían y bajaban al ritmo de su respiración. Pude ver en sus ojos que estaba tomando el control de la situación, y eso me gustó. Diana continuó con el masaje, esta vez en la parte delantera del monumental cuerpo. Cuando se agachó para alcanzar las pantorrillas sucedió algo que sorprendió incluso a Herrero. Mi madre agarró la coleta rubia de Diana Wesley, dobló un poco las rodillas al tiempo que adelantaba la pelvis, y obligó a la joven a poner la boca justo en su clítoris.
—Vaya, vaya, chaval —dijo Herrero —. Parece que a tu madre le quedan fuerzas para jugar la revancha. Una mujer única, qué duda cabe...
Yo no dije nada. Me quedé inmóvil como una gárgola, sin apartar los ojos de la increíble escena, y con miedo a que un movimiento brusco me hiciese correrme en los pantalones. Lejos de mostrar desagrado, Diana comenzó a chupar y a lamer, apoyó las manos en los muslos de mi madre y a pesar de la distancia pude ver durante un instante como sus labios rodeaban el epicentro del placer femenino, lo chupó con energía y después abrió la boca para estimularlo con rápidos movimientos de su lengua. En el rostro de mamá se mezclaban el placer y el triunfo. Inclinó la cabeza hacia atrás y sus labios se entreabrieron. Hubiese dado cualquier cosa por escuchar sus suspiros de placer.
De pronto, la cremallera de mi pantalón bajó y el botón se desabrochó. La excitación enturbiaba mi entendimiento de tal forma que, por un momento, pensé que yo mismo lo había hecho, pero mis manos estaban en los reposabrazos de la silla. Solté una exclamación ahogada y di un respingo cuando vi cuatro manos oscuras que trataban de bajarme los pantalones y cuatro ojos felinos que me miraban. Como surgidas de las sombras, Greta y Marlene estaban arrodilladas frente a mí, y antes de que pudiese hacer nada habían liberado a la bestia de un solo ojo, que se balanceó frente a sus impasibles rostros en todo su palpitante esplendor.
—¿Pero... Pe... Pero qué...? —conseguí balbucir.
Herrero miró en mi dirección, vio mi cipote rampante a escasos centímetros de sus dos hijas adoptivas y se limitó a hacer un gesto de aprobación. Al parecer, esas dos gemelas eran algo más que recogepelotas.
—Tranquilo, chaval. Parece que le has gustado a mis chicas, y no les gusta cualquiera, así que considérate afortunado y disfruta.
Desde luego, de no ser por la presencia del viejo, que seguía incomodándome un poco, me hubiese sentido el tipo más afortunado del mundo. Por un lado era espectador privilegiado de un intenso polvo lésbico entre mi madre, la protagonista de casi todas mis fantasías calenturientas, y una bella deportista de fama mundial, y por otro lado dos misteriosas jóvenes salidas de algún remoto rincón de África parecían dispuestas a complacerme sin ni siquiera intercambiar una palabra.
No sabía cual era Greta y cual Marlene, pero eso no me importaba demasiado. La que estaba junto a mi muslo izquierdo se inclinó, separó sus gruesos labios y humedeció con suaves lengüetazos mis doloridos huevos. A mi derecha, un rostro idéntico se acercó a mi hinchado glande y succionó la punta como si quisiera sacar el veneno de una mordedura de serpiente, mientras movía sus manos a lo largo del tronco.
Cuando conseguí mirar de nuevo a los vestuarios vi que la situación había cambiado. Mi madre había colocado a Diana en el banco en una postura que acentuaba la actitud sumisa de la tenista, con el rostro pegado a la madera, las piernas flexionadas y las rodillas juntas, de modo que su culo quedaba levantado y expuesto a los deseos de su nueva ama. Vi a mamá echarse más aceite en la mano e introducir los dedos entre los muslos, abriéndose camino en la rajita de la rubia, más prieta aún debido a la postura. Llegó a introducir tres dedos, que metía y sacaba acelerando el ritmo poco a poco. De cuando en cuando le azotaba las nalgas, dejando marcas en la delicada piel, o se inclinaba sobre ella para hablarle cerca del oído mientras le agarraba el pelo con autoridad. Puede que la norteamericana la hubiese humillado en la pista, pero en el vestuario estaba claro quien dominaba.
Bajé de nuevo la vista hacia mi concurrida entrepierna, para ver a las gemelas turnándose en la gozosa labor de chuparme el rabo. Una de ellas se lo introducía en la boca hasta la mitad, sujetándolo con la mano, subía y bajaba la cabeza, apretándolo con los labios y lubricándolo con caliente saliva, hasta que su hermana se lo arrebataba y repetía la operación. Pronto perdí la cuenta de las veces que mi herramienta cambió de manos, y de boca. No podía dejar de mirarlas, sus preciosos rostros de pómulos marcados y nariz ancha que se confundían con la oscuridad de la pequeña habitación. Apenas podía ver sus cuerpos, pero me pareció que estaban desnudas. Dejé de mirarlas al escuchar un comentario de Herrero.
—Oh, excelente idea, Maribel —dijo para sí, pues ella no podía oírle. A continuación elevó un poco la voz y se dirigió a mí —. No te lo pierdas, chaval.
Al instante entendí el entusiasmo del viejo. Mi madre había cogido de la taquilla la raqueta de Diana, escupió varias veces en el extremo del mango y extendió la saliva con la mano, como si lo masturbase. La tenista continuaba en la misma postura vulnerable, con su bonito rostro arrebolado y la boca medio abierta. Se abrió aún más, y sus párpados se cerraron con fuerza, cuando mamá introdujo el mango de la raqueta en su coño. Lo hizo despacio, sin forzarlo, cosa que no era necesaria, pues la saliva, junto con el aceite y los propios fluidos de Diana eran lubricante más que suficiente. La sonrisa perversa en el rostro de mi madre se acentuó, azotó de nuevo las enrojecidas nalgas con una mano mientras con la otra movía la raqueta, hundiendo por completo el mango en el cuerpo tembloroso la joven para volver a sacarlo casi entero y repetirlo una y otra vez. A juzgar por sus gestos, Diana gritaba y gemía de placer. Había apoyado las manos en el suelo, a ambos lados del banco, y con cada arremetida del mango sacudía las piernas, aunque lo único que le permitía su postura era dar pataditas en el banco.
Tras unas cuantas docenas de penetraciones, mi madre tiró la raqueta al suelo, empapada en los fluidos de Diana. Con movimientos enérgicos pero no demasiado bruscos, la obligó a tumbarse bocarriba en el banco, con las piernas abiertas. Durante nuestra comida en el club, cuando intentaba sonsacarle información sobre su vida sexual, salio a colación la postura de “la tijera”, una maniobra lésbica que mamá afirmó no haber practicado nunca. Pero allí estaba, colocándose en el banco de forma que la chorreante vulva de Diana quedase pegada a la suya. Era una tijera desigual debido a la diferencia de estatura, y por ello resultaba más excitante aún. Mamá agarró una de las piernas de la tenista para atraerla hacia sí y que el roce fuese más intenso, apoyó una mano en el suelo y comenzó a mover las caderas.
Yo estaba a punto de estallar. Greta y Marlene habían decidido compartir su caramelo, así que tenía dos manos negras y delicadas moviéndose a lo largo de mi tranca, dos pares de labios carnosos chupando y dos lenguas lamiendo. De vez en cuando se deslizaba arriba o abajo, resbaladiza por la abundante saliva, y las bocas de las gemelas se encontraban, se besaban y dedicaban unos segundos a entrelazar las lenguas y compartir el sabor de mi masculinidad. Estaban a punto de tener mucho más que compartir.
Diana se retorcía de placer, su boca se abría o apretaba los dientes con fuerza, temblaba y se estremecía bajo la implacable llave a la que mi madre la sometía. Había colocado uno de sus pies en el rostro de la norteamericana, aplastando de nuevo su cara contra la ahora resbaladiza madera del banco, y le sujetaba con fuerza una de sus atléticas piernas. La velocidad del frotamiento vaginal se incrementó por momentos. Ahora el rostro de mi madre también estaba transformado por las descargas de un intenso orgasmo. Vi los fluidos salpicar entre ambas mujeres, empapando sus muslos y vientres.
Sin previo avisó, mi cañón descargo toda su blanca y viscosa munición sobre los rostros de ébano. Casi arranco los reposabrazos de la silla y tuve que hacer un esfuerzo colosal para no gritar de placer. El orgasmo me pareció el más largo que había tenido jamás, y las oleadas de semen que salpicaban o goteaban sobre las bocas de las gemelas, abiertas como las de pajarillos hambrientos, parecían interminables. Tras un largo y profundo suspiro miré hacia abajo y las vi limpiando mi verga con sus lenguas, para a continuación limpiarse la una a la otra con cariñosos lametones.
No se cuanto tiempo pasé en la silla con los ojos cerrados, intentando normalizar mi respiración. Seguramente no llegó a un minuto, pero cuando volví a levantar los párpados mi madre y Diana estaban de nuevo en la ducha, eliminando los restos de su apasionada prórroga. Greta y Marlene habían desaparecido de nuevo, no sin antes subirme los pantalones y abrocharme la bragueta, como si nunca hubiesen estado allí. Pero habían estado allí, y mis huevos vacíos podían dar fe de ello.
Casi me había olvidado de que Herrero estaba sentado a escasa distancia, y me sobresalté cuando escuché su voz.
—Bueno, chaval, espero que tu discreción sea comparable a la de mis queridas gemelas y no le cuentes a nadie lo que ha pasado aquí esta noche, ¿de acuerdo?
—Por... Por supuesto que no, don Gerardo. No diré una palabra a nadie nunca —dije, y lo decía sinceramente.
—Buen chico. Y ahora vayamos a beber algo mientras las damas terminan de asearse. No se tu, pero yo estoy sediento.
No tuvimos que esperar demasiado sentados en la lujosa sala de estar, rehidratando nuestros gaznates y hablando sobre asuntos del Club y otras banalidades. En apenas diez minutos apareció mi madre, con su colorido y veraniego vestido corto y sin mangas. Llevaba el pelo suelto, todavía húmedo, y la expresión de su atractivo rostro era difícil de definir: había satisfacción, cansancio y preocupación. De inmediato me puse en pie y me acerqué a ella. Puse una mano en su brazo, caliente y suave, y le di un casto beso en la mejilla.
—Has estado muy bien, mamá —dije.
Ella sonrió y me acarició la nuca con cariño. Pensó que me refería al partido de tenis, y en parte así era, pero las imágenes que acudían a mi mente eran las de su cuerpo desnudo y aceitado en el vestuario. Diana Wesley entró en la habitación poco después, con las mejillas coloradas y su imborrable picardía en los ojos azules. Parecía tan relajada como si acabase de salir de una larga sesión de spa. Llevaba una ceñida camiseta de tirantes azul donde se marcaban sus apetitosos pezones y unos pantalones anchos con estampado de camuflaje. Me hizo gracia que llevase ropa parecida a la que solía usar mi primo Héctor, aunque la de la tenista debía costar diez veces más.
Herrero se levantó y se acercó a nosotros, apoyándose en su bastón. Miró a mi madre de arriba a abajo sin ningún disimulo, cosa que seguía sin gustarme a pesar de lo ocurrido. Ahora era incluso peor, pues cuando la mirase podría desnudarla mentalmente sin necesidad de usar la imaginación.
—Tu hijo tiene razón, Maribel. —dijo el viejo. Intercambió una mirada lasciva con Diana que no me pasó desapercibida —. Ha sido la mejor velada de tenis nocturno desde que mandé construir esa pista.
—Gracias. Pero he perdido —dijo mi madre, más seria ahora.
—Bah, no te preocupes por eso. El espectáculo que he presenciado esta noche ha sido tan magnífico que sería injusto por mi parte negarte ese insignificante favor que me pides, Maribel. Mañana mismo me encargaré de que ese granuja deje de molestarte.
Yo respiré aliviado. Don Gerardo iba a ayudarnos, después de todo. Héctor recibiría un escarmiento. Además, ahora mamá y yo compartíamos otro secreto. Tenía que ser cuidadoso y conseguir que lo ocurrido esa noche nos uniese más, en lugar de tomar el camino fácil del chantaje y conseguir que me odiase.
—Gerardo, recuerda que es mi sobrino. No seas demasiado duro.
—Oh, descuida. Solo haré que le den un buen susto.
Me molestó un poco que mamá se preocupase tanto por Héctor, después de todo lo que le había hecho ese bastardo. Pero reconocí que tenía razón. Al fin y al cabo era de la familia y yo tampoco quería verlo muerto o lisiado. Sentí curiosidad por saber que clase de medidas tomaría Herrero, aunque no me atreví a preguntar y mi madre tampoco. Ambos pensábamos que era mejor no saberlo.
Cuando nos despedimos, el viejo soltó una sarta de cumplidos hacia su invitada. A mi me dio la mano y un leve cachete en la mejilla acompañado de un guiño. Aquel tipo seguía sin gustarme, pero ahora sentía bastante admiración por él. Celebridades desnudas, exóticas hijas adoptivas, criadas obedientes, lujo y poder, ¿quién no querría vivir así?
Diana se despidió de mamá con mucha discreción, teniendo en cuenta lo ocurrido en el vestuario. Pero sus miradas después de besarse las mejillas revelaban que habían hecho algo más que jugar al tenis. Al menos para mí resultaba evidente, y el doble sentido de las frases que intercambiaron me hizo sonreír como un idiota.
—Tenemos que repetirlo, Maribel. Ha sido estupendo —dijo la norteamericana, con su marcado acento.
— Desde luego. Aunque tendré que entrenar mucho más para estar a la altura la próxima vez.
—Oh, has estado a la altura, te lo aseguro —dijo Diana, y me pareció que sus mejillas enrojecían un poco más.
Tras despedirnos, un criado nos acompañó a nuestro vehículo. Una vez solos, mamá se derrumbó en el asiento del conductor, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y soltó un profundo suspiro. Sentado a su lado, dediqué unos segundos a recrearme con las formas de su cuerpo bronceado, mucho más oscuro a la escasa luz de las farolas del aparcamiento, en la belleza de su poderoso perfil, donde la nariz destacaba sobre la deliciosa boca entreabierta.
—Dios mio... Estoy hecha polvo. Ya no estoy para estos trotes, hijo.
Alargué una mano y le acaricié el brazo, desde el codo hasta la mano. Me contuve a duras penas para no tocar su tentador muslo y entrelacé mis dedos con los suyos, mucho más largos. Giró la cabeza y abrió los ojos para mirarme. Una mirada dulce acompañada de una sonrisa que me dejó sin aliento.
—Estoy orgulloso de ti, mamá.
No quería aprovecharme de su cansancio, pero tampoco estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de conseguir algo más esa noche. Ese día ya había probado sus labios dos veces, y decidí arriesgarme con una tercera. Me incliné hacia su asiento y la besé. Sentí el calor de su piel, el aroma de su pelo limpio, su respiración cerca de mi rostro. Le acaricié la mejilla, giré un poco la cabeza y busqué su lengua con la mía. Por un momento pensé que lo había conseguido. Entreabrió los labios y el sabor de su saliva incendió mi sangre. Noté de nuevo la presión en los pantalones. Apreté su mano con más fuerza y nuestras lenguas se tocaron durante un sublime segundo. Entonces se apartó, suspiró de nuevo y me soltó la mano. Me dolió ver el arrepentimiento en sus ojos mientras metía la llave en el contacto y supe que me había dejado llegar más lejos de lo que pretendía. Había sido un momento de debilidad, y de nuevo sus defensas estaban levantadas.
—Vámonos a casa —dijo, con voz cansada. Cansada tanto por el esfuerzo físico de esa noche como por mis constantes intentos de arrastrarla a los perturbadores placeres del incesto —. Solo quiero llegar y meterme en la cama.
—Si quieres, puedo darte un masaje relajante antes de dormir —dije, sin pensarlo mucho.
—Julio, por favor. Estoy demasiado cansada para esto.
Parecía a punto de enfadarse de verdad, así que opté por callarme y dejarla en paz por esa noche. Tenía todo el tiempo del mundo para reanudar la cacería, y a pesar de su actitud algo me decía que mi presa terminaría por sucumbir. Tuve la tentación de contarle todo lo ocurrido en la mansión de Herrero, el asunto del falso espejo, cómo la había visto hacer la tijera con su contrincante e incluso la increíble mamada a dos bocas de Greta y Marlene, pero decidí dejarlo para otro momento. O tal vez no. Yo también tenía derecho a mis secretos.
Antes de arrancar, sonrió de repente y me miró con una extraña sonrisa.
—Ah, ¿sabes qué? Tengo un regalo para ti.
No podía imaginar a que se refería. Rebuscó en su bolso un momento, riendo por lo bajo, y sacó algo que puso en mi regazo. Al cogerlo vi que eran unas bragas blancas con un ribete azul.
—Son de Diana Wesley. Me cabreó tanto que me ganase por tanta diferencia que se las robé de la taquilla —dijo, con un aire travieso que pocas veces había visto en ella —. Puedes quedártelas de recuerdo, pero cuidado con enseñárselas a nadie.
No pude evitar reírme yo también. Y desde luego no pude evitar llevarme la prenda al rostro y aspirar su aroma. Solo olían a suavizante, ya que estaban sin usar. Las bragas que Diana llevaba puestas antes del partido debían seguir en el bolsillo de Herrero.
—¡Julio, no seas guarro!
—Vaya, si que huelen a campeona.
Seguimos bromeando y riendo mientras salíamos de la propiedad de Gerardo Herrero, camino de casa. Había sido un día de lo más intenso, y la verdad es que yo también necesitaba descansar. Más de lo que pensaba, pues el día siguiente iba a ser aún más movido.
CONTINUARÁ...

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