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05 junio 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 08.

  Poco después de la puesta de sol, los potentes focos que iluminaban la arena de El Coliseum se encendieron, provocando gritos de júbilo e impaciencia en las miles de personas que miraban desde las gradas.

   El enorme edificio circular, adornado con arcos y columnas de mármol  y majestuosas esculturas, parecía llevar allí miles de años. En realidad tenía poco más de un siglo. Uno de los primeros alcaldes de la ciudad, un extravagante multimillonario, lo había mandado construir, pagándolo con su propia fortuna, y nadie sabía el motivo. Después de su muerte, el monumento quedó abandonado y las bandas se lo apropiaron para celebrar sus populares combates entre líderes.

   En el palco principal, flanqueado por una colosal diosa desnuda con una lanza y un dios de falo erecto que empuñaba una maza, se sentaban los líderes y principales lugartenientes de las bandas, mezclados con personajes poderosos de la ciudad. Empresarios, banqueros, deportistas, modelos, jueces, e incluso el alcalde, conversaban animadamente, comían, bebían y flirteaban. Además de para ver el combate, muchos acudían para participar en el jolgorio que se extendía por las gradas, donde abundaba el alcohol, las drogas y los cuerpos con poca ropa.

   Sentado cerca de un fiscal se encontraba el comisario Graywood, observando con el ceño fruncido cuanto le rodeaba y con una severa mirada en sus ojos grises. En teoría, los combates de El Coliseum eran ilegales, pero para la policía era más fácil hacer la vista gorda, e incluso acudir al evento, que intentar acabar con una tradición tan arraigada entre los criminales de la ciudad. Miró por enésima vez el asiento vacío entre el suyo y el de Tarsis Voregan. 

   —Parece que nuestra vaquita se retrasa —dijo el líder de los Toros de Hierro, mirando al comisario con su habitual sonrisa irónica.

   Graywood detestaba a aquel presuntuoso delincuente de melena rubia, detestaba que fuese amante de su hija y detestaba que la llamase "vaquita". 

   —Nunca ha sido demasiado puntual —afirmó el comisario, sin mirar siquiera a Voregan.

   —Me ha sorprendido verle aquí —dijo Tarsis—. Su hija dice que no le gustan estos combates.

   —No pensaba venir, pero no me agradaba la idea de que Darla estuviese sola entre tanta gentuza.

   —¡Ja, ja, ja! Así que está aquí por amor paterno, ¿eh?

   El veterano policía clavó sus duros ojos en los del Toro. No le gustaba el tono malicioso en el que había pronunciado la última frase. ¿Acaso Darla le había hablado de los encuentros incestuosos que mantenían desde hacía años? Prefirió pensar que su hija era demasiado inteligente para eso, soltó un gruñido de asentimiento y apartó la vista del arrogante joven.

   —No se preocupe, comisario. Nuestra vaquita sabe cuidarse sola.



      Situados en amplios pasajes subterráneos , los vestuarios de El Coliseum eran sombríos y silenciosos. Allí apenas llegaba el alboroto del exterior, y Laszlo Montesoro lo agradecía. Estaba sentado en un banco de madera, realizando ejercicios de respiración para concentrarse. Estaba ansioso por combatir; deseaba la victoria más de lo que nunca había deseado nada. Y Kuokegaros, el dios primitivo cuyo poder le llenaba las venas con un calor sobrenatural, estaba impaciente.

   En aquellas estancias de paredes rocosas solo se permitía la entrada a los líderes, a sus lugartenientes, y a uno de los numerosos árbitros que supervisaban la contienda, para comprobar que los luchadores no llevasen armas ocultas, algo improbable ya que combatían casi desnudos. A el líder de los Pumas Voladores no le había agradado en absoluto que aquel tipo con camiseta a rayas blancas y negras le metiese un dedo enfundado en látex por el culo, pero era parte de las normas. Se había adoptado esa medida quince años atrás, cuando la entonces líder de los Murciélagos Dorados había degollado a su adversario con una navaja automática que ocultaba dentro de su vagina. Desde ese día, la inspección de orificios corporales era obligatoria.

   Koudou se encontraba a escasos metros de su líder, apoyado en el muro y fumando con expresión inescrutable. Loup Makoa, la cuarta persona en la estancia, miró a Laszlo con una sonrisa burlona mientras este se subía los cortos calzones que llevaría en la arena, mitad negros y mitad púrpura.

   —¿No me digas que no te ha gustado aunque sea solo un poco,  jefe?

   —Cállate, Makoa —gruñó el líder.

   —Todo en orden —dijo el árbitro en tono solemne. Se quitó el guante y lo arrojó a una papelera —. Dentro de diez minutos pronunciarán tu nombre por los altavoces y saldrás a la arena. 

   Laszlo miró al guerrero negro, quien asintió con gesto grave. Era la muestra de apoyo más efusiva que obtendría del siempre adusto Koudou. Loup Makoa, en cambio, le dio un largo abrazo y un beso en la mejilla.

   —Suerte, jefe. Haz que esa enorme zorra pida clemencia.

   Era lo único en lo que pensaba. Durante los dos días que había pasado en casa de Biluva, alternando sesiones de sexo salvaje para apaciguar su ánimo exaltado y ejercicios de meditación, no pensaba en otra cosa que en humillar a La Capitana delante de toda la ciudad. Casi no se acordaba de lo que supondría la victoria o la derrota, de la libertad de Ninette o del futuro de Los Pumas Voladores. Solo pensaba en ganar.

24 mayo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 07.


  La última patada voladora casi descolgó el saco de arena, firmemente sujeto al techo del gimnasio por una argolla de hierro. Cayeron algunos trozos diminutos de yeso mientras Ninette, sudorosa y jadeante, daba por finalizada la sesión de entrenamiento.

  Aquella mañana había empezado más temprano, antes del amanecer, para asegurarse de estar sola. Solo quedaban dos días para el combate en el Coliseum, el esperado enfrentamiento entre Laszlo Montesoro y Fedra Luvski, un acontecimiento del cual hablaba toda la ciudad. Las entradas estaban alcanzando cifras astronómicas en la reventa, y las apuestas movían millones por toda la ciudad.

  Nadie tenía más motivos que la joven lugarteniente de los Pumas Voladores para esperar el enfrentamiento con impaciencia, pues si Laszlo ganaba podría volver por fin con sus amigos, con Koudou, Loup y los demás. Echaba de menos las noches en el Boogaloo, escuchando su jukebox y bebiendo los dulces cócteles que le preparaba Nicodemo, y las partidas de Backgammon con Laszlo.

  Pero, después de un mes viviendo como una Bala Blanca, y sobre todo después del ataque a las Llamazonas, se sentía tan confusa como culpable. En su cabeza, escuchaba una y otra vez el crujido de la columna de la adversaria a la que matase en el restaurante, y el placer que sintió al dominar con el Ariete a la desgraciada novata llamada Sherry. Libélula, la Bala Blanca enmascarada, era mucho más fuerte y temible que Ninette, y la idea de no ponerse la máscara nunca más le provocaba una extraña nostalgia. Para colmo, se había encariñado con Esther, e incluso con Brenda, y el miedo que antes sintiese por La Capitana se había transformado en sincero respeto.

  Intentando no darle más vueltas al asunto, se dirigió hacia el vestuario. A esas horas, el cuartel general de los Balas era un lugar desierto y silencioso, y Ninette sintió cierta inquietud al desnudarse junto a la larga hilera de duchas vacías. Bajo el agua caliente, cerró los ojos, relajándose mientras el sudor y la tensión bajaban hasta el desagüe. Se enjabonó con las manos, acariciando con energía todo su cuerpo, desde los pechos pequeños, de puntiagudos pezones rosados, hasta las carnosas nalgas, más duras y tersas que hacía un mes, y las fuertes piernas de formas redondeadas.

  No tuvo tiempo de reaccionar cuando una mano le tapó la boca con fuerza y un brazo le rodeó el torso, arrastrándola fuera de la ducha. Al principio creyó que era otra de las bromas de Brenda, pero la voz que le habló al oído, acompañada por un desagradable aliento que olía a alcohol, era grave y rasposa. La voz de un hombre al que había conseguido evitar durante casi un mes y que ahora la tenía a su merced.

31 marzo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 02.


   Precedida de una nube de vapor, Darla Graywood salió de la sauna, marcando con sus pies descalzos el suelo mientras se alejaba, consciente de que su compañero, sentado dentro, observaba  el hipnótico contoneo de sus caderas.

   Recorrió parte de la lujosa suite, dejando que la brisa que entraba por las ventanas enfriase su piel bronceada y se paró frente a un espejo de pie rodeado por un barroco marco dorado. Se encontraba en una de las habitaciones más caras del Sardanápalo, hotel del cual era directora y en el cual se refugiaba cuando quería mantener un encuentro discreto, ya fuese por negocios o por placer. O por ambas cosas, como en aquella ocasión.

   Con las manos en la cintura, la Directora Graywood adoptó varias poses frente al espejo, recreándose en la turgencia de sus propias curvas. Ya hacía una semana desde que fuese liberada y las marcas casi habían desaparecido, pero a la hija del comisario le ardía la sangre cada vez con más furia al recordar la humillación y el miedo que le habían hecho sentir, sensaciones a las que no estaba ni mucho menos acostumbrada. Levantó la barbilla, mirando desafiante su propio reflejo y ofreciendo un perfil regio, magnificado por la prominente nariz, a su acompañante, quien la miraba desde la enorme cama vestido con un albornoz que se ceñía a las formas de su musculoso cuerpo.

   —Me muero de hambre ¿Has pedido el desayuno? —preguntó Tarsis Voregan mientras se acomodaba sobre un almohadón.

   No era ni de lejos la mujer más hermosa de la que había gozado el líder de los Toros de Hierro, pero tenía que admitir que Darla le atraía como pocas lo habían hecho. Era una mujer inteligente, ambiciosa, con pocos escrúpulos, déspota y clasista, además de una amante inagotable y perversa, virtudes todas ellas que Tarsis apreciaba y que se concentraban en un cuerpo compacto y neumático. Cuerpo que se dejó engullir perezosamente por el otro almohadón.

   —Llegará pronto —dijo la mujer, recostándose sobre el ancho torso de su amante—. Y cuando llegue te daré una pequeña lección sobre cómo tratar a tus subordinados, mi querido Toro.

   Tarsis soltó un suspiro de hastío. A pesar de que su banda se había comprometido a proteger el Sardanápalo y hostigar a los demás hoteles de la zona y a pesar de que Clayton y Sanzinno habían sido ejecutados, Darla no estaba del todo contenta y no lo estaría hasta que no viese la cabeza de Lazslo Montesoro en una bandeja.

   —Ese hijo de puta me trató peor que a un animal. Ni siquiera me miró a la cara mientras me daba por el culo una y otra vez... 

   —No seas tan impaciente, vaquita, a el Puma también le llegará su hora, pero antes tiene que volar un poco para mí.

   —¿De Verdad crees que ese niñato va a poder con La Capitana? Si mal no recuerdo consiguió derrotar a esas dos bestias con tacones que te cubren las espaldas y te obligó a pagar un rescate por ellas —dijo Darla, sin importarle que sus palabras enfureciesen al Toro.

   El hombre se pasó la mano entre las rubias hondas de su melena, intentando no sucumbir al impulso de cerrarle la boca de un puñetazo. Freda Luvski "La Capitana" era la líder de los Balas  Blancas, una banda que controlaba gran parte del Distrito Norte. Aquel marimacho había interceptado a Farada y Lethea cuando huían del atraco a un banco, dando lugar a uno de los episodios más vergonzosos en la historia de los Toros de Hierro.

   —Me basta con que haga de escudo humano durante un tiempo, bloqueando la frontera norte del distrito hasta que disponga de efectivos suficientes para aplastar a los Balas, y lo poco que quede de los Pumas.

   La hija del comisario resopló con desdén y se dio la vuelta para coger un cigarrillo de la mesita de noche. Lo encendió y exhaló una espesa nube de humo blanco en dirección al techo decorado con frescos y molduras doradas. Antes de que pudiese replicar un melodioso toque de campana se dejó oír en toda la suite. Darla desplegó la pantalla táctil unida al cabecero de la cama, rodeada también por un recargado marco dorado, manipuló el sencillo interfaz durante dos segundos y la imagen de una camarera de piso tras un carrito plateado apareció en la pantalla.

27 marzo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 01.



  Los dos primeros puñetazos habían sido apenas caricias comparados con el tercero, el que le rompió la nariz. El policía sonrió al ver la sangre chorrear sobre el torso desnudo de su prisionero, atado a una silla de metal atornillada al suelo de la sala de interrogatorios: un sótano inmundo con paredes de cemento iluminado por una mugrienta bombilla.

  Laszlo Montesoro, líder de los Pumas Voladores, realizó el único movimiento que le permitían sus firmes ataduras, movió la cabeza a ambos lados, desorientado por el tremendo golpe, y apretó las mandíbulas para reprimir cualquier expresión de dolor. El musculoso pecho se hinchó, oprimido por las cuerdas, y todo el aire salió concentrado en un escupitajo que salpicó de sangre la cara y la pulcra camisa celeste del agente.

—Te has pasado, puto saco de mierda.

  El cuarto golpe fue con el dorso de la mano, tan fuerte que le habría arrojado al suelo de no estar tan firmemente sujeto. Cuando tocaba el suelo gris de la sala la sangre parecía volverse negra. Le zumbaban los oídos y solo veía puntos brillantes.

  El otro agente, un gorila rapado de casi dos metros sacó una de sus armas reglamentarias y se acercó a Laszlo por detrás, colocándole el mango de la larga porra entre las mandíbulas, como el bocado a un caballo, impidiéndole emitir cualquier sonido que no fuese un bronco gruñido. El primer policía había encendido mientras tanto un cigarrillo, y se acercaba al joven detenido con la mirada propia de quien desea causar dolor y sabe muy bien cómo hacerlo. Los dientes de Laszlo se clavaron en el mango de la porra cuando la punta candente del pitillo le perforó la piel del pecho.

 

  Toda la culpa había sido de Clayton y Sanzinno, dos malditos novatos. Apenas llevaban un mes en los Pumas Voladores, realizando tareas menores, y se morían de ganas por impresionar al jefe y ser merecedores de trabajos más interesantes.

  Hacía dos noches, la pareja de novatos vigilaba la salida de un club del centro, uno de los locales de moda para los veinteañeros de clase media—alta, en su mayoría jóvenes profesionales o estudiantes mantenidos por papá que conducían coches caros, vestían ropa cara y babeaban tras mujeres caras. El cometido de Sanzinno y Clayton consistía en esperar a que saliese alguien solo y lo bastante borracho como para intentar volver a casa a pie. Entonces los pumas le seguirían hasta que llegasen a una zona solitaria y le despojarían de cualquier cosa de valor que llevase encima.

  Cuando estaban a punto de marcharse, a eso de las cinco de la madrugada, malhumorados y bastante colocados, vieron salir a una pareja: él era un guaperas que llevaba traje sin corbata, alto y atlético; ella debía de tener algo más de treinta años, era bajita y llevaba un vestido sobrio y elegante, pero que hacía resaltar sus generosas curvas.

—¡Mira! ¿Sabes quién es esa? —preguntó Sanzinno a su compañero.

—Otra furcia borracha ¿qué más da? ¿nos largamos o qué?

—Mírala bien, estúpido.

  Clayton obedeció a su compañero, contemplando a la mujer mientras se aproximaba hacia ellos castigando la acera con unos zapatos negros de tacón alto atados con finas correas de cuero que formaban rombos en la piel de sus bronceadas y carnosas pantorrillas. Oculto en la sombra de un zaguán, examinó su rostro, atractivo a pesar de una nariz algo grande, de expresivos ojos verdes que brillaban tras los cristales de unas livianas gafas de patillas rojas. La media melena azabache y la mueca irónica que danzaba en sus jugosos labios terminaron por iluminar la memoria del cansado Clayton.

—¿Es la hija del comisario?

—Lo es —contestó Sanzinno en un susurro, ya que la pareja pasaba en ese momento cerca de donde estaban escondidos—. La niña del ojo de papá.

—Querrás decir la hija de papá, o la niña de sus ojos...

—¿Qué más da, capullo? Vamos a por ella.

  Clayton miró a su compañero detenidamente, intentado averiguar si estaba de broma. Sin duda se trataba de Darla Graywood, hija del comisario del Distrito Oeste. Su rostro era conocido en toda la ciudad debido a sus frecuentes apariciones en los medios, tanto por su exitosa carrera profesional (dirigía un famoso hotel de lujo) como por sus amoríos con otras celebridades. No reconocía al tipo que la acompañaba, y que a pesar de su tamaño no era rival para dos Pumas Voladores por muy novatos que fuesen.

—¿Lo dices en serio? ¿vamos a atracar a la hija del comisario Graywood?

—¿Quien habla de atracarla? —exclamó Sanzinno, cada vez más alterado—. Vamos a secuestrarla.

  Dicho esto salió del escondite en pos de su presa. Clayton no pudo hacer otra cosa que seguirlo. Había dejado que Sanzinno tomase la iniciativa durante demasiado tiempo y ahora, cuando de verdad necesitaba disuadirle de cometer una estupidez, no se sentía con suficiente autoridad.

  No pudieron creer la suerte que tenían cuando la pareja, algo vacilante por el alcohol ingerido en el club, se adentró en un callejón desierto y estrecho que sus perseguidores conocían bien, un lugar donde, si no les daban ocasión de gritar, no tendrían ninguna oportunidad de escapar o pedir ayuda.

  Absorta en la conversación con su compañero, Darla Graywood no reparó en dos sombras más oscuras que las demás que se aproximaban a su espalda. Una de ellas la agarró, tapándole la boca con fuerza y sujetándole los brazos contra el tronco mientras miraba, con los ojos desorbitados tras los cristales, como la otra dejaba fuera de combate de un único golpe en el cuello a su amante y supuesto protector. Sanzinno dibujó un diminuto punto rojo en la suave piel del cuello femenino con la calculada presión

—Pórtate bien Graywood, o tu papi te encontrará mañana en un cubo de basura con un agujero en la garganta.

  Clayton arrastró a su prisionera hacia una zona más resguardada del callejón, intentando no confiarse ante la actitud aparentemente sumisa de la mujer, quien en lugar de resistirse lloraba copiosamente, tanto que Clayton notaba rodar por su mano las lágrimas turbias de maquillaje. Sanzinno agarró uno de los grandes pechos de Darla, mientras acariciaba el pezón del otro, marcado contra la tela del vestido, con la punta de su arma.

—¿Por qué no dejas eso para luego y nos vamos de una puta vez? —inquirió Clayton, intentando sonar sereno a oídos de su presa.

—Quiero ser el primero. Tú procura que no grite.

09 julio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (23)



  Una vez en el cuarto piso, caminé hacia la puerta marcada con la letra B. Me crucé con una vecina, pero por desgracia no era la “madurita follable” de la que habían hablado mis tíos la tarde anterior sino una veinteañera anodina a la que saludé inclinando la cabeza. Una vez frente a mi destino, llamé al timbre y esperé. 
  Pasaron unos treinta segundos y volví a llamar, temiendo ya que no hubiese nadie en casa. Escuché una voz estridente, barriobajera e inconfundible que gritaba “¡Ya va!¡Ya va!”. La puerta al fin se abrió y mi tía Bárbara me miró de arriba a abajo con una mueca donde se mezclaban sin disimulo alguno la sorpresa, la repulsión y el enojo. No pude evitar que mi sonrisa se ensanchase cuando vi su ojo morado y la nariz un poco hinchada (buen golpe, mami).
  —¿Y tú que coño haces aquí?
  —Lo primero, buenos días —saludé, socarrón.
  Entré al recibidor, colándome sin esfuerzo entre su cuerpo y la pared, ya que era de las que abren la puerta de par en par sin ni siquiera echar un vistazo por la mirilla. Una falta de prudencia que podía traerle problemas. Y ese día el problema era yo. 
  —Pasa, hombre. No te cortes —dijo, desabrida, antes de cerrar la puerta.
  Conocía bien el piso de anteriores visitas, así que fui directo a la cocina y dejé la bolsa del supermercado sobre la encimera de mármol. Era una cocina a la última, muy distinta a la de mi abuela, con microondas y una nevera enorme de esas que hacen cubitos de hielo. Olía a café recién hecho y había una bolsa de magdalenas abierta cerca de los fogones. Al parecer, mi malhumorada anfitriona se disponía a desayunar y era evidente que se había levantado poco antes, a eso de las nueve. Su suegra y su cuñada llevaban despiertas desde el amanecer, pero bueno, no era una competición, ¿verdad? 
  Me giré cuando la escuché resoplar detrás de mí. Me miraba con los brazos cruzados bajo el abundante busto y las piernas separadas, desafiante pero desde una distancia prudencial. Iba descalza, con las uñas aún pintadas de verde lima, el pelo recogido en una coleta con una goma rosa y vestida, por llamarlo de alguna forma, solo con unas bragas amarillas al menos una talla más pequeñas de lo que correspondía y una camiseta ajustada de tirantes, también amarilla, que dejaba a la vista el ombligo y evidenciaba la ausencia de sujetador en la parte pectoral. Estaba buena, sin duda, pero solo porque de momento la genética respetaba sus 32 años. Si no comenzaba a cuidarse, muy pronto la celulitis adornaría las tersas redondeces de sus caderas, el vientre que ahora mostraba con orgullo se hincharía y el exceso de bronceado convertiría su bonita piel morena en cuero arrugado.
  —¿Siempre abres la puerta en bragas sin saber quien es? —ataqué, sin dejarme distraer por su apabullante sensualidad— ¿Y si hubiera sido un extraño?
  —Me da igual que me vean en bragas. Estoy en mi casa y abro la puerta como me sale del coño —me espetó, levantando la barbilla, como si el exhibicionismo fuese motivo de orgullo.
  —Estás muy chulita, amiga, teniendo en cuenta lo que hiciste ayer. 
  Bufó y puso los ojos en blanco, como si le estuviera haciendo perder su valioso tiempo. Se acercó y me miró a los ojos, sacando pecho.
  —Mira, si has venido a darme la charla olvídate. Tu tío y yo hemos pasado la noche hablando... —Tuvo un momento de debilidad. Giró la cara e hizo una pausa dramática, como si tuviese un nudo en la garganta—. Me ha dado otra oportunidad, y eso es lo que cuenta. Lo que penséis los demás me importa una mierda, ¿estamos?
  Está vez fui yo quien resopló y negó con la cabeza. No me podía creer que el blandengue de su marido la hubiese perdonado después de pillarla in fraganti follándose a su propio hermano en la casa familiar. O estaba muy enamorado o era un calzonazos de primera categoría. O a lo mejor era de esos a los que les gusta que se empotren a su mujer, vete a saber.
  —Yo te habría echado a la calle como a una perra, que es lo que eres —dije.

17 marzo 2022

HASTA QUE LA LUNA NOS SEPARE.


  En cuanto salí de la joyería con el anillo de compromiso en el bolsillo supe que no podía seguir ocultándoselo. No a Debra.

   Nuestra historia de amor no podría haber sido más clásica; prácticamente un cliché. Nos habíamos conocido en la universidad, siendo yo el quarterback del equipo de football y ella una de las animadoras. Una preciosidad de melena castaña y grandes ojos color miel de la que me enamoré casi a primera vista.

Éramos la pareja más envidiada del campus. No había chico que no quisiese estar en mi lugar ni chica que no la odiase al verla pasear colgada de mi musculoso brazo. Cualquiera hubiese vendido su alma al diablo por pasar un rato junto a ella en el asiento trasero de mi Camaro, acariciando su sedosa piel bajo la ropa, o besando los muslos que dejaba casi al descubierto la escueta falda de su uniforme.

  Al principio me manifestó su determinación de llegar virgen al matrimonio, pero al cabo de unos meses se reveló su naturaleza voluptuosa y se entregó a mí, ocultos entre los árboles de un bosque a las afueras de nuestra pequeña ciudad. Yo ya había estado con otras chicas (era el quarterback, ya sabéis) y mi experiencia hizo que todo resultase más sencillo para ambos. Fue dulce al principio. Un pausado intercambio de besos, caricias y susurros entre los asientos de cuero. Poco más tarde estaba tumbada sobre el capó, prácticamente desnuda, gimiendo de placer con cada una de mis acometidas.

   Cuando nos graduamos yo encontré un buen empleo, a pesar de mi mediocre expediente académico, lo que me permitió alquilar una casa en las afueras, cerca del bosque. Debra, mucho mejor estudiante que yo, comenzó a trabajar en un jardín de infancia hasta poder cumplir su sueño de ser profesora.

   Las cosas no podían irnos mejor, y antes de que toda la ciudad comenzase a preguntarse por qué nuestro noviazgo se prolongaba tanto entré en la joyería y escogí un anillo, pensando que debía sentirme el hombre más feliz del mundo. Sin embargo no era así.

   Durante toda mi vida había conseguido ocultarle mi secreto a  quienes me conocían, incluso a mi familia y a mis mejores amigos. Incluso a Debra. Pero si iba a compartir mi vida con ella debía compartirlo todo: la deslumbrante luz del hombre atractivo, encantador y honrado al que amaba, y también las más oscuras de mis sombras.

   Lo preparé todo cuidadosamente. Sería en la misma solitaria arboleda donde fue mía por primera vez. Un picnic bajo la luz de las estrellas, con algunas velas, una botella de buen vino... y escarbando en mi pecho como una familia de ratas la maldita incertidumbre. No por la proposición: estaba seguro de que Debra deseaba ser mi esposa más que nada en el mundo, sino por la revelación que, necesariamente, acompañaría a la propuesta. Si ella no aceptaba la única parte de mí que aún no conocía todo mi mundo se vendría abajo.

   La recogí en casa de sus padres, como de costumbre. Llevaba unos pantalones blancos, ajustados a las elegantes curvas de sus caderas y muslos, una camisa a cuadros abotonada con recato (tanto como permitía la silueta de unos prominentes pechos dibujándose en la tela) y el pelo recogido con un pañuelo amarillo.

—¿Voy bien para un picnic nocturno? —preguntó, juguetona, después de besarme.

—Estás preciosa.

   A lo largo de los años, había aprendido a dominar mis nervios. A ocultar mis emociones, o fingir otras, incluso en la más delicada de las situaciones. Pero aquella noche estaba demasiado agitado y Debra me conocía demasiado bien.

—¿Te ocurre algo, cariño? Estás muy callado.

—Nada, preciosa.

   Ella se recostó en el asiento, y pude ver de soslayo cierta sonrisa traviesa que se esforzó por disimular. Sin duda sabía, o tenía firmes sospechas, sobre el motivo (al menos uno de ellos) de la inusual cena campestre. Vivíamos en una ciudad pequeña, yo era alguien bastante conocido en la comunidad y el día anterior había comprado un anillo de compromiso. Las noticias vuelan.

   Detuve el coche al borde de un claro, abrí el maletero y comencé a disponerlo todo, bajo la luz anaranjada del crepúsculo, bromeando con Debra, quien insistía en ayudarme mientras la apartaba con amorosos forcejeos. Extendí la manta sobre la hojarasca, preparé las velas, los platos y las copas.

   Cuando nos sentamos, mirándonos a los ojos, ya era de noche. Algunas nubes ocultaban la luna, y los jugosos labios de Debra jugueteaban con el borde de su copa. No podía esperar mucho más. Mi corazón, un corazón de atleta que rara vez se aceleraba, estaba al borde de la taquicardia.