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15 julio 2026

Los secretos de Maribel. 8.


   Alba y yo pasamos el resto del día solos en la casa, aunque tanto su madre como la mía nos llamaron varias veces para informarnos sobre los progresos en el caso de Héctor, quien seguía enjaulado en la comisaría gracias a el “bueno” de Herrero. A pesar de los esfuerzos de mi padre y sus colegas del bufete, la policía insistía en retener a mi primo durante veinticuatro horas, cosa que al parecer les permitía la ley, por lo que el presunto traficante de cocaína iba a pasar la noche en el cómodo catre de una celda.

  Como es de suponer, mi vivaracha prima y yo no nos aburrimos, solos en el enorme chalet. Después de la memorable y educativa mamada en el dormitorio de mis padres, pasamos el resto de la mañana jugando a la consola, escuchando música y mirando vídeos en mi ordenador. A la hora de comer pedimos una pizza, y tras devorarla en cuestión de minutos nos dimos un baño en la piscina.

  Su temperamento se había suavizado bastante y saltaba a la vista que mi actitud dominante mantenía bajo control su arrogancia barriobajera. No puso ninguna objeción cuando repetí la hazaña de follármela en el agua, esta vez durante más tiempo y con mucha colaboración por su parte. En general, estaba resultando un día estupendo, con la casa para mí solo, mi primo Héctor entre rejas y su hermanita dispuesta a satisfacer todas las necesidades de mi infatigable libido. No todas, pues no dejaba de acosarme el vívido recuerdo de lo sucedido con mamá esa mañana. La sensación de su lengua en mi boca, de su cuerpo tan cerca del mío, aparecía de improviso, intoxicaba la realidad y multiplicaba por cien la intensidad de cualquier estímulo carnal. Hasta el punto de que cuando esa tarde me corrí en la piscina, con la verga apretada entre las resbaladizas y soberbias nalgas de Alba, era el cuerpo y el rostro de mi madre lo que ocupaba mi mente por completo.

  El resto de la familia llegó a la casa al anochecer. Mi prima y yo, saciados de comida, diversión y sexo, estábamos tirados en el sofá del salón como dos gatos somnolientos, mirando sin mucho interés una serie policíaca en la televisión de plasma. Mamá entró la primera, seguida de cerca por su marido y por la tía Teresa, cuya cara regordeta y pecosa todavía mostraba signos de llanto reciente. Conociendo a la hermana mayor de mi madre, supuse que se había pasado el día sollozando, lamentándose y defendiendo la inocencia de su querido hijo. Su marido, el tío Sancho, se había quedado en la ciudad por si surgía alguna novedad o soltaban a Héctor antes de lo esperado.

  Lo que más me sorprendió fue ver allí a mi padre, quien ese verano aún no había puesto los pies en nuestra residencia veraniega. Papá es un tipo alto (alrededor de metro ochenta y cinco, lo suficiente para besar a su mujer sin tener que ponerse de puntillas), con la cabeza afeitada para disimular su calvicie y una barba entrecana bien recortada. Se mantenía en buena forma, y a sus cincuenta y un años las mujeres todavía lo consideraban atractivo. Nuestra relación no era mala, aunque pasábamos poco tiempo juntos y a medida que aumentaba mi deseo hacia mi madre también lo hacía una especie de rencor hacia él, provocado en gran parte por la envidia y por el hecho de que prestase tan poca atención a una mujer tan extraordinaria como ella.

  Esa noche solo intercambiamos un par de frases, mientras cenábamos todos juntos en la cocina. Durante unos interminables treinta minutos, todas las conversaciones giraron en torno a mi primo Héctor y a su desafortunado encontronazo con la justicia. Mi padre afirmaba que lo soltarían a la mañana siguiente sin lugar a dudas, la tía Teresa comenzó a llorar de nuevo y su hermana trató de consolarla, yo comía en silencio y Alba miraba su móvil sin prestar apenas atención a nada más. En resumen, la peor cena familiar que recuerdo.

  Después todos fueron al salón para ver un rato la televisión e intentar distraerse un poco. Mi madre se quedó en la cocina recogiendo los platos y con la excusa de ayudarla yo también. Se había puesto una bata de estilo japonés, con un vistoso estampado rojo y negro, que le llegaba hasta las rodillas, y se había recogido el pelo con un sencillo moño del cual escapaban sedosos mechones de cabello negro. La visión de las torneadas pantorrillas y del largo cuello bastaron para excitarme, y no desaproveché la ocasión de acercarme a ella tanto como pude para hablarle en voz muy baja.

  —Dime, ¿has visto a Héctor?

  Antes de responder, giró la cabeza para asegurarse de que nadie podía oírnos, y vi como sus manos temblaban un poco. Me alegró ver que ya no parecía tan preocupada y triste como por la mañana, solo cansada.

  —No. Solo tu padre ha podido entrar a hablar con él. Dice que está bien, algo asustado, y que está convencido de que alguien le ha metido la droga en el coche, pero no sospecha de nadie.

  —Aunque supiese que ha sido cosa de Herrero no diría nada —dije, tras reflexionar unos segundos —. Y si sabe que tú le pediste ayuda, tampoco dirá nada, porque tendría que contar lo que te hizo.

12 julio 2026

Los secretos de Maribel. 5.

 


Esa tarde, intenté tratar a mi madre lo mejor posible, para compensarla por lo mal que se lo había hecho pasar en el club. Nadamos un rato en la piscina, bromeando y riendo como en los viejos tiempos, y no intenté rozarme ni tocarla más de lo imprescindible. Después nos tumbamos un rato al sol, y me fue imposible no mirarla mientras se untaba el bronceador por todo el cuerpo. Por un momento creí que iba a pedirme ayuda, pero desde luego no lo hizo.

   Se había puesto uno de sus bikinis más recatados, si es que alguno lo era, blanco y con un estampado de cerezas rojas. Reparé en que una de las pequeñas frutas quedaba justo sobre su pezón, y hubiese dado cualquier cosa por hincarle el diente. También llevaba sus gafas de sol y se había recogido el pelo en una coleta. Yo estaba en la tumbona de al lado, echado bocarriba, y aunque esa tarde quería disimular mi erección para no disgustarla, reaccioné demasiado tarde y antes de que doblase la pierna para que fuese menos visible ella reparó en el bulto. Sonrió de forma indescifrable y negó lentamente con la cabeza, como solía hacer cuando le decía algún disparate o me comportaba de forma demasiado infantil.

   —Ah, la juventud —suspiró. Supuse que se refería al hecho de que volviese a tenerla tan dura apenas una hora después de haberme corrido en el restaurante. A mí no me parecía nada fuera de lo común; en más de una ocasión me había masturbado dos veces seguidas sin que mi obelisco perdiese ni un grado de verticalidad—. Ve al baño, anda. Quizá me quede dormida y no quiero que hagas ninguna tontería.

   —Ya te he dicho que me comportaré, mamá. Puedes dormir tranquila —prometí —Además, no es por ti. Estaba pensando en la tía Teresa.

   Se rio y se echó hacia atrás en la tumbona, con una pierna un poco flexionada y los brazos paralelos al cuerpo. Parecía una modelo posando para un anuncio de bikinis. Al menos su risa había sonado alegre y burlona, sin un ápice de sarcasmo o amargura. 

   —Si me duermo despiértame en una hora. Tengo que llamar a Herrero para concertar una reunión —me dijo.

   La mención del viejo verde hizo que mi zepelín se desinflase un poco. Habíamos decidido pedirle ayuda, ya que no solo era poderoso e influyente dentro del club sino en todo el país. A lo largo de décadas de exitosos negocios, Herrero había comprado, de una forma u otra, a jueces, fiscales, jefes de policía, políticos e incluso capos del crimen organizado. Si alguien podía escarmentar a un chulito de barrio como Héctor era él. No era un amigo íntimo de la familia, pero le tenía cierto aprecio a mi padre, con quien a veces sostenía largas conversaciones sobre economía o política, y por supuesto admiraba sin ningún disimulo la inusual anatomía de mi madre. Bastaría con que mamá llevase a la reunión un vestido corto y algo escotado para que Herrero accediese a su petición, un favor que para un hombre como él resultaba insignificante.

   —Yo iré contigo, por supuesto —dije, con aire de macho protector.

   —No es necesario, Julio.

   —Claro que sí. No quiero dejarte sola con ese viejo verde.

   —¿Y qué podría hacerme? —dijo mamá, riendo—. Me desnudará con los ojos, como hace siempre, y si me siento a su lado tal vez me toque un poco el muslo. A mí también me desagrada, hijo, pero estoy dispuesta a pasar por eso si nos libra de Héctor.

   Me entristeció un poco que una mujer tan orgullosa estuviese dispuesta a dejarse toquetear por un anciano sátiro para conseguir ayuda, pero pensándolo bien era una minucia comparada con la humillación de la que pretendía librarse. Mi madre se encontraba en esa situación no solo por la lujuria y las malas artes de mi primo, sino también por su escasa prudencia a la hora de cometer adulterio.

   —Iré, de todas formas. Además, si vas sola a su casa la gente podría pensar mal y empezarían los rumores. Ya sabes cómo son…

   —No creo que a nadie se le pasase por la cabeza que estoy liada con Herrero —dijo, mirándome por encima de las gafas. Volvió a colocarlas sobre su prominente nariz y torció un poco los labios—. Pero la verdad es que no me apetece ir sola. Puedes venir, si prometes que te vas a comportar como es debido.

   —Vamos, mamá —protesté, indignado—. ¿Qué podría hacer en casa de un extraño?

   —Lo mismo pensé cuando fuimos al club, y mira lo que hiciste.

   —Ya te he dicho que no volveré a comportarme así. Confía en mí.

08 julio 2026

Los secretos de Maribel. 2.


  Llevaba uno de sus finos pareos atado a la altura del pecho y le llegaba un poco más abajo de las caderas, como un vestido muy corto que dejaba a la vista la totalidad de sus formidables piernas. No podía ver muy bien el bikini que se había puesto, pero me pareció que era el azul con pequeños lunares blancos, uno de mis favoritos. Se había lavado el pelo y lo llevaba suelto, húmedo y brillante a la luz del sol. 

   —¿Es que hoy no tienes hambre? —dijo, mirándome con las manos en las caderas y la cabeza algo ladeada—. Vamos, sal y sécate. La comida está lista.

   Nos sentamos a comer en la mesa de la cocina, como solíamos hacer cuando estábamos los dos solos. Su actitud era casi normal. Se la veía algo distraída, pero si no supiese lo que había pasado esa mañana no hubiese sospechado nada fuera de lo común.

   —¿No iba Héctor a quedarse a comer? —pregunté en tono despreocupado, para ver cual era su reacción.

   —No. Ha tenido que irse. Creo que había quedado con unos amigos —respondió, sin alterarse lo más mínimo.

   Me pregunté si mi primo le contaría a los macarras de sus amigos lo que le había hecho a su tía, o si dejaría de lado el parentesco y les diría solamente que una madurita adinerada le había hecho una soberbia mamada en un garaje. Me ponía enfermo la idea de que presumiese de su hazaña, pero era casi inevitable. Hacerlo con una mujer como mi madre era algo de lo que cualquiera querría presumir.

   —¿Y la tía Teresa? ¿Vendrá esta tarde con la prima?

   —Sí, vendrán a darse un baño —dijo mamá. Me pareció que la idea no le agradaba demasiado. Seguramente no le apetecía ver a la madre del pervertido que la había humillado—. Y por favor, hijo, no se te ocurra comentar nada de lo que ha pasado hoy.

   —¿Te refieres a lo de las webcams? —pregunté, con cierta malicia.

   —Pues claro. ¿A qué iba a referirme si no? —respondió, más nerviosa de lo que quería aparentar.

   Decidí no presionarla más. No sabía cómo reaccionaría al enterarse de que su hijo había presenciado la escena del garaje, y más teniendo en cuenta que ya estaba al corriente de mis fantasías incestuosas. Preferí fingir ignorancia hasta que supiese que es lo que había pasado exactamente entre su sobrino y ella.

   Después de comer nos fuimos al salón. Se recostó en un extremo del enorme sofá blanco situado frente al televisor de plasma y yo me tumbé en otro más pequeño que había cerca. Solo tenía que girar un poco la cabeza para mirarla, y no pude evitar hacerlo en varias ocasiones, hasta que se tapó las piernas con una fina manta.

   —¡Brrr! Parece que el aire acondicionado está muy fuerte. Hace frío —dijo, para disimular. Era obvio que, después de haber visto el material de mi ordenador, mis miradas la incomodaban.

   —Yo estoy bien. ¿Quieres que lo baje?

   —No... no, no hace falta.

   Pasamos la siguiente hora en silencio. Mamá miraba, prestándole tan poca atención como yo, una de esas espantosas películas basadas en hechos reales que ponen los sábados por la tarde. Yo repasaba mentalmente los acontecimientos del día, y aunque intentaba centrarme en cual sería mi siguiente movimiento para desentrañar el misterio de lo que había pasado entre mi madre y Héctor, mi cerebro no dejaba de mostrarme imágenes que me desconcentraban por completo: el cuerpo tembloroso de mamá, moreno y brillante por el sudor, la expresión de su rostro cuando gritaba de placer sobre el capó del coche, el triángulo de piel clara debajo del bikini... A veces había deseado verla tomando el sol desnuda, pero me encantaban las marcas del bronceado. Esas zonas pálidas me parecían muy sensuales, y además eran un premio. Verlas, tocarlas o besarlas era un privilegio con el que soñaba día y noche.

07 julio 2026

Los secretos de Maribel. 1.


  Aquella mañana me levanté tarde y bajé a desayunar a la cocina, como cada día desde que comenzasen las vacaciones. Mi familia y yo pasábamos todo el verano en un chalet de las afueras, tan grande como la cuenta corriente de mi padre (o sea, muy grande), y como papá solo se cogía un par de semanas de vacaciones al año, mi madre y yo estábamos casi siempre solos. Aunque lo de “solos” es un decir, pues mi tía y mis primos nos visitaban a diario, para disfrutar de nuestro estilo de vida, mucho mejor que el suyo, y por supuesto de nuestra estupenda piscina.
  En cuanto me senté a la mesa comencé a notar una extraña tensión en el ambiente. Mi desayuno no estaba esperándome, como de costumbre. Mamá estaba de espaldas, junto al fregadero, y no me dio los buenos días. Su forma de vestir tampoco era la habitual. En el chalet siempre llevaba el traje de baño y alguna camiseta amplia o blusa ligera por encima, y si recibíamos la visita de alguien ajeno a la familia o a sus amistades más cercanas se ponía un pareo para cubrirse las piernas. Esa mañana, en cambio, vestía tejanos y una sobria camisa verde que no dejaba nada a la vista.
   Pero antes de seguir con el relato, creo que debería describirla, a pesar de que las descripciones tienden a quedarse cortas o a no hacer justicia a la realidad. Es una mujer muy alta, de casi metro noventa sin tacones, con piernas largas y bien formadas propias de alguien que juega al tenis y nada con regularidad. Aunque cuando uno las mira parecen interminables, esas piernas terminan en un culo redondeado, pequeño y duro, un trasero difícil de encontrar en cualquier otra señora de cuarenta y seis años. Sus senos no son muy grandes, y quizá gracias a eso se mantienen tan firmes que rara vez usa sostén. En cuanto al rostro, se podría decir que es más atractiva que guapa; tiene la nariz algo grande, pero unos preciosos ojos oscuros, una sonrisa deslumbrante y el cabello largo, negro y brillante. En definitiva, es una de esas mujeres maduras que atrae las miradas de los hombres cuando camina por la calle, entra en un restaurante o se tumba en la playa a tomar el sol. Le encanta tomar el sol, por cierto, y su piel tersa y bronceada despierta la envidia de todas sus amigas.
   —Buenos días, mamá. ¿Y el desayuno?
   —Buenos días.
   El tono de su voz, serio y cortante, me convenció de que algo no iba bien. Teníamos una buena relación, y ella siempre era cariñosa conmigo, su único hijo, a pesar de que desde hacía varios años miraba su cuerpo más a menudo y con más interés de lo que un hijo debería mirar el cuerpo de su progenitora. Esta inclinación de mi libido hacia las fantasías incestuosas había provocado entre ambos un par de situaciones que a mí me avergonzaron y a ella sin duda le hicieron sentirse muy incómoda, pero no se había enfadado mucho ni durante mucho tiempo.
   Hacía apenas una semana, por ejemplo, me propasé un poco, lo reconozco. Acabábamos de llegar al chalet, y tras deshacer las maletas a toda prisa nos cambiamos para disfrutar del primer baño del verano. Comenzamos a jugar en la piscina, como solíamos hacer. Ella se subía a la colchoneta hinchable y yo intentaba volcarla, surgiendo desde abajo cual tiburón hambriento. Después la perseguía por el agua e intentaba pillarla, cosa que rara vez conseguía pues nadaba mucho mejor que yo. Obviamente, durante aquellos juegos acuáticos mi bañador contenía a duras penas una permanente erección submarina.
   Aprovechaba la situación para rozarle las nalgas, los muslos o el vientre, o para darle suaves toques, tan breves que no podía culpar a mi lujuria sino a la casualidad. Pero ese día me pasé de la raya. Supongo que estaba demasiado entusiasmado. Habían comenzado las vacaciones, y mamá estaba deslumbrante con ese bikini amarillo que resaltaba el moreno de su piel. Salpicábamos, reíamos felices, y ella me desafiaba a atraparla nadando como una sirena. Conseguí agarrarla desde atrás, rodeándola con mis brazos de forma que no pudiese mover los suyos, y mi irreductible anguila quedó apretada contra su culo. Debí apartarme de inmediato, pero en lugar de ello empujé un poco con las caderas, de forma casi inconsciente.

09 julio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (23)



  Una vez en el cuarto piso, caminé hacia la puerta marcada con la letra B. Me crucé con una vecina, pero por desgracia no era la “madurita follable” de la que habían hablado mis tíos la tarde anterior sino una veinteañera anodina a la que saludé inclinando la cabeza. Una vez frente a mi destino, llamé al timbre y esperé. 
  Pasaron unos treinta segundos y volví a llamar, temiendo ya que no hubiese nadie en casa. Escuché una voz estridente, barriobajera e inconfundible que gritaba “¡Ya va!¡Ya va!”. La puerta al fin se abrió y mi tía Bárbara me miró de arriba a abajo con una mueca donde se mezclaban sin disimulo alguno la sorpresa, la repulsión y el enojo. No pude evitar que mi sonrisa se ensanchase cuando vi su ojo morado y la nariz un poco hinchada (buen golpe, mami).
  —¿Y tú que coño haces aquí?
  —Lo primero, buenos días —saludé, socarrón.
  Entré al recibidor, colándome sin esfuerzo entre su cuerpo y la pared, ya que era de las que abren la puerta de par en par sin ni siquiera echar un vistazo por la mirilla. Una falta de prudencia que podía traerle problemas. Y ese día el problema era yo. 
  —Pasa, hombre. No te cortes —dijo, desabrida, antes de cerrar la puerta.
  Conocía bien el piso de anteriores visitas, así que fui directo a la cocina y dejé la bolsa del supermercado sobre la encimera de mármol. Era una cocina a la última, muy distinta a la de mi abuela, con microondas y una nevera enorme de esas que hacen cubitos de hielo. Olía a café recién hecho y había una bolsa de magdalenas abierta cerca de los fogones. Al parecer, mi malhumorada anfitriona se disponía a desayunar y era evidente que se había levantado poco antes, a eso de las nueve. Su suegra y su cuñada llevaban despiertas desde el amanecer, pero bueno, no era una competición, ¿verdad? 
  Me giré cuando la escuché resoplar detrás de mí. Me miraba con los brazos cruzados bajo el abundante busto y las piernas separadas, desafiante pero desde una distancia prudencial. Iba descalza, con las uñas aún pintadas de verde lima, el pelo recogido en una coleta con una goma rosa y vestida, por llamarlo de alguna forma, solo con unas bragas amarillas al menos una talla más pequeñas de lo que correspondía y una camiseta ajustada de tirantes, también amarilla, que dejaba a la vista el ombligo y evidenciaba la ausencia de sujetador en la parte pectoral. Estaba buena, sin duda, pero solo porque de momento la genética respetaba sus 32 años. Si no comenzaba a cuidarse, muy pronto la celulitis adornaría las tersas redondeces de sus caderas, el vientre que ahora mostraba con orgullo se hincharía y el exceso de bronceado convertiría su bonita piel morena en cuero arrugado.
  —¿Siempre abres la puerta en bragas sin saber quien es? —ataqué, sin dejarme distraer por su apabullante sensualidad— ¿Y si hubiera sido un extraño?
  —Me da igual que me vean en bragas. Estoy en mi casa y abro la puerta como me sale del coño —me espetó, levantando la barbilla, como si el exhibicionismo fuese motivo de orgullo.
  —Estás muy chulita, amiga, teniendo en cuenta lo que hiciste ayer. 
  Bufó y puso los ojos en blanco, como si le estuviera haciendo perder su valioso tiempo. Se acercó y me miró a los ojos, sacando pecho.
  —Mira, si has venido a darme la charla olvídate. Tu tío y yo hemos pasado la noche hablando... —Tuvo un momento de debilidad. Giró la cara e hizo una pausa dramática, como si tuviese un nudo en la garganta—. Me ha dado otra oportunidad, y eso es lo que cuenta. Lo que penséis los demás me importa una mierda, ¿estamos?
  Está vez fui yo quien resopló y negó con la cabeza. No me podía creer que el blandengue de su marido la hubiese perdonado después de pillarla in fraganti follándose a su propio hermano en la casa familiar. O estaba muy enamorado o era un calzonazos de primera categoría. O a lo mejor era de esos a los que les gusta que se empotren a su mujer, vete a saber.
  —Yo te habría echado a la calle como a una perra, que es lo que eres —dije.

27 junio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (22)

 

Mi padre se acercó a la mesa, quitó el corcho de la botella y lo olfateó. Asintió complacido. Después la levantó para ver mejor a través del vidrio verde y la agitó un poco en el aire.
   —Está bueno, pero solo queda para un par de copas.
  Sentí al sudor frío bajando por mi espalda. Dos de las personas sentadas a la mesa iban a beber el tónico y no podía hacer nada por evitarlo. Pero... ¿Quiénes serían esas dos personas?
  Mi tío Pablo fue el primero en rechazarlo, cosa que no me sorprendió. Era deportista y bebía con mucha moderación, solo en ocasiones concretas como aquellas comidas familiares. Negó con la cabeza e hizo un gesto con la mano sobre su copa.
   —Yo no quiero, hijo. Que entre lo que ya he bebido y el calor que hace... —intervino mi abuela, abanicándose con la mano. 
  No estaba borracha en absoluto, a pesar del delator rubor en sus mejillas de manzana. Después de la cena en casa de la alcaldesa, yo sabía muy bien el aguante que tenía la buena de Doña Felisa, y probablemente podría tumbar bebiendo a cualquiera de los presentes. Si rechazó otra copa fue por pudor, por generosidad, o porque no le apetecía.
  —Yo tampoco. A ver si al final me voy a caer de verdad de la silla —dijo mi madre, sarcástica, mirando a mi padre casi de reojo, dándole a entender que seguía molesta con él.
  Fue un alivio que ella en concreto lo rechazase. Si ya había hecho algo tan temerario como masturbarme con el pie bajo la mesa, bajo los efectos del tónico podría perder el control por completo, y no estaba seguro de poder manejarla. 
  —A ti ni te pregunto, ¿no? No te gusta el vino —afirmó mi padre, mirándome.
  Me quedé paralizado, pensando a toda velocidad. Por una parte yo conocía los efectos del brebaje y tal vez podría lidiar con ellos, matándome a pajas en el baño. Por otra parte estaba mi libido hiperactiva, lo insensato que me volvía cuando estaba muy caliente y el hecho de estar en la misma casa que tres mujeres muy deseables, dos de las cuales ya eran mis amantes.
  —Eh... Bueno, no es que no me guste. Una copa de vez en cuando me tomo —conseguí decir, con cinco pares de ojos observándome.
  Sentí de nuevo el sudor resbalando por mi rostro. Tenía que tomar una decisión. El dilema era lidiar con el tónico dentro de mi propio organismo o dejar que lo tomase otra persona. Los segundos pasaban y todos comenzaban a impacientarse. 
  —A ver, ¿quieres o no quieres? —dijo mi padre.
  —No... Mejor no.
  La suerte estaba echada. El taxista agitó un poco la botella frente a su rostro y se giró hacia Bárbara, quien lucía una amplia sonrisa de beoda en sus carnosos labios con carmín rosa oscuro. 
  —Pues nada, cuñada. Parece que nos ha tocado.
  —Qué le vamos a hacer, ¡ja ja! —cacareó Barbi, alzando su copa vacía.
  El vino tinto mezclado con el potente afrodisíaco gitano fue escanciado en ambas copas, llenándolas hasta casi la mitad. No pasa nada, me dije. Tampoco era la peor de las situaciones posibles. Ambos tenían pareja, sus parejas estaban allí y en la casa había habitaciones de sobra. Era poco probable que mi tío Pablo rechazase un polvo con su fogosa mujer, y en cuanto a mis padres, puede que mamá se sorprendiese tanto de que su apático marido le hiciese caso que no se negase a cumplir sus deberes conyugales. Teniendo en cuenta su extraño e inestable estado de ánimo, incluso puede que follase con su marido para darme celos o vengarse por la brusca interrupción de su footjob. 
  Intenté convencerme a mí mismo de que no pasaría nada inusual. Lo más probable es que mi abuela y yo tuviésemos que escuchar algún gemido o rechinar de muelles mientras veíamos la tele en el salón. Sería incómodo, pero nadie podía reprocharle a dos parejas casadas que tuviesen un calentón en una tórrida tarde de verano y se aliviasen. Tal vez incluso haríamos bromas sobre el tema en próximas reuniones familiares. 
  Bárbara ya había terminado de comer, pero liquidó el vino con dos largos sorbos mientras se comía el postre: una tajada de la enorme sandía que trajo la cocinera desde la nevera, fresca y dulce.
  —¡Mmmm! Qué buena está, suegra, ¿es de tu huerto? —dijo Barbi. Con la boca llena, por supuesto.
  —Uy, qué va, hija. Yo nunca he tenido buena mano con las sandías. Es del huerto del Macario. Se las vende a un frutero de la ciudad pero siempre nos regala alguna a los vecinos.
  —El Macario, ¡ja ja! ¡Como el de Jose Luis Moreno! —exclamó mi tía, haciendo referencia a un conocido ventrílocuo y a uno de sus muñecos, que representaba al típico cateto de pueblo.
  Su marido soltó un discreto suspiro, mi padre le rió la gracia, mi abuela soltó una risita de compromiso y mi madre la ignoró, concentrada en devorar una cantidad de sandía asombrosa teniendo en cuenta su pequeño cuerpo. Caí en la cuenta de que ese domingo estaba comiendo mucho más de lo habitual. 
  Después del postre las tres mujeres se levantaron de la mesa y comenzaron a recoger los platos sucios. Vi alejarse la botella y las dos copas vacías, esperando que aquel fuese mi último encuentro con el puto tónico del Dr. Arcadio Montoya. Los hombres nos quedamos un rato en la mesa, tomando café (las mujeres lo tomaban en la cocina, como debe ser. ¡Jaja! Es broma), charlando con desgana y soltando algún bostezo, amodorrados por la comilona y el bebercio. 
  Una vez limpia la cocina y la mesa del salón tocaba entregarse a la española y saludable costumbre de la siesta. Un lapso de total inactividad en el que digerir el copioso banquete y dejar pasar las horas más calurosas del día antes de salir a la piscina.
  Mi abuela ocupó su sillón favorito, junto al sofá, y en pocos minutos ya estaba dando cabezadas, esforzándose por prestar atención a la película que daban esa tarde, creo que “Mira quien habla” o alguna chorrada parecida. En el sofá se sentaba mi tío, concentrado en el televisor con expresión seria, y junto a él su esposa, apoyada contra su hombro y con las piernas dobladas de lado sobre el asiento. Mi padre, entre sonoros bostezos, fue a acostarse al dormitorio de invitados, seguido por mi madre, quien hizo un último comentario mordaz sobre “dormir la mona”.
  Yo estaba sentado en otro sillón cercano al sofá, en el lado opuesto al de mi abuela, y clavé las uñas en el reposabrazos debido a la punzada de celos y envidia que me provocó escuchar sus pasos alejarse por el pasillo y la puerta del dormitorio cerrarse tras ellos. Ya os dije que nunca he odiado a mi padre pero en ese momento habría hecho cualquier cosa por ocupar su lugar. Respiré hondo y me encendí un cigarro. Tenía que aceptarlo y soportar lo que quedaba de tarde. En un rato, mi progenitor estaría más cachondo de lo que había estado nunca y el mejor lugar donde podía estar era en una cama con su mujer. Por esa parte, no tenía que preocuparme de que el tónico causara problemas.

14 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (11)

 

 Me equivocaba. Cuando entré en la casa la luz de la cocina estaba encendida y desde la sala de estar llegaba al pasillo el resplandor azulado del televisor. Me asomé y vi a mi tío, mirando la pantalla con semblante serio, su corpachón pecoso hundido en el sofá y los pies sobre la mesita. No se percató de mi presencia así que fui a la cocina. Allí estaba su madre, sentada a la mesa con una taza humeante en la mano. Llevaba su bata floreada ceñida a las abundantes curvas que yo no podría disfrutar esa noche. 

  —Ah... Hola, cielo —me saludó, con afecto pero sin su habitual alegría.

  Estaba triste, alicaída, y cuando me acerqué para darle un beso en la mejilla pude comprobar que sus bonitos ojos verdes estaban algo enrojecidos, como si hubiese llorado un rato antes. Además, por el olor de su taza supe que estaba bebiendo manzanilla, una infusión que se preparaba cuando le costaba conciliar el sueño.

  —¿Qué ha pasado? —pregunté.

  Soltó un largo y trémulo suspiro antes de responder, mirando el contenido de su taza. La bata floreada estaba lo bastante abierta en la zona del escote como para que pudiese atisbar lo que había debajo: uno de sus ligeros camisones de dormir, sin sujetador, lo cual significaba que se había levantado de la cama después de acostarse.

  —Tu tío y Bárbara han discutido —dijo. Miró con cautela hacia la sala de estar, pues no quería que su hijo la oyese hablar mal de su nuera—. Por una tontería, como siempre. Ha pegado cuatro gritos, se ha vestido... por llamarlo de alguna forma, y se ha ido en el coche.

  Esta vez fui yo quien dejó escapar un suspiro, o más bien un resoplido de enojo y cansancio. Había sido un día muy largo y agotador, física y mentalmente. Mi primer día como chófer, la demencial experiencia con Klaus y la alcaldesa, la inoportuna visita de mis tíos y la peculiar cita con mi madre, todo ello en menos de veinticuatro horas. Podría haberme desentendido sin más de los conflictos matrimoniales de David y Bárbara, pero no podía irme a la cama y dejar a mi abuela desvelada e intranquila. Le acaricié el brazo y contuve el impulso de acurrucarme entre sus maternales tetazas y dormir durante tres días.

  —No te preocupes. Ya sabes que tienen broncas cada dos por tres pero siempre se reconcilian. Volverá dentro de un rato, cuando se le pase el cabreo —intenté tranquilizarla, sin mucho éxito.

  —Ya lo se, hijo. Lo que me preocupa es... ya sabes. —Bajó la voz y miró de reojo hacia la sala de estar—. Seguramente estará bebiendo, y estas carreteras de noche son un peligro.

  Tenía razón. Esa borracha descerebrada era lo bastante estúpida como para estampar el potente coche de su marido contra un árbol. Reconozco que a mí también me preocupó esa posibilidad. Aunque me sacase de quicio, Bárbara era de la familia y le tenía cariño, por no hablar de lo mucho que sufriría la sensible pelirroja que sorbía manzanilla sentada frente a mí. Además, ser el hombre de la casa implicaba algo más que meterle el rabo o conducir el coche de su difunto marido. No podía limitarme a esperar que la situación se arreglase sola, como haría mi padre o el huevón de su hermano.

   —Cálmate. Voy a hablar con mi tío e iremos a buscarla. Tu acuéstate y descansa, ¿vale? —dije, en tono afectuoso pero firme, El tono de un hombre que se hace cargo de la situación.

   —Ay... gracias, tesoro —suspiró, un tanto aliviada, aunque sabía que no estaría del todo tranquila hasta que su nuera volviese—. No se que haría sin ti.