Esa tarde, intenté tratar a mi madre lo mejor posible, para compensarla por lo mal que se lo había hecho pasar en el club. Nadamos un rato en la piscina, bromeando y riendo como en los viejos tiempos, y no intenté rozarme ni tocarla más de lo imprescindible. Después nos tumbamos un rato al sol, y me fue imposible no mirarla mientras se untaba el bronceador por todo el cuerpo. Por un momento creí que iba a pedirme ayuda, pero desde luego no lo hizo.
Se había puesto uno de sus bikinis más recatados, si es que alguno lo era, blanco y con un estampado de cerezas rojas. Reparé en que una de las pequeñas frutas quedaba justo sobre su pezón, y hubiese dado cualquier cosa por hincarle el diente. También llevaba sus gafas de sol y se había recogido el pelo en una coleta. Yo estaba en la tumbona de al lado, echado bocarriba, y aunque esa tarde quería disimular mi erección para no disgustarla, reaccioné demasiado tarde y antes de que doblase la pierna para que fuese menos visible ella reparó en el bulto. Sonrió de forma indescifrable y negó lentamente con la cabeza, como solía hacer cuando le decía algún disparate o me comportaba de forma demasiado infantil.
—Ah, la juventud —suspiró. Supuse que se refería al hecho de que volviese a tenerla tan dura apenas una hora después de haberme corrido en el restaurante. A mí no me parecía nada fuera de lo común; en más de una ocasión me había masturbado dos veces seguidas sin que mi obelisco perdiese ni un grado de verticalidad—. Ve al baño, anda. Quizá me quede dormida y no quiero que hagas ninguna tontería.
—Ya te he dicho que me comportaré, mamá. Puedes dormir tranquila —prometí —Además, no es por ti. Estaba pensando en la tía Teresa.
Se rio y se echó hacia atrás en la tumbona, con una pierna un poco flexionada y los brazos paralelos al cuerpo. Parecía una modelo posando para un anuncio de bikinis. Al menos su risa había sonado alegre y burlona, sin un ápice de sarcasmo o amargura.
—Si me duermo despiértame en una hora. Tengo que llamar a Herrero para concertar una reunión —me dijo.
La mención del viejo verde hizo que mi zepelín se desinflase un poco. Habíamos decidido pedirle ayuda, ya que no solo era poderoso e influyente dentro del club sino en todo el país. A lo largo de décadas de exitosos negocios, Herrero había comprado, de una forma u otra, a jueces, fiscales, jefes de policía, políticos e incluso capos del crimen organizado. Si alguien podía escarmentar a un chulito de barrio como Héctor era él. No era un amigo íntimo de la familia, pero le tenía cierto aprecio a mi padre, con quien a veces sostenía largas conversaciones sobre economía o política, y por supuesto admiraba sin ningún disimulo la inusual anatomía de mi madre. Bastaría con que mamá llevase a la reunión un vestido corto y algo escotado para que Herrero accediese a su petición, un favor que para un hombre como él resultaba insignificante.
—Yo iré contigo, por supuesto —dije, con aire de macho protector.
—No es necesario, Julio.
—Claro que sí. No quiero dejarte sola con ese viejo verde.
—¿Y qué podría hacerme? —dijo mamá, riendo—. Me desnudará con los ojos, como hace siempre, y si me siento a su lado tal vez me toque un poco el muslo. A mí también me desagrada, hijo, pero estoy dispuesta a pasar por eso si nos libra de Héctor.
Me entristeció un poco que una mujer tan orgullosa estuviese dispuesta a dejarse toquetear por un anciano sátiro para conseguir ayuda, pero pensándolo bien era una minucia comparada con la humillación de la que pretendía librarse. Mi madre se encontraba en esa situación no solo por la lujuria y las malas artes de mi primo, sino también por su escasa prudencia a la hora de cometer adulterio.
—Iré, de todas formas. Además, si vas sola a su casa la gente podría pensar mal y empezarían los rumores. Ya sabes cómo son…
—No creo que a nadie se le pasase por la cabeza que estoy liada con Herrero —dijo, mirándome por encima de las gafas. Volvió a colocarlas sobre su prominente nariz y torció un poco los labios—. Pero la verdad es que no me apetece ir sola. Puedes venir, si prometes que te vas a comportar como es debido.
—Vamos, mamá —protesté, indignado—. ¿Qué podría hacer en casa de un extraño?
—Lo mismo pensé cuando fuimos al club, y mira lo que hiciste.
—Ya te he dicho que no volveré a comportarme así. Confía en mí.
Al parecer, mi voz de caballero era más creíble que la de cazador, porque asintió, con una dulce sonrisa que me provocó un placentero escalofrío, y se relajó de nuevo. Yo intenté hacer lo mismo, pero no dejaba de darle vueltas a la cabeza y de girarme para mirarla cada cinco segundos. La forma en que su piel tersa y bronceada brillaba al sol hizo reaparecer mi erección con renovada energía, y cuando su respiración se hizo más lenta, con la cadencia propia del sueño, supe que tenía que marcharme o no podría resistirme a, como había dicho ella, hacer alguna tontería.
Fui a mi habitación y me desahogué con uno de los vídeos que guardaba en mi computador portátil, uno que planteaba la situación que yo más deseaba en ese momento. Una mujer madura, no tan atractiva como mamá pero bastante apetecible, estaba tomando el sol en la piscina de su casa. Su hijo (un tipo grandote y musculoso que no se parecía en nada a mí, pero eso era lo de menos) la observaba un rato desde lejos y después se acercaba. Ella le pedía que le untase bronceador y él lo hacía, recreándose al llegar a las nalgas. La madre protesta un poco, pero el hijo sigue, y poco después le ha bajado el bañador y se la está follando en la tumbona, hasta que se corre en su espalda desnuda.
Yo también me corrí, imaginando que esa espalda era la de mi madre, apagué el ordenador y fui a darme una ducha. Mientras me secaba recordé que ya había pasado una hora. Me puse a toda prisa el bañador y bajé a despertar a mamá. La encontré en la cocina, hablando por su celular. Al parecer ella también se había duchado, pues su piel no olía a loción bronceadora y no llevaba el bikini, sino un suave albornoz color lavanda que le tapaba hasta la mitad del muslo.
Colgó el teléfono y la seguí hasta el salón, donde se acomodó en un sillón con el aparato todavía en la mano. No parecía disgustada, solo pensativa.
—¿Qué te ha dicho Herrero? —pregunté, sin poder ya contener mi impaciencia.
—Me ha invitado a ir esta noche a su finca. —Mamá hizo una pausa y me miró—. A lo que él llama una “velada nocturna de tenis”.
—¿A jugar al tenis? ¿De noche? —dije, algo extrañado—. Bueno… si lo piensas no es tan mala idea. Durante el día hace demasiado calor.
—Que sea de noche es lo de menos. Lo que no entiendo es con quién pretende que juegue —dijo ella. No parecía molesta o temerosa, solo intrigada—. Tengo entendido que en su juventud Herrero fue un buen jugador, pero ahora apenas puede andar sin la ayuda de su bastón. Tal vez quiera vernos jugar a ti y a mí, para distraerse y recordar sus buenos tiempos. ¿Tú que crees?
—No se, mamá. A lo mejor ha invitado a más gente y es una especie de torneo. Ya sabes que al viejo le gusta hacer ese tipo de cosas.
—Puede ser —dijo, aunque se mordía un poco el labio y seguía cavilando— ¿Te ves con fuerzas para jugar al tenis esta noche?
—Pues claro que sí —afirmé, sacando pecho—. Llevaré la raqueta buena.
—Si tienes que jugar contra mí ya sabes que te daré una paliza, como siempre —dijo ella, con una maliciosa sonrisa.
—Quién sabe. A lo mejor es un torneo de dobles y tenemos que formar pareja.
—Oh, eso te encantaría. Seguro —dijo mamá, sarcástica. Que se burlase de mis anhelos incestuosos era en parte doloroso, pero por algún motivo también hacía que aumentasen mis esperanzas.
Su fanfarronería estaba fundamentada en un largo historial de victorias. Que yo recordase, nunca había conseguido ganarle un set completo, a no ser que bajase un poco el ritmo para darme un respiro. No es que eso tuviese un gran mérito, teniendo en cuenta mis escasas aptitudes atléticas, pero la había visto jugar con personas mucho mejores que yo y pocas veces salía derrotada. Esas largas piernas, capaces de recorrer la pista en dos zancadas, la proporcional longitud de sus brazos y su buen estado de forma hacían de mi madre un adversario temible con una raqueta en la mano. Y lo que era más importante para mí, estaba terriblemente sexy con esa faldita blanca tan corta.
Bromeamos un rato sentados en el salón; ella se burló de mi patética forma de sacar y yo de lo mal que le quedaba la ropa de tenista (una mentira tan poco creíble que no pude decirlo sin reír). Me hubiese pasado allí toda la tarde, mirando con disimulo sus piernas cruzadas y disfrutando de su compañía, pero un zumbido nos sacó de nuestro agradable descanso. Era el interfono de la verja del chalet.
Mi madre se levantó y fue hasta el pequeño cuadro de mandos con un monitor en blanco y negro que había en el recibidor. Yo la seguí, y me puse lívido de rabia cuando reconocí el automóvil que nos mostraba la cámara y a su sonriente conductor: mi primo Héctor.
—¿Qué coño hace aquí ese hijo de puta?
—¡Julio! Cálmate —dijo mamá. El buen humor se había esfumado de sus facciones, e incluso se había puesto un poco pálida. Apretó el botón del altavoz con un leve temblor en la mano— Hola… Héctor.
—¡Hola tita! —escuché decir a mi primo, con su voz ronca y barriobajera—. Mi madre me dijo que estabas enferma y he pasado a ver como te encuentras.
Seguro que has venido por eso, pedazo de cerdo, pensé. Casi me rechinaban los dientes mientras escuchaba la conversación, y hubiese golpeado la pantalla donde aparecía su engreído rostro con gafas de sol y los fornidos hombros que dejaba a la vista su camiseta de tirantes. Di un salto y miré a mi madre estupefacto cuando pulsó el botón que abría la verja.
—¿Por qué le abres? —exclamé.
—¿Y cómo no le voy a abrir? —respondió, tan enfadada como yo.
—Sabes a lo que ha venido, ¿verdad? El muy hijo de… Pero esta vez no lo voy a permitir. No te pondrá una mano encima mientras yo esté…
—Vete a tu habitación y no salgas —ordenó, muy seria.
—¿Qué? ¿Estás de broma? —grité, plantado frente a ella.
— ¡Julio, por favor! Enfrentarte a él solo nos traería más problemas. Ni siquiera quiero que sepa que estás al tanto de todo —Me puso las manos en el rostro y lo acarició, con tanta ternura que se me aflojaron un poco las piernas— Si te hiciese daño por mi culpa…
—Nada de esto es culpa tuya, mamá. Toda la culpa es de ese cabrón.
A través de las ventanas cerradas pude escuchar el motor del coche que se dirigía hacia el garaje. Ella también lo escuchó, y me urgió con un gesto a que cumpliese su orden. En pocos minutos estaría llamando a la puerta de la casa, o entraría por las cristaleras que daban al jardín.
—Intentaré convencerle para posponer… lo que tenga en mente. Y si no lo consigo, mantente al margen, te lo ruego. Ya me estás ayudando más de lo que crees, hijo, y todo esto terminará pronto.
La tristeza de sus grandes y oscuros ojos puso un molesto nudo en mi garganta. Tal vez su cuerpo no pudiese evitar sentir placer cuando Héctor la dominaba, pero estaba claro que a su mente le repugnaba la idea de entregarse a su sobrino una vez más. Le perdoné incluso el beso que se habían dado en el garaje, esa imagen que me torturaba más que cualquier otra, y decidí que había sido algo involuntario, fruto de la confusión mental del momento.
—Vamos, vete. Ya ha aparcado y estará al llegar.
—Es la última vez, te lo aseguro. Si Herrero no nos ayuda yo mismo…
Me interrumpió con un abrazo que no admitía resistencia. Mi cabeza quedó apretada contra su pecho, y sentí su mano acariciándome el pelo. El olor de su albornoz, y el suyo propio, la calidez de su cuerpo y su profunda respiración, todo era tan agradable que me costó un supremo esfuerzo separarme de ella, a pesar de la urgencia de la situación. Antes de que sus brazos me liberasen por completo, se inclinó para besarme en la mejilla, pero esta vez fui yo quien la sorprendió buscando sus labios con los míos. El beso duró apenas un segundo, y no pude ver su reacción porque de inmediato me alejé corriendo por el pasillo, pero provocó tal ardor en mi pecho que cuando llegué a la escalera me costaba respirar. Robarle un beso fue un movimiento arriesgado, y el que no hubiese apartado el rostro de inmediato para evitarlo me dejó una dulce sensación de victoria.
Por supuesto, no tenía ninguna intención de encerrarme en mi cuarto. Haría uso de mi sigilo de cazador para vigilar a Héctor, y dijese lo que dijese mamá, si intentaba hacerle daño o la humillaba hasta un punto que no pudiese soportar saldría de mi escondite y atacaría. Permanecí oculto, pegado a la pared, mientras entraban en el salón, y escuché con claridad su conversación.
—Mi madre me dijo que estabas indispuesta —dijo Héctor, pronunciando la última palabra como si estuviese entrecomillada—. Pero yo creo que eso es lo que decís los ricos cuando queréis poner una excusa. A mí no me pareces enferma.
Pude escuchar un suspiro de mamá, y el susurro del sofá al recibir el peso de alguien. Me asomé con cautela, y vi que Héctor se había sentado, con las piernas muy separadas y los brazos abiertos sobre el respaldo, en la postura chulesca e alguien que quiere dar a entender que domina la situación aunque no esté en su territorio.
—Ya estoy mejor. ¿Quieres tomar algo?
—Un refresco me vendría bien. ¿Dónde está Julio?, ¿en la piscina?
—Está en la ciudad. En casa de un amigo —respondió mamá de camino a la cocina.
—O sea, que estamos solos ¿No?
Regresó de la cocina, le dio una lata de refresco a mi primo y se sentó en un sillón, tan lejos de él como le fue posible. Tenía las piernas juntas, la espalda recta, y su incomodidad era evidente. No tiró de los bajos del albornoz para taparse los muslos, pues hubiese sido un gesto inútil, pero apoyó las manos en las rodillas. Estaba a la defensiva, y eso, lejos de desanimar a Héctor, le hizo sonreír con aire desafiante.
—Sí, Héctor, estamos solos. Pero no me obligues a hacer nada hoy, por favor. No estoy de humor.
—¿Qué no te obligue? —Héctor soltó una carcajada que me hizo apretar los puños—. Ayer, en tu dormitorio, no parecía que te estuviese obligando a nada, tita Maribel. Te follé dos veces y gozaste como una perra.
Mamá lo miró con el ceño fruncido, debatiéndose entre el odio y la culpa. Héctor soltó el refresco en la mesita y se sentó más cerca de ella, en el borde del sofá. Alargó un brazo y puso una mano en su muslo, mirándola como un lobo hambriento.
—Deja ya de fingir que no te gusta lo que te hago, joder. Si no estuvieses necesitada no tendrías esos juguetes ni te follarías a los jardineros de dos en dos, ¿no? Si tu marido no te da lo que necesitas, y no quieres que se entere de que te lo dan otros…
—Deja a mi marido en paz —dijo mi madre, cortante.
—Tranquila, el tito me cae bien. Aquí la cuestión es que en cuanto te pongo las manos encima te mojas… —La mano de mi primo subió a lo largo del muslo y desapareció bajo la tela del albornoz.
—Que no pueda controlar las reacciones de mi cuerpo no… no significa que me guste lo que…
Los dedos que hurgaban y se movían entre sus piernas le impidieron seguir hablando. Puede que Héctor fuese un bestia, pero desde luego era hábil con las manos. Si a mi madre le gustaba que la tocasen de esa forma, y era evidente que le gustaba, por mucho que me enfureciese la escena tenía que fijarme bien y aprender el truco. En cuanto el albornoz se abrió y cayó sobre el sillón, mi primo comenzó a chupar con ansia los pezones, lamer el largo cuello y meter la lengua en la boca de su tía. Ignoré el dolor que me causaba ver como la lengua de mamá respondía, apareciendo entre los labios que poco antes yo había probado tan fugazmente, para entrelazarse con la de su sobrino.
Sus muslos se separaban cada vez más, y pude ver la brillante humedad empapando la mano de Héctor. Sacó los dedos y la obligó a lamer sus propios fluidos, cosa que ella hizo con cierta renuencia pero sin dar muestras de asco. Él apretó con la otra mano el bulto que se marcaba contra la tela de sus pantalones.
—Joder, tita Maribel, cómo me pones…
Cuando se los bajó y su gruesa verga cabeceó frente al rostro de mi madre, se me pasó por la cabeza la idea de agarrar uno de los grandes floreros que adornaban el salón y estampárselo en la cabeza a aquel bastardo. Ella se estaba mostrando más sumisa que en el garaje, demasiado para mi gusto, y supuse que quería acabar cuanto antes. Debía sospechar que yo no andaba lejos y no quería alargar el encuentro más de lo necesario, o provocar con su resistencia la agresividad de Héctor.
Prueba de ello fue que en esta ocasión mamá no dio lugar a que su sobrino le invadiese la boca a la fuerza. Envolvió el grueso tronco con sus largos dedos y comenzó a chupar la punta, la lamió, escupió y se la tragó hasta la mitad. Pero por lo visto Héctor no se conformaba con una magistral mamada por la que yo hubiese matado. Agarró con fuerza la coleta de su víctima y de nuevo se la encajó hasta la garganta, provocando que respirase con fuerza por la nariz y sus ojos se llenasen de lágrimas. Repitió la operación una y otra vez, hasta que la espesa saliva goteó por su barbilla.
—Así… muy bien, tita… trágatela toda, como a ti te gusta. ¡Uuf!, muy bien, zorra… ahora chúpame los huevos.
La erección que tomaba forma en mi entrepierna me hizo revivir la frustración y la vergüenza de la otra vez. Al menos en esta ocasión tenía una excusa: ella me había suplicado que no interviniese. Tragué amarga saliva y me mantuve firme, observando como la lengua de mi madre sacaba brillo a los depilados testículos de Héctor.
Por fortuna mi tortura no se prolongaría mucho. Mi primo estaba tan caliente que puso fin a los preliminares, colocó con brusquedad el cuerpo de su tía a cuatro patas sobre el sillón y la penetró desde atrás. Ella contuvo una exclamación, vi marcarse los músculos de sus pantorrillas y apretarse los dedos de sus pies. Se agarró a los reposabrazos y apenas dejó escapar algún gemido mientras el macho la montaba, agarrándola por las caderas o tirando de su coleta. Se corrió en pocos minutos, sobre las nalgas y la bronceada espalda de mi madre.
Héctor se sentó en el sofá para recuperar el aliento, desnudo de cintura para abajo, y le dio un largo sorbo a la lata de refresco. Mi madre, muy seria y sin pronunciar palabra, cogió su albornoz y se limpió con él, tanto el semen pegado a la espalda como los fluidos propios que empapaban el interior de sus muslos. También se secó los ojos usando una de las mangas.
—Joder… Breve pero intenso, ¿eh?
—Deberías irte. Julio debe estar a punto de llegar —dijo mamá, en un tono tan frío que por un momento temí que mi primo reaccionase de forma violenta. En lugar de ello sonrió y la miró de arriba a abajo.
—¿Me follas y me echas a la calle? Haces que me sienta como un juguete sexual, tita Maribel —dijo él, con sorna.
—Creo que ya he cumplido por hoy, ¿no? —dijo ella. Su voz había perdido dureza y le temblaba un poco. Su angustia se me clavó en las tripas, y maldije mi cobardía de nuevo—. Vete, por favor, estoy muy cansada.
—Vale, tampoco es para ponerse así. Ya vendré mañana a darte otro repaso —Se puso los pantalones, se levantó y le dio a su tía una palmada en la nalga al pasar. Ella dio un respingo, guardó silencio y continuó limpiándose—. Tengo pendiente romperte ese culito tan prieto, ya lo sabes.
En cuanto salió por la puerta y escuché el motor de su coche alejándose hacia la verja, salí de mi escondite y me acerqué al sillón. Mi madre estaba ahora sentada, con el albornoz arrugado sobre los muslos y los codos apoyados en las rodillas. No me miró cuando me senté a su lado, en el reposabrazos del asiento.
—¿Estás bien? —pregunté, con suavidad.
—Estoy bien —respondió. No hizo ningún movimiento para cubrir su desnudez, y mis ojos no daban abasto, recorriendo cada centímetro de su piel—. Tu primo va de machote pero luego no tiene mucho aguante.
Sonreí al oírla criticar las aptitudes amatorias de mi primo, y sentí un gran alivio cuando ella también lo hizo. No era la sonrisa más alegre del mundo, pero al menos no estaba tan afectada por los hechos como cabría esperar.
—Casi me vuelvo loco —dije, apretando los puños—. Solo la forma en que te habla... me dan ganas de...
Me tranquilizó poniendo una mano en mi rodilla y apoyando la cabeza en mi hombro. Al estar sentado a mayor altura que ella, solo tuve que bajar la vista para contemplar los firmes pechos desde arriba. El aire acondicionado estaba encendido, y al parecer el contraste entre el calor de la reciente acción y la potente refrigeración los había endurecido tanto que parecían tallados en suave madera.
—Ya pasó, hijo. Y te seguro que mañana no me dará "otro repaso".
Me avergonzó un poco que fuese ella quien me consolase a mí, después de lo ocurrido, además de aprovechar el hecho de que no parecía importarle estar desnuda, pegada a mí.
—¿Quieres que te prepare el baño? Supongo que te apetecerá... bañarte.
—Más que nada en el mundo.
Cuando me levanté del sillón, dispuesto a cumplir sus deseos, mi erección abultaba tanto el bañador que sus ojos la detectaron de inmediato. Suspiró con resignación y me miró a la cara, con una expresión entre el reproche y el sarcasmo.
—Lo siento, mamá. Es como tú dices... una involuntaria reacción del cuerpo.
—Sí, claro. Sube a llenarme la bañera, listillo.
Subí los escalones de dos en dos, contento por que su estado de ánimo fuese, dentro de lo que cabe, sorprendentemente bueno. Entré en el baño principal de la segunda planta, donde estaba la bañera más grande de la casa. Tenía una forma más o menos triangular, chorros de hidromasaje, y aunque nunca había tenido ocasión de comprobarlo estaba seguro de que dentro cabían cuatro o cinco personas. Abrí el grifo y me quedé sentado en el borde, absorto en mis pensamientos mientras el nivel del agua subía. Añadí sales de baño y una especie de jabón aromático de efecto relajante que mamá encargaba en una perfumería. La espuma cubrió la superficie, y me distraje tanto que no la escuché entrar. Casi me caigo al agua al escuchar el sonido de su albornoz al ser arrojado en el cesto de la ropa sucia.
Caminó hacia la bañera, desnuda de los pies a la cabeza, lo cual era mucha distancia. La miré boquiabierto, sin esforzarme en apartar la vista. Ella se encogió de hombros un instante y ladeó la cabeza en un gracioso gesto.
—Supongo que, a estas alturas, no importa mucho que me veas desnuda —dijo.
Levantó una de sus largas piernas a dos palmos de mi cara, se metió en el agua con un elegante movimiento y en un segundo ya solo podía ver su cabeza y el comienzo de los senos asomando sobre la espuma. Se recostó en la dura superficie y soltó una larga bocanada de aire, al tiempo que cerraba los ojos.
—Claro... claro que no importa. No tiene nada de malo —dije, cuando conseguí reaccionar. Estaba allí sentado, ella lo sabía, y por temor a que reparase en lo inusual de la situación y me echase, comencé a hablar, diciendo lo primero que se me pasaba por la cabeza—. Estar desnudo no tiene por qué ser algo malo... sobre todo estando en familia. Es algo natural. ¿Te acuerdas de Daniel, ese chico que iba a mi clase en el instituto? Ahora vive cerca de la playa con su tía Karen, y ella es naturista. Siempre anda desnuda por casa y no pasa nada.
—Sé de quien hablas. Esa escritora medio hippie y su sobrino —dijo mamá, en un tono tan relajado que parecía a punto de dormirse—. Todo el mundo sabe que se acuestan.
—¡Anda ya! —exclamé, sorprendido. Había oído rumores al respecto, pero no les había dado mucho crédito. Cuando se trata de la vida de los artistas la gente tiende a exagerar.
—No entiendo a qué viene ese tono, hijo. Eres tú quien intentaba convencerme hace poco de que el incesto es algo sano y maravilloso —dijo, con una sonrisa burlona y los ojos todavía cerrados. Sacó los brazos del agua y los apoyó extendidos en el borde de la bañera, lo cual hizo subir un poco sus pechos. Los pezones asomaron sobre la espuma y perdí de nuevo la concentración.
—No... Creo que no usé esas palabras, pero es más o menos lo que pienso.
Se hizo el silencio, y pasaron los minutos. Mi espíritu de cazador había despertado, y me miraba cruzado de brazos, sin salir de su asombro. Tenía a mi presa delante, desnuda y relajada, tolerando mi presencia allí y bromeando sobre un tema que unos días antes consideraba tabú. Lo tenía todo a mi favor, y no solo no estaba preparando mis flechas sino que ni siquiera había sacado el arco. El corazón me latía desbocado, oleadas de calor y frío me recorrían todo el cuerpo y me erizaban el vello de la nuca. Tenía miedo. De pronto, la diosa se había limpiado el barro para subirse de nuevo a su pedestal, más imponente que nunca, y aunque mi deseo seguía siendo tan intenso o incluso más que antes, me sentía paralizado ante su presencia. No me explicaba de donde había sacado el valor necesario para agarrarle el pie en el restaurante, o para obligarla a darme el pendrive con los vídeos.
De repente abrió los ojos y se incorporó hacia adelante, flexionando las piernas, de forma que las rodillas y parte del muslo asomaban sobre la superficie. Alargó el brazo para coger una manopla y me la tendió.
—¿Me frotas un poco la espalda? —dijo.
Su actitud no era insinuante o pícara; solo era una madre pidiéndole a su hijo que le frotase la espalda. Aún así, me tembló un poco la mano y solo pude asentir en respuesta a su pregunta. Mi mano, envuelta en aquel material grueso y áspero, se movió entre sus hombros en lentos círculos. Me sentía tan torpe como si intentase escribir a máquina con guantes de boxeo.
—Tranquilo —dijo. Su voz rebosaba ternura y autoridad a partes iguales. Mi madre volvía a tener el control de la situación, y yo era incapaz de decidir si eso era bueno o malo—. No parecías tan nervioso antes, en el pasillo —añadió, como si de repente volviese a ser un niño y me recordase una travesura poco importante.
—¿En... en el pasillo? ¿A qué te refieres? —pregunté. Mi propia voz me sonaba más aguda e infantil.
—A ese beso que me has dado a traición.
—Ah... eso. Lo siento mucho. Lo hice sin pensar —me excusé, bajando la vista para evitar su penetrante mirada.
—No pasa nada. Creo que algo así no te lo puedo negar.
Entonces hizo algo que no esperaba. Se arrodilló en la bañera, sacando el cuerpo del agua de forma que pude ver los firmes senos cubiertos de espuma, el liso vientre, la marca de bronceado triangular que enmarcaba su perfectamente recortado vello púbico. Se inclinó hacia mí, tomó mi rostro entre sus manos mojadas y comenzó a acercarse.
—Las manos quietas —ordenó, susurrando, a escasos centímetros de mi boca.
El contacto de sus labios sobre los míos me aturdió de tal forma que no atiné a hacer otra cosa que poner una temblorosa mano en uno de sus hombros y dejar la otra colgando sobre el agua. Nuestras narices se tocaron y el aire que brotaba de ambas se convirtió en un vendaval que borró cualquier hecho doloroso, cualquier sentimiento mezquino que pudiese haber enturbiado nuestra relación. Debieron pasar cinco segundos, tal vez menos, y yo separé un poco los labios para buscar su lengua con la mía. Justo en ese momento se apartó, volvió a tumbarse en la bañera y la espuma la cubrió hasta el cuello. La dulzura con que me miró desde el agua casi compensó que hubiese rechazado mi intento de ir un paso más allá.
—Anda, vete a descansar un rato, que esta noche a lo mejor te toca jugar al tenis.
Volví a la realidad a duras penas. Me puse de pie, y la erección que se marcaba en la tela de mi bañador era tan enorme que no hubiese podido disimularla de ninguna manera. Ella cerró los ojos de nuevo, inspiró y expiró muy despacio, librándose de toda la tensión acumulada. Yo salí del baño y caminé por el pasillo con tanta tensión acumulada en la entrepierna que en cuanto entré en mi habitación me desnudé por completo y me tumbé en la cama, con la sensación cálida de sus labios todavía hormigueando sobre los míos. Decir que me masturbé sería exagerar. En cuanto me la agarré y moví la mano un par de veces una descarga potente y copiosa se derramó, llegando hasta mi pecho.
Con la mente un poco más clara, comencé a sentir cierto resquemor hacia la actitud de mi madre. Dejar que la viese desnuda, pedirme que le frotase la espalda, ese tierno beso... Quizá no era todo tan bonito como parecía. Quizá no estaba aceptando la situación y acercándose poco a poco a los límites del incesto, como yo pensaba, sino usando sus armas femeninas, armas a las que yo era especialmente vulnerable, para recuperar el control sobre mí. Fingir que ella era la que me seducía para anular mis torpes intentos de seducción. Dejarme oler la tarta, rozarla incluso con los labios, pero sin intención de permitir que le hincase el diente. En cualquier caso, estaba claro que había dejado de ser una presa a la que acechar y dar caza. Si el juego continuaba, sería una partida entre iguales, y no me resultaría fácil derrotar a una adversaria tan formidable.
De camino a la finca de Herrero, no hablamos de lo ocurrido por la tarde. Mientras conducía el todoterreno, mi madre tarareaba una canción que debió estar de moda antes de que yo naciese, y de vez en cuando apartaba la vista de la carretera para mirarme y sonreír. No dejaba de sorprenderme su buen humor, que iba en aumento a medida que el sol se ocultaba. Sin duda se debía a la perspectiva de librarse por fin del chantaje de mi primo, y al partido de tenis nocturno, una idea que le parecía cada vez mejor.
En el asiento del copiloto, yo miraba la carretera, pensativo, y cuando me hablaba la miraba a ella. Se había puesto un vestido sencillo a la par que elegante, con alegres franjas verticales de varios colores, sin mangas y bastante corto. Llevaba el pelo recogido en un alto moño del que escapaban, a propósito, dos largos mechones que le caían hasta la nuca, y que realzaba el esbelto cuello y su poderoso perfil. Los zapatos elegidos para esa noche apenas tenían tacón, sin duda para que nuestro anfitrión no se sintiese como un enano junto a ella.
A pesar de que estábamos acostumbrados al lujo, no pudimos evitar abrir los ojos como platos y soltar alguna exclamación cuando llegamos a la finca. La verja que se abrió para darnos paso era diez veces mayor que la de nuestro chalet, y el jardín que nos recibió debía ser tan extenso como un bosque. Estaba tan bien cuidado, con los parterres repletos de exuberantes flores y esos inquietantes setos esculpidos con formas de bestias mitológicas, que Herrero debía tener un ejército de jardineros. Alejé de mi mente la fugaz imagen de mi madre rodeada por un ejército de jardineros empalmados y me concentré en la realidad.
Un criado se hizo cargo de nuestro coche, otro de las bolsas de deporte que llevábamos, y un tercero nos condujo hasta la puerta de la mansión. Era un auténtico palacio, que el propio Gerardo Herrero había mandado construir hacía varias décadas, ya que era uno de esos hombres "hecho a sí mismo" y sus orígenes eran humildes. El interior no era menos impresionante; imposible dar un solo paso sin toparte con una obra de arte, una valiosa antigüedad o una extravagante pieza de artesanía indígena de cualquier parte del mundo. Todo allí era barroco y excesivo, pero sin llegar a rozar el mal gusto.
El anfitrión nos recibió en una "pequeña" sala de estar, donde el ambiente era fresco gracias a los grandes ventiladores del techo. Herrero nos saludó con su sonrisa de reptil satisfecho, apoyado en un bastón con empuñadura de marfil a juego con su impoluta guayabera blanca. Parecía un villano de cine, y si todo lo que se contaba de él era cierto no estaba lejos de serlo. Junto a él estaba una mujer de unos veinticinco años, rubia y muy atractiva, que me resultaba familiar, aunque no podía recordar dónde la había visto antes.
Herrero me estrechó la mano, mirándome a los ojos como si pudiese leerme el pensamiento, y a mi madre le besó los dedos con una galante reverencia.
—Gracias por su invitación, don Gerardo —dijo mamá, quien tampoco podía evitar mirar a la desconocida con disimulo. Me dio la impresión de que ella sí la reconocía—. Estará harto de oírlo, pero permítame decirle que tiene una finca espectacular.
—La verdad es que nunca me cansaré de oírlo —dijo el sonriente anciano, sin soltar todavía la mano de mi madre—. Y nada de "don" ni de "usted". Tuteémonos, que estamos entre amigos.
—Por supuesto —Mi madre pronunció estas palabras mirando a la chica rubia, como si exigiese a Herrero que se la presentase, cosa que él hizo de inmediato.
—Seguro que ya habéis reconocido a mi otra invitada de esta noche, pero por si acaso... os presento a la señorita Diana Wesley.
En cuanto escuché el nombre se hizo la luz en mi memoria. No la conocía en persona, pero la había visto muchas veces en programas deportivos o del corazón. Diana Wesley era una de las mejores tenistas del mundo, en los primeros puestos del ranking mundial desde hacía varios años, y su belleza, así como sus romances con músicos o actores famosos, la habían convertido en blanco de los paparazzis y en la imagen de muchas marcas comerciales.
Nos saludó a mamá y a mí con un "Buenas noches" de fuerte acento anglosajón y besos en las mejillas. Casi no podía creer que tuviese delante a una de las mujeres más deseadas del planeta. Su rostro angelical, de grandes ojos azules, contrastaba con un cuerpo donde las curvas y los músculos se mezclaban en perfecta armonía, y en persona era aun más atrayente que en las fotos. Cuando se me acercó pasó fugazmente por mi cabeza una página que había arrancado de una revista, donde Diana anunciaba la nueva linea de una conocida firma de lencería. Me había corrido sobre la foto encerrado en el baño, tras una de las pocas pajas de mi adolescencia que no estaban dedicadas a mi madre. El recuerdo me avergonzó un poco, y me puse rojo cuando me dirigió una encantadora sonrisa.
—Vaya, parece que Julio es uno de tus fans —bromeó Herrero al ver mi reacción.
—En casa te seguimos mucho —afirmó mi madre, para desviar la atención de mi persona—. Fue una pena lo del pasado Wimbledon.
—Sí. La rodilla me dio problemas y debí tomármelo con más calma —dijo la tenista, en perfecto español a pesar de su acento.
Tras una breve conversación sobre lesiones y torneos de alto nivel que a mi madre le resultó fascinante, Herrero nos indicó que le siguiésemos fuera, y después de caminar al menos quince minutos a través de la finca llegamos a la pista de tenis. Era de hierba: un perfecto rectángulo verde iluminado por potentes focos y rodeado de gradas desiertas. Nos detuvimos junto a un pequeño edificio de una planta, donde debían estar los vestuarios, y cuando Diana Wesley desapareció por una de las puertas el viejo nos miró con seriedad.
—He estado haciendo algunas gestiones, Maribel. —Hizo una pausa mientras cambiaba el peso de una pierna a otra—. No me mencionaste que ese tipo al que quieres escarmentar es tu propio sobrino.
Miré a mi madre, sorprendido, y ella evitó mirarnos a ambos. Parecía incómoda y algo contrariada por que Herrero se hubiese informado tanto.
—No me pareció algo relevante. Que sea mi sobrino no cambia nada.
Me alegró escuchar eso. Que le recordasen el parentesco que tenía con Héctor no iba a ablandarla y provocar que se echase atrás. El anciano asintió, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Tampoco me has contado qué es exactamente lo que te ha hecho para que hayas recurrido a mí —dijo Herrero—. He llegado hasta donde estoy porque siempre procuro manejar toda la información disponible, y no me gusta que me la oculten. Lo entiendes, ¿verdad?
—Es... es un asunto muy delicado... Gerardo. Preferiría no...
De pronto Herrero sonrió de nuevo y tranquilizó a mi atribulada madre con unas palmaditas en el brazo.
—Vamos, vamos... No te preocupes. En todas las familias hay trapos sucios.
—Me alegra que lo entiendas —dijo mamá, algo más relajada—. De todas formas, no te pido que le arruines la vida el chico, solo darle un buen susto para que sepa que no debe molestarme. ¿Nos ayudarás?
—Bueno, eso depende —respondió el viejo. Su sonrisa se torció un poco y en sus ojos apreció un peculiar brillo que me escamó bastante—. Verás, como ya sabes soy muy aficionado al tenis, y Diana es una buena amiga que me visita de vez en cuando. Le encanta jugar en mi pista privada, a la luz de la luna, pero no siempre encuentro rivales dignos para ella, así que cuando llamaste se me ocurrió matar dos pájaros de un tiro... Diana tendrá a una buena contrincante y tú podrás ganarte el favor que me pides.
Por un momento, tanto mamá como yo miramos a Gerardo Herrero estupefactos. Él también nos miraba, divertido por nuestra reacción. Mi primer pensamiento fue de alivio, ya que albergaba el temor de que aquel viejo verde exigiera a mi madre alguna clase de favor sexual, pero cuando comprendí del todo sus palabras el alivio se convirtió en temor, y fue mi madre quien lo expuso en voz alta.
—Pero... Gerardo. ¿Cómo espera que pueda ganarle a una de las mejores del mundo? Eso es...
—Oh, no te subestimes de esa forma Maribel. Te he visto jugar muchas veces en el club, y ya quisieran muchas profesionales tener esas piernas. —Herrero acompañó sus palabras con una larga mirada a las piernas de las que hablaba—. Hija mía... eso son unas piernas.
Esa mirada, cargada de admiración y lujuria a partes iguales, me decidió a intervenir por primera vez desde que llegásemos. Me ponía furioso la posibilidad de que, de alguna forma, ese multimillonario que se consideraba por encima de los simples mortales quisiera burlarse de nosotros.
—Eso no es justo, don Gerardo. Sabe que no podrá ganar —dije, tan erguido y viril como pude.
—Vamos, hijo, ¿ésa es la confianza que tienes en tu madre?
Estaba a punto de soltarle al viejo una frase muy poco respetuosa cuando mamá me detuvo poniéndome la mano en el hombro. La miré y vi en sus ojos el mismo temor que yo sentía ante la posibilidad de no obtener la ayuda deseada, pero también una chispa de orgullo y ferocidad que me animó. Mi madre era una mujer muy competitiva, sobre todo cuando se trataba de tenis, y la mejor prueba era que no se había dejado ganar por mí ni una sola vez, algo que otras madres hubiesen hecho con sus hijos. Me di cuenta de que deseaba jugar, y que se emplearía a fondo aunque la derrota fuese inevitable.
—Está bien. Tendrás tu partido, Gerardo —dijo, con voz cargada de seguridad.
—Estupendo. Encontrarás tu bolsa de deporte en el vestuario, Maribel —dijo Herrero, con un travieso guiño—. Buena suerte.
Poco después apareció Diana vestida con su ropa de competición: una camiseta muy ceñida que resaltaba sus pechos, más grandes de lo que suele ser habitual en una tenista, una cinta blanca y azul en la frente, deportivas con calcetines que solo llegaban hasta el tobillo y una falda muy corta. Al cabo de unos minutos apareció mi madre, vestida de una forma muy parecida, solo que su falda parecía aún más corta debido a la longitud de sus piernas. Casi me da un infarto cuando, de repente, Diana se acercó a ella y se la levantó, revelando las braguitas blancas que llevaba debajo.
—¡Eh! ¿Pero qué haces? —exclamó mi madre, sujetándose la prenda por si acaso su contrincante volvía a intentarlo.
Herrero soltó una carcajada y Diana Wesley también rió. Tenía una risa cantarina y aguda, casi infantil. ¿De qué iba todo aquello? Fue la guapa norteamericana quien me sacó de dudas.
—No llevas el uniforme reglamentario.
—Es cierto —confirmó Herrero, sonriendo aún—. En mis veladas nocturnas de tenis se exige una vestimenta concreta.
—¿Qué es lo que me falta? —preguntó mamá, todavía indignada.
—No es lo que falta, sino lo que sobra —explicó Diana.
Casi me atraganto con mi propia saliva cuando aquella belleza de anuncio de lencería, la musa masturbatoria de medio mundo, se levantó la falda hasta el ombligo, dejando a la vista el triángulo de rizos dorados que adornaba su pubis. Pude ver incluso el comienzo de la raja, apretada entre los sublimes muslos de la tenista. Misterio resuelto: en las veladas de tenis nocturno de Gerardo Herrero las mujeres jugaban sin bragas.
CONTINUARÁ...

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