Mostrando entradas con la etiqueta bisexual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bisexual. Mostrar todas las entradas

12 abril 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 03.


Ninette bostezó ruidosamente cuando la última de sus fichas llegó a la meta. Se puso en pie y se desperezó, poniéndose de puntillas y estirando los brazos por encima de la cabeza. Lazslo miró sin disimulo sus piernas, cortas pero bien formadas, enfundadas en unos leggins con una pernera negra y otra púrpura, los colores de la banda.

   —Creo que me voy a la cama, Jefe —dijo con voz somnolienta—. Ya te he ganado tantas veces que me aburro.

   El líder de los Pumas Voladores sonrió. Una sonrisa melancólica y también algo cansada.

   —Te acompañaré a casa.

   La joven lugarteniente giró un poco el cuerpo, evitando los ojos de Lazslo. Era consciente de que su superior no quería acompañarla a su piso, sino a su cama. Que una chica de la banda se negase a acostarse con su líder, incluso con un lugarteniente, era algo que podía costarle la expulsión, o en el mejor de los casos que la ningunearan o le encomendasen tareas de poca monta. Pero Ninette no era cualquier chica de la banda.

   —No... no voy directamente a casa. Pero gracias.

   Lazslo sabía lo que eso significaba: "Voy a casa de Koudou". Él sabía que el guerrero negro no estaba en casa, sino en la pequeña sala oculta tras el almacén. Pero, por motivos que ni él mismo terminaba de entender, prefería que ella no lo supiera.

   —De todas formas ya nos vamos todos —dijo, poniéndose también en pie—. No me gusta que El Boogaloo esté abierto toda la noche.

   Se encasquetó su gorra de béisbol, negra y con un puma alado bordado en púrpura, un regalo de una chica de la banda, una que no se había negado a follar con él tres días antes, una a la que había hecho llorar en la parte trasera de un coche, sodomizándola con furia mientras le apretaba el rostro contra el asiento. Una que, tras secarse las lágrimas, le había dado las gracias mirándole con adoración.

   —¡Vamos, gente! Se acabó beber gratis por esta noche —exclamó, chasqueando los dedos con autoridad.

    Bogard apuró su cerveza y agarró por la cintura a la delgaducha novata con la que había estado flirteando, quién parecía aún más flaca junto al fornido lugarteniente.

   —Venga, pequeña. Seguiremos la fiesta en mi casa.

   La novata ronroneó y besó el hombro de Bogard. Estaba tan borracha que se habría caído de no ser por la firme presa de su superior.

   Los tres pumas que quedaban jugando al billar, dos hombres y una mujer, soltaron los palos y recogieron las bolas entre bromas.

   La pareja que se besaba y manoseaba junto a la jukebox salió de la penumbra. Eran dos chicos, uno de ellos un novato con la cabeza afeitada cuyo nombre no recordaba Lazslo, y el otro un joven llamado Loup, cuyo hermoso rostro de ojos rasgados era difícil ignorar.

   El barman, un veterano al que faltaban tres dedos de la mano izquierda (cosa que no le impedía preparar formidables cócteles) y cojeaba ostensiblemente se dispuso a recoger los vasos vacíos de la barra .

   Mientras todos salían hacia la calle, Lazslo recogió el tablero de backgammon con deliberada lentitud. Nicodemo, el barman, miró al líder mientras bajaba interruptores en el cuadro de luces.

   —Deja las llaves en la barra. Yo cerraré y apagaré el luminoso.

   —De acuerdo. Buenas noches, Jefe —dijo el veterano, rascándose con extrañeza su barba entrecana mientras cojeaba hacia la puerta, ya que no era habitual que Lazslo cerrase El Boogaloo personalmente.

   Una vez solo en la penumbra del bar cerrado, iluminado solo por el resplandor rojizo de la jukebox y el azulado de un expositor para helados, caminó hasta el almacén. Apartó una pila de cajas de refrescos vacías y entró por la puerta secreta. Fue recibido por una densa nube de humo y por una mirada penetrante.

19 febrero 2025

EL TÓNICO FAMILIAR. (28). Capítulo Final.




  Al fin salimos de la piscina y volvimos a la mesa, sentados sobre las toallas que la anfitriona había colocado cuidadosamente en las sillas, refrescados por el baño y al mismo tiempo acalorados por lo ocurrido en el agua. No entraré en detalles sobre la cena porque la verdad es que apenas la recuerdo. Diría que se sirvió una colorida ensalada, la invitada alabó las habilidades horticultoras de la cocinera, yo hice un poco sutil chiste sobre los pepinos, recibí un pellizco de mi madre, ayudé a servir un segundo plato del que solo recuerdo una deliciosa salsa de almendras, pero sobre todo recuerdo que las copas volvieron a llenarse de ese vino con leves notas de regaliz.
  De reojo, observé beber a mi madre con cierta preocupación. Si una sola copa la había llevado a tragarse mi semen bajo el agua, no podía imaginar los efectos de una segunda dosis. Los cuatro comíamos con apetito, entre breves conversaciones, las interesantes historias de mi jefa, las risitas cada vez más desinhibidas de mi abuela y mis bromas más o menos ingeniosas. En el aire flotaba una electrizante nube de lujuria que fingíamos ignorar, cosa que cada vez era más difícil. Paz y yo, conscientes del tónico, lo manteníamos a raya, pero a mi abuela de tanto en tanto se le escapaba un inoportuno suspiro o se abanicaba con la mano a pesar de la fresca brisa nocturna.
  Lo más peculiar era la actitud de mi madre. Hablaba poco, con su asimétrica sonrisa tensa y los ojos brillantes. Ojos que cada vez más a menudo y con mayor detenimiento se centraban en las largas y tonificadas piernas de Doña Paz, sentada frente a ella. A la rubia no solo no le molestaba sino que sutilmente ladeaba el cuerpo, con las piernas cruzadas, para que su nueva admiradora apreciase bien la piel bronceada de sus muslos.
  Yo, por mi parte, no me molestaba demasiado en disimular la irreductible erección que la tela de mi bañador húmedo revelaba pegada a mi muslo. Con tónico o sin él, habría sido absurdo esperar que un joven de diecinueve años no se empalmase en presencia de tres bellezas maduras en traje de baño, y para colmo en mi mente danzaban tórridos recuerdos, pues había tenido la enorme suerte de fornicar con las tres.
  Terminado el segundo plato y la segunda copa de vino, ocurrió algo que desencadenó una secuencia de acontecimientos imprevista incluso para mi calenturienta imaginación. Doña Paz se puso en pie (sobre los tacones, que habían regresado a sus pies en algún momento) para comenzar a recoger los platos, ante las protestas de la servicial anfitriona. Al levantarse quedó a escasa distancia de mi madre quien, de improviso y como en un trance hipnótico, acarició la larga pierna de la invitada, desde la rodilla hasta casi la ingle, para después acercar el rostro, frotar con suavidad su mejilla y darle un beso en mitad del muslo.
  Mi abuela me miró con los ojos muy abiertos, atónita ante la insólita conducta, y no supe como reaccionar. Paz miró hacia abajo, tras soltar su plato de nuevo en la mesa, con una sonrisa entre tierna y malévola en sus finos labios. Al volverse el centro de atención, mi madre salió del trance y se apartó de la tentadora pierna, llevándose una mano a la boca. No es alguien que se ruborice con facilidad pero en ese momento se puso tan roja que toda la sangre de su menudo cuerpo debió acumularse en su rostro. 
  —Lo... lo siento, Paz. No... no se qué... —balbució, con un hilo de voz, la cabeza gacha y las inquietas manos apretadas en el regazo.
  La víctima de sus espontáneas caricias se giró hacia ella, se inclinó y le puso el índice en la barbilla para obligarla a levantar el rostro, donde los ojos abiertos como platos mostraban todos los tonos posibles que puede ofrecer la miel y el ámbar.
  —No te preocupes, querida. Me lo tomo como un cumplido —dijo mi jefa, en un tono melifluo y apenas condescendiente que rara vez usaba—. Sobre todo viniendo de una criatura tan encantadora como tu. Vamos, hazlo de nuevo.
  Hechizada por aquella voz, la encantadora criatura respiró hondo y volvió a acariciar la pierna, esta vez usando ambas manos, desde la pantorrilla hasta el comienzo de las firmes nalgas, venciendo poco a poco la timidez. La rubia, olvidada ya su intención de recoger la mesa, correspondió rozando con la punta de sus largos dedos el hombro y el brazo de mi madre, quien se estremeció, como diría Madonna: Like a virgin, touched for the very first time.
  —Ah, la juventud... —suspiró Doña Paz—. Recuerdo cuando mi piel era así de suave sin necesidad de cremas, visitas a balnearios, tratamientos de barro o de algas...
  Ajena a cuanto ocurría a su alrededor, mamá volvió a besar el muslo de la señora y esta vez le dio un largo lametón que terminó a la altura de la cadera, en el límite que marcaba la tela del bikini blanco. Mi abuela, que contemplaba la escena atónita, se llevó una mano al pecho y soltó una especie de hipido de indignación.
  —Pe-pero Rocío, hija... —se lamentó, con un hilo de voz, entre la sorpresa y los celos.
  —No te preocupes, cariño, solo estamos jugando —dijo Paz, girando la cabeza para mirar a su amante. A continuación, volvió a sujetar a mamá por la barbilla para encararse con ella— ¿Verdad que es solo un juego, pequeña?
  La “pequeña” asintió y sonrió mientras una de sus manos se deslizaba por la parte interior del largo muslo y la otra por la rodilla, atrapada en su inexplicable y reciente obsesión por las piernas de nuestra invitada, quien se inclinó para besarla en los labios. Las bocas no tardaron en abrirse y contemplé pasmado como mi jefa y mi madre se daban el filete delante de mis narices y de las de la arrebolada Felisa.
  Sobra decir que la escena me estaba poniendo cachondo a niveles infernales. Mi corazón repicaba al borde de la taquicardia y podía sentir el pulso en la verga, además de una tensión en el perineo molesta y placentera al mismo tiempo. En el fondo de mi hirviente cerebro, las escasas neuronas que no estaban intoxicadas por el tónico albergaban cierto resquemor. ¿Qué pretendía Doña Paz con ese supuesto juego? ¿Sería capaz de “convertir” a su nueva presa en bisexual como había hecho con su suegra? Intenté desechar tales miedos y me dije que todo era obra del portentoso brebaje.
  Ajena a mis elucubraciones, mi jefa se incorporó, cogió de la mano a mi madre y rodeando la mesa la condujo hacia una de las tumbonas situadas a pocos metros. Me fascinó ver como realmente, a pesar de sus 43 años, parecía una chiquilla caminando junto a una mujer madura, e hizo una mueca contrariada casi infantil al tener que dejar de tocar durante unos segundos las piernas de dicha mujer. Por supuesto, también me deleité contemplando los traseros de ambas, a cual más apetecible.
  Se sentaron el el cómodo mueble de exterior, cubierto por un fino colchón de funda floreada, y reanudaron de inmediato las caricias y el intercambio de saliva, tan apasionado que de cuando en cuando las lenguas se entrelazaban fuera de la boca y sus barbillas brillaban por la humedad. Estaban más cerca que antes de las luces que colgaban de los árboles, por lo que mi abuela y yo las veíamos iluminadas como si fuéramos espectadores de una tórrida obra teatral.
  —Hijo... ¿Pero qué... qué hacen? —dijo la pelirroja, que se había girado en su silla y no podía apartar la vista de la escena.
  —Ya lo has oído. Solo están jugando —la tranquilicé, y sin disimulo alguno me acomodé la tiesa verga bajo la tela húmeda del bañador, una prenda de la que estaba deseando librarme—. No te preocupes, que tu nuera no te va a quitar la novia, ¡ja ja!
  —Ay, Carlitos, no seas tonto —me regañó, aunque una leve curva en sus labios y un aumento del rubor me indicaron que le agradaba la idea de ser la “novia” de la invitada—. Pero mira... Mira lo que... Ains... Se están desnudando, hijo.

20 septiembre 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (27)


  Entre pitos y flautas (nunca mejor dicho), cuando llegué a la parcela se acercaba la hora de comer. Bajé del Land-Rover en mangas de camisa y respiré el agradable aire campestre, la acogedora atmósfera de aquel atemporal microcosmos que se había convertido en mi hogar sin que casi me diese cuenta. Animado por la inusual temperatura, me quité la camisa mientras me acercaba al porche, donde encontré sentada a mi madre.
  Recibió mi desaliñado aspecto con una sonrisa irónica no carente de afecto y nos saludamos con un largo pero casto beso en las mejillas, pues aunque estábamos solos allí fuera, a través de la ventana podía escuchar el trajín de mi abuela en la cocina. 
  El aspecto de mamá había cambiado bastante desde el desayuno, sustituido de nuevo el look “ama de casa formal de extrarradio” por el de “hippie despreocupada pero de las que se duchan a diario”. El corto cabello castaño volvía a estar alborotado, había desaparecido el innecesario maquillaje y se cubría con una larga camiseta sin mangas que dejaba uno de sus bronceados hombros al aire, amarilla y con siluetas negras de animales y plantas. Debajo solo llevaba un bikini naranja, y por el leve olor a cloro en su piel deduje que se había dado un baño en la piscina tras regresar de la ciudad. Estaba descalza y, por supuesto, una de sus bonitas piernas lucía en el tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la sencilla baratija que se había convertido en algo así como nuestro anillo de compromiso, y que yo también llevaba en mi muñeca.
  Mentiría si dijese que, al verla, no me sentí culpable por mi reciente mambo victoriano. El hecho de que mi amante tuviese entre las piernas el mismo equipamiento de serie que yo no ayudaba a atenuar la culpa tanto como había previsto, pues a todos los efectos tenía la sensación de haber estado con otra mujer. Me consolaba pensando que a nivel romántico no había tenido relevancia. Sentía afecto por la dulce Victoria pero no estaba ni de lejos enamorado de ella, y desde luego lo estaba de la mujer sentada frente a mí en ese momento, dándole un sorbo a un botellín de cerveza mientras me miraba entornando sus ojos color miel, intuyendo que algo me rondaba la cabeza como solo una madre puede hacerlo.
  —¿Qué tal te ha ido con la abogada? —pregunté, para librarme de su escrutinio. 
  Apoyó las manos en las rodillas, elevadas debido a que apoyaba ambos pies en un pequeño taburete, en el cual yo me senté para mirarla cara a cara. La sonrisa adoptó un matiz triste pero no desapareció, acompañada de un largo suspiro.
  —No ha ido mal. A tu padre le ha sorprendido un poco que me haya dado tanta prisa, pero no va a darme problemas.  —Hizo una pausa y siguió con la mirada una abeja que pasó danzando en el aire y desapareció sin prestarnos atención—. Divorcio de mutuo acuerdo, le dicen. Y por mi estupendo. Lo que no quiero es perder más el tiempo.
  Le dio otro breve trago a la cerveza, que estaba casi entera y muy fría. Me la ofreció y me supo a gloria. Encendí un cigarro y también lo compartimos.
  —¿Y no ha intentado... no se, que vuelvas con él? ¿Pedirte perdón o algo? —pregunté, pues me costaba creer que alguien dejase escapar tan fácilmente a una mujer como ella.
  —Bueno, perdón me ha pedido. Pero más por el escándalo que se montó que por haberme puesto los cuernos... no se si me explico.
  —Si, te entiendo.
  —Se le ve triste, pero me parece que él también tiene ganas de quedarse soltero —afirmó, y su sonrisa se volvió maliciosa—. Igual piensa que se va a ligar a otra zorra culona como Bárbara.
  —¡Ja ja! Bueno, las putas y los taxistas siempre se han llevado bien —dije.
  —¡Ja ja ja! ¡Ssshh! Baja la voz. Ya sabes que a la abuela no le gusta que insultemos a “Barbi” —me regañó, conteniendo la risa.
  Tras una larga calada al cigarro seguida de una nube de humo que se llevó la leve brisa continuó hablando.
  —Vamos a vender el piso y quedarnos cada uno con la mitad del dinero. Así que tendremos que buscar un sitio donde vivir.
  Esa noticia me produjo sentimientos encontrados. No echaba de menos mi pequeña habitación en el pequeño piso de barrio obrero, pero sentí cierta nostalgia al saber que no volvería a vivir en el hogar donde había crecido. Por otra parte, que mi  madre diese por hecho que viviríamos juntos me produjo una mezcla de alegría y alivio, acompañados de una sensación cálida en el pecho.
  —A la abuela no le importará que nos quedemos todo el tiempo que queramos —afirmé, sin dudar un ápice de la hospitalidad de nuestra anfitriona.
  —Ya lo se, hijo. Pero por muy bien que nos llevemos, sería raro vivir con mi ex-suegra después de divorciarme, ¿no crees?
  —Cosas más raras se han visto —sentencié, no muy convencido.
  Mi madre se encogió de hombros e hizo gala de su nueva actitud vital, más serena y hedonista. La antigua Rocío estaría de los nervios ante una situación parecida. La nueva versión apuró el botellín de un trago y tiró dentro la colilla del cigarro, que se apagó con un siseo. Se desperezó cual gata tras una siesta y me dio una suave patada en el costado.
  —Ya nos preocuparemos de eso más adelante. Ahora vamos dentro, que ni siquiera has saludado a tu abuela, y yo debería estar ayudándola y no aquí tocándome el higo—dijo, usando una expresión barriobajera que siempre me había hecho mucha gracia.
  —Si te has cansado de tocártelo yo te lo puedo com...
  —¡Ssssh! Calla, idiota —gruñó, sin enfadarse realmente, aunque me dio una patada más fuerte que la anterior.
  Me levanté del taburete, pues si no me separaba de sus piernas no aguantaría mucho más sin acariciarlas, y me llegó una oleada de un olor muy agradable, uno que notaba desde mi llegada pero no conseguía identificar. Aún así, se me hizo la boca agua cuando lo aspiré con toda la potencia de mi prominente napia.
  —Joder, que bien huele. ¿Qué hay de comer?
  De repente, mi madre adoptó una expresión de pícara conspiración, miró hacia los lados y se inclinó hacia adelante, haciendo crujir el sillón de mimbre bajo sus firmes nalgas. Con un gesto de la mano me indicó que me acercase para hablarme en voz baja.

20 marzo 2022

RICITOS.

  Dentro de la cabaña el calor era sofocante, pero eso no molestaba demasiado a los tres hermanos Bearson, acostumbrados al clima extremo de aquella región boscosa.

   —¿Le queda mucho al estofado?— preguntó Klaus.

   —Ya casi está — respondió Paul, quien removía la enorme olla con un enorme cucharón de madera.

   —Abriré el barril — dijo Jansen.

   Los tres hermanos Bearson eran idénticos, come corresponde a unos trillizos. Los tres medían casi dos metros, los tres eran extraordinariamente robustos, con brazos como troncos y cuellos de toro, los tres llevaban la cabeza rapada y lucían espesas barbas negras como el carbón, los tres vestían pantalones de camuflaje y botas militares.

   —Ya está... ¡Joder, como nos vamos a poner!

   —Huele que alimenta.

   —Traed las jarras.

   Mientras Paul llenaba los platos hasta el borde con un sustancioso estofado de ciervo, Jansen llenaba hasta el borde tres grandes jarras. Después de una mañana poco provechosa, en la que un astuto jabalí se les había escapado por los pelos, los tres cazadores se disponían a consolarse con un almuerzo contundente y bien remojado con espumosa cerveza.

   —¡Joder, que buena pinta tiene, Paul!— exclamó Klaus.

   — Así es como lo hacía Madre, en paz descanse.

   Los trillizos se santiguaron al unísono, recordando a su oronda progenitora, y se dispusieron a dar cuenta del guiso, cuando sus aguzados oídos de cazador captaron un ruido que los hizo levantarse y correr hacia la ventana.

   A escasos cincuenta metros de la cabaña el sotobosque se removía, y los aguzados ojos de cazador de los trillizos Bearson vislumbraron el pelaje parduzco de un jabalí bastante grande.

   —¡Hijo de puta! Desde luego tiene cojones el bicho — gruñó Klaus.

   —El estofado lleva patatas. Las habrá olido el muy verraco — susurró Paul.

   —Ya comeremos luego, ¡a por él!— ordenó Jansen.

   Con movimientos enérgicos y expertos, los tres hermanos cruzaron sobre sus anchos torsos, desnudos y sudorosos, tres cinturones repletos de cartuchos. Agarraron sus respectivas escopetas y salieron de la cabaña a paso ligero pero sigiloso, adentrándose en el bosque desde tres direcciones distintas para rodear a la esquiva bestia.

   Pero el jabalí, después de haber huido de ellos durante toda la mañana, conocía a los hermanos Bearson mejor de lo que ellos lo conocían a él. Les obligó a perseguirle por la espesura durante dos horas, hasta que los cazadores, agotados y con los estómagos rugiendo por el hambre, desistieron de su empeño.

   —¡Maldito hijo de una cerda! Nos la ha vuelto a jugar.

   —Mañana le daremos lo suyo.

   —Sí, mañana será otro día. Vamos a comer y a pegarnos una buena siesta.

   Lo primero que los hermanos Bearson hacían cuando entraban en su cabaña era soltar las armas, pero aquella vez no lo hicieron. La puerta estaba entreabierta y, a pesar de las prisas, estaban seguros de haberla dejado cerrada.

   —Aquí ha entrado alguien, cuidado.

   —¿Habrá sido el hijoputa del marrano?

   —Calla, coño ¿desde cuando los jabalíes saben abrir puertas?

   La sorpresa de los cazadores aumentó cuando vieron, sobre la mesa, sus tres platos rebañados, y las tres jarras igualmente vacías. Se rascaron al unísono el vello negro y rizado que tapizaba sus pechos.

   —¡Se han puesto las botas!

   —Ssshh, calla Klaus, puede que sigan aquí.

   —Miremos en el dormitorio.