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15 julio 2026

Los secretos de Maribel. 8.


   Alba y yo pasamos el resto del día solos en la casa, aunque tanto su madre como la mía nos llamaron varias veces para informarnos sobre los progresos en el caso de Héctor, quien seguía enjaulado en la comisaría gracias a el “bueno” de Herrero. A pesar de los esfuerzos de mi padre y sus colegas del bufete, la policía insistía en retener a mi primo durante veinticuatro horas, cosa que al parecer les permitía la ley, por lo que el presunto traficante de cocaína iba a pasar la noche en el cómodo catre de una celda.

  Como es de suponer, mi vivaracha prima y yo no nos aburrimos, solos en el enorme chalet. Después de la memorable y educativa mamada en el dormitorio de mis padres, pasamos el resto de la mañana jugando a la consola, escuchando música y mirando vídeos en mi ordenador. A la hora de comer pedimos una pizza, y tras devorarla en cuestión de minutos nos dimos un baño en la piscina.

  Su temperamento se había suavizado bastante y saltaba a la vista que mi actitud dominante mantenía bajo control su arrogancia barriobajera. No puso ninguna objeción cuando repetí la hazaña de follármela en el agua, esta vez durante más tiempo y con mucha colaboración por su parte. En general, estaba resultando un día estupendo, con la casa para mí solo, mi primo Héctor entre rejas y su hermanita dispuesta a satisfacer todas las necesidades de mi infatigable libido. No todas, pues no dejaba de acosarme el vívido recuerdo de lo sucedido con mamá esa mañana. La sensación de su lengua en mi boca, de su cuerpo tan cerca del mío, aparecía de improviso, intoxicaba la realidad y multiplicaba por cien la intensidad de cualquier estímulo carnal. Hasta el punto de que cuando esa tarde me corrí en la piscina, con la verga apretada entre las resbaladizas y soberbias nalgas de Alba, era el cuerpo y el rostro de mi madre lo que ocupaba mi mente por completo.

  El resto de la familia llegó a la casa al anochecer. Mi prima y yo, saciados de comida, diversión y sexo, estábamos tirados en el sofá del salón como dos gatos somnolientos, mirando sin mucho interés una serie policíaca en la televisión de plasma. Mamá entró la primera, seguida de cerca por su marido y por la tía Teresa, cuya cara regordeta y pecosa todavía mostraba signos de llanto reciente. Conociendo a la hermana mayor de mi madre, supuse que se había pasado el día sollozando, lamentándose y defendiendo la inocencia de su querido hijo. Su marido, el tío Sancho, se había quedado en la ciudad por si surgía alguna novedad o soltaban a Héctor antes de lo esperado.

  Lo que más me sorprendió fue ver allí a mi padre, quien ese verano aún no había puesto los pies en nuestra residencia veraniega. Papá es un tipo alto (alrededor de metro ochenta y cinco, lo suficiente para besar a su mujer sin tener que ponerse de puntillas), con la cabeza afeitada para disimular su calvicie y una barba entrecana bien recortada. Se mantenía en buena forma, y a sus cincuenta y un años las mujeres todavía lo consideraban atractivo. Nuestra relación no era mala, aunque pasábamos poco tiempo juntos y a medida que aumentaba mi deseo hacia mi madre también lo hacía una especie de rencor hacia él, provocado en gran parte por la envidia y por el hecho de que prestase tan poca atención a una mujer tan extraordinaria como ella.

  Esa noche solo intercambiamos un par de frases, mientras cenábamos todos juntos en la cocina. Durante unos interminables treinta minutos, todas las conversaciones giraron en torno a mi primo Héctor y a su desafortunado encontronazo con la justicia. Mi padre afirmaba que lo soltarían a la mañana siguiente sin lugar a dudas, la tía Teresa comenzó a llorar de nuevo y su hermana trató de consolarla, yo comía en silencio y Alba miraba su móvil sin prestar apenas atención a nada más. En resumen, la peor cena familiar que recuerdo.

  Después todos fueron al salón para ver un rato la televisión e intentar distraerse un poco. Mi madre se quedó en la cocina recogiendo los platos y con la excusa de ayudarla yo también. Se había puesto una bata de estilo japonés, con un vistoso estampado rojo y negro, que le llegaba hasta las rodillas, y se había recogido el pelo con un sencillo moño del cual escapaban sedosos mechones de cabello negro. La visión de las torneadas pantorrillas y del largo cuello bastaron para excitarme, y no desaproveché la ocasión de acercarme a ella tanto como pude para hablarle en voz muy baja.

  —Dime, ¿has visto a Héctor?

  Antes de responder, giró la cabeza para asegurarse de que nadie podía oírnos, y vi como sus manos temblaban un poco. Me alegró ver que ya no parecía tan preocupada y triste como por la mañana, solo cansada.

  —No. Solo tu padre ha podido entrar a hablar con él. Dice que está bien, algo asustado, y que está convencido de que alguien le ha metido la droga en el coche, pero no sospecha de nadie.

  —Aunque supiese que ha sido cosa de Herrero no diría nada —dije, tras reflexionar unos segundos —. Y si sabe que tú le pediste ayuda, tampoco dirá nada, porque tendría que contar lo que te hizo.

14 julio 2026

Los secretos de Maribel. 7.

 


 Lo primero que vi cuando me desperté fueron aquellas bragas blancas con ribete azul en mi mesita de noche, brillando casi bajo la luz de la mañana que entraba entre las cortinas de mi habitación. Eran la única prueba de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido un delirante sueño.

  Estiré los músculos con un gruñido de satisfacción, cogí la inmaculada prenda y la miré mientras mi mente despertaba del todo y recreaba las imágenes, añadiendo más ímpetu a mi habitual erección mañanera. El partido de tenis nocturno, en el que mi madre y la famosa tenista Diana Wesley se habían batido mostrando sus encantos a la luz de los focos. La increíble escena lésbica en el vestuario y las atenciones orales de las gemelas africanas. Una noche que no olvidaría jamás.

  Me quité los boxers y dejé a mi miembro erecto balancearse al ritmo de la sangre que hervía en sus cavidades. Acerqué las braguitas a mi rostro y aspiré profundamente, aunque ya sabía que mamá las había robado de la taquilla de la presumida norteamericana y no estaban usadas. Aún así, el olor de la tela perfumada por el suavizante y el recuerdo de su propietaria, sus nalgas perfectas aceitadas y enrojecidas por los azotes de su contrincante, bastaron para excitarme aún más.

  Entonces escuché, procedente del piso de abajo, el característico pitido del microondas. Mi madre debía estar preparándose el desayuno. Me moría de ganas por verla, tantear su estado de ánimo y cómo le había afectado todo lo ocurrido hacía apenas unas horas. No solo la velada en casa de Don Gerardo Herrero sino también, y sobre todo, el beso que le había robado antes de volver a casa aprovechando su cansancio, un beso en el que nuestras lenguas habían llegado a tocarse durante un sublime instante.

  Miré de nuevo las bragas de la campeona y tuve una idea que tal vez aliviaría un poco la tensión entre ambos. Sonreí con cierta malicia y me levanté para ponerla en práctica.

  Como ya sospechaba, mi madre estaba en la cocina, sentada a la mesa frente a una humeante taza. No me escuchó llegar, así que me detuve en la puerta para observarla. Llevaba uno de sus finos vestidos veraniegos, corto y con tirantes, de un intenso color entre el naranja y el amarillo, el tipo de color que combinaba a la perfección con su piel bronceada. La prenda dejaba al descubierto casi toda la longitud de sus formidables piernas e iba descalza, lo cual me hizo recordar el placer que esos pies podían proporcionar. La larga melena negra, recogida en una coleta, parecía un poco húmeda, señal de que se había duchado o nadado en la piscina no hacía mucho.

  —Buenos días, mamá —dije, después de acercarme a ella.

  Mi aparición la pilló por sorpresa y no pudo evitar que la saludase con un rápido beso en los labios. Consideré un triunfo que no se quejase, aunque en sus preciosos ojos oscuros pude ver preocupación y cansancio. Fui hasta la nevera para servirme un vaso de zumo y caí en la cuenta de que su actitud no se debía a mis constantes intentos de meter mi lengua en su boca. Sin duda estaba preocupada por el trato que habíamos hecho con Herrero.

  —¿Qué te pasa? ¿Tienes agujetas? —pregunté, tras sentarme frente a ella en la mesa.

  —No muchas —Suspiró y le dio un sorbo a su bebida —. Estoy preocupada por tu primo.

  Que mostrase tanta preocupación por su sobrino, el mismo hijo de perra que la había chantajeado y humillado, me puso de mal humor, pero en el fondo, y aunque me costaba reconocerlo, compartía la misma inquietud. A pesar de haber presenciado cómo usaba sus malas artes para abusar de mi madre, Héctor había sido como un hermano mayor para mí desde que tenía memoria. Habíamos pasado buenos ratos, me había defendido de matones y hasta había perdido la virginidad gracias a su ayuda. Desde luego, yo era el menos indicado para culparle por tener deseos incestuosos hacia su tía, pero la forma rastrera en que los había consumado, su actitud hacia ella, la forma en que la sometía y degradaba, eso merecía un castigo.

13 julio 2026

Los secretos de Maribel. 6.


   Todos guardamos silencio durante unos segundos que parecieron meses, incluso años. Con sus oscuros ojos muy abiertos, mi madre miró a la tenista, en cuyo bonito rostro se dibujaba una mueca traviesa. Miró a Herrero, paciente como solo puede serlo quien siempre se sale con la suya. Por último me miró a mí, tan estupefacto como ella.

   Mis sospechas comenzaban a confirmarse. Sabía que ese viejo verde no iba a conformarse con un simple partido . Quería una sesión de “tenis erótico”, si es que existía tal cosa, y no había elegido a mi madre por su habilidad en la pista sino por su espectacular anatomía. O quizá por ambas cosas. Lo más sorprendente era que Diana Wesley, toda una celebridad mundial, pareciese encantada con la peculiar norma del millonario.

   —No... No me esperaba esto, Gerardo. Es algo... embarazoso —dijo mamá al fin, con las manos todavía sobre su escueta falda blanca.

   —Vamos, Maribel —intervino Diana —. Ya verás que cómodo es. Te va a encantar, y jugarás mejor que nunca, te lo aseguro. Si en Wimbledon permitiesen jugar sin braguitas ganaría todos los años, ¡ja ja ja!

   Las francas risotadas americanas de la tenista no relajaron demasiado a mi madre. Entonces me miró, como si buscase una respuesta en mi rostro. Yo no sabía qué decir. Me debatía entre el deseo de ver ese increíble, casi surrealista, partido de tenis y el impulso de protegerla de las libidinosas maquinaciones de Herrero. Temía que jugar “a pelo” solo fuese el principio y que el viejo guardase en la manga más ases obscenos.

   —Entiéndelo, Gerardo... Delante de mi hijo...

   El viejo soltó una carcajada chirriante y se giró hacia mí. No me gustó su forma de mirarme. Parecía saber de mí más de lo que yo pensaba. Me dije que miraba así a todo el mundo, para intimidar, aunque realmente no supiese nada. ¿Qué podría saber de mi? ¿Se habría dado cuenta de lo que mamá y yo hacíamos bajo el mantel del club? Eso era poco probable.

   —No creo que a tu hijo le importe, mujer —dijo Herrero, en tono afable —. Hay confianza, ¿no? En una familia debe haber confianza. Al menos hasta que un miembro de esa familia se pasa de la raya y hay que darle un escarmiento. ¿No estás de acuerdo, Julio?

   Los ojillos astutos del vejestorio se clavaron en los míos. Obviamente, mi presencia allí significaba que yo estaba al tanto de todo, y que incluso tal vez recurrir a él para castigar a mi primo había sido idea mía, cosa que era cierta.

   —Si, estoy de acuerdo —dije, a regañadientes. Miré a mi madre y traté de sonreír para que se relajase. La había visto desnuda ese mismo día, en el baño, así que no había motivo para que mis miradas la incomodasen —. Hazlo, mamá, no pasa nada.

   No estaba seguro de si me encontraba en posición de darle permiso para que se plegase a los deseos de nuestro anfitrión, pero mis palabras surtieron efecto. Ella suspiró, esbozó una tímida sonrisa que no enmascaraba del todo su reticencia y se metió las manos bajo la falda. Con un rápido movimiento, empujó sus bragas con los pulgares hasta los tobillos, sin flexionar las piernas. Sin agacharse, las hizo pasar por sus zapatillas deportivas y con una hábil patada consiguió que se elevasen en el aire. Pretendía cogerlas al vuelo, pero Diana Wesley hizo gala de sus bien entrenados reflejos y se le adelantó. Ver a esa mujer tan famosa con las inmaculadas bragas blancas de mi madre en la mano fue una de las situaciones más extrañas que he vivido jamás.

12 julio 2026

Los secretos de Maribel. 5.

 


Esa tarde, intenté tratar a mi madre lo mejor posible, para compensarla por lo mal que se lo había hecho pasar en el club. Nadamos un rato en la piscina, bromeando y riendo como en los viejos tiempos, y no intenté rozarme ni tocarla más de lo imprescindible. Después nos tumbamos un rato al sol, y me fue imposible no mirarla mientras se untaba el bronceador por todo el cuerpo. Por un momento creí que iba a pedirme ayuda, pero desde luego no lo hizo.

   Se había puesto uno de sus bikinis más recatados, si es que alguno lo era, blanco y con un estampado de cerezas rojas. Reparé en que una de las pequeñas frutas quedaba justo sobre su pezón, y hubiese dado cualquier cosa por hincarle el diente. También llevaba sus gafas de sol y se había recogido el pelo en una coleta. Yo estaba en la tumbona de al lado, echado bocarriba, y aunque esa tarde quería disimular mi erección para no disgustarla, reaccioné demasiado tarde y antes de que doblase la pierna para que fuese menos visible ella reparó en el bulto. Sonrió de forma indescifrable y negó lentamente con la cabeza, como solía hacer cuando le decía algún disparate o me comportaba de forma demasiado infantil.

   —Ah, la juventud —suspiró. Supuse que se refería al hecho de que volviese a tenerla tan dura apenas una hora después de haberme corrido en el restaurante. A mí no me parecía nada fuera de lo común; en más de una ocasión me había masturbado dos veces seguidas sin que mi obelisco perdiese ni un grado de verticalidad—. Ve al baño, anda. Quizá me quede dormida y no quiero que hagas ninguna tontería.

   —Ya te he dicho que me comportaré, mamá. Puedes dormir tranquila —prometí —Además, no es por ti. Estaba pensando en la tía Teresa.

   Se rio y se echó hacia atrás en la tumbona, con una pierna un poco flexionada y los brazos paralelos al cuerpo. Parecía una modelo posando para un anuncio de bikinis. Al menos su risa había sonado alegre y burlona, sin un ápice de sarcasmo o amargura. 

   —Si me duermo despiértame en una hora. Tengo que llamar a Herrero para concertar una reunión —me dijo.

   La mención del viejo verde hizo que mi zepelín se desinflase un poco. Habíamos decidido pedirle ayuda, ya que no solo era poderoso e influyente dentro del club sino en todo el país. A lo largo de décadas de exitosos negocios, Herrero había comprado, de una forma u otra, a jueces, fiscales, jefes de policía, políticos e incluso capos del crimen organizado. Si alguien podía escarmentar a un chulito de barrio como Héctor era él. No era un amigo íntimo de la familia, pero le tenía cierto aprecio a mi padre, con quien a veces sostenía largas conversaciones sobre economía o política, y por supuesto admiraba sin ningún disimulo la inusual anatomía de mi madre. Bastaría con que mamá llevase a la reunión un vestido corto y algo escotado para que Herrero accediese a su petición, un favor que para un hombre como él resultaba insignificante.

   —Yo iré contigo, por supuesto —dije, con aire de macho protector.

   —No es necesario, Julio.

   —Claro que sí. No quiero dejarte sola con ese viejo verde.

   —¿Y qué podría hacerme? —dijo mamá, riendo—. Me desnudará con los ojos, como hace siempre, y si me siento a su lado tal vez me toque un poco el muslo. A mí también me desagrada, hijo, pero estoy dispuesta a pasar por eso si nos libra de Héctor.

   Me entristeció un poco que una mujer tan orgullosa estuviese dispuesta a dejarse toquetear por un anciano sátiro para conseguir ayuda, pero pensándolo bien era una minucia comparada con la humillación de la que pretendía librarse. Mi madre se encontraba en esa situación no solo por la lujuria y las malas artes de mi primo, sino también por su escasa prudencia a la hora de cometer adulterio.

   —Iré, de todas formas. Además, si vas sola a su casa la gente podría pensar mal y empezarían los rumores. Ya sabes cómo son…

   —No creo que a nadie se le pasase por la cabeza que estoy liada con Herrero —dijo, mirándome por encima de las gafas. Volvió a colocarlas sobre su prominente nariz y torció un poco los labios—. Pero la verdad es que no me apetece ir sola. Puedes venir, si prometes que te vas a comportar como es debido.

   —Vamos, mamá —protesté, indignado—. ¿Qué podría hacer en casa de un extraño?

   —Lo mismo pensé cuando fuimos al club, y mira lo que hiciste.

   —Ya te he dicho que no volveré a comportarme así. Confía en mí.

11 julio 2026

Los secretos de Maribel. 4.


   Cuando me tumbé en mi cama esa noche, más que dormirme perdí el conocimiento, agotado en todos los sentidos. Dormí del tirón hasta pasado el mediodía, y me desperté con una extraña sensación de urgencia, como si esa mañana de Lunes tuviese una cita importante y me hubiese quedado dormido. Reparé en que me había acostado desnudo, me puse unos boxers y bajé a la cocina.

   No había nadie. Ni en la cocina ni en el salón, donde no quedaba rastro alguno de mi perturbadora sesión de cine. Recorrí toda la enorme casa, entré en el dormitorio de mamá, también vacío, y bajé a la desierta piscina. La intranquilidad comenzó a apoderarse de mí y me aceleró el pulso. Fui al garaje y comprobé que su todoterreno no estaba. Normalmente cuando salía me decía a dónde iba, aunque estuviese dormido.

   Volví al salón, con el cerebro hirviendo de peguntas. ¿Habría ido, desesperada, a contárselo todo a mi padre? ¿Se habría decidido a denunciar a la policía el chantaje de Héctor? ¿Estaría pidiendo cita con un psiquiatra para que tratase mis supuestas desviaciones sexuales? ¿O tal vez mi primo la había obligado a ir hasta algún lugar discreto para continuar cobrándose el precio de su silencio? Más allá de que sus actos pudiesen causarme problemas, estaba muy preocupado por ella, así que la llamé al móvil.

   Rechazó la llamada, lo cual me enfadó pero también me tranquilizó un poco. Al menos estaba lo bastante bien como para pulsar el botón rojo del celular. Apenas diez minutos después, respiré aliviado al ver su coche entrando por la verja del chalet. No había respondido al teléfono porque estaba conduciendo, me dije.

   Me senté en el sofá, fingiendo ver un programa de deportes, y cuando entró la recibí con una amplia sonrisa. Llevaba unos pantalones cortos de color amarillo, que resaltaban al mismo tiempo la vertiginosa longitud de sus piernas y el moreno de su piel. Sus sandalias eran parecidas a las que llevaba en el vídeo de los jardineros, pero tenían más tacón y las cintas blancas se entrelazaban hasta casi la rodilla. Remataba el conjunto una camiseta de tirantes muy ceñida, también blanca, que ponía de manifiesto la ausencia de grasa en su vientre y la firmeza de los pechos. Su melena negra le caía por la espalda en suaves ondas, negra, limpia y brillante. Ni el más estricto de los psicoterapeutas podría culparme por desear a semejante mujer.

   Su expresión era seria, más reflexiva que triste, y nadie hubiese imaginado que se había pasado llorando parte de la noche anterior. Cargaba con al menos media docena de bolsas, de distintos tamaños y colores, con logotipos de sus tiendas favoritas. No se podía decir que mamá fuese una compradora compulsiva, pero cuando gastaba dinero lo hacía con la despreocupación propia de quien tiene de sobra.

   —¿Has estado de compras? —pregunté, aunque fuese evidente.

   —Sí. Necesitaba despejarme un poco —dijo ella. Su voz sonaba cansada, un par de escalones por debajo de su timbre habitual.

   —Te entiendo —dije, al mismo tiempo que me levantaba—. Deja que te ayude con eso.

   Atravesó el salón con sus largas y elegantes zancadas, dejándome plantado en el sitio. No esperaba que su actitud hacia mí fuese la de siempre, después de todo lo ocurrido, pero esa descortesía me pareció excesiva. Yo siempre había sido atento con ella, y eso no tenía por qué cambiar.

   —No hace falta. Mejor ve a ponerte algo encima. Ya sabes que no me gusta que andes por casa en ropa interior.

10 julio 2026

Los secretos de Maribel. 3.

 


 Me limpié la cara y esperé unos minutos antes de salir. No quería dar pie a sospechas bajando al mismo tiempo que ella, aunque su madre la hubiese visto sola en la habitación. Una vez en las cercanías de la piscina, vi a mi madre sentada en su tumbona, poniéndose bronceador en los brazos. Estaba aún más guapa que por la mañana, con los ojos brillantes, las mejillas encendidas y el pelo algo alborotado. Incluso lucía una tenue sonrisa. Obviamente, no era la siesta lo que le había sentado tan bien, sino el polvo (o polvos) que le había echado su sobrino.

   La idea de mi madre disfrutando con Héctor, sometiéndose a sus deseos y dejándose llevar por el placer, me hubiese hecho enfurecer mucho más en otro momento, pero mi cerebro seguía escribiendo las líneas de mi propia aventura incestuosa. Alba estaba en otra de las tumbonas, recostada y ojeando una revista de moda como si nada hubiese pasado, y la tita Teresa estaba en otra, embadurnada ya en crema protectora y con el rostro medio oculto por unas enormes gafas de sol.

   —¿Dónde está Héctor? —pregunté, al notar la ausencia de mi primo.

   —Ha ido a echarle una mano a su padre con un trabajo —dijo Teresa, con la voz melodramática que ponía cuando hablaba de sus problemas—. Le han fastidiado el domingo, al pobre. Pero a ver... Tal y como está la cosa, no hay que rechazar un encargo aunque sea festivo.

   Mi tío Sancho era fontanero, y a juzgar por las constantes quejas de su esposa el negocio no le iba demasiado bien. Pero los problemas económicos de mis tíos no era lo que más me interesaba en ese momento. Héctor estaba fuera de escena, por lo que no tendría ocasión de aclarar el asunto de las cámaras ocultas. Por otra parte, que no estuviese me ponía las cosas más fáciles en lo relativo a su hermanita.

  Mamá terminó de untarse y se tumbó bocarriba, también con unas grandes gafas oscuras. Hice ademán de volverme hacia la piscina, me giré como si hubiese olvidado algo y miré a mi prima. Mi sonrisa debía resultar demasiado perversa o libidinosa, porque cuando Alba me miró se puso tensa y frunció el ceño.

   —Oye, Alba, ¿por qué no vienes al agua? —pregunté, lo bastante alto como para que lo oyesen su madre y la mía.

   —No tengo ganas —respondió.

  —Vamos, Alba. Vete a la piscina con tu primo, que luego te quejas de que no te hace caso —intervino la tía Teresa, como yo esperaba.

   —¡Mamá! ¿Cuándo he dicho yo eso?

   Reparé en que mi madre levantaba un poco la cabeza y me miraba. No podía ver sus ojos, pero resultaba evidente que estaba sorprendida. Era la primera vez que invitaba a mi prima a venirse conmigo al agua, y tal vez sospechaba que tramaba algo. O tal vez pensaba que me había tomado en serio sus palabras de la noche anterior sobre mi aparente indiferencia hacia Alba. En ese momento, sentía de todo por mi prima excepto indiferencia.

   Alba resopló, dejó su revista y me siguió hacia el borde de la piscina, seguramente para no levantar sospechas. Me miraba como si fuese un tigre dispuesto a morder de un momento a otro, y eso me gustó. Gracias a un supremo esfuerzo mental, había conseguido aplacar mi erección durante unos minutos, pero cuando nos metimos en el agua volvió con renovadas fuerzas. Cogí la pelota de waterpolo, que andaba flotando por allí, y se la lancé a mi prima sin mucha fuerza.

   —Venga, vamos a jugar un poco —dije, con tanta normalidad que solo ella podría haber captado una doble intención.

08 julio 2026

Los secretos de Maribel. 2.


  Llevaba uno de sus finos pareos atado a la altura del pecho y le llegaba un poco más abajo de las caderas, como un vestido muy corto que dejaba a la vista la totalidad de sus formidables piernas. No podía ver muy bien el bikini que se había puesto, pero me pareció que era el azul con pequeños lunares blancos, uno de mis favoritos. Se había lavado el pelo y lo llevaba suelto, húmedo y brillante a la luz del sol. 

   —¿Es que hoy no tienes hambre? —dijo, mirándome con las manos en las caderas y la cabeza algo ladeada—. Vamos, sal y sécate. La comida está lista.

   Nos sentamos a comer en la mesa de la cocina, como solíamos hacer cuando estábamos los dos solos. Su actitud era casi normal. Se la veía algo distraída, pero si no supiese lo que había pasado esa mañana no hubiese sospechado nada fuera de lo común.

   —¿No iba Héctor a quedarse a comer? —pregunté en tono despreocupado, para ver cual era su reacción.

   —No. Ha tenido que irse. Creo que había quedado con unos amigos —respondió, sin alterarse lo más mínimo.

   Me pregunté si mi primo le contaría a los macarras de sus amigos lo que le había hecho a su tía, o si dejaría de lado el parentesco y les diría solamente que una madurita adinerada le había hecho una soberbia mamada en un garaje. Me ponía enfermo la idea de que presumiese de su hazaña, pero era casi inevitable. Hacerlo con una mujer como mi madre era algo de lo que cualquiera querría presumir.

   —¿Y la tía Teresa? ¿Vendrá esta tarde con la prima?

   —Sí, vendrán a darse un baño —dijo mamá. Me pareció que la idea no le agradaba demasiado. Seguramente no le apetecía ver a la madre del pervertido que la había humillado—. Y por favor, hijo, no se te ocurra comentar nada de lo que ha pasado hoy.

   —¿Te refieres a lo de las webcams? —pregunté, con cierta malicia.

   —Pues claro. ¿A qué iba a referirme si no? —respondió, más nerviosa de lo que quería aparentar.

   Decidí no presionarla más. No sabía cómo reaccionaría al enterarse de que su hijo había presenciado la escena del garaje, y más teniendo en cuenta que ya estaba al corriente de mis fantasías incestuosas. Preferí fingir ignorancia hasta que supiese que es lo que había pasado exactamente entre su sobrino y ella.

   Después de comer nos fuimos al salón. Se recostó en un extremo del enorme sofá blanco situado frente al televisor de plasma y yo me tumbé en otro más pequeño que había cerca. Solo tenía que girar un poco la cabeza para mirarla, y no pude evitar hacerlo en varias ocasiones, hasta que se tapó las piernas con una fina manta.

   —¡Brrr! Parece que el aire acondicionado está muy fuerte. Hace frío —dijo, para disimular. Era obvio que, después de haber visto el material de mi ordenador, mis miradas la incomodaban.

   —Yo estoy bien. ¿Quieres que lo baje?

   —No... no, no hace falta.

   Pasamos la siguiente hora en silencio. Mamá miraba, prestándole tan poca atención como yo, una de esas espantosas películas basadas en hechos reales que ponen los sábados por la tarde. Yo repasaba mentalmente los acontecimientos del día, y aunque intentaba centrarme en cual sería mi siguiente movimiento para desentrañar el misterio de lo que había pasado entre mi madre y Héctor, mi cerebro no dejaba de mostrarme imágenes que me desconcentraban por completo: el cuerpo tembloroso de mamá, moreno y brillante por el sudor, la expresión de su rostro cuando gritaba de placer sobre el capó del coche, el triángulo de piel clara debajo del bikini... A veces había deseado verla tomando el sol desnuda, pero me encantaban las marcas del bronceado. Esas zonas pálidas me parecían muy sensuales, y además eran un premio. Verlas, tocarlas o besarlas era un privilegio con el que soñaba día y noche.

07 julio 2026

Los secretos de Maribel. 1.


  Aquella mañana me levanté tarde y bajé a desayunar a la cocina, como cada día desde que comenzasen las vacaciones. Mi familia y yo pasábamos todo el verano en un chalet de las afueras, tan grande como la cuenta corriente de mi padre (o sea, muy grande), y como papá solo se cogía un par de semanas de vacaciones al año, mi madre y yo estábamos casi siempre solos. Aunque lo de “solos” es un decir, pues mi tía y mis primos nos visitaban a diario, para disfrutar de nuestro estilo de vida, mucho mejor que el suyo, y por supuesto de nuestra estupenda piscina.
  En cuanto me senté a la mesa comencé a notar una extraña tensión en el ambiente. Mi desayuno no estaba esperándome, como de costumbre. Mamá estaba de espaldas, junto al fregadero, y no me dio los buenos días. Su forma de vestir tampoco era la habitual. En el chalet siempre llevaba el traje de baño y alguna camiseta amplia o blusa ligera por encima, y si recibíamos la visita de alguien ajeno a la familia o a sus amistades más cercanas se ponía un pareo para cubrirse las piernas. Esa mañana, en cambio, vestía tejanos y una sobria camisa verde que no dejaba nada a la vista.
   Pero antes de seguir con el relato, creo que debería describirla, a pesar de que las descripciones tienden a quedarse cortas o a no hacer justicia a la realidad. Es una mujer muy alta, de casi metro noventa sin tacones, con piernas largas y bien formadas propias de alguien que juega al tenis y nada con regularidad. Aunque cuando uno las mira parecen interminables, esas piernas terminan en un culo redondeado, pequeño y duro, un trasero difícil de encontrar en cualquier otra señora de cuarenta y seis años. Sus senos no son muy grandes, y quizá gracias a eso se mantienen tan firmes que rara vez usa sostén. En cuanto al rostro, se podría decir que es más atractiva que guapa; tiene la nariz algo grande, pero unos preciosos ojos oscuros, una sonrisa deslumbrante y el cabello largo, negro y brillante. En definitiva, es una de esas mujeres maduras que atrae las miradas de los hombres cuando camina por la calle, entra en un restaurante o se tumba en la playa a tomar el sol. Le encanta tomar el sol, por cierto, y su piel tersa y bronceada despierta la envidia de todas sus amigas.
   —Buenos días, mamá. ¿Y el desayuno?
   —Buenos días.
   El tono de su voz, serio y cortante, me convenció de que algo no iba bien. Teníamos una buena relación, y ella siempre era cariñosa conmigo, su único hijo, a pesar de que desde hacía varios años miraba su cuerpo más a menudo y con más interés de lo que un hijo debería mirar el cuerpo de su progenitora. Esta inclinación de mi libido hacia las fantasías incestuosas había provocado entre ambos un par de situaciones que a mí me avergonzaron y a ella sin duda le hicieron sentirse muy incómoda, pero no se había enfadado mucho ni durante mucho tiempo.
   Hacía apenas una semana, por ejemplo, me propasé un poco, lo reconozco. Acabábamos de llegar al chalet, y tras deshacer las maletas a toda prisa nos cambiamos para disfrutar del primer baño del verano. Comenzamos a jugar en la piscina, como solíamos hacer. Ella se subía a la colchoneta hinchable y yo intentaba volcarla, surgiendo desde abajo cual tiburón hambriento. Después la perseguía por el agua e intentaba pillarla, cosa que rara vez conseguía pues nadaba mucho mejor que yo. Obviamente, durante aquellos juegos acuáticos mi bañador contenía a duras penas una permanente erección submarina.
   Aprovechaba la situación para rozarle las nalgas, los muslos o el vientre, o para darle suaves toques, tan breves que no podía culpar a mi lujuria sino a la casualidad. Pero ese día me pasé de la raya. Supongo que estaba demasiado entusiasmado. Habían comenzado las vacaciones, y mamá estaba deslumbrante con ese bikini amarillo que resaltaba el moreno de su piel. Salpicábamos, reíamos felices, y ella me desafiaba a atraparla nadando como una sirena. Conseguí agarrarla desde atrás, rodeándola con mis brazos de forma que no pudiese mover los suyos, y mi irreductible anguila quedó apretada contra su culo. Debí apartarme de inmediato, pero en lugar de ello empujé un poco con las caderas, de forma casi inconsciente.

24 mayo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 07.


  La última patada voladora casi descolgó el saco de arena, firmemente sujeto al techo del gimnasio por una argolla de hierro. Cayeron algunos trozos diminutos de yeso mientras Ninette, sudorosa y jadeante, daba por finalizada la sesión de entrenamiento.

  Aquella mañana había empezado más temprano, antes del amanecer, para asegurarse de estar sola. Solo quedaban dos días para el combate en el Coliseum, el esperado enfrentamiento entre Laszlo Montesoro y Fedra Luvski, un acontecimiento del cual hablaba toda la ciudad. Las entradas estaban alcanzando cifras astronómicas en la reventa, y las apuestas movían millones por toda la ciudad.

  Nadie tenía más motivos que la joven lugarteniente de los Pumas Voladores para esperar el enfrentamiento con impaciencia, pues si Laszlo ganaba podría volver por fin con sus amigos, con Koudou, Loup y los demás. Echaba de menos las noches en el Boogaloo, escuchando su jukebox y bebiendo los dulces cócteles que le preparaba Nicodemo, y las partidas de Backgammon con Laszlo.

  Pero, después de un mes viviendo como una Bala Blanca, y sobre todo después del ataque a las Llamazonas, se sentía tan confusa como culpable. En su cabeza, escuchaba una y otra vez el crujido de la columna de la adversaria a la que matase en el restaurante, y el placer que sintió al dominar con el Ariete a la desgraciada novata llamada Sherry. Libélula, la Bala Blanca enmascarada, era mucho más fuerte y temible que Ninette, y la idea de no ponerse la máscara nunca más le provocaba una extraña nostalgia. Para colmo, se había encariñado con Esther, e incluso con Brenda, y el miedo que antes sintiese por La Capitana se había transformado en sincero respeto.

  Intentando no darle más vueltas al asunto, se dirigió hacia el vestuario. A esas horas, el cuartel general de los Balas era un lugar desierto y silencioso, y Ninette sintió cierta inquietud al desnudarse junto a la larga hilera de duchas vacías. Bajo el agua caliente, cerró los ojos, relajándose mientras el sudor y la tensión bajaban hasta el desagüe. Se enjabonó con las manos, acariciando con energía todo su cuerpo, desde los pechos pequeños, de puntiagudos pezones rosados, hasta las carnosas nalgas, más duras y tersas que hacía un mes, y las fuertes piernas de formas redondeadas.

  No tuvo tiempo de reaccionar cuando una mano le tapó la boca con fuerza y un brazo le rodeó el torso, arrastrándola fuera de la ducha. Al principio creyó que era otra de las bromas de Brenda, pero la voz que le habló al oído, acompañada por un desagradable aliento que olía a alcohol, era grave y rasposa. La voz de un hombre al que había conseguido evitar durante casi un mes y que ahora la tenía a su merced.

17 abril 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 04.


 
Con los codos apoyados en el borde de la cama y las rodillas en el suelo, la chica de cabellos negros recogidos en dos coletas simulaba unos convincentes gemidos de placer. Vestía un uniforme escolar, falda de cuadros, camisa blanca, calcetines altos y zapatos negros. El hombre que la embestía desde atrás, agarrándola por las coletas, solo le había quitado las braguitas.

  Cuando la puerta de la habitación se abrió sin previo aviso el hombre se incorporó con un gruñido. Con movimientos veloces y precisos sacó un revólver de bajo la almohada. La prostituta disfrazada de colegiala dio un grito y se escondió bajo la cama. El cañón apuntó a la intrusa durante unos segundos y acto seguido bajó hasta apuntar el suelo.

¡Joder, Darla!

¿Qué tal, papi? ¿Interrumpo?

  La putilla disfrazada, que aunque no era alumna de ninguna escuela tenía edad para serlo, miró al comisario Graywood con gesto interrogante y un leve temblor en los labios. Había reconocido a su hija y eso no la tranquilizaba en absoluto.

Lárgate —dijo el comisario, sin mirarla.

  Darla sí la miró fijamente mientras salía de la habitación con la cabeza baja (ni siquiera se paró a recoger sus braguitas blancas), atemorizándola por el brillo sádico de sus ojos verdes. Mientras tanto, su padre se cubría con una bata de seda de un policial azul oscuro.

¿Qué coño quieres, Darla? —escupió, haciendo vibrar el espeso bigote entrecano.

  Ella cerró la puerta y caminó lentamente por la habitación, fingiendo contemplar la recargada decoración saturada de terciopelo y pan de oro. Como de costumbre, Darla insinuaba más de lo que mostraba. Llevaba una falda hasta las rodillas, tan ceñida que el movimiento de las redondeadas nalgas podía observarse con tanto detalle como si fuese desnuda; los pechos se adivinaban, sin sujetador, bajo una camisa abotonada hasta el cuello, y unos tacones de aguja castigaban la moqueta color vino tinto. Se sentó en el borde de la cama, cruzando las piernas. El comisario no pudo evitar que su mirada recorriese durante unos segundos las turgentes pantorrillas cubiertas por unas medias de seda.

Tengo que pedirte un favor, papi.

Un favor... —dijo el comisario Graywood, pasándose la mano por la brillante cabeza afeitada—. Hace tiempo que tienes más dinero que yo, así que supongo que alguno de tus amiguitos o de tus empleados se ha metido en un lío y necesitas que haga la vista gorda.

  Darla se inclinó hacia atrás, apoyando los codos en la cama y elevando las piernas cruzadas, dejando que la falda se deslizase hasta la mitad del muslo. Los acerados ojos grises de su padre estaban clavados en los suyos.

No se trata de eso. ¿Sabes quién es Lazslo Montesoro?

Claro que lo se. Es el líder de Los Pumas Voladores.

No voy a decirte el motivo, pero quiero que Lazslo Montesoro muera. Y pronto.

  El comisario soltó una risita sarcástica, cogió un vaso de la mesita de noche y dio un largo trago.

¿Y por qué no se lo dices a tu amigo Tarsis Voregan?

  Darla se incorporó, abandonando por un momento su actitud insinuante.

Tarsis lo quiere vivo. Como ya sabrás, pues toda la ciudad lo sabe, Montesoro y La Capitana van a luchar en El Coliseum, y ese imbécil es como un niño. No quiere perderse el espectáculo, y además piensa utilizar a los Pumas contra los Balas Blancas.

¿Y qué es lo que quieres? ¿Que mis hombres detengan a Montesoro? ¿Que lo acusen con pruebas falsas y después tenga un "accidente" en la cárcel? Ya sabes que no me gustan esa clase de chanchullos.

31 marzo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 02.


   Precedida de una nube de vapor, Darla Graywood salió de la sauna, marcando con sus pies descalzos el suelo mientras se alejaba, consciente de que su compañero, sentado dentro, observaba  el hipnótico contoneo de sus caderas.

   Recorrió parte de la lujosa suite, dejando que la brisa que entraba por las ventanas enfriase su piel bronceada y se paró frente a un espejo de pie rodeado por un barroco marco dorado. Se encontraba en una de las habitaciones más caras del Sardanápalo, hotel del cual era directora y en el cual se refugiaba cuando quería mantener un encuentro discreto, ya fuese por negocios o por placer. O por ambas cosas, como en aquella ocasión.

   Con las manos en la cintura, la Directora Graywood adoptó varias poses frente al espejo, recreándose en la turgencia de sus propias curvas. Ya hacía una semana desde que fuese liberada y las marcas casi habían desaparecido, pero a la hija del comisario le ardía la sangre cada vez con más furia al recordar la humillación y el miedo que le habían hecho sentir, sensaciones a las que no estaba ni mucho menos acostumbrada. Levantó la barbilla, mirando desafiante su propio reflejo y ofreciendo un perfil regio, magnificado por la prominente nariz, a su acompañante, quien la miraba desde la enorme cama vestido con un albornoz que se ceñía a las formas de su musculoso cuerpo.

   —Me muero de hambre ¿Has pedido el desayuno? —preguntó Tarsis Voregan mientras se acomodaba sobre un almohadón.

   No era ni de lejos la mujer más hermosa de la que había gozado el líder de los Toros de Hierro, pero tenía que admitir que Darla le atraía como pocas lo habían hecho. Era una mujer inteligente, ambiciosa, con pocos escrúpulos, déspota y clasista, además de una amante inagotable y perversa, virtudes todas ellas que Tarsis apreciaba y que se concentraban en un cuerpo compacto y neumático. Cuerpo que se dejó engullir perezosamente por el otro almohadón.

   —Llegará pronto —dijo la mujer, recostándose sobre el ancho torso de su amante—. Y cuando llegue te daré una pequeña lección sobre cómo tratar a tus subordinados, mi querido Toro.

   Tarsis soltó un suspiro de hastío. A pesar de que su banda se había comprometido a proteger el Sardanápalo y hostigar a los demás hoteles de la zona y a pesar de que Clayton y Sanzinno habían sido ejecutados, Darla no estaba del todo contenta y no lo estaría hasta que no viese la cabeza de Lazslo Montesoro en una bandeja.

   —Ese hijo de puta me trató peor que a un animal. Ni siquiera me miró a la cara mientras me daba por el culo una y otra vez... 

   —No seas tan impaciente, vaquita, a el Puma también le llegará su hora, pero antes tiene que volar un poco para mí.

   —¿De Verdad crees que ese niñato va a poder con La Capitana? Si mal no recuerdo consiguió derrotar a esas dos bestias con tacones que te cubren las espaldas y te obligó a pagar un rescate por ellas —dijo Darla, sin importarle que sus palabras enfureciesen al Toro.

   El hombre se pasó la mano entre las rubias hondas de su melena, intentando no sucumbir al impulso de cerrarle la boca de un puñetazo. Freda Luvski "La Capitana" era la líder de los Balas  Blancas, una banda que controlaba gran parte del Distrito Norte. Aquel marimacho había interceptado a Farada y Lethea cuando huían del atraco a un banco, dando lugar a uno de los episodios más vergonzosos en la historia de los Toros de Hierro.

   —Me basta con que haga de escudo humano durante un tiempo, bloqueando la frontera norte del distrito hasta que disponga de efectivos suficientes para aplastar a los Balas, y lo poco que quede de los Pumas.

   La hija del comisario resopló con desdén y se dio la vuelta para coger un cigarrillo de la mesita de noche. Lo encendió y exhaló una espesa nube de humo blanco en dirección al techo decorado con frescos y molduras doradas. Antes de que pudiese replicar un melodioso toque de campana se dejó oír en toda la suite. Darla desplegó la pantalla táctil unida al cabecero de la cama, rodeada también por un recargado marco dorado, manipuló el sencillo interfaz durante dos segundos y la imagen de una camarera de piso tras un carrito plateado apareció en la pantalla.

20 septiembre 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (27)


  Entre pitos y flautas (nunca mejor dicho), cuando llegué a la parcela se acercaba la hora de comer. Bajé del Land-Rover en mangas de camisa y respiré el agradable aire campestre, la acogedora atmósfera de aquel atemporal microcosmos que se había convertido en mi hogar sin que casi me diese cuenta. Animado por la inusual temperatura, me quité la camisa mientras me acercaba al porche, donde encontré sentada a mi madre.
  Recibió mi desaliñado aspecto con una sonrisa irónica no carente de afecto y nos saludamos con un largo pero casto beso en las mejillas, pues aunque estábamos solos allí fuera, a través de la ventana podía escuchar el trajín de mi abuela en la cocina. 
  El aspecto de mamá había cambiado bastante desde el desayuno, sustituido de nuevo el look “ama de casa formal de extrarradio” por el de “hippie despreocupada pero de las que se duchan a diario”. El corto cabello castaño volvía a estar alborotado, había desaparecido el innecesario maquillaje y se cubría con una larga camiseta sin mangas que dejaba uno de sus bronceados hombros al aire, amarilla y con siluetas negras de animales y plantas. Debajo solo llevaba un bikini naranja, y por el leve olor a cloro en su piel deduje que se había dado un baño en la piscina tras regresar de la ciudad. Estaba descalza y, por supuesto, una de sus bonitas piernas lucía en el tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la sencilla baratija que se había convertido en algo así como nuestro anillo de compromiso, y que yo también llevaba en mi muñeca.
  Mentiría si dijese que, al verla, no me sentí culpable por mi reciente mambo victoriano. El hecho de que mi amante tuviese entre las piernas el mismo equipamiento de serie que yo no ayudaba a atenuar la culpa tanto como había previsto, pues a todos los efectos tenía la sensación de haber estado con otra mujer. Me consolaba pensando que a nivel romántico no había tenido relevancia. Sentía afecto por la dulce Victoria pero no estaba ni de lejos enamorado de ella, y desde luego lo estaba de la mujer sentada frente a mí en ese momento, dándole un sorbo a un botellín de cerveza mientras me miraba entornando sus ojos color miel, intuyendo que algo me rondaba la cabeza como solo una madre puede hacerlo.
  —¿Qué tal te ha ido con la abogada? —pregunté, para librarme de su escrutinio. 
  Apoyó las manos en las rodillas, elevadas debido a que apoyaba ambos pies en un pequeño taburete, en el cual yo me senté para mirarla cara a cara. La sonrisa adoptó un matiz triste pero no desapareció, acompañada de un largo suspiro.
  —No ha ido mal. A tu padre le ha sorprendido un poco que me haya dado tanta prisa, pero no va a darme problemas.  —Hizo una pausa y siguió con la mirada una abeja que pasó danzando en el aire y desapareció sin prestarnos atención—. Divorcio de mutuo acuerdo, le dicen. Y por mi estupendo. Lo que no quiero es perder más el tiempo.
  Le dio otro breve trago a la cerveza, que estaba casi entera y muy fría. Me la ofreció y me supo a gloria. Encendí un cigarro y también lo compartimos.
  —¿Y no ha intentado... no se, que vuelvas con él? ¿Pedirte perdón o algo? —pregunté, pues me costaba creer que alguien dejase escapar tan fácilmente a una mujer como ella.
  —Bueno, perdón me ha pedido. Pero más por el escándalo que se montó que por haberme puesto los cuernos... no se si me explico.
  —Si, te entiendo.
  —Se le ve triste, pero me parece que él también tiene ganas de quedarse soltero —afirmó, y su sonrisa se volvió maliciosa—. Igual piensa que se va a ligar a otra zorra culona como Bárbara.
  —¡Ja ja! Bueno, las putas y los taxistas siempre se han llevado bien —dije.
  —¡Ja ja ja! ¡Ssshh! Baja la voz. Ya sabes que a la abuela no le gusta que insultemos a “Barbi” —me regañó, conteniendo la risa.
  Tras una larga calada al cigarro seguida de una nube de humo que se llevó la leve brisa continuó hablando.
  —Vamos a vender el piso y quedarnos cada uno con la mitad del dinero. Así que tendremos que buscar un sitio donde vivir.
  Esa noticia me produjo sentimientos encontrados. No echaba de menos mi pequeña habitación en el pequeño piso de barrio obrero, pero sentí cierta nostalgia al saber que no volvería a vivir en el hogar donde había crecido. Por otra parte, que mi  madre diese por hecho que viviríamos juntos me produjo una mezcla de alegría y alivio, acompañados de una sensación cálida en el pecho.
  —A la abuela no le importará que nos quedemos todo el tiempo que queramos —afirmé, sin dudar un ápice de la hospitalidad de nuestra anfitriona.
  —Ya lo se, hijo. Pero por muy bien que nos llevemos, sería raro vivir con mi ex-suegra después de divorciarme, ¿no crees?
  —Cosas más raras se han visto —sentencié, no muy convencido.
  Mi madre se encogió de hombros e hizo gala de su nueva actitud vital, más serena y hedonista. La antigua Rocío estaría de los nervios ante una situación parecida. La nueva versión apuró el botellín de un trago y tiró dentro la colilla del cigarro, que se apagó con un siseo. Se desperezó cual gata tras una siesta y me dio una suave patada en el costado.
  —Ya nos preocuparemos de eso más adelante. Ahora vamos dentro, que ni siquiera has saludado a tu abuela, y yo debería estar ayudándola y no aquí tocándome el higo—dijo, usando una expresión barriobajera que siempre me había hecho mucha gracia.
  —Si te has cansado de tocártelo yo te lo puedo com...
  —¡Ssssh! Calla, idiota —gruñó, sin enfadarse realmente, aunque me dio una patada más fuerte que la anterior.
  Me levanté del taburete, pues si no me separaba de sus piernas no aguantaría mucho más sin acariciarlas, y me llegó una oleada de un olor muy agradable, uno que notaba desde mi llegada pero no conseguía identificar. Aún así, se me hizo la boca agua cuando lo aspiré con toda la potencia de mi prominente napia.
  —Joder, que bien huele. ¿Qué hay de comer?
  De repente, mi madre adoptó una expresión de pícara conspiración, miró hacia los lados y se inclinó hacia adelante, haciendo crujir el sillón de mimbre bajo sus firmes nalgas. Con un gesto de la mano me indicó que me acercase para hablarme en voz baja.

12 agosto 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (26)


 

Al día siguiente, un luminoso martes, desperté de muy buen humor a pesar de las agujetas que acribillaban cada músculo de mi cuerpo, el precio a pagar por la proeza física de la noche anterior. Una leve brisa, casi fresca en comparación con el bochorno tropical de unas horas atrás, se colaba por la ventana y contribuyó a mejorar mi ánimo. La otra cama del dormitorio estaba vacía y hecha, señal de que, como de costumbre, eral el último en levantarme.
  Antes de nada fui a ducharme, pues mi cuerpo aún despedía un intenso aroma a bosque, sudor y sexo. En el baño encontré al puto cerdo Frasquito, quien de nuevo había volcado el cesto de la ropa sucia y se daba un festín olfativo nada menos que con las bragas blancas que mi madre había usado la noche anterior. Que al guarrillo solo le interesasen las prendas femeninas resultaba gracioso pero también un poco inquietante teniendo en cuenta su origen. Saqué al lechón al pasillo y recogí las prendas del suelo, entre las cuales también estaba el camisón violeta de mi abuela. Sonreí ante el hecho de que las prendas de mis dos amantes estuviesen en el mismo lugar, mezclando los aromas que proyectaban en mi mente los deliciosos pecados cometidos a la luz de la luna.
  Bajo el agua caliente de la ducha, rememoré cada instante: los ávidos besos de mi madre, su suegra recibiendo con gusto mis fuertes embestidas y dejándose inocular el para ella inofensivo veneno de mi serpiente, la mamada con sabor a menta, el accidentado polvo en las ramas del roble y la paja más extraña de mi vida. Mi erección mañanera alcanzó su plenitud pero decidí dejar que perdiese verticalidad por sí sola mientras me secaba y vestía el uniforme de chófer, siempre impecable gracias a la diligencia de las dos mujeres que me cuidaban. Aún ignoraba qué me depararía la jornada y no quería desperdiciar energía ni munición. 
  En la cocina encontré una escena idílica que ensanchó mi sonrisa y llenó mi pecho de una cálida sensación. La estancia estaba iluminada por luz dorada de la mañana, el sencillo pero apetitoso desayuno servido en la mesa, el viejo transistor emitiendo alegre música folclórica de fondo, el aroma a hogar en verano, una mezcla de pan tostado, ropa recién lavada y césped húmedo. Y por supuesto mis dos compañeras, inmersas en la sencilla charla propia de una madre y una hija que disfrutan de la mutua compañía. A pesar de que siempre habían sido buenas amigas, algo poco habitual entre una suegra y su nuera, me encantaba notar como la confianza y la complicidad crecía entre ambas a toda velocidad.
  La abuela estaba de espaldas, preparando tostadas en la encimera. Llevaba uno de sus sencillos vestidos de faena, esta vez azul con lunares blancos y largo hasta las rodillas. Sus rizos pelirrojos asomaban bajo el pañuelo rojo desteñido que cubría su cabeza y calzaba las botas que solía ponerse para trabajar en el huerto y el gallinero, señal de que con toda seguridad llevaba horas levantada. 
  Mamá se sentaba a la mesa, frente a una taza de café a medio beber y una magdalena mordisqueada, y su indumentaria me sorprendió. Lucía el vestido “formal” que yo le había llevado de casa, uno sin mangas, poco escotado y con falda hasta las rodillas, ceñido con un ancho cinturón que formaban parte de la misma prenda, todo de un discreto color lavanda. Llevaba su corto cabello bien peinado, pendientes plateados con forma de rombo y leves toques de maquillaje que no ocultaban lo radiante que estaba su piel gracias a nuestra indómita vida sexual. Aunque parecía arreglada para salir, aún estaba descalza y me alegró ver en su tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la misma que yo lucía en mi muñeca, símbolo de nuestro vínculo secreto, una unión que yo pretendía honrar siéndole fiel, si es que era capaz de controlar mi desbocada libido.
  —Anda, mira quien se ha levantado por fin —dijo, desplegando la atractiva asimetría de su sonrisa.
  Nos miramos a los ojos un instante y sentí como los míos brillaban para corresponder al chispeante fulgor de los suyos. La mirada, el cutis luminoso, la actitud relajada y cariñosa: era la viva imagen de lo que se llama una mujer “bien follada”, un aspecto que no había tenido desde hacía muchos años, si es que mi padre había conseguido alguna vez satisfacerla por completo. Le di un casto beso en la mejilla, recibiendo una breve pero estimulante dosis de su calor y su aroma al tiempo que me sentaba a la mesa junto a ella.
  —Buenos días, tesoro —dijo mi abuela, mientras se acercaba a la mesa.
  De inmediato percibí el majestuoso bamboleo de sus enormes pechos bajo la fina tela del vestido, evidenciando la ausencia de sostén. Unas semanas atrás, ni se le abría pasado por la cabeza ir por casa sin sujetador teniendo visita, pero estaba claro que a su nuera no la consideraba una simple invitada, por no hablar de su gradual desinhibición desde que éramos amantes. También reparé en que había evitado el habitual “¿Has dormido bien?”, quizá por temor a un comentario o broma con doble sentido por mi parte. 
  —Buenos días —respondí—. Vaya calor hizo anoche, ¿eh? Me costó tanto dormirme que casi salgo a darme un bañito en la piscina.
  Mi despreocupado comentario hizo que de repente una descarga de tensión recorriese el cuerpo de las dos mujeres, la que se había dado ese bañito nocturno y la que la había espiado mientras masturbaba a su hijo. Un cambio imperceptible para un observador ajeno pero muy evidente para mí, que tan bien conocía ya sus cuerpos y la forma en que reaccionaban a cualquier estímulo. Mi madre me miró de reojo y me dio una discreta patada bajo la mesa, mientras que la abuela se apresuró a girarse de nuevo hacia el fregadero antes de volver a hablar. No tan deprisa como para que no pudiese percibir el aumento de rubor en sus mejillas.
  —Eh... Y que lo digas. Menudo bochorno —dijo, antes de aclararse la garganta mientras enjuagaba una taza que ya estaba limpia—. Pero parece que hoy va a refrescar. Lo han dicho en la radio.
  —Eso parece —afirmé—. A lo mejor esta noche hasta tenemos que dormir vestidos. Quiero decir... tapados.
  No podía verle el rostro, pero sabía que mi aparente lapsus lingüístico había hecho que el rostro de la tímida pelirroja adquiriese el tono encendido de los tomates maduros. Mamá volvió a mirarme, entre la amenaza y la duda. No estaba segura de si mi equivocación había sido intencionada, y ella no estaba al tanto de la descarada desnudez con que nuestra anfitriona me había recibido la noche anterior. Yo mantuve una convincente cara de póker mientras mordía la primera tostada.
  Cuando recuperó la compostura, la abuela se sentó con nosotros, frente a mí y a la derecha de su nuera, y se apresuró a llenarse la boca de crujiente pan con mantequilla. Decidí que no debía tentar más a la suerte y dejar que la conversación fluyese de forma normal, como si realmente los tres hubiésemos pasado la noche durmiendo en nuestras camas. Pero mi osadía hizo que las dos dicharacheras hembras no se decidiesen a iniciar el diálogo, así que fui yo quien lo hizo.
  —¿Por qué te has arreglado tanto, mamá? ¿Vas a salir?
  Su bonito rostro se ensombreció un poco, cosa que no me gustó. Dio un sorbo a su café y asintió.
  —Voy a la ciudad. Tengo cita con una abogada. Ya sabes...
  No terminó la frase, pero enseguida supe que se refería a una abogada matrimonialista para resolver el asunto del divorcio. Era obvio que no le resultaba cómodo hablar del tema delante de mi abuela. Al fin y al cabo, era de su hijo de quien iba a divorciarse, y apenas dos días después de pillarlo en flagrante infidelidad. Me daba pena verla en aquella situación, dividida entre el amor maternal y el cariño hacia quien era a todas luces su mejor amiga. Haciendo gala de su habitual bondad, la reacción de mi abuela fue agarrar la mano de su nuera y mirarla con ternura.
  —No pasa nada, hija. No te preocupes. Tú haz lo que tengas que hacer.
  Ante el afectuoso apoyo de su futura ex-suegra, los ojos de mi madre se humedecieron y también quise apoyarla apretando la parte de su muslo más cercana a la rodilla, un gesto carente de lujuria que me agradeció con una dulce sonrisa. 
  —¿Quieres que te lleve a la ciudad en el coche? —me ofrecí.
  —No, cielo, muchas gracias. Tu vete a trabajar. Iré al pueblo y pediré un taxi —respondió, y me lo agradeció acariciándome el pelo con inequívoca ternura maternal.
  —Tiene gracia, ¿no? Vas a ir en taxi a divorciarte de un taxista.
  Por un momento pensé que mi espontánea broma sería mal recibida, pero mamá dejó aflorar su risa sarcástica, soltando aire por la nariz, y su amiga Feli se sintió autorizada para entonar una risita cantarina y mirarme con fingido enfado.
  —Ay, Carlitos... Siempre con tus bromas.
  El ambiente se relajó y la charla fluyó, tocando temas cotidianos, entre sorbos de café, tostadas y magdalenas. Hasta que mi abuela se puso seria de repente y me miró.
  —Esta mañana han hablado en las noticias de... —dijo, dejando la frase inconclusa.
  —¿De lo de Montillo y el alcalde? 
  —Si, hijo, si. —La compungida pelirroja soltó un profundo suspiro—. Qué locura, Dios mío.
  —¿Saben ya que fue lo que paso? —pregunté yo, una de las pocas personas que sabía lo que de verdad había pasado.
  Estaba claro que a mi abuela le afectaba demasiado hablar del tema, y por un momento pensé en la posibilidad de que, a pesar del fuerte sedante, tuviese algún recuerdo nebuloso de lo ocurrido en el matadero. Para su alivio, mi madre tomó la palabra.
  —Cada vez cuentan una cosa distinta. Ahora dicen que el alcalde abusaba de las hijas de Montillo, que se enteró y lo mató, y después a ellas y a la mujer.
  —¡Pero qué barbaridad! ¿Y qué culpan tenían ellas? —preguntó mi abuela, a nadie en concreto, algo pálida.
  —Se volvería loco, Feli. A mi el porquero ese siempre me dio mala espina. 
  —Ay... Y pensar que de joven me estuvo pretendiendo.
  —Y no solo de joven. Recuerda que hace poco te regalo el lechón —añadí yo.
  —Sí, Frasquito.
  Felisa pronunció el nombre del cerdo con aire ausente, mirando hacia el pasillo como si fuese a aparecer trotando de un momento a otro. Esperaba un comentario tipo “El animalito no tiene culpa de nada, el pobre”, pero se quedó callada, con un extraño brillo en sus ojos verdes tras los cristales de las gafas. No le di demasiada importancia en ese momento a su enigmática actitud y me terminé el café de un trago.
  —Bueno, yo me voy a currar. Aunque no se si mi jefa saldrá hoy o volveré a tener el día libre. 
  —Pobre Paz, lo mal que lo debe estar pasando —dijo mi abuela, volviendo a un tono triste más usual—. Carlitos, dile que si necesita algo solo tiene que llamarme... Y dale un abrazo de mi parte.
  —¿Un abrazo a mi jefa? No se yo...
  —¡Ay, hijo! Es una forma de hablar.
  —Vale, vale. Era broma.
  Me levanté y rodeé la mesa para despedirme de ella con un sonoro y a todas luces casto beso en la mejilla, aunque la proximidad de sus tetazas bastaba para calentarme la sangre. Eran como dos suaves planetas con campo gravitacional propio. Desde luego, no iba a ser fácil renunciar a los placeres que era capaz de proporcionar aquel cuerpo tan excesivo como acogedor. 
  —Anda, anda, tunante... 
  Me dio una palmadita en el costado y la rodeé para despedirme de mi madre. Nuestros rostros se acercaron y, ya por pura costumbre, mis labios buscaron los suyos. Se atraían de una forma tan natural e ineludible que de puro milagro no nos morreamos delante de nuestra anfitriona. Por suerte ella estaba alerta y en el último momento colocó la mejilla en la trayectoria de mi ávida boca. Después nos miramos durante unos largos segundos y me acarició el rostro.
  —Mamá, si quieres que te acompañe...
  —No, cielo, de verdad. Esto es algo que tengo que hacer yo sola.
  Lo dijo con tal convicción que no pude insistir. Asentí, acaricié la mano que cubría mi mejilla y me separé de ella de mala gana. Me consolé pensando que, si todo salía bien y mi padre no daba guerra durante el proceso de divorcio, en cosa de un mes sería una mujer soltera y la tendría toda para mí. No sabía donde viviríamos, ni como nos las ingeniaríamos para ocultar nuestra relación al resto de la familia, amigos y conocidos. A pesar de nuestro incierto futuro la sonrisa no abandonó mis labios mientras caminaba hacia la puerta principal y me giraba para despedirme con una cómica reverencia de mis dos mujeres favoritas sobre la faz de la tierra.

26 abril 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (25)


C
uando llegué bajo el cómplice ramaje de nuestro viejo amigo vegetal me encontré una inquietante sorpresa. Mi madre no estaba allí. La había dejado apoyada en el tronco, contrariada aunque no muy alterada en apariencia, dispuesta a esperarme y culminar nuestra peligrosa aventura. ¿Dónde coño se había metido? Colocada a más no poder y cachonda en igual grado, por no hablar de lo caótica e imprevisible que se había vuelto su personalidad en las últimas semanas, tenerla suelta por la parcela era como liberar a una diablilla que llevase siglos encadenada por un brujo  (una buena metáfora de su matrimonio, aunque mi padre era demasiado aburrido para ser un brujo.)
  No había regresado al dormitorio, pues estaba vacío cuando lo atravesé y salté por la ventana. Miré entre los arbustos cercanos al roble, en los alrededores de la piscina e incluso en la huerta. Ni rastro. Tal vez se había puesto a deambular, debido a mi tardanza, se había asomado a la ventana de mi abuela y nos había visto en pleno polvazo. En ese caso no podía adivinar su próximo movimiento. Podía estar en un oscuro rincón de la casa, llorando en silencio o rechinando los dientes de rabia y pensando en mil formas de castigarme, no solo como madre sino también como amante despechada. O a lo mejor simplemente se había quedado dormida en alguna parte. Incluso vinieron a mi mente imágenes horribles de los enemigos que había hecho durante mis negocios con el tónico, algunos de los cuales habían estado en la casa sin ser advertidos. Me esforcé en descartar semejantes temores: el alcalde y Montillo estaban bien muertos, y la Doctora Ágata no tenía motivos para atacarme a mí o a mi familia. 
  Con el corazón a punto de salirse por mi garganta decidí entrar de nuevo en la vivienda y revisar todas las habitaciones, pero antes fui a echar un último vistazo bajo el roble. No estaba. Di un par de pasos de regreso a la casa y me giré, sobresaltado, al escuchar el crujido de una rama detrás de mí.

 Lo más desconcertante es que el sonido, que se repitió a medida que perdía intensidad, no provenía de la zona cercana a las raíces del árbol o los arbustos cercanos. ¿Venía de arriba? Era eso o la droga porro me estaba jugando una mala pasada. Alcé la vista hacia las frondosas ramas del gigante vegetal y entorné los ojos para escrutar entre la maraña de hojas y sombras. La luz de la luna me ayudó a descubrir dos trozos de tela colgados, como si de la colada de una ardilla se tratase, de sendas ramitas. Uno de ellos pequeño, blanco y visiblemente húmedo. El otro un poco más grande, de un rojo descolorido. A mi alterado cerebro le llevó unos segundos procesar que eran unas bragas y una camiseta recortada en forma de top.
  Me acerqué un poco más al roble, cauteloso, y di un respingo cuando una risita sofocada sonó sobre mi cabeza. Entornando los ojos, al fin conseguí descifrar el trampantojo de hojas, ramas y formas femeninas.
  —¿Ma-mamá? ¿Qué carajo haces ahí arriba? —exclamé, sin gritar pero en un tono demasiado alto.
   Era probable que mi abuela siguiese despierta, a no ser que correrse dos veces y el sofocante calor la hubiesen dejado fuera de combate. La fugaz imagen de aquella sensual gigantona cayendo derrengada en la cama trajo a mi memoria la voz del difunto alcalde Garrido mientras la tenía atada desnuda en el matadero: “Eso sí, le hemos metido en ese cuerpazo sedantes como para tumbar a una yegua”. Estaba claro que los recuerdos de la pesadilla vivida en la finca de Montillo iban a acosarme durante mucho tiempo. Aunque, por otra parte, tenía la sensación de que todo había ocurrido hacía semanas en lugar de tres días atrás.
   Ajena a mi flashback de Vietnam pero no a la preocupación por ser descubierta mi madre me chistó, probablemente poniéndose un dedo frente a los labios. Hacía ese gesto de una forma muy curiosa, estirando el índice pero sin cerrar los demás dedos en un puño, como es habitual, sino estirándolos en una especie de abanico. Una de sus rarezas que antes pasaba por alto, e incluso me molestaban, pero que ahora encontraba encantadoras.
  —No te quedes ahí pasmado. Sube... ¡Venga! —me instó. Su voz era un susurro algo ronco y animado, con evidentes rastros de la embriaguez opiácea.
  Eché la cabeza hacia atrás y por fin comencé a verla con cierta nitidez, sin dar crédito a mis ojos. Estaba en cuclillas, vestida solo con las deportivas blancas y rosas, la pulserita del tobillo y la fina pátina de sudor que cubría su piel bronceada. Había encontrado el lugar idóneo donde colocar los pies, sobre una rama cuyo grosor bastaba y sobraba para soportar el peso de su cuerpo menudo y ágil (por lo visto, más ágil de lo que yo pensaba). Sin olvidar del todo su prudencia maternal, se sujetaba con la mano derecha a otra rama, por si acaso, y con la izquierda sacudía residuos vegetales de su corto cabello, más alborotado que nunca. Se encontraba a más de tres metros del suelo. Altura suficiente para hacerse daño si caía de mala manera. Me dio un escalofrío ante la idea de que pudiese resultar herida, sin preocuparme de como afectaría eso a la hazaña que estaba realizando aquella noche. Visto ahora, habría sido un reto interesante para mi imaginación tener que explicarle a la abuela, camino del hospital, por qué su nuera se había caído desnuda del roble.
  —Déjate de tonterías y baja de ahí. Venga, te ayudo —dije, extendiendo los brazos hacia arriba.
  —¿Por qué has vuelto a tardar tanto? —preguntó. Mis ojos se acostumbraban a la penumbra y pude ver, allí arriba, la mueca desconfiada en su rostro de hada salvaje— ¿Está despierta tu abuela?
  —Se había levantado a por agua, como te dije. He esperado hasta que ha vuelto a dormirse.
  —¿Te ha visto? —susurró, inclinándose hacia adelante cual hermosa mujer araña. 
  —No, no me ha visto —suspiré al tiempo que lanzaba una mirada hacia la casa, donde todas las luces volvían a estar apagadas, cada vez más impaciente— ¿Y qué más da si me ve? Vivo aquí, joder.
  —¡Ssshh! No grites.
  —No he gritado. Vamos, baja de una vez que te vas a hacer daño.
  —De eso nada. Sube a buscarme. ¿O es que no eres capaz de trepar hasta aquí, nenaza?
  Bufé ante la provocación. Su sonrisa creció y dos hileras de pequeños dientes destacaron entre las sombras. Por un momento recordé al gato de Alicia en el País de las Maravillas, Cheeseburguer creo que se llamaba. Obviamente no iba a conseguir convencerla de que bajase, y además mi proverbial falta de prudencia y sentido común cuando estaba caliente (cosa que al parecer había heredado de ella) ganaba terreno muy rápido en mi cerebro. Solo el hecho de verla desnuda allí arriba bastó para aumentar la palpitante dureza de mi polla. Por suerte, el susto no había bastado para ablandarla del todo y el condón continuaba en su sitio.
  Cogí aire, me froté las palmas de las manos cual gimnasta a punto de subirse a los aros y me dispuse a ascender. Sabía que mi hazaña de esa noche iba a suponer un desafío físico pero nunca hubiera imaginado que incluiría trepar a un puto árbol, cosa que no hacía desde que era un mocoso. Pero me moría de ganas por hacerle el amor de nuevo a la mujer que me esperaba allí arriba, y además: ¿Cuántas personas pueden decir que han echado un polvo en lo alto de un roble? Sería otro logro desbloqueado en el disparatado RPG de mi vida sexual.
  Fue más fácil de lo que esperaba. En pocos segundos sentí las manos de mi madre agarrando uno de mis brazos para ayudarme a coronar la cima. En ese momento miré hacia abajo y casi no pude creer la distancia que había hasta el suelo. 
  —Eso es... ya casi estás... Tranquilo, mami no va a dejar que te caigas —decía ella. Su tono era cómico pero supe que lo decía en serio.