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08 mayo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 06.

 

El apartamento de Bogard estaba a solo dos manzanas de El Boogaloo. Era grande y amplio, a imagen de su propietario, y aunque se veía relativamente limpio y ordenado, era obvio que el lugarteniente de los Pumas Voladores no se preocupaba demasiado por la decoración.

   Tras instalarse en uno de los dormitorios de la vivienda, Elizabeth durmió durante casi todo el día, exhausta por los acontecimientos de la noche anterior. Cuando se levantó, bien entrada la tarde, se sentó en el sofá del salón, presidido por un televisor de cincuenta pulgadas, junto a su anfitrión. Se había puesto cómoda, con unos viejos pantalones deportivos que disimulaban las torneadas formas de sus piernas, una camiseta vieja con el desvaído logotipo de un grupo heavy, y su cabellera pelirroja recogida en una larga coleta.

—Gracias de nuevo por dejar que me quede, Bogard. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien.

—Bah... no es nada. Mi habitación de invitados siempre está a disposición de cualquier miembro de la banda que la necesite —dijo el corpulento puma, sacando del bolsillo su inseparable caja de puritos.

   Ofreció uno a su invitada, quien lo aceptó, mirando pensativa el pañuelo negro y púrpura que Bogard llevaba alrededor del cuello.

—¿De verdad crees que conseguiré entrar en la banda? —preguntó ella, exhalando una espesa nube de humo por la nariz.

—No te voy a engañar, Beth —comenzó a decir Bogard, con semblante serio—.Las pruebas son duras, sobre todo para las chicas, y muy pocas lo consiguen.

—Por no mencionar que a la mayoría de esas aspirantes les doblo la edad.

—Eso no debe preocuparte —dijo Bogard—. Al contrario. Significa que tienes más experiencia, más recursos. Además estás en buena forma y, lo que es más importante, tienes agallas. Hace falta mucho valor para presentarse en El Boogaloo como tú lo hiciste y ofrecernos un trato, y lo de anoche con ese bate...

—Eso fue... un arrebato —explicó Beth—. Aquella no era yo.

—Pues aprende a manejar esos arrebatos. Deja que esa “chica del bate” sea parte de ti y serás una de las mejores Pumas que se haya visto.

   La pelirroja asintió, dejando salir de entre sus labios otra nube de humo. La idea de formar parte de una banda, de sentirse por primera vez en su vida respaldada y  parte de una comunidad era algo que deseaba intensamente. Por otro lado, le asustaba la posibilidad de fracasar, de quedar en ridículo. La seriedad con que el por lo general alegre Bogard hablaba de “las pruebas” no contribuía a tranquilizarla.

—Pero olvídate de todo eso por ahora y relájate —dijo el lugarteniente, recuperando la jovialidad su rollizo semblante —¿Qué quieres que hagamos? Puedo llamar a alguno de los novatos para que nos traiga una película del videoclub... o podemos jugar a la videoconsola, aunque intuyo que los videojuegos no te van demasiado...

   Mientras Bogard parloteaba enumerando diversas actividades lúdicas de interior (Laszlo había ordenado que Elizabeth no se dejase ver demasiado por las calles), ella miraba el robusto mueble de madera que soportaba el peso del televisor. En sus estantes pudo ver un reproductor VCR, una videoconsola de cartuchos con dos joysticks y las carátulas de algunas películas de acción. De pronto, se giró hacia el anfitrión con una traviesa curva en las comisuras de su boca.

—¿Sabes lo que acabo de notar? Que para ser un tipo que sabe tanto de porno no tienes ni una sola peli guarra en el mueble.

   La sonrisa de Bogar se ensanchó y se puso recto en el borde del sofá, fingiendo indignación.

—¿”Pelis guarras”? No voy a consentir que se refiera en esos términos al noble arte del cine para adultos, señorita.

   Bogard no cabía en sí de gozo. Por lo general, las chicas que llevaba a casa no veían con buenos ojos su afición al género X, pero con Beth no tenía que disimular. Al contrario, podía presumir y eso fue lo que hizo. Indicó con un gesto que lo siguiese y ambos se levantaron del sofá.

   Caminaron por el pasillo hasta la habitación de Bogard, tan amplia como el resto de la vivienda, con las paredes pintadas de negro y una mullida moqueta de color púrpura. Si entro en la banda espero no tener que decorar así mi apartamento, pensó Beth. Se detuvieron frente a la puerta de lo que parecía un vestidor, y cuando se abrió y la luz fluorescente prendió la actriz de “pelis guarras” se quedó boquiabierta.

09 mayo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (15)


  Me levanté de la silla, la agarré por la cintura y le di una buena ración de lengua cruda, con cuidado de no despeinarla o arrugarle el pulcro vestido. Me moría de ganas de pasear con ella por el centro comercial, notando como sus curvas atraían las miradas y sabiendo que era el único que iba a disfrutar esa noche del suculento gordibuenismo que no podía ocultar su casi puritana vestimenta. Con ella y con mi madre, claro. Entonces caí en la cuenta de que mi abuela aún no sabía que su nuera iba a acompañarnos, y mi morboso cerebro quiso subir la apuesta que suponía salir con las dos al mismo tiempo. 
  —Tengo una idea —dije, con una sonrisa pícara.
  —Ay, miedo me dan tu ideas... 
  —Quítate las bragas —le ordené, magreando una de sus nalgas.
  —Cielo, ahora no... Tenemos que ir a hacer la compra, que no hay de nada —se lamentó, aunque apretó su cuerpo contra el mío.
  —Nos vamos ahora mismo, pero quiero tus bragas. Dámelas —insistí.
  —¿Quieres que vaya por ahí sin ropa interior? ¿Pero qué disparate es ese? —preguntó, mirándome sorprendida por encima de sus gafas.
  —Vamos... Es solo un juego. Las llevaré en el bolsillo y te las devolveré después.
  —Pues vaya gracia, hacerme salir sin bragas. Y además ya sabes que fuera de casa te tienes que comportar. Nada de hacer el tonto en la calle o en las tiendas, ¿eh? Por favor te lo pido, Carlitos.
  —Tranquila, no voy a hacer nada raro, y nadie sabrá que vas en plan comando, solo lo sabré yo —afirmé, besándole el lóbulo de la oreja para ablandarla.
  —No sé... Nunca he hecho ese tipo de cosas... Me da reparo, hijo...
  —No pasa nada. Venga... Por favor. Con ese vestido que llevas nadie se va a dar cuenta. Porfa...
  —Ains... Si es que... Siempre te sales con las tuya, ¿eh? 
  Se apartó de mí y se levantó el vestido hasta la cintura, mostrando sus piernazas en todo su esplendor, se bajó las bragas y me las entregó, con una mueca entre la curiosidad morbosa y la desconfianza. No se fiaba de mí, y temía que pudiese hacer algo sospechoso donde pudiese vernos algún conocido, pero al igual que a mi madre, le pudieron las ganas de salir de la rutina y probar nuevas experiencias. 
  Eran unas sencillas bragas blancas, sin más adorno que una franja de encaje en la cintura. Las doblé y me las metí en el bolsillo posterior izquierdo de mis tejanos, sonriendo orgulloso por la sensación de haber hecho que una mujer como aquella acatase mi voluntad y accediese a participar en mis juegos. Ella se alisó el vestido y se miró las caderas, preocupada por que se notase, aunque la tela no transparentaba en absoluto.
  —Descuida. No se nota —la tranquilicé.
  —Qué locura... De verdad que no entiendo este jueguecito.
  —Con que lo entienda yo es suficiente.
  —Oye, no me trates como si fuese boba, ¿eh?
  Le respondí besándola de nuevo y dándole una palmada en el culo mientras le señalaba la puerta con un movimiento de cabeza. Ella sonrió y resopló, siguiéndome la corriente y un poco excitada por la situación. Ya me había dado cuenta en varias ocasiones de que le gustaba que la tratase con firmeza, ejerciendo de hombre de la casa y macho dominante. Tal vez era hora de averiguar si realmente tenía poder sobre ella o si me consentía como a un niño caprichoso, dejándome ser el jefe no solo para contentarme sino también para su propio placer.
  Una vez en el coche, se sentó con las rodillas muy juntas y la espalda recta, mirando al frente como una alumna aplicada en el colegio. El rubor de sus mejillas era más intenso de lo normal, aunque podía achacarse a la temperatura veraniega. Yo la miraba de reojo, pasándolo en grande cada vez que un bache del camino hacía rebotar las enormes mamellas que no hubiese podido disimular ni con una armadura medieval. Ella suspiraba de vez en cuando, mirando la carretera y estirando los bajos del vestido sobre sus rodillas, como si temiese que algo pudiese trepar por sus piernas e introducirse en su desprotegido coño.
  —Abuela, relájate un poco o todo el mundo va a darse cuenta de lo cachonda que estás —dije, burlón.
  —¿Qué... qué dices? Yo no estoy... eso —replicó, indignada. 
  Me hizo gracia que aún le costase decir palabras que ella consideraba obscenas. En la intimidad conseguía a veces que dijese guarradas, pero solo cuando estaba tan caliente que hacía lo que fuese por sentirme dentro de su cuerpo. Me reí y ella resopló, pero la leve curva ascendente en la comisura de sus labios la traicionaban. Estaba claro que mi madura compañera también iba a disfrutar con el juego, siempre y cuando no me pasase de la raya en público.

17 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (12)

 

 El sábado amaneció nublado, con el típico bochorno que precede a las tormentas de verano. Gracias a la radio despertador que tan previsoramente (algo poco común en mí) había rescatado de mi dormitorio en la ciudad me levanté a tiempo para mi segunda jornada de trabajo. Había dormido menos de lo recomendable y estaba cansado. Como ya sabéis, la jornada anterior había sido agotadora en todos los sentidos, aunque al final todo había salido más o menos bien.

  Repasando los acontecimientos mientras trataba de espabilarme sentado en la cama, no tenía remordimientos pero enturbiaron mi ánimo un par de cosas que podría haber mejorado. Me cabreaba no haberle plantado cara a la alcaldesa cuando decidió no pagarme el tónico, algo impropio del astuto comerciante que yo pensaba que era. Me disgustaba el hecho de haber llevado a mi madre a un motel sórdido frecuentado por fulanas y puteros, cuando ella se merecía mucho más. Me arrepentía de no haber aprovechado la ocasión de empotrarme a mi tía Bárbara, una oportunidad que quizá no volvería a presentarse, aunque me consolaba pensar que lo había hecho por el bien de la familia. Y sobre todo me reconcomía la forma en que había tratado a mi abuela la noche anterior, usando su cuerpo para desfogar sin preocuparme de que ella disfrutase. Por suerte, era demasiado generosa como para echármelo en cara, y yo disfrutaría mucho compensándola cuando tuviese ocasión.

  Pero por desgracia no sería esa mañana. Antes de vestirme, saqué el frasquito vacío que tenía en el bolsillo de mi chándal, lo rellené con la botella de tónico que aún guardaba en mi maleta, debajo de la cama, y tomé unas cuantas gotas. La noche anterior había descubierto que una dosis tan pequeña me permitía gozar de los efectos vigorizantes del brebaje y mantener a raya los lúbricos efectos secundarios. Guardé el frasco junto a la botella, para mi uso personal, y me vestí.

  En la cocina encontré a mi abuela bregando frente a la encimera, cortando pan, haciendo café y triturando para las tostadas algunos de los suculentos tomates de su huerta. Debía llevar levantada un rato, pues ya se había calzado las botas y cubría su no menos suculento cuerpo con uno de sus desgastados vestidos de faena, esta vez uno azul con diminutos lunares blancos. Aún no se había puesto el pañuelo en la cabeza y sus rizos pelirrojos salpicados por los brillantes hilos de plata que eran sus canas lucían tan lustrosos como siempre.

  Me acerqué por detrás y le di un relativamente casto abrazo acompañado de un largo beso en la mejilla, quizá más cerca del lóbulo de la oreja de lo necesario, cosa que la hizo apartarme con un gracioso golpe de cadera antes de devolverme el beso.

  —¿Has dormido bien, tesoro?

  —Muy bien, pero no tanto como me habría gustado —me quejé, bostezando.

  —Eso te pasa por quedarte jugando hasta tan tarde, tunante —dijo ella, bajando la voz y con una sonrisa pícara.

  —Mira quién habla.

  Intenté abrazarla de nuevo pero me contuvo con un codo, mientras llevaba a la mesa un plato con tostadas. No dejó de sonreír pero lanzó una mirada de advertencia hacia la puerta que daba al pasillo.

  —Bah, no creo que esos dos se levanten antes del mediodía, después del tute que se pegaron anoche —dije, refiriéndome a mis tíos, que debían estar durmiendo como ceporros.

  —Y que lo digas, hijo. Estuvieron dale que te pego hasta las tantas.

  —Ya verás como hoy no discuten —predije.

  —No creo que tengan fuerzas ni para levantar la voz. Sobre todo tu tía... ¡Qué manera de chillar, Virgen Santísima! Parecía una gorrina en el matadero.

  —¡Ja ja ja!

  Podría haberle contado un par de cosas sobre lo “cerda” que era su nuera, pero obviamente no iba a hablarle de lo ocurrido en el bar de Pedro. Reímos, disfrutamos del desayuno y de la mutua compañía hasta que llegó la hora de irme. Cuando me levanté de la mesa, mi abuela abrió mucho los ojos, como si acabase de recordar algo, y también se levantó.

  —Efpera un momenfto, fariño —dijo, con la boca llena de tostada.

  Fue hasta la alacena y regresó sujetando entre las manos un frasco de mermelada anaranjada, de melocotón o puede que de albaricoque. El cristal relucía y había puesto sobre la tapa, con una cinta amarilla, una de esas fundas de tela a cuadritos rojos y blancos. 

  —Ya se que es una tontería, pero quería tener un detalle con Doña Paz... Para agradecerle lo del trabajo —dijo, un poco avergonzada, y me tendió el encantador obsequio—. ¿Te importa dárselo? Como aún no han mandado un cura nuevo al pueblo no se si mañana habrá misa y no creo que la vea.

  —Claro, yo se lo doy, no te preocupes —prometí, cogiendo el frasco.

  —Ya se que es poca cosa... Y más para una mujer así, que tendrá de todo.

  —¿Poca cosa? Tu mermelada es la mejor del mundo. Seguro que no ha probado nada igual —dije, para que volviese a sonreír, cosa que conseguí—. Además, estos ricachones ya están hartos de lujos, aprecian más las cosas sencillas y hechas a mano.

  Me despedí robándole un breve beso en los labios al que respondió con un cariñoso azote y salí de la casa. Las oscuras nubes que encapotaban el cielo no consiguieron ensombrecer el buen humor que me había dejado el agradable desayuno. Me subí al Land-Rover y antes de nada salté a la parte trasera para ocuparme de mi negocio. Esta vez llené y guardé en mis bolsillos cuatro frasquitos, por lo que pudiera pasar, ya que ahora tenía una nueva clienta (una que no pagaba, pero ya arreglaría eso). Reparé en que había varias botellas vacías en la caja, entre el serrín seco. Aún quedaban llenas más de la mitad, pero tenía que ir pensando en qué le diría a mis clientes cuando se terminase la mercancía. Casi me arrepentí de haber gastado un frasquito entero la noche anterior, aunque el espectáculo ofrecido por mi tía y sus consecuencias habían merecido la pena.

  

14 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (9)

 

  La mañana del viernes me subí al Land-Rover silbando una alegre melodía, nervioso por mi primer día de trabajo pero contento por el rumbo que estaba tomando mi destierro rural. Mi abuela me había despedido en el porche, con un discreto beso en la mejilla, después de pasarme revista como la más adorable de las sargentas, para asegurarse de que iba bien vestido, limpio y peinado. Antes de prepararme un abundante desayuno, se había resistido a disfrutar de mi vistosa erección mañanera, preocupada porque pudiese llegar tarde. Me conformé con susurrarle al oído todo lo que pensaba hacerle cuando volviese, cosa que la hizo sonrojarse y regañarme entre risas y suspiros de lúbrica anticipación.

  Me lancé a las sinuosas carreteras de la zona mientras el sol asomaba detrás de las montañas, prometiendo otro día de sofocante calor. Llevaba un par de frasquitos de tónico en el bolsillo, por si acaso, y había dejado el hachís en la casa para no caer en la tentación de emporrarme y fastidiar la primera jornada de lo que podría ser un empleo estable. La finca del alcalde estaba a una media hora del pueblo, y llegué veinte minutos antes de la hora acordada. Pensé en lo orgullosa que estaría mi madre por mi inusitada puntualidad, y eso me llevó a una fantasía en la que me recompensaba usando partes de su cuerpo de las que un hijo no suele disfrutar. No quería presentarme ante mi nueva jefa distraído y empalmado, así que sacudí la cabeza e intenté concentrarme.

  Siempre había escuchado decir a la gente del pueblo que la familia de la alcaldesa era una de las más acaudaladas de la provincia, pero no me esperaba lo que encontré al traspasar la gran verja blanca de la entrada, después de identificarme ante un robusto guardia de seguridad que me miró con indiferencia desde su garita. La residencia era una mansión en toda regla, de las que yo solo había visto en películas o revistas, con un pórtico flanqueado por columnas, balaustradas de piedra en los balcones y altos ventanales con vidrieras. Estaba rodeada por una enorme extensión de jardines, cuidados hasta el más mínimo detalle, con fuentes y esculturas por doquier, y hasta un “pequeño” pabellón para conciertos cubierto por una impresionante cúpula de cristal. Más tarde sabría que en la propiedad también había una piscina de tamaño olímpico, dos pistas de tenis y un lago artificial. Entonces entendí que Don Jose Luis no quisiera dejar a su esposa, a pesar de lo mucho que la detestaba. El hijoputa había pegado el braguetazo del siglo.

  Detuve el coche frente a la entrada principal y caminé hasta el pórtico, erguido y con paso firme. No iba a permitir que tanta opulencia me intimidase, ni quería parecer un cateto que nunca ha salido de su barrio o del pueblucho de sus abuelos. La puerta se abrió antes de que tuviese tiempo de tocar el timbre. Apareció en el umbral una mujer se unos sesenta años, un poco más alta que yo y vestida con un sencillo uniforme de criada negro, sin más adornos que un anticuado cuello de encaje blanco. Tenía la constitución de una gallina de dibujos animados, pechugona, culona y regordeta. Se peinaba el cabello gris con un apretado moño y en su rostro mofletudo no había una pizca de simpatía cuando me miró de arriba a abajo.

  —Tu debes ser el nuevo chófer —dijo. Tenía una voz grave y profunda, casi masculina, con el deje autoritario de quien está acostumbrado a dar órdenes—. Pasa por aquí.