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10 julio 2026

Los secretos de Maribel. 3.

 


 Me limpié la cara y esperé unos minutos antes de salir. No quería dar pie a sospechas bajando al mismo tiempo que ella, aunque su madre la hubiese visto sola en la habitación. Una vez en las cercanías de la piscina, vi a mi madre sentada en su tumbona, poniéndose bronceador en los brazos. Estaba aún más guapa que por la mañana, con los ojos brillantes, las mejillas encendidas y el pelo algo alborotado. Incluso lucía una tenue sonrisa. Obviamente, no era la siesta lo que le había sentado tan bien, sino el polvo (o polvos) que le había echado su sobrino.

   La idea de mi madre disfrutando con Héctor, sometiéndose a sus deseos y dejándose llevar por el placer, me hubiese hecho enfurecer mucho más en otro momento, pero mi cerebro seguía escribiendo las líneas de mi propia aventura incestuosa. Alba estaba en otra de las tumbonas, recostada y ojeando una revista de moda como si nada hubiese pasado, y la tita Teresa estaba en otra, embadurnada ya en crema protectora y con el rostro medio oculto por unas enormes gafas de sol.

   —¿Dónde está Héctor? —pregunté, al notar la ausencia de mi primo.

   —Ha ido a echarle una mano a su padre con un trabajo —dijo Teresa, con la voz melodramática que ponía cuando hablaba de sus problemas—. Le han fastidiado el domingo, al pobre. Pero a ver... Tal y como está la cosa, no hay que rechazar un encargo aunque sea festivo.

   Mi tío Sancho era fontanero, y a juzgar por las constantes quejas de su esposa el negocio no le iba demasiado bien. Pero los problemas económicos de mis tíos no era lo que más me interesaba en ese momento. Héctor estaba fuera de escena, por lo que no tendría ocasión de aclarar el asunto de las cámaras ocultas. Por otra parte, que no estuviese me ponía las cosas más fáciles en lo relativo a su hermanita.

  Mamá terminó de untarse y se tumbó bocarriba, también con unas grandes gafas oscuras. Hice ademán de volverme hacia la piscina, me giré como si hubiese olvidado algo y miré a mi prima. Mi sonrisa debía resultar demasiado perversa o libidinosa, porque cuando Alba me miró se puso tensa y frunció el ceño.

   —Oye, Alba, ¿por qué no vienes al agua? —pregunté, lo bastante alto como para que lo oyesen su madre y la mía.

   —No tengo ganas —respondió.

  —Vamos, Alba. Vete a la piscina con tu primo, que luego te quejas de que no te hace caso —intervino la tía Teresa, como yo esperaba.

   —¡Mamá! ¿Cuándo he dicho yo eso?

   Reparé en que mi madre levantaba un poco la cabeza y me miraba. No podía ver sus ojos, pero resultaba evidente que estaba sorprendida. Era la primera vez que invitaba a mi prima a venirse conmigo al agua, y tal vez sospechaba que tramaba algo. O tal vez pensaba que me había tomado en serio sus palabras de la noche anterior sobre mi aparente indiferencia hacia Alba. En ese momento, sentía de todo por mi prima excepto indiferencia.

   Alba resopló, dejó su revista y me siguió hacia el borde de la piscina, seguramente para no levantar sospechas. Me miraba como si fuese un tigre dispuesto a morder de un momento a otro, y eso me gustó. Gracias a un supremo esfuerzo mental, había conseguido aplacar mi erección durante unos minutos, pero cuando nos metimos en el agua volvió con renovadas fuerzas. Cogí la pelota de waterpolo, que andaba flotando por allí, y se la lancé a mi prima sin mucha fuerza.

   —Venga, vamos a jugar un poco —dije, con tanta normalidad que solo ella podría haber captado una doble intención.

23 abril 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 05.

  Bogard encendió uno de sus puritos y cambió de postura en la incómoda silla plegable, haciéndola crujir. Estaba en una casa de las afueras, cerca del territorio de los Balas Blancas, aunque eso no le preocupaba en absoluto. Hasta que Lazslo y La Capitana se enfrentasen en El Coliseum los Pumas y los Balas estaban en tregua.

   A escasos metros del orondo lugarteniente, en un sofá verde pistacho, Elizabeth Rosefield masajeaba a dos manos la imponente verga de un gigantón negro disfrazado de obrero, mirando con una maliciosa sonrisa al hombre blanco trajeado que interpretaba a su marido, obligado a presenciar la infidelidad interracial desde una butaca cercana. Un tipo delgado, con coleta y gafas, lo grababa todo cámara en mano.

—¡Oooh, Beverly! ¿Por qué me haces esto?

—Porque eres un pichacorta y no me follas como es debido. Sabes que te quiero, cariño —dijo la pelirroja, haciendo una pausa para lamer el glande del obrero—,a ti y a tus tarjetas de crédito. Pero mi chochito necesita una buena polla negra.

—¡Ja, ja, ja! Tranquilo, bro. He venido a montar los muebles de la cocina, pero no me importa montar a la guarrilla de tu mujer por el mismo precio.

   Como cualquier buen aficionado al porno, Bogard apenas prestaba atención a los diálogos, concentrado en admirar el cuerpo de la actriz, arrodillada en el suelo con un vestido corto y ajustado que dejaba a la vista las interminables piernas rematadas con tacones de aguja. Cuando Koudou propuso que dos novatos escoltasen a Elizabeth y la librasen de su agresivo exnovio, Bogard se negó en redondo. Si alguien merecía estar en el rodaje de “¡Oh, no! A mi mujer se la está follando un negro 7” ese era él. Todavía no entendía que Koudou hubiese rechazado un papel en la película.

  No pudo evitar reírse al ver los exagerados aspavientos y lloriqueos del hombrecillo trajeado mientras su “querida Beverly”, a cuatro patas en el sofá, le miraba a los ojos entre gemidos y gritos de placer.

—Mmm... ¿Lo ves, cariño? ¡Aaaaauhg! Así es como se hace... ¡Dame... reviéntame el coño!

—¡Querida, por favor! Te compraré un coche, o lo que quieras... pero para ya ¡Te va a hacer daño!

—¿Daño? ¡Ja, ja! Tu zorra está chorreando, bro. Se nota que hace tiempo que no le echaban un buen polvo. Dime, nena ¿Éste pringado te da bien por el culo?

—Uuuuh... No... nunca. Méteme tu pollón negro por el culito.

—¡Vale, paramos! —exclamó el cámara y director de la película— Muy bien Beth, y tu también Sam. Y tú, Lester, fúmate un porro a ver si te relajas. Pareces tonto moviendo tanto los brazos.

—Perdona, en la escuela de arte dramático no me enseñaron a interpretar a un cornudo.

—¡Ja, ja, ja! Pues yo me lo estoy creyendo, bro.

   Bogard intentó disimular su erección cruzando las piernas cuando la pelirroja, desnuda sobre los tacones de aguja, se acercó a él y se inclinó para hablarle.

—Oye, si te aburres puedes ver la tele en la habitación de al lado.

—¿Estás de broma? Es un honor verte trabajar en directo, Elizabeth.

—Llámame Beth —dijo la actriz, recogiéndose en una coleta su larga melena—. Y ahora, si me disculpas, voy al baño a prepararme.

—Oye, Beth... Ten cuidado. Ese tío la tiene como un caballo.

—¡Ja, ja! Parce mentira que seas mi mayor fan, Bogard. ¿Ya no te acuerdas de mi escena en “Intercambio anal”? Comparado con eso, va a ser como meterme un dedito.

   Dicho esto, se alejó hacia el baño, dejando a su sudoroso escolta sumido en los recuerdos. Desde luego que se acordaba de esa película. En los vestuarios de un equipo de baloncesto universitario, preciosa con un uniforme de animadora, Beth protagonizaba una de las mejores escenas de doble penetración anal de la historia. Bogard se secó el sudor del rostro con el pañuelo negro y púrpura que llevaba al cuello y encendió otro purito. 


09 julio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (23)



  Una vez en el cuarto piso, caminé hacia la puerta marcada con la letra B. Me crucé con una vecina, pero por desgracia no era la “madurita follable” de la que habían hablado mis tíos la tarde anterior sino una veinteañera anodina a la que saludé inclinando la cabeza. Una vez frente a mi destino, llamé al timbre y esperé. 
  Pasaron unos treinta segundos y volví a llamar, temiendo ya que no hubiese nadie en casa. Escuché una voz estridente, barriobajera e inconfundible que gritaba “¡Ya va!¡Ya va!”. La puerta al fin se abrió y mi tía Bárbara me miró de arriba a abajo con una mueca donde se mezclaban sin disimulo alguno la sorpresa, la repulsión y el enojo. No pude evitar que mi sonrisa se ensanchase cuando vi su ojo morado y la nariz un poco hinchada (buen golpe, mami).
  —¿Y tú que coño haces aquí?
  —Lo primero, buenos días —saludé, socarrón.
  Entré al recibidor, colándome sin esfuerzo entre su cuerpo y la pared, ya que era de las que abren la puerta de par en par sin ni siquiera echar un vistazo por la mirilla. Una falta de prudencia que podía traerle problemas. Y ese día el problema era yo. 
  —Pasa, hombre. No te cortes —dijo, desabrida, antes de cerrar la puerta.
  Conocía bien el piso de anteriores visitas, así que fui directo a la cocina y dejé la bolsa del supermercado sobre la encimera de mármol. Era una cocina a la última, muy distinta a la de mi abuela, con microondas y una nevera enorme de esas que hacen cubitos de hielo. Olía a café recién hecho y había una bolsa de magdalenas abierta cerca de los fogones. Al parecer, mi malhumorada anfitriona se disponía a desayunar y era evidente que se había levantado poco antes, a eso de las nueve. Su suegra y su cuñada llevaban despiertas desde el amanecer, pero bueno, no era una competición, ¿verdad? 
  Me giré cuando la escuché resoplar detrás de mí. Me miraba con los brazos cruzados bajo el abundante busto y las piernas separadas, desafiante pero desde una distancia prudencial. Iba descalza, con las uñas aún pintadas de verde lima, el pelo recogido en una coleta con una goma rosa y vestida, por llamarlo de alguna forma, solo con unas bragas amarillas al menos una talla más pequeñas de lo que correspondía y una camiseta ajustada de tirantes, también amarilla, que dejaba a la vista el ombligo y evidenciaba la ausencia de sujetador en la parte pectoral. Estaba buena, sin duda, pero solo porque de momento la genética respetaba sus 32 años. Si no comenzaba a cuidarse, muy pronto la celulitis adornaría las tersas redondeces de sus caderas, el vientre que ahora mostraba con orgullo se hincharía y el exceso de bronceado convertiría su bonita piel morena en cuero arrugado.
  —¿Siempre abres la puerta en bragas sin saber quien es? —ataqué, sin dejarme distraer por su apabullante sensualidad— ¿Y si hubiera sido un extraño?
  —Me da igual que me vean en bragas. Estoy en mi casa y abro la puerta como me sale del coño —me espetó, levantando la barbilla, como si el exhibicionismo fuese motivo de orgullo.
  —Estás muy chulita, amiga, teniendo en cuenta lo que hiciste ayer. 
  Bufó y puso los ojos en blanco, como si le estuviera haciendo perder su valioso tiempo. Se acercó y me miró a los ojos, sacando pecho.
  —Mira, si has venido a darme la charla olvídate. Tu tío y yo hemos pasado la noche hablando... —Tuvo un momento de debilidad. Giró la cara e hizo una pausa dramática, como si tuviese un nudo en la garganta—. Me ha dado otra oportunidad, y eso es lo que cuenta. Lo que penséis los demás me importa una mierda, ¿estamos?
  Está vez fui yo quien resopló y negó con la cabeza. No me podía creer que el blandengue de su marido la hubiese perdonado después de pillarla in fraganti follándose a su propio hermano en la casa familiar. O estaba muy enamorado o era un calzonazos de primera categoría. O a lo mejor era de esos a los que les gusta que se empotren a su mujer, vete a saber.
  —Yo te habría echado a la calle como a una perra, que es lo que eres —dije.

27 junio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (22)

 

Mi padre se acercó a la mesa, quitó el corcho de la botella y lo olfateó. Asintió complacido. Después la levantó para ver mejor a través del vidrio verde y la agitó un poco en el aire.
   —Está bueno, pero solo queda para un par de copas.
  Sentí al sudor frío bajando por mi espalda. Dos de las personas sentadas a la mesa iban a beber el tónico y no podía hacer nada por evitarlo. Pero... ¿Quiénes serían esas dos personas?
  Mi tío Pablo fue el primero en rechazarlo, cosa que no me sorprendió. Era deportista y bebía con mucha moderación, solo en ocasiones concretas como aquellas comidas familiares. Negó con la cabeza e hizo un gesto con la mano sobre su copa.
   —Yo no quiero, hijo. Que entre lo que ya he bebido y el calor que hace... —intervino mi abuela, abanicándose con la mano. 
  No estaba borracha en absoluto, a pesar del delator rubor en sus mejillas de manzana. Después de la cena en casa de la alcaldesa, yo sabía muy bien el aguante que tenía la buena de Doña Felisa, y probablemente podría tumbar bebiendo a cualquiera de los presentes. Si rechazó otra copa fue por pudor, por generosidad, o porque no le apetecía.
  —Yo tampoco. A ver si al final me voy a caer de verdad de la silla —dijo mi madre, sarcástica, mirando a mi padre casi de reojo, dándole a entender que seguía molesta con él.
  Fue un alivio que ella en concreto lo rechazase. Si ya había hecho algo tan temerario como masturbarme con el pie bajo la mesa, bajo los efectos del tónico podría perder el control por completo, y no estaba seguro de poder manejarla. 
  —A ti ni te pregunto, ¿no? No te gusta el vino —afirmó mi padre, mirándome.
  Me quedé paralizado, pensando a toda velocidad. Por una parte yo conocía los efectos del brebaje y tal vez podría lidiar con ellos, matándome a pajas en el baño. Por otra parte estaba mi libido hiperactiva, lo insensato que me volvía cuando estaba muy caliente y el hecho de estar en la misma casa que tres mujeres muy deseables, dos de las cuales ya eran mis amantes.
  —Eh... Bueno, no es que no me guste. Una copa de vez en cuando me tomo —conseguí decir, con cinco pares de ojos observándome.
  Sentí de nuevo el sudor resbalando por mi rostro. Tenía que tomar una decisión. El dilema era lidiar con el tónico dentro de mi propio organismo o dejar que lo tomase otra persona. Los segundos pasaban y todos comenzaban a impacientarse. 
  —A ver, ¿quieres o no quieres? —dijo mi padre.
  —No... Mejor no.
  La suerte estaba echada. El taxista agitó un poco la botella frente a su rostro y se giró hacia Bárbara, quien lucía una amplia sonrisa de beoda en sus carnosos labios con carmín rosa oscuro. 
  —Pues nada, cuñada. Parece que nos ha tocado.
  —Qué le vamos a hacer, ¡ja ja! —cacareó Barbi, alzando su copa vacía.
  El vino tinto mezclado con el potente afrodisíaco gitano fue escanciado en ambas copas, llenándolas hasta casi la mitad. No pasa nada, me dije. Tampoco era la peor de las situaciones posibles. Ambos tenían pareja, sus parejas estaban allí y en la casa había habitaciones de sobra. Era poco probable que mi tío Pablo rechazase un polvo con su fogosa mujer, y en cuanto a mis padres, puede que mamá se sorprendiese tanto de que su apático marido le hiciese caso que no se negase a cumplir sus deberes conyugales. Teniendo en cuenta su extraño e inestable estado de ánimo, incluso puede que follase con su marido para darme celos o vengarse por la brusca interrupción de su footjob. 
  Intenté convencerme a mí mismo de que no pasaría nada inusual. Lo más probable es que mi abuela y yo tuviésemos que escuchar algún gemido o rechinar de muelles mientras veíamos la tele en el salón. Sería incómodo, pero nadie podía reprocharle a dos parejas casadas que tuviesen un calentón en una tórrida tarde de verano y se aliviasen. Tal vez incluso haríamos bromas sobre el tema en próximas reuniones familiares. 
  Bárbara ya había terminado de comer, pero liquidó el vino con dos largos sorbos mientras se comía el postre: una tajada de la enorme sandía que trajo la cocinera desde la nevera, fresca y dulce.
  —¡Mmmm! Qué buena está, suegra, ¿es de tu huerto? —dijo Barbi. Con la boca llena, por supuesto.
  —Uy, qué va, hija. Yo nunca he tenido buena mano con las sandías. Es del huerto del Macario. Se las vende a un frutero de la ciudad pero siempre nos regala alguna a los vecinos.
  —El Macario, ¡ja ja! ¡Como el de Jose Luis Moreno! —exclamó mi tía, haciendo referencia a un conocido ventrílocuo y a uno de sus muñecos, que representaba al típico cateto de pueblo.
  Su marido soltó un discreto suspiro, mi padre le rió la gracia, mi abuela soltó una risita de compromiso y mi madre la ignoró, concentrada en devorar una cantidad de sandía asombrosa teniendo en cuenta su pequeño cuerpo. Caí en la cuenta de que ese domingo estaba comiendo mucho más de lo habitual. 
  Después del postre las tres mujeres se levantaron de la mesa y comenzaron a recoger los platos sucios. Vi alejarse la botella y las dos copas vacías, esperando que aquel fuese mi último encuentro con el puto tónico del Dr. Arcadio Montoya. Los hombres nos quedamos un rato en la mesa, tomando café (las mujeres lo tomaban en la cocina, como debe ser. ¡Jaja! Es broma), charlando con desgana y soltando algún bostezo, amodorrados por la comilona y el bebercio. 
  Una vez limpia la cocina y la mesa del salón tocaba entregarse a la española y saludable costumbre de la siesta. Un lapso de total inactividad en el que digerir el copioso banquete y dejar pasar las horas más calurosas del día antes de salir a la piscina.
  Mi abuela ocupó su sillón favorito, junto al sofá, y en pocos minutos ya estaba dando cabezadas, esforzándose por prestar atención a la película que daban esa tarde, creo que “Mira quien habla” o alguna chorrada parecida. En el sofá se sentaba mi tío, concentrado en el televisor con expresión seria, y junto a él su esposa, apoyada contra su hombro y con las piernas dobladas de lado sobre el asiento. Mi padre, entre sonoros bostezos, fue a acostarse al dormitorio de invitados, seguido por mi madre, quien hizo un último comentario mordaz sobre “dormir la mona”.
  Yo estaba sentado en otro sillón cercano al sofá, en el lado opuesto al de mi abuela, y clavé las uñas en el reposabrazos debido a la punzada de celos y envidia que me provocó escuchar sus pasos alejarse por el pasillo y la puerta del dormitorio cerrarse tras ellos. Ya os dije que nunca he odiado a mi padre pero en ese momento habría hecho cualquier cosa por ocupar su lugar. Respiré hondo y me encendí un cigarro. Tenía que aceptarlo y soportar lo que quedaba de tarde. En un rato, mi progenitor estaría más cachondo de lo que había estado nunca y el mejor lugar donde podía estar era en una cama con su mujer. Por esa parte, no tenía que preocuparme de que el tónico causara problemas.

17 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (12)

 

 El sábado amaneció nublado, con el típico bochorno que precede a las tormentas de verano. Gracias a la radio despertador que tan previsoramente (algo poco común en mí) había rescatado de mi dormitorio en la ciudad me levanté a tiempo para mi segunda jornada de trabajo. Había dormido menos de lo recomendable y estaba cansado. Como ya sabéis, la jornada anterior había sido agotadora en todos los sentidos, aunque al final todo había salido más o menos bien.

  Repasando los acontecimientos mientras trataba de espabilarme sentado en la cama, no tenía remordimientos pero enturbiaron mi ánimo un par de cosas que podría haber mejorado. Me cabreaba no haberle plantado cara a la alcaldesa cuando decidió no pagarme el tónico, algo impropio del astuto comerciante que yo pensaba que era. Me disgustaba el hecho de haber llevado a mi madre a un motel sórdido frecuentado por fulanas y puteros, cuando ella se merecía mucho más. Me arrepentía de no haber aprovechado la ocasión de empotrarme a mi tía Bárbara, una oportunidad que quizá no volvería a presentarse, aunque me consolaba pensar que lo había hecho por el bien de la familia. Y sobre todo me reconcomía la forma en que había tratado a mi abuela la noche anterior, usando su cuerpo para desfogar sin preocuparme de que ella disfrutase. Por suerte, era demasiado generosa como para echármelo en cara, y yo disfrutaría mucho compensándola cuando tuviese ocasión.

  Pero por desgracia no sería esa mañana. Antes de vestirme, saqué el frasquito vacío que tenía en el bolsillo de mi chándal, lo rellené con la botella de tónico que aún guardaba en mi maleta, debajo de la cama, y tomé unas cuantas gotas. La noche anterior había descubierto que una dosis tan pequeña me permitía gozar de los efectos vigorizantes del brebaje y mantener a raya los lúbricos efectos secundarios. Guardé el frasco junto a la botella, para mi uso personal, y me vestí.

  En la cocina encontré a mi abuela bregando frente a la encimera, cortando pan, haciendo café y triturando para las tostadas algunos de los suculentos tomates de su huerta. Debía llevar levantada un rato, pues ya se había calzado las botas y cubría su no menos suculento cuerpo con uno de sus desgastados vestidos de faena, esta vez uno azul con diminutos lunares blancos. Aún no se había puesto el pañuelo en la cabeza y sus rizos pelirrojos salpicados por los brillantes hilos de plata que eran sus canas lucían tan lustrosos como siempre.

  Me acerqué por detrás y le di un relativamente casto abrazo acompañado de un largo beso en la mejilla, quizá más cerca del lóbulo de la oreja de lo necesario, cosa que la hizo apartarme con un gracioso golpe de cadera antes de devolverme el beso.

  —¿Has dormido bien, tesoro?

  —Muy bien, pero no tanto como me habría gustado —me quejé, bostezando.

  —Eso te pasa por quedarte jugando hasta tan tarde, tunante —dijo ella, bajando la voz y con una sonrisa pícara.

  —Mira quién habla.

  Intenté abrazarla de nuevo pero me contuvo con un codo, mientras llevaba a la mesa un plato con tostadas. No dejó de sonreír pero lanzó una mirada de advertencia hacia la puerta que daba al pasillo.

  —Bah, no creo que esos dos se levanten antes del mediodía, después del tute que se pegaron anoche —dije, refiriéndome a mis tíos, que debían estar durmiendo como ceporros.

  —Y que lo digas, hijo. Estuvieron dale que te pego hasta las tantas.

  —Ya verás como hoy no discuten —predije.

  —No creo que tengan fuerzas ni para levantar la voz. Sobre todo tu tía... ¡Qué manera de chillar, Virgen Santísima! Parecía una gorrina en el matadero.

  —¡Ja ja ja!

  Podría haberle contado un par de cosas sobre lo “cerda” que era su nuera, pero obviamente no iba a hablarle de lo ocurrido en el bar de Pedro. Reímos, disfrutamos del desayuno y de la mutua compañía hasta que llegó la hora de irme. Cuando me levanté de la mesa, mi abuela abrió mucho los ojos, como si acabase de recordar algo, y también se levantó.

  —Efpera un momenfto, fariño —dijo, con la boca llena de tostada.

  Fue hasta la alacena y regresó sujetando entre las manos un frasco de mermelada anaranjada, de melocotón o puede que de albaricoque. El cristal relucía y había puesto sobre la tapa, con una cinta amarilla, una de esas fundas de tela a cuadritos rojos y blancos. 

  —Ya se que es una tontería, pero quería tener un detalle con Doña Paz... Para agradecerle lo del trabajo —dijo, un poco avergonzada, y me tendió el encantador obsequio—. ¿Te importa dárselo? Como aún no han mandado un cura nuevo al pueblo no se si mañana habrá misa y no creo que la vea.

  —Claro, yo se lo doy, no te preocupes —prometí, cogiendo el frasco.

  —Ya se que es poca cosa... Y más para una mujer así, que tendrá de todo.

  —¿Poca cosa? Tu mermelada es la mejor del mundo. Seguro que no ha probado nada igual —dije, para que volviese a sonreír, cosa que conseguí—. Además, estos ricachones ya están hartos de lujos, aprecian más las cosas sencillas y hechas a mano.

  Me despedí robándole un breve beso en los labios al que respondió con un cariñoso azote y salí de la casa. Las oscuras nubes que encapotaban el cielo no consiguieron ensombrecer el buen humor que me había dejado el agradable desayuno. Me subí al Land-Rover y antes de nada salté a la parte trasera para ocuparme de mi negocio. Esta vez llené y guardé en mis bolsillos cuatro frasquitos, por lo que pudiera pasar, ya que ahora tenía una nueva clienta (una que no pagaba, pero ya arreglaría eso). Reparé en que había varias botellas vacías en la caja, entre el serrín seco. Aún quedaban llenas más de la mitad, pero tenía que ir pensando en qué le diría a mis clientes cuando se terminase la mercancía. Casi me arrepentí de haber gastado un frasquito entero la noche anterior, aunque el espectáculo ofrecido por mi tía y sus consecuencias habían merecido la pena.

  

14 marzo 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (11)

 

 Me equivocaba. Cuando entré en la casa la luz de la cocina estaba encendida y desde la sala de estar llegaba al pasillo el resplandor azulado del televisor. Me asomé y vi a mi tío, mirando la pantalla con semblante serio, su corpachón pecoso hundido en el sofá y los pies sobre la mesita. No se percató de mi presencia así que fui a la cocina. Allí estaba su madre, sentada a la mesa con una taza humeante en la mano. Llevaba su bata floreada ceñida a las abundantes curvas que yo no podría disfrutar esa noche. 

  —Ah... Hola, cielo —me saludó, con afecto pero sin su habitual alegría.

  Estaba triste, alicaída, y cuando me acerqué para darle un beso en la mejilla pude comprobar que sus bonitos ojos verdes estaban algo enrojecidos, como si hubiese llorado un rato antes. Además, por el olor de su taza supe que estaba bebiendo manzanilla, una infusión que se preparaba cuando le costaba conciliar el sueño.

  —¿Qué ha pasado? —pregunté.

  Soltó un largo y trémulo suspiro antes de responder, mirando el contenido de su taza. La bata floreada estaba lo bastante abierta en la zona del escote como para que pudiese atisbar lo que había debajo: uno de sus ligeros camisones de dormir, sin sujetador, lo cual significaba que se había levantado de la cama después de acostarse.

  —Tu tío y Bárbara han discutido —dijo. Miró con cautela hacia la sala de estar, pues no quería que su hijo la oyese hablar mal de su nuera—. Por una tontería, como siempre. Ha pegado cuatro gritos, se ha vestido... por llamarlo de alguna forma, y se ha ido en el coche.

  Esta vez fui yo quien dejó escapar un suspiro, o más bien un resoplido de enojo y cansancio. Había sido un día muy largo y agotador, física y mentalmente. Mi primer día como chófer, la demencial experiencia con Klaus y la alcaldesa, la inoportuna visita de mis tíos y la peculiar cita con mi madre, todo ello en menos de veinticuatro horas. Podría haberme desentendido sin más de los conflictos matrimoniales de David y Bárbara, pero no podía irme a la cama y dejar a mi abuela desvelada e intranquila. Le acaricié el brazo y contuve el impulso de acurrucarme entre sus maternales tetazas y dormir durante tres días.

  —No te preocupes. Ya sabes que tienen broncas cada dos por tres pero siempre se reconcilian. Volverá dentro de un rato, cuando se le pase el cabreo —intenté tranquilizarla, sin mucho éxito.

  —Ya lo se, hijo. Lo que me preocupa es... ya sabes. —Bajó la voz y miró de reojo hacia la sala de estar—. Seguramente estará bebiendo, y estas carreteras de noche son un peligro.

  Tenía razón. Esa borracha descerebrada era lo bastante estúpida como para estampar el potente coche de su marido contra un árbol. Reconozco que a mí también me preocupó esa posibilidad. Aunque me sacase de quicio, Bárbara era de la familia y le tenía cariño, por no hablar de lo mucho que sufriría la sensible pelirroja que sorbía manzanilla sentada frente a mí. Además, ser el hombre de la casa implicaba algo más que meterle el rabo o conducir el coche de su difunto marido. No podía limitarme a esperar que la situación se arreglase sola, como haría mi padre o el huevón de su hermano.

   —Cálmate. Voy a hablar con mi tío e iremos a buscarla. Tu acuéstate y descansa, ¿vale? —dije, en tono afectuoso pero firme, El tono de un hombre que se hace cargo de la situación.

   —Ay... gracias, tesoro —suspiró, un tanto aliviada, aunque sabía que no estaría del todo tranquila hasta que su nuera volviese—. No se que haría sin ti.