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04 febrero 2026

Fotos de familia.


C
uando era adolescente me encantaba pasar los sábados con mis abuelos. Mis padres trabajaban, y mi enervante hermano pequeño se quedaba en casa de mis tíos con mis también insufribles primos, así que estábamos los tres solos. Comíamos juntos, y les escuchaba hablar sobre los últimos cotilleos del barrio o comentar alguna noticia del telediario que zumbaba en la televisión.

  Yo por aquel entonces era poco hablador y apenas participaba en la conversación, anhelando que terminase la comida para irme a la habitación que había sido de mi tía y que yo había redecorado y utilizaba como refugio aquellas agradables tardes. Mientras el abuelo roncaba en el sofá y la abuela se sumergía en el argumento de algún telefilme cutre basado en hechos reales yo pasaba las horas jugando a la videoconsola, leyendo cómics y haciéndome alguna que otra paja.

   Como la habitación tenía pestillo no tenía que preocuparme por ser sorprendido con las manos en la masa, así que me recreaba, mucho más relajado que en cualquier otro lugar. A veces incluso me desnudaba por completo, tumbándome sobre la colcha que la abuela mantenía siempre suave y fragante. Por aquellos tiempos no era tan fácil conseguir pornografía cómo hoy en día, y a no ser que algún compañero de clase me prestase con extrema discreción una revista guarra o una cinta de vídeo con alguna peli porno grabada del Canal Plus, mi material masturbatorio se limitaba a catálogos de lencería, revistas de moda o las pantorrillas de alguna presentadora de la tele. Pero de vez en cuando los abuelos salían después de comer, a cumplir con algún compromiso social o simplemente a dar un paseo, dejándome solo, y entonces la cosa cambiaba.

   Salía de mi refugio, a veces sin pantalones, y buscaba cualquier cosa que pudiese estimularme sexualmente, cosa que por aquel entonces era bastante fácil pues me ponía cachondo hasta con los maniquíes de los escaparates. Mi primera parada solía ser la habitación de mis abuelos, concretamente los cajones donde la señora de la casa, la cual tocaba con mucho cuidado, fascinado por su tacto y por su olor a lavanda. En el último cajón había algunas prendas particularmente provocativas para una mujer de 68 años, aunque aparentase menos y todavía fuese una mujer enérgica y atractiva, entre las que destacaba un salto de cama transparente adornado con encajes y cintas rojas.

   Otra de mis fuentes de alimento erótico eran los numerosos álbumes de fotos que mis abuelos tenían en la sala de estar. Mi abuelo siempre había sido muy aficionado a la fotografía, y nunca desaprovechaba la ocasión de echarse al rostro su cámara. En aquellas gruesas páginas protegidas por plástico transparente buceaba buscando alguna imagen que pudiese hacerme llegar al clímax o al menos dejarme en las cercanías. Me encantaban las fotos de bodas, bautizos y comuniones, todo un festín de piernas con elegantes medias, vertiginosos tacones, generosos escotes y sonrientes rostros maquillados. No me incomodaba que aquellas mujeres fuesen mis tías, primas, mi madre o mi abuela; en mis fantasías no existían los tabúes, y simplemente disfrutaba contemplando sus cuerpos hermosos y sensuales dejando que mi imaginación añadiese lo que la tela no dejaba ver.

   Cierto día, ojeando uno de los álbumes menos frecuentados por mis lujuriosas manos me topé con una foto que hasta entonces me había pasado inadvertida: en ella aparecía mi tía, la hermana mayor de mi madre, con unos veinte años, vestida con una minifalda tejana y sentada con las piernas cruzadas en el banco de un parque. El descubrimiento merecía sin duda una buena corrida, así que me encerré con el álbum en el cuarto de baño, lo coloqué cuidadosamente sobre el lavabo y comencé a tocarme mirando los rollizos muslos de mi tita. Cuando estaba a punto de correrme hice un movimiento brusco con la mano y el álbum cayó al suelo, rebotando con una de sus esquinas. El impacto hizo salir despedida una foto antigua que se encontraba oculta en el forro de la cubierta. Me agaché, rezando para que la cubierta no se hubiese dañado, y me acerqué al rostro la foto oculta.

19 febrero 2025

EL TÓNICO FAMILIAR. (28). Capítulo Final.




  Al fin salimos de la piscina y volvimos a la mesa, sentados sobre las toallas que la anfitriona había colocado cuidadosamente en las sillas, refrescados por el baño y al mismo tiempo acalorados por lo ocurrido en el agua. No entraré en detalles sobre la cena porque la verdad es que apenas la recuerdo. Diría que se sirvió una colorida ensalada, la invitada alabó las habilidades horticultoras de la cocinera, yo hice un poco sutil chiste sobre los pepinos, recibí un pellizco de mi madre, ayudé a servir un segundo plato del que solo recuerdo una deliciosa salsa de almendras, pero sobre todo recuerdo que las copas volvieron a llenarse de ese vino con leves notas de regaliz.
  De reojo, observé beber a mi madre con cierta preocupación. Si una sola copa la había llevado a tragarse mi semen bajo el agua, no podía imaginar los efectos de una segunda dosis. Los cuatro comíamos con apetito, entre breves conversaciones, las interesantes historias de mi jefa, las risitas cada vez más desinhibidas de mi abuela y mis bromas más o menos ingeniosas. En el aire flotaba una electrizante nube de lujuria que fingíamos ignorar, cosa que cada vez era más difícil. Paz y yo, conscientes del tónico, lo manteníamos a raya, pero a mi abuela de tanto en tanto se le escapaba un inoportuno suspiro o se abanicaba con la mano a pesar de la fresca brisa nocturna.
  Lo más peculiar era la actitud de mi madre. Hablaba poco, con su asimétrica sonrisa tensa y los ojos brillantes. Ojos que cada vez más a menudo y con mayor detenimiento se centraban en las largas y tonificadas piernas de Doña Paz, sentada frente a ella. A la rubia no solo no le molestaba sino que sutilmente ladeaba el cuerpo, con las piernas cruzadas, para que su nueva admiradora apreciase bien la piel bronceada de sus muslos.
  Yo, por mi parte, no me molestaba demasiado en disimular la irreductible erección que la tela de mi bañador húmedo revelaba pegada a mi muslo. Con tónico o sin él, habría sido absurdo esperar que un joven de diecinueve años no se empalmase en presencia de tres bellezas maduras en traje de baño, y para colmo en mi mente danzaban tórridos recuerdos, pues había tenido la enorme suerte de fornicar con las tres.
  Terminado el segundo plato y la segunda copa de vino, ocurrió algo que desencadenó una secuencia de acontecimientos imprevista incluso para mi calenturienta imaginación. Doña Paz se puso en pie (sobre los tacones, que habían regresado a sus pies en algún momento) para comenzar a recoger los platos, ante las protestas de la servicial anfitriona. Al levantarse quedó a escasa distancia de mi madre quien, de improviso y como en un trance hipnótico, acarició la larga pierna de la invitada, desde la rodilla hasta casi la ingle, para después acercar el rostro, frotar con suavidad su mejilla y darle un beso en mitad del muslo.
  Mi abuela me miró con los ojos muy abiertos, atónita ante la insólita conducta, y no supe como reaccionar. Paz miró hacia abajo, tras soltar su plato de nuevo en la mesa, con una sonrisa entre tierna y malévola en sus finos labios. Al volverse el centro de atención, mi madre salió del trance y se apartó de la tentadora pierna, llevándose una mano a la boca. No es alguien que se ruborice con facilidad pero en ese momento se puso tan roja que toda la sangre de su menudo cuerpo debió acumularse en su rostro. 
  —Lo... lo siento, Paz. No... no se qué... —balbució, con un hilo de voz, la cabeza gacha y las inquietas manos apretadas en el regazo.
  La víctima de sus espontáneas caricias se giró hacia ella, se inclinó y le puso el índice en la barbilla para obligarla a levantar el rostro, donde los ojos abiertos como platos mostraban todos los tonos posibles que puede ofrecer la miel y el ámbar.
  —No te preocupes, querida. Me lo tomo como un cumplido —dijo mi jefa, en un tono melifluo y apenas condescendiente que rara vez usaba—. Sobre todo viniendo de una criatura tan encantadora como tu. Vamos, hazlo de nuevo.
  Hechizada por aquella voz, la encantadora criatura respiró hondo y volvió a acariciar la pierna, esta vez usando ambas manos, desde la pantorrilla hasta el comienzo de las firmes nalgas, venciendo poco a poco la timidez. La rubia, olvidada ya su intención de recoger la mesa, correspondió rozando con la punta de sus largos dedos el hombro y el brazo de mi madre, quien se estremeció, como diría Madonna: Like a virgin, touched for the very first time.
  —Ah, la juventud... —suspiró Doña Paz—. Recuerdo cuando mi piel era así de suave sin necesidad de cremas, visitas a balnearios, tratamientos de barro o de algas...
  Ajena a cuanto ocurría a su alrededor, mamá volvió a besar el muslo de la señora y esta vez le dio un largo lametón que terminó a la altura de la cadera, en el límite que marcaba la tela del bikini blanco. Mi abuela, que contemplaba la escena atónita, se llevó una mano al pecho y soltó una especie de hipido de indignación.
  —Pe-pero Rocío, hija... —se lamentó, con un hilo de voz, entre la sorpresa y los celos.
  —No te preocupes, cariño, solo estamos jugando —dijo Paz, girando la cabeza para mirar a su amante. A continuación, volvió a sujetar a mamá por la barbilla para encararse con ella— ¿Verdad que es solo un juego, pequeña?
  La “pequeña” asintió y sonrió mientras una de sus manos se deslizaba por la parte interior del largo muslo y la otra por la rodilla, atrapada en su inexplicable y reciente obsesión por las piernas de nuestra invitada, quien se inclinó para besarla en los labios. Las bocas no tardaron en abrirse y contemplé pasmado como mi jefa y mi madre se daban el filete delante de mis narices y de las de la arrebolada Felisa.
  Sobra decir que la escena me estaba poniendo cachondo a niveles infernales. Mi corazón repicaba al borde de la taquicardia y podía sentir el pulso en la verga, además de una tensión en el perineo molesta y placentera al mismo tiempo. En el fondo de mi hirviente cerebro, las escasas neuronas que no estaban intoxicadas por el tónico albergaban cierto resquemor. ¿Qué pretendía Doña Paz con ese supuesto juego? ¿Sería capaz de “convertir” a su nueva presa en bisexual como había hecho con su suegra? Intenté desechar tales miedos y me dije que todo era obra del portentoso brebaje.
  Ajena a mis elucubraciones, mi jefa se incorporó, cogió de la mano a mi madre y rodeando la mesa la condujo hacia una de las tumbonas situadas a pocos metros. Me fascinó ver como realmente, a pesar de sus 43 años, parecía una chiquilla caminando junto a una mujer madura, e hizo una mueca contrariada casi infantil al tener que dejar de tocar durante unos segundos las piernas de dicha mujer. Por supuesto, también me deleité contemplando los traseros de ambas, a cual más apetecible.
  Se sentaron el el cómodo mueble de exterior, cubierto por un fino colchón de funda floreada, y reanudaron de inmediato las caricias y el intercambio de saliva, tan apasionado que de cuando en cuando las lenguas se entrelazaban fuera de la boca y sus barbillas brillaban por la humedad. Estaban más cerca que antes de las luces que colgaban de los árboles, por lo que mi abuela y yo las veíamos iluminadas como si fuéramos espectadores de una tórrida obra teatral.
  —Hijo... ¿Pero qué... qué hacen? —dijo la pelirroja, que se había girado en su silla y no podía apartar la vista de la escena.
  —Ya lo has oído. Solo están jugando —la tranquilicé, y sin disimulo alguno me acomodé la tiesa verga bajo la tela húmeda del bañador, una prenda de la que estaba deseando librarme—. No te preocupes, que tu nuera no te va a quitar la novia, ¡ja ja!
  —Ay, Carlitos, no seas tonto —me regañó, aunque una leve curva en sus labios y un aumento del rubor me indicaron que le agradaba la idea de ser la “novia” de la invitada—. Pero mira... Mira lo que... Ains... Se están desnudando, hijo.

20 septiembre 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (27)


  Entre pitos y flautas (nunca mejor dicho), cuando llegué a la parcela se acercaba la hora de comer. Bajé del Land-Rover en mangas de camisa y respiré el agradable aire campestre, la acogedora atmósfera de aquel atemporal microcosmos que se había convertido en mi hogar sin que casi me diese cuenta. Animado por la inusual temperatura, me quité la camisa mientras me acercaba al porche, donde encontré sentada a mi madre.
  Recibió mi desaliñado aspecto con una sonrisa irónica no carente de afecto y nos saludamos con un largo pero casto beso en las mejillas, pues aunque estábamos solos allí fuera, a través de la ventana podía escuchar el trajín de mi abuela en la cocina. 
  El aspecto de mamá había cambiado bastante desde el desayuno, sustituido de nuevo el look “ama de casa formal de extrarradio” por el de “hippie despreocupada pero de las que se duchan a diario”. El corto cabello castaño volvía a estar alborotado, había desaparecido el innecesario maquillaje y se cubría con una larga camiseta sin mangas que dejaba uno de sus bronceados hombros al aire, amarilla y con siluetas negras de animales y plantas. Debajo solo llevaba un bikini naranja, y por el leve olor a cloro en su piel deduje que se había dado un baño en la piscina tras regresar de la ciudad. Estaba descalza y, por supuesto, una de sus bonitas piernas lucía en el tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la sencilla baratija que se había convertido en algo así como nuestro anillo de compromiso, y que yo también llevaba en mi muñeca.
  Mentiría si dijese que, al verla, no me sentí culpable por mi reciente mambo victoriano. El hecho de que mi amante tuviese entre las piernas el mismo equipamiento de serie que yo no ayudaba a atenuar la culpa tanto como había previsto, pues a todos los efectos tenía la sensación de haber estado con otra mujer. Me consolaba pensando que a nivel romántico no había tenido relevancia. Sentía afecto por la dulce Victoria pero no estaba ni de lejos enamorado de ella, y desde luego lo estaba de la mujer sentada frente a mí en ese momento, dándole un sorbo a un botellín de cerveza mientras me miraba entornando sus ojos color miel, intuyendo que algo me rondaba la cabeza como solo una madre puede hacerlo.
  —¿Qué tal te ha ido con la abogada? —pregunté, para librarme de su escrutinio. 
  Apoyó las manos en las rodillas, elevadas debido a que apoyaba ambos pies en un pequeño taburete, en el cual yo me senté para mirarla cara a cara. La sonrisa adoptó un matiz triste pero no desapareció, acompañada de un largo suspiro.
  —No ha ido mal. A tu padre le ha sorprendido un poco que me haya dado tanta prisa, pero no va a darme problemas.  —Hizo una pausa y siguió con la mirada una abeja que pasó danzando en el aire y desapareció sin prestarnos atención—. Divorcio de mutuo acuerdo, le dicen. Y por mi estupendo. Lo que no quiero es perder más el tiempo.
  Le dio otro breve trago a la cerveza, que estaba casi entera y muy fría. Me la ofreció y me supo a gloria. Encendí un cigarro y también lo compartimos.
  —¿Y no ha intentado... no se, que vuelvas con él? ¿Pedirte perdón o algo? —pregunté, pues me costaba creer que alguien dejase escapar tan fácilmente a una mujer como ella.
  —Bueno, perdón me ha pedido. Pero más por el escándalo que se montó que por haberme puesto los cuernos... no se si me explico.
  —Si, te entiendo.
  —Se le ve triste, pero me parece que él también tiene ganas de quedarse soltero —afirmó, y su sonrisa se volvió maliciosa—. Igual piensa que se va a ligar a otra zorra culona como Bárbara.
  —¡Ja ja! Bueno, las putas y los taxistas siempre se han llevado bien —dije.
  —¡Ja ja ja! ¡Ssshh! Baja la voz. Ya sabes que a la abuela no le gusta que insultemos a “Barbi” —me regañó, conteniendo la risa.
  Tras una larga calada al cigarro seguida de una nube de humo que se llevó la leve brisa continuó hablando.
  —Vamos a vender el piso y quedarnos cada uno con la mitad del dinero. Así que tendremos que buscar un sitio donde vivir.
  Esa noticia me produjo sentimientos encontrados. No echaba de menos mi pequeña habitación en el pequeño piso de barrio obrero, pero sentí cierta nostalgia al saber que no volvería a vivir en el hogar donde había crecido. Por otra parte, que mi  madre diese por hecho que viviríamos juntos me produjo una mezcla de alegría y alivio, acompañados de una sensación cálida en el pecho.
  —A la abuela no le importará que nos quedemos todo el tiempo que queramos —afirmé, sin dudar un ápice de la hospitalidad de nuestra anfitriona.
  —Ya lo se, hijo. Pero por muy bien que nos llevemos, sería raro vivir con mi ex-suegra después de divorciarme, ¿no crees?
  —Cosas más raras se han visto —sentencié, no muy convencido.
  Mi madre se encogió de hombros e hizo gala de su nueva actitud vital, más serena y hedonista. La antigua Rocío estaría de los nervios ante una situación parecida. La nueva versión apuró el botellín de un trago y tiró dentro la colilla del cigarro, que se apagó con un siseo. Se desperezó cual gata tras una siesta y me dio una suave patada en el costado.
  —Ya nos preocuparemos de eso más adelante. Ahora vamos dentro, que ni siquiera has saludado a tu abuela, y yo debería estar ayudándola y no aquí tocándome el higo—dijo, usando una expresión barriobajera que siempre me había hecho mucha gracia.
  —Si te has cansado de tocártelo yo te lo puedo com...
  —¡Ssssh! Calla, idiota —gruñó, sin enfadarse realmente, aunque me dio una patada más fuerte que la anterior.
  Me levanté del taburete, pues si no me separaba de sus piernas no aguantaría mucho más sin acariciarlas, y me llegó una oleada de un olor muy agradable, uno que notaba desde mi llegada pero no conseguía identificar. Aún así, se me hizo la boca agua cuando lo aspiré con toda la potencia de mi prominente napia.
  —Joder, que bien huele. ¿Qué hay de comer?
  De repente, mi madre adoptó una expresión de pícara conspiración, miró hacia los lados y se inclinó hacia adelante, haciendo crujir el sillón de mimbre bajo sus firmes nalgas. Con un gesto de la mano me indicó que me acercase para hablarme en voz baja.

12 agosto 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (26)


 

Al día siguiente, un luminoso martes, desperté de muy buen humor a pesar de las agujetas que acribillaban cada músculo de mi cuerpo, el precio a pagar por la proeza física de la noche anterior. Una leve brisa, casi fresca en comparación con el bochorno tropical de unas horas atrás, se colaba por la ventana y contribuyó a mejorar mi ánimo. La otra cama del dormitorio estaba vacía y hecha, señal de que, como de costumbre, eral el último en levantarme.
  Antes de nada fui a ducharme, pues mi cuerpo aún despedía un intenso aroma a bosque, sudor y sexo. En el baño encontré al puto cerdo Frasquito, quien de nuevo había volcado el cesto de la ropa sucia y se daba un festín olfativo nada menos que con las bragas blancas que mi madre había usado la noche anterior. Que al guarrillo solo le interesasen las prendas femeninas resultaba gracioso pero también un poco inquietante teniendo en cuenta su origen. Saqué al lechón al pasillo y recogí las prendas del suelo, entre las cuales también estaba el camisón violeta de mi abuela. Sonreí ante el hecho de que las prendas de mis dos amantes estuviesen en el mismo lugar, mezclando los aromas que proyectaban en mi mente los deliciosos pecados cometidos a la luz de la luna.
  Bajo el agua caliente de la ducha, rememoré cada instante: los ávidos besos de mi madre, su suegra recibiendo con gusto mis fuertes embestidas y dejándose inocular el para ella inofensivo veneno de mi serpiente, la mamada con sabor a menta, el accidentado polvo en las ramas del roble y la paja más extraña de mi vida. Mi erección mañanera alcanzó su plenitud pero decidí dejar que perdiese verticalidad por sí sola mientras me secaba y vestía el uniforme de chófer, siempre impecable gracias a la diligencia de las dos mujeres que me cuidaban. Aún ignoraba qué me depararía la jornada y no quería desperdiciar energía ni munición. 
  En la cocina encontré una escena idílica que ensanchó mi sonrisa y llenó mi pecho de una cálida sensación. La estancia estaba iluminada por luz dorada de la mañana, el sencillo pero apetitoso desayuno servido en la mesa, el viejo transistor emitiendo alegre música folclórica de fondo, el aroma a hogar en verano, una mezcla de pan tostado, ropa recién lavada y césped húmedo. Y por supuesto mis dos compañeras, inmersas en la sencilla charla propia de una madre y una hija que disfrutan de la mutua compañía. A pesar de que siempre habían sido buenas amigas, algo poco habitual entre una suegra y su nuera, me encantaba notar como la confianza y la complicidad crecía entre ambas a toda velocidad.
  La abuela estaba de espaldas, preparando tostadas en la encimera. Llevaba uno de sus sencillos vestidos de faena, esta vez azul con lunares blancos y largo hasta las rodillas. Sus rizos pelirrojos asomaban bajo el pañuelo rojo desteñido que cubría su cabeza y calzaba las botas que solía ponerse para trabajar en el huerto y el gallinero, señal de que con toda seguridad llevaba horas levantada. 
  Mamá se sentaba a la mesa, frente a una taza de café a medio beber y una magdalena mordisqueada, y su indumentaria me sorprendió. Lucía el vestido “formal” que yo le había llevado de casa, uno sin mangas, poco escotado y con falda hasta las rodillas, ceñido con un ancho cinturón que formaban parte de la misma prenda, todo de un discreto color lavanda. Llevaba su corto cabello bien peinado, pendientes plateados con forma de rombo y leves toques de maquillaje que no ocultaban lo radiante que estaba su piel gracias a nuestra indómita vida sexual. Aunque parecía arreglada para salir, aún estaba descalza y me alegró ver en su tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la misma que yo lucía en mi muñeca, símbolo de nuestro vínculo secreto, una unión que yo pretendía honrar siéndole fiel, si es que era capaz de controlar mi desbocada libido.
  —Anda, mira quien se ha levantado por fin —dijo, desplegando la atractiva asimetría de su sonrisa.
  Nos miramos a los ojos un instante y sentí como los míos brillaban para corresponder al chispeante fulgor de los suyos. La mirada, el cutis luminoso, la actitud relajada y cariñosa: era la viva imagen de lo que se llama una mujer “bien follada”, un aspecto que no había tenido desde hacía muchos años, si es que mi padre había conseguido alguna vez satisfacerla por completo. Le di un casto beso en la mejilla, recibiendo una breve pero estimulante dosis de su calor y su aroma al tiempo que me sentaba a la mesa junto a ella.
  —Buenos días, tesoro —dijo mi abuela, mientras se acercaba a la mesa.
  De inmediato percibí el majestuoso bamboleo de sus enormes pechos bajo la fina tela del vestido, evidenciando la ausencia de sostén. Unas semanas atrás, ni se le abría pasado por la cabeza ir por casa sin sujetador teniendo visita, pero estaba claro que a su nuera no la consideraba una simple invitada, por no hablar de su gradual desinhibición desde que éramos amantes. También reparé en que había evitado el habitual “¿Has dormido bien?”, quizá por temor a un comentario o broma con doble sentido por mi parte. 
  —Buenos días —respondí—. Vaya calor hizo anoche, ¿eh? Me costó tanto dormirme que casi salgo a darme un bañito en la piscina.
  Mi despreocupado comentario hizo que de repente una descarga de tensión recorriese el cuerpo de las dos mujeres, la que se había dado ese bañito nocturno y la que la había espiado mientras masturbaba a su hijo. Un cambio imperceptible para un observador ajeno pero muy evidente para mí, que tan bien conocía ya sus cuerpos y la forma en que reaccionaban a cualquier estímulo. Mi madre me miró de reojo y me dio una discreta patada bajo la mesa, mientras que la abuela se apresuró a girarse de nuevo hacia el fregadero antes de volver a hablar. No tan deprisa como para que no pudiese percibir el aumento de rubor en sus mejillas.
  —Eh... Y que lo digas. Menudo bochorno —dijo, antes de aclararse la garganta mientras enjuagaba una taza que ya estaba limpia—. Pero parece que hoy va a refrescar. Lo han dicho en la radio.
  —Eso parece —afirmé—. A lo mejor esta noche hasta tenemos que dormir vestidos. Quiero decir... tapados.
  No podía verle el rostro, pero sabía que mi aparente lapsus lingüístico había hecho que el rostro de la tímida pelirroja adquiriese el tono encendido de los tomates maduros. Mamá volvió a mirarme, entre la amenaza y la duda. No estaba segura de si mi equivocación había sido intencionada, y ella no estaba al tanto de la descarada desnudez con que nuestra anfitriona me había recibido la noche anterior. Yo mantuve una convincente cara de póker mientras mordía la primera tostada.
  Cuando recuperó la compostura, la abuela se sentó con nosotros, frente a mí y a la derecha de su nuera, y se apresuró a llenarse la boca de crujiente pan con mantequilla. Decidí que no debía tentar más a la suerte y dejar que la conversación fluyese de forma normal, como si realmente los tres hubiésemos pasado la noche durmiendo en nuestras camas. Pero mi osadía hizo que las dos dicharacheras hembras no se decidiesen a iniciar el diálogo, así que fui yo quien lo hizo.
  —¿Por qué te has arreglado tanto, mamá? ¿Vas a salir?
  Su bonito rostro se ensombreció un poco, cosa que no me gustó. Dio un sorbo a su café y asintió.
  —Voy a la ciudad. Tengo cita con una abogada. Ya sabes...
  No terminó la frase, pero enseguida supe que se refería a una abogada matrimonialista para resolver el asunto del divorcio. Era obvio que no le resultaba cómodo hablar del tema delante de mi abuela. Al fin y al cabo, era de su hijo de quien iba a divorciarse, y apenas dos días después de pillarlo en flagrante infidelidad. Me daba pena verla en aquella situación, dividida entre el amor maternal y el cariño hacia quien era a todas luces su mejor amiga. Haciendo gala de su habitual bondad, la reacción de mi abuela fue agarrar la mano de su nuera y mirarla con ternura.
  —No pasa nada, hija. No te preocupes. Tú haz lo que tengas que hacer.
  Ante el afectuoso apoyo de su futura ex-suegra, los ojos de mi madre se humedecieron y también quise apoyarla apretando la parte de su muslo más cercana a la rodilla, un gesto carente de lujuria que me agradeció con una dulce sonrisa. 
  —¿Quieres que te lleve a la ciudad en el coche? —me ofrecí.
  —No, cielo, muchas gracias. Tu vete a trabajar. Iré al pueblo y pediré un taxi —respondió, y me lo agradeció acariciándome el pelo con inequívoca ternura maternal.
  —Tiene gracia, ¿no? Vas a ir en taxi a divorciarte de un taxista.
  Por un momento pensé que mi espontánea broma sería mal recibida, pero mamá dejó aflorar su risa sarcástica, soltando aire por la nariz, y su amiga Feli se sintió autorizada para entonar una risita cantarina y mirarme con fingido enfado.
  —Ay, Carlitos... Siempre con tus bromas.
  El ambiente se relajó y la charla fluyó, tocando temas cotidianos, entre sorbos de café, tostadas y magdalenas. Hasta que mi abuela se puso seria de repente y me miró.
  —Esta mañana han hablado en las noticias de... —dijo, dejando la frase inconclusa.
  —¿De lo de Montillo y el alcalde? 
  —Si, hijo, si. —La compungida pelirroja soltó un profundo suspiro—. Qué locura, Dios mío.
  —¿Saben ya que fue lo que paso? —pregunté yo, una de las pocas personas que sabía lo que de verdad había pasado.
  Estaba claro que a mi abuela le afectaba demasiado hablar del tema, y por un momento pensé en la posibilidad de que, a pesar del fuerte sedante, tuviese algún recuerdo nebuloso de lo ocurrido en el matadero. Para su alivio, mi madre tomó la palabra.
  —Cada vez cuentan una cosa distinta. Ahora dicen que el alcalde abusaba de las hijas de Montillo, que se enteró y lo mató, y después a ellas y a la mujer.
  —¡Pero qué barbaridad! ¿Y qué culpan tenían ellas? —preguntó mi abuela, a nadie en concreto, algo pálida.
  —Se volvería loco, Feli. A mi el porquero ese siempre me dio mala espina. 
  —Ay... Y pensar que de joven me estuvo pretendiendo.
  —Y no solo de joven. Recuerda que hace poco te regalo el lechón —añadí yo.
  —Sí, Frasquito.
  Felisa pronunció el nombre del cerdo con aire ausente, mirando hacia el pasillo como si fuese a aparecer trotando de un momento a otro. Esperaba un comentario tipo “El animalito no tiene culpa de nada, el pobre”, pero se quedó callada, con un extraño brillo en sus ojos verdes tras los cristales de las gafas. No le di demasiada importancia en ese momento a su enigmática actitud y me terminé el café de un trago.
  —Bueno, yo me voy a currar. Aunque no se si mi jefa saldrá hoy o volveré a tener el día libre. 
  —Pobre Paz, lo mal que lo debe estar pasando —dijo mi abuela, volviendo a un tono triste más usual—. Carlitos, dile que si necesita algo solo tiene que llamarme... Y dale un abrazo de mi parte.
  —¿Un abrazo a mi jefa? No se yo...
  —¡Ay, hijo! Es una forma de hablar.
  —Vale, vale. Era broma.
  Me levanté y rodeé la mesa para despedirme de ella con un sonoro y a todas luces casto beso en la mejilla, aunque la proximidad de sus tetazas bastaba para calentarme la sangre. Eran como dos suaves planetas con campo gravitacional propio. Desde luego, no iba a ser fácil renunciar a los placeres que era capaz de proporcionar aquel cuerpo tan excesivo como acogedor. 
  —Anda, anda, tunante... 
  Me dio una palmadita en el costado y la rodeé para despedirme de mi madre. Nuestros rostros se acercaron y, ya por pura costumbre, mis labios buscaron los suyos. Se atraían de una forma tan natural e ineludible que de puro milagro no nos morreamos delante de nuestra anfitriona. Por suerte ella estaba alerta y en el último momento colocó la mejilla en la trayectoria de mi ávida boca. Después nos miramos durante unos largos segundos y me acarició el rostro.
  —Mamá, si quieres que te acompañe...
  —No, cielo, de verdad. Esto es algo que tengo que hacer yo sola.
  Lo dijo con tal convicción que no pude insistir. Asentí, acaricié la mano que cubría mi mejilla y me separé de ella de mala gana. Me consolé pensando que, si todo salía bien y mi padre no daba guerra durante el proceso de divorcio, en cosa de un mes sería una mujer soltera y la tendría toda para mí. No sabía donde viviríamos, ni como nos las ingeniaríamos para ocultar nuestra relación al resto de la familia, amigos y conocidos. A pesar de nuestro incierto futuro la sonrisa no abandonó mis labios mientras caminaba hacia la puerta principal y me giraba para despedirme con una cómica reverencia de mis dos mujeres favoritas sobre la faz de la tierra.

26 abril 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (25)


C
uando llegué bajo el cómplice ramaje de nuestro viejo amigo vegetal me encontré una inquietante sorpresa. Mi madre no estaba allí. La había dejado apoyada en el tronco, contrariada aunque no muy alterada en apariencia, dispuesta a esperarme y culminar nuestra peligrosa aventura. ¿Dónde coño se había metido? Colocada a más no poder y cachonda en igual grado, por no hablar de lo caótica e imprevisible que se había vuelto su personalidad en las últimas semanas, tenerla suelta por la parcela era como liberar a una diablilla que llevase siglos encadenada por un brujo  (una buena metáfora de su matrimonio, aunque mi padre era demasiado aburrido para ser un brujo.)
  No había regresado al dormitorio, pues estaba vacío cuando lo atravesé y salté por la ventana. Miré entre los arbustos cercanos al roble, en los alrededores de la piscina e incluso en la huerta. Ni rastro. Tal vez se había puesto a deambular, debido a mi tardanza, se había asomado a la ventana de mi abuela y nos había visto en pleno polvazo. En ese caso no podía adivinar su próximo movimiento. Podía estar en un oscuro rincón de la casa, llorando en silencio o rechinando los dientes de rabia y pensando en mil formas de castigarme, no solo como madre sino también como amante despechada. O a lo mejor simplemente se había quedado dormida en alguna parte. Incluso vinieron a mi mente imágenes horribles de los enemigos que había hecho durante mis negocios con el tónico, algunos de los cuales habían estado en la casa sin ser advertidos. Me esforcé en descartar semejantes temores: el alcalde y Montillo estaban bien muertos, y la Doctora Ágata no tenía motivos para atacarme a mí o a mi familia. 
  Con el corazón a punto de salirse por mi garganta decidí entrar de nuevo en la vivienda y revisar todas las habitaciones, pero antes fui a echar un último vistazo bajo el roble. No estaba. Di un par de pasos de regreso a la casa y me giré, sobresaltado, al escuchar el crujido de una rama detrás de mí.

 Lo más desconcertante es que el sonido, que se repitió a medida que perdía intensidad, no provenía de la zona cercana a las raíces del árbol o los arbustos cercanos. ¿Venía de arriba? Era eso o la droga porro me estaba jugando una mala pasada. Alcé la vista hacia las frondosas ramas del gigante vegetal y entorné los ojos para escrutar entre la maraña de hojas y sombras. La luz de la luna me ayudó a descubrir dos trozos de tela colgados, como si de la colada de una ardilla se tratase, de sendas ramitas. Uno de ellos pequeño, blanco y visiblemente húmedo. El otro un poco más grande, de un rojo descolorido. A mi alterado cerebro le llevó unos segundos procesar que eran unas bragas y una camiseta recortada en forma de top.
  Me acerqué un poco más al roble, cauteloso, y di un respingo cuando una risita sofocada sonó sobre mi cabeza. Entornando los ojos, al fin conseguí descifrar el trampantojo de hojas, ramas y formas femeninas.
  —¿Ma-mamá? ¿Qué carajo haces ahí arriba? —exclamé, sin gritar pero en un tono demasiado alto.
   Era probable que mi abuela siguiese despierta, a no ser que correrse dos veces y el sofocante calor la hubiesen dejado fuera de combate. La fugaz imagen de aquella sensual gigantona cayendo derrengada en la cama trajo a mi memoria la voz del difunto alcalde Garrido mientras la tenía atada desnuda en el matadero: “Eso sí, le hemos metido en ese cuerpazo sedantes como para tumbar a una yegua”. Estaba claro que los recuerdos de la pesadilla vivida en la finca de Montillo iban a acosarme durante mucho tiempo. Aunque, por otra parte, tenía la sensación de que todo había ocurrido hacía semanas en lugar de tres días atrás.
   Ajena a mi flashback de Vietnam pero no a la preocupación por ser descubierta mi madre me chistó, probablemente poniéndose un dedo frente a los labios. Hacía ese gesto de una forma muy curiosa, estirando el índice pero sin cerrar los demás dedos en un puño, como es habitual, sino estirándolos en una especie de abanico. Una de sus rarezas que antes pasaba por alto, e incluso me molestaban, pero que ahora encontraba encantadoras.
  —No te quedes ahí pasmado. Sube... ¡Venga! —me instó. Su voz era un susurro algo ronco y animado, con evidentes rastros de la embriaguez opiácea.
  Eché la cabeza hacia atrás y por fin comencé a verla con cierta nitidez, sin dar crédito a mis ojos. Estaba en cuclillas, vestida solo con las deportivas blancas y rosas, la pulserita del tobillo y la fina pátina de sudor que cubría su piel bronceada. Había encontrado el lugar idóneo donde colocar los pies, sobre una rama cuyo grosor bastaba y sobraba para soportar el peso de su cuerpo menudo y ágil (por lo visto, más ágil de lo que yo pensaba). Sin olvidar del todo su prudencia maternal, se sujetaba con la mano derecha a otra rama, por si acaso, y con la izquierda sacudía residuos vegetales de su corto cabello, más alborotado que nunca. Se encontraba a más de tres metros del suelo. Altura suficiente para hacerse daño si caía de mala manera. Me dio un escalofrío ante la idea de que pudiese resultar herida, sin preocuparme de como afectaría eso a la hazaña que estaba realizando aquella noche. Visto ahora, habría sido un reto interesante para mi imaginación tener que explicarle a la abuela, camino del hospital, por qué su nuera se había caído desnuda del roble.
  —Déjate de tonterías y baja de ahí. Venga, te ayudo —dije, extendiendo los brazos hacia arriba.
  —¿Por qué has vuelto a tardar tanto? —preguntó. Mis ojos se acostumbraban a la penumbra y pude ver, allí arriba, la mueca desconfiada en su rostro de hada salvaje— ¿Está despierta tu abuela?
  —Se había levantado a por agua, como te dije. He esperado hasta que ha vuelto a dormirse.
  —¿Te ha visto? —susurró, inclinándose hacia adelante cual hermosa mujer araña. 
  —No, no me ha visto —suspiré al tiempo que lanzaba una mirada hacia la casa, donde todas las luces volvían a estar apagadas, cada vez más impaciente— ¿Y qué más da si me ve? Vivo aquí, joder.
  —¡Ssshh! No grites.
  —No he gritado. Vamos, baja de una vez que te vas a hacer daño.
  —De eso nada. Sube a buscarme. ¿O es que no eres capaz de trepar hasta aquí, nenaza?
  Bufé ante la provocación. Su sonrisa creció y dos hileras de pequeños dientes destacaron entre las sombras. Por un momento recordé al gato de Alicia en el País de las Maravillas, Cheeseburguer creo que se llamaba. Obviamente no iba a conseguir convencerla de que bajase, y además mi proverbial falta de prudencia y sentido común cuando estaba caliente (cosa que al parecer había heredado de ella) ganaba terreno muy rápido en mi cerebro. Solo el hecho de verla desnuda allí arriba bastó para aumentar la palpitante dureza de mi polla. Por suerte, el susto no había bastado para ablandarla del todo y el condón continuaba en su sitio.
  Cogí aire, me froté las palmas de las manos cual gimnasta a punto de subirse a los aros y me dispuse a ascender. Sabía que mi hazaña de esa noche iba a suponer un desafío físico pero nunca hubiera imaginado que incluiría trepar a un puto árbol, cosa que no hacía desde que era un mocoso. Pero me moría de ganas por hacerle el amor de nuevo a la mujer que me esperaba allí arriba, y además: ¿Cuántas personas pueden decir que han echado un polvo en lo alto de un roble? Sería otro logro desbloqueado en el disparatado RPG de mi vida sexual.
  Fue más fácil de lo que esperaba. En pocos segundos sentí las manos de mi madre agarrando uno de mis brazos para ayudarme a coronar la cima. En ese momento miré hacia abajo y casi no pude creer la distancia que había hasta el suelo. 
  —Eso es... ya casi estás... Tranquilo, mami no va a dejar que te caigas —decía ella. Su tono era cómico pero supe que lo decía en serio.

09 junio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (20)

 

 
  Lo primero que percibí al despertarme fue el hedor. Un conocido e intenso olor a mierda de cerdo. Abrí los ojos con dificultad, cegado por un tubo halógeno que colgaba de una viga de madera, cubierto de mugre e insectos muertos. El fuerte dolor en el cráneo me hizo recordar el golpe y al intentar moverme me di cuenta de que tenía las muñecas atadas a la espalda y sujetas a el respaldo de una silla metálica atornillada al sucio suelo de cemento.
  —Vaya, vaya... Mira quien se ha despertado por fin.
  Reconocí la voz de inmediato, y cuando conseguí enfocar la vista lo vi de pie frente a mí, a un par de metros. El pelo canoso peinado hacia atrás con gomina, el espeso bigote negro, la guayabera blanca a juego con los pantalones, el pesado reloj de oro en la muñeca y el cigarro habano humeando entre los dedos. Era Jose Luis Garrido, el alcalde del pueblo.
  Unos pasos detrás de él, con las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida en su desagradable semblante me observaba otro hombre de edad similar, algo más de sesenta años, alto y fuerte, con pantalones de pana y una camisa de franela remangada, desaliñado, desaseado y con un brillo cruel en sus pequeños ojos. Como ya habréis imaginado no era otro que Ramón Montillo, el porquero.
  No era difícil deducir que estábamos en la propiedad del criador de cerdos, en una especie de nave abandonada con aspecto de haber servido de matadero años atrás. Las anticuadas instalaciones estaban cubiertas de suciedad y me costaba distinguir las paredes, ya que el halógeno era la única fuente de luz en el espacioso recinto. 
  —¿Pero qué... qué es lo que...? —conseguí decir, mientras forcejeaba con mis ataduras.
  —Tranquilo, chaval. No te esfuerces —dijo Garrido. Dio una calada a su puro y lo usó para señalar hacia un lado—. Ahora que estás más espabilado, quizá deberías mirar a tu derecha.
  Hice lo que me sugería, giré el cuello y lo que vi me heló la sangre. Solté un grito inarticulado y estoy seguro de que el corazón se me paró durante un instante. A poca distancia de mi silla había otra, también atornillada al suelo, y en ella estaba sentada mi abuela, completamente desnuda e inconsciente. Además de las muñecas, le habían atado los tobillos y las rodillas. Estaba un poco encorvada hacia adelante y tenía la barbilla pegada al pecho, con los ojos cerrados. Su rosado y voluptuoso cuerpo parecía tan indefenso como el de los cerdos que tiempo atrás habían sido sacrificados en aquel infame lugar.
  Me revolví en la silla, gimiendo de rabia, hasta hacerme daño en las muñecas y los hombros. Me giré hacia el alcalde y lo miré con más odio del que nunca había mirado a nadie.
  —¡¿Qué... coño le habéis hecho?! ¡Hijos de puta! —grité a pleno pulmón. 
  —Eeeh, no hace falta insultar, amigo. Tu abuelita está bien. Somos unos caballeros y a ella no le hemos arreado en la cabeza. Eso sí, le hemos metido en ese cuerpazo sedantes como para tumbar a una yegua. 
  —Si le habéis tocado un pelo... Os juro que...
  —Nadie se la ha follado, si es eso lo que te preocupa. Y no ha sido fácil evitarlo porque aquí mi compadre le tiene ganas desde que era moza —explicó Garrido, señalando a Montillo con el puro—. Y el subnormal de su hijo ni te cuento.
  Cuando hizo referencia a Monchito me di cuenta de que el susodicho retrasado estaba agazapado a unos metros de mi abuela, ocultando su considerable corpulencia en la espesa penumbra junto a una montaña de trastos tapados con lonas polvorientas. Apenas podía distinguir la expresión de su rostro, pero me dio la impresión de que no le agradaba estar allí ni lo que estaba ocurriendo.
  —Te confieso que, aunque prefiero a las jovencitas, a mí tampoco me importaría darle un buen meneo —continuó el alcalde, repasando con la mirada el hermoso cuerpo de su prisionera—. A ver, no te voy a mentir, mientras la atábamos le hemos sobado un poco las tetas. Pero, joder... ¿Quién se puede resistir a semejantes pechugas? Bueno, a ti que te voy a contar, ¿eh?
  Me guiñó un ojo y supe que estaba al tanto de la relación incestuosa con mi abuela. Apreté los dientes y bufé como un animal, aunque eso era lo que menos me preocupaba en aquel momento. Esos hombres, por llamarlos de alguna forma, nos habían secuestrado y llevado literalmente al matadero.
  —Aunque, ¿quienes somos nosotros para juzgarte? ¡Ja ja! Mi compadre se la mete a sus hijas un día si y otro también, el tonto pone a su madre mirando a Cuenca cuando le apetece y yo... Bueno, yo no he llegado a tanto, pero cuando era más joven a alguna que otra prima le metí el rabo. 
  Garrido era de esos tipos que adoran escucharse a sí mismos y pensé que no iba a callarse nunca. Su “compadre” se limitaba a reírle las gracias y a acomodarse el paquete sin disimulo, mirando a la anestesiada pelirroja y relamiéndose de anticipación. El muy bastardo daba por hecho que iba a cumplir su sueño de follársela, y la sola idea me revolvía el estómago.
  —¿Qué es lo que queréis? —escupí, más que dije. 

03 junio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (19)



  La mañana del miércoles desperté con resaca y aún algo colocado, confuso, hambriento y por supuesto empalmado. Me quedé unos minutos tumbado mirando al techo, al igual que mi polla, escuchando el canto de los pajarillos campestres y haciéndome a la idea de que lo ocurrido la noche anterior no había sido un sueño. Me gustase o no, había ocurrido y tenía que manejar la situación con sentido común y prudencia (dos virtudes de las que no ando sobrado, como ya sabéis).
  Desde la cocina me llegó la característica mezcla de sonidos de una mujer cocinando acompañada de un suave canturreo. Mi anfitriona estaba preparando el desayuno, al parecer de buen humor, cosa que me hizo sentir una punzada de celos. En mi cabeza escuchaba con claridad sus gemidos y suspiros dentro del vestidor, volví a sentir la frustración de no poder ver lo que ocurría y la confusión al descubrir que, sin la ayuda del tónico, a mi jefa le había resultado muy fácil arrastrar a mi abuela al barro de los placeres lésbicos. 
  Decidí despejarme con una ducha antes de enfrentarme a lo que me esperaba en la cocina y al entrar en el baño me sobresalté al ver algo pequeño y rosado moviéndose en el suelo. Frasquito. Ya ni me acordaba del puto cochinillo. El muy cerdo había volcado el cesto de la ropa sucia y había prendas esturreadas por el suelo, tanto mías como de la señora de la casa, y era con estas últimas con las que el animal se divertía, frotándolas con el hocico y revolcándose sobre ellas. Estaba obsesionado con el olor de su ama, y no podía culparlo. Lo levanté del suelo con cuidado y el excitado lechón se revolvió como un pez recién pescado, soltando graciosos gruñidos.
  —Largo de aquí, puerco —dije, antes de dejarlo en el pasillo y cerrar la puerta.
  Volví a colocar el cesto de mimbre en su lugar y comencé a recoger las prendas esparcidas sobre las limpias baldosas. Me detuve al encontrar las braguitas verdes con transparencias y encajes, las mismas que yo había comprado y que la noche anterior se habían sin duda humedecido mientras la alcaldesa acariciaba y besaba los abundantes encantos de su propietaria. Nunca he sido muy aficionado a olisquear ropa interior, pero no pude evitar llevarme esas bragas al rostro, cubrir con ellas mi prominente napia y aspirar el familiar aroma, cosa que contribuyó a reafirmar la erección, que había perdido fuerza por la aparición del cerdo.
  Estuve tentado de acercarme al lavabo y descargar el contenido de mis huevos en el sumidero con la arrugada prenda apretada contra el rostro, o envolver con ella mi verga y darle al manubrio hasta que el semen rezumase por los finos encajes. No lo hice. Recordemos que mi abuela me había castigado una semana sin sexo, y no quería darle otro motivo para enfadarse. Además, me interesaba mantener el empalme en todo su esplendor para estudiar su reacción al verlo e intentar deducir si aún le interesaban los miembros viriles o si su acaudalada amiga la había convertido en bollera irremediablemente. Sí, reconozco que en aquella época era algo ignorante y pensaba que la homosexualidad funcionaba de forma parecida al vampirismo.
  Tras ducharme me puse solamente unos boxers, holgados y cómodos, y fui a la cocina luciendo sin recato mi juvenil y fibroso cuerpo de metro sesenta y dos. La fornida cocinera revoloteaba de la encimera a la mesa, sirviendo el habitual y copioso desayuno campero, vestida con menos recato del que nunca había visto en ella. Llevaba puesto solamente una de sus finas batas floreadas, la más corta que tenía, dejando al aire la mitad de sus muslazos y una buena ración de canalillo, cerrada con tal descuido que se la podría haber arrebatado con un par de tirones. La sonrisa perenne, el rubor en las mejillas y el brillo en los ojos verdes indicaban que la noche anterior había disfrutado de uno o varios orgasmos. Y aquella vez yo no era quien se los había proporcionado. Los celos volvieron a patearme el estómago, sobre todo al ser consciente de que en un rato tendría que ver el altivo rostro de la alcaldesa. 
  —¡Buenos días, cielo! ¿Has dormido bien? —saludó mi abuela. Sus enormes ubres se bambolearon y rozaron mi torso cuando se inclinó para besarme en la cara.
  Verme en ropa interior y empalmado era algo a lo que estaba acostumbrada, así que apenas dedicó una mirada de reojo al llamativo bulto en mis boxers. Me senté a la mesa como si nada, con las piernas separadas para que la tienda de campaña fuese bien visible. No ocupé el asiento situado frente al suyo al otro lado de la mesa, como de costumbre, sino que me acomodé en la silla más próxima a la suya, hecho que no le llamó la atención. 
  —Si, he dormido como un tronco. No se a ti, pero a mi la cenita de anoche me dejó agotado —dije, con un leve tono malicioso.
  —¡Uy! Y a mí también, hijo. No estoy acostumbrada a acostarme tan tarde —dijo ella, sin dar muestras de haberlo percibido.
  Aposentó sus mullidas nalgas en la silla y atacó una enorme tostada, dándole un mordisco que dejó brillantes rastros de mermelada en sus labios, ya de por sí apetecibles. Con la otra mano removía un tazón de café con leche y estaba tan inclinada hacia adelante que las desmesuradas tetas se apoyaban en el mantel, recibiendo una lluvia de diminutas migas de pan. De nuevo, su forma de comer, más ansiosa de lo habitual, delataba cierto nerviosismo. Para una mujer como ella, desayunar con su nieto la mañana siguiente a su primera vivencia lésbica debía ser una experiencia extraña. Otra más de las situaciones inusuales que perturbaban su hasta entonces tranquila vida rural desde que me había mudado con ella.
  —Pero lo pasaste bien, ¿verdad? —pregunté, untando con maquiavélica parsimonia mi tostada.
  —Mmmf... Umff. —Trago de café con leche—. Muy bien, tesoro. Por cierto, perdona si te ignoré un poco. Seguro que te aburriste como una ostra. Pobrecito...
  Acompañó la disculpa con una breve caricia en la mejilla. Sonriendo, le devolví el reconfortante gesto llevando la mano hasta su rodilla y moviéndola hasta la mitad del muslo, al descubierto gracias a su despreocupado atuendo de aquella mañana. 
  —No pasa nada. Lo importante es que tú te divirtieses. 

22 marzo 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (18)

  La mañana del martes pasó sin pena ni gloria. El único cambio en la rutina diaria fue que mi jefa me ordenó recogerla del club dos horas antes de lo habitual para llevarla a hacer algunos recados al centro, haciendo realidad sin saberlo la mentira que le había contado a mi madre el día anterior. Por supuesto, la esbelta y estricta alcaldesa me recordó que esa noche mi abuela y yo teníamos una cita con ella. Un evento social al que yo no le estaba dando demasiada importancia y que como contaré más adelante supuso un inesperado y casi surrealista plot twist, como se dice ahora.

  Por supuesto no dejaba de pensar en lo bien que lo habríamos pasado mamá y yo solos en el pinar y aún me dolía recordar la decepción mal disimulada en su voz cuando cancelé el plan. También pensaba, mientras conducía a Klaus en silencio, en nuestra onírica luna de miel y en la horrible pesadilla que la siguió, cuyas grotescas imágenes por suerte se desvanecían poco a poco en mi mente.

  Durante todo el día tuve que reprimir las ganas de llamarla, e incluso de ir a la ciudad y presentarme en casa con la esperanza de que estuviese sola, o repetir la hazaña de llevármela frente a las narices de mi padre, de nuevo al cine o directamente a un motel. Pero conseguí contenerme, ya que la seguía culpando de mi alterado estado mental. Hablando de eso, mi viejo amigo el hachís me estaba ayudando bastante y me encontraba más tranquilo y centrado (dentro de lo que cabe). Los efectos del tónico en mi organismo habían desaparecido por completo y ya pensaba que el portentoso brebaje era cosa del pasado (me equivocaba, para variar).

  Con mi abuela la situación había regresado a un engañoso remedo de normalidad. A simple vista cualquiera habría pensado que éramos una atractiva señora de pueblo y su nieto conviviendo sin más, con un trato afectuoso, sin ningún secreto bajo la alfombra, mostrando quizá una complicidad poco habitual entre una mujer de cincuenta y tantos (lo creáis o no, nunca he llegado a saber su edad exacta) y un joven de diecinueve, pero sin indicios de una relación inapropiada entre parientes de sangre. Obviamente, el secreto bajo la alfombra abultaba tanto que tarde o temprano tropezaríamos con él. Mi deseo hacia ella no había disminuido en absoluto y sospechaba que ella echaría de menos mis lúbricas atenciones antes de que se cumpliese la semana de castigo.

  Aquel caluroso martes volví a casa antes de lo habitual gracias a la inesperada benevolencia de la alcaldesa, quien me dio el resto del día libre después de llevarla a la mansión. Mi abuela se alegró al verme llegar horas antes de lo habitual y celebró con encantadoras sonrisas y besos en la mejilla el simple hecho de que pudiésemos comer juntos. Me había castigado sin fornicio durante una semana, pero no había regresado a sus antiguas costumbres en cuanto a indumentaria doméstica, sino que mantenía esa actitud más relajada y sensual que había adoptado gradualmente desde que comenzase nuestra relación secreta. Mi pelirroja anfitriona no llevaba sujetador bajo su ligera bata floreada y mientras cocinaba, canturreando y dando sorbitos a un vaso de vino blanco, moviéndose con despreocupada gracia sobre sus pies descalzos, las tetazas temblaban bajo la tela como dos enormes flanes y con cada leve cambio de postura la rotundez de sus nalgas adoptaba distintas formas, cada una más llamativa y deseable que la anterior.

  Sentado a la mesa y bebiendo cerveza, conseguí portarme bien y aceptar mi condena, conteniendo las ganas de acariciar y lamer todas y cada una de las pecas de su suave piel, saborear su lengua y sus pezones, enterrar mi verga entre los pálidos y robustos muslos y sentir la acogedora calidez de su coño. Pero me conformé con mirarla y charlar amistosamente, lo que bastó para alejar mi mente  los problemas con mamá y demás tribulaciones, cosa a la que también contribuyó el porro que me había fumado antes de entrar en la casa.

13 septiembre 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (17)

  

  A medida que mi mente se despejaba y era consciente de lo que había hecho notaba una creciente 
presión en el pecho y un nudo en la garganta. Me senté en la cama y la vi de pie cerca de la ventana, en toda su espectacular desnudez, brillante por el sudor y con sus bonitos ojos verdes enrojecidos por el llanto. La forma en que me miró me partió el corazón. Una mirada de reproche y rabia, con un matiz de compasión que me desarmó. A pesar de todo, era incapaz de odiarme. Me levanté y caminé hacia ella. Extendí una mano para coger la suya e intenté parecer lo más arrepentido posible.
  —Abuela... Lo siento mucho... yo...
  Lo que ocurrió a continuación no me lo esperaba. En sus ojos apareció un destello que nunca antes había visto y me dio una bofetada tan fuerte que trastabillé hacia atrás y caí de culo, quedando sentado al borde de la cama. Sin añadir nada más, salió del dormitorio con pasos firmes y rápidos, recorrió el pasillo, entró en el cuarto de baño y cerró dando un portazo. Yo me quedé donde estaba, aturdido, con la mejilla ardiendo y la sensación de que la había cagado más que en toda mi vida. La colcha blanca, antes inmaculada, estaba arrugada y húmeda.
  Cuando conseguí reaccionar seguí las huellas que las rosadas y húmedas plantas de sus pies habían dejado en el suelo. Me planté junto a la puerta del baño y acerqué la oreja a la madera pintada de blanco. Durante unos largos segundos solo escuché los sonidos propios de un llanto suave y discreto, débiles gemidos y una nariz sorbiendo. Después todo quedó silenciado por el potente chorro de la ducha que limpiaba su cuerpo mancillado por mi absurda violencia.
  Como ya sabéis en aquella casa ninguna puerta tenía pestillo, así que moví la mano hacia el picaporte y lo agarré. No sabía qué decirle o qué hacer para que me perdonase, y puede que me llevase otra hostia fina, pero tenía que intentarlo. Al menos tenía que verla, comprobar que estaba bien. Pero mi mano se apartó sin girar el pomo. Pasado el febril arrebato de arrolladora masculinidad, la cobardía se apoderó de mí y me llevó hasta la cocina, donde recuperé mis gayumbos y me los puse, dejando el resto de mi ropa colgando en el respaldo de la silla. 
  Frasquito retozaba sobre los restos deshilachados del vestido de mi abuela, rebozándose en el agradable aroma de su dueña. Al notar mi presencia el animal se quedó quieto y clavó en mí sus ojos negros, diminutos y brillantes, en los que mi alterada percepción creyó vislumbrar un matiz de reproche, como si supiese que le había hecho daño a su querida “madre”. Por un segundo acudió a mi mente la mirada demoníaca de Pancho, el enorme verraco con el que practicaba el bestialismo la no menos enorme esposa del porquero. ¿Sería el adorable lechón parte de la progenie de semejante bestia? 
  De pronto me asaltó la idea de que en la finca de los Montillo había algo más que sordidez, mezquindad y depravación. Quizá en la mirada del porcino semental se manifestaba una fuerza oscura, maligna y primitiva, una presencia innombrable que acechaba en los montes y frondosos bosques que rodeaban el pueblo. Quizá el tónico no era un simple afrodisíaco y había atraído la atención, puede que incluso invocado, entidades que estaban más allá de la comprensión humana. Al fin y al cabo el brebaje era obra de gitanos, un pueblo famoso, entre otras cosas, por su brujería.
  Sacudí la cabeza y fui hasta el fregadero para beberme de un trago un vaso de agua. ¿Qué estupideces estaba pensando? Frasquito no era nada más que un cerdito normal, y enseguida dejó de mirarme para seguir revolcándose en los jirones de tela azul. Lo último que necesitaba era obsesionarme con fantasías sobre demonios y pociones mágicas. Me refresqué la cara bajo el grifo e intenté poner orden en mis caóticos pensamientos. El reloj de la cocina me indicó cual debía ser mi siguiente paso. Tenía que vestirme y salir lo antes posible o llegaría tarde para recoger a mi puntual jefa.
  ¿Iba a marcharme así, sin más? Regresé al dormitorio y me enfundé a toda prisa en el uniforme de chófer. En el pasillo, acerqué la cara a la puerta del baño y supe que había terminado de ducharse, más bien de purificarse después de mi rastrera profanación. La casa entera estaba en silencio. ¿Qué estaría haciendo ahí dentro? Me la imaginé sentada sobre la tapa del inodoro o en el borde de la bañera, con su hermoso cuerpo envuelto en una toalla, puede que aún derramando lágrimas y escondiéndose de mí, o simplemente reuniendo fuerzas para superar el mal trago. Lo peor de todo, lo que me hacía sentir una alimaña y me atenazaba la garganta, era la certeza de que, siendo como era, ella se sentiría más culpable por haberme abofeteado de lo que me sentía yo por haber forzado su puerta trasera. De nuevo, no fui capaz de abrir la puerta.
  —Abuela... eh... Me voy a trabajar —dije, dominando el temblor de mi voz.
  —Muy bien. Hasta luego —respondió la suya al otro lado de la madera.
  Nunca me había hablado en un tono tan frío y seco. Sus saludos y despedidas, dulces y musicales, siempre iban acompañados de un apelativo cariñoso. Cielo, tesoro, hijo, cariño... etc. Aquel simple y solitario “hasta luego” se me clavó en el pecho como una lanza. Incapaz de decir nada más, salí de la casa a toda prisa y me subí al Land-Rover.

14 julio 2022

EL TÓNICO FAMILIAR. (16)

  Mi mano no se movió y mi corazón amenazaba con salirse por mi boca. Si sacaba del bolsillo la prenda equivocada estaba bien jodido. Mi madre conocía la lencería de mi abuela, ya que muchas veces la ayudaba a hacer la colada durante sus visitas a la parcela. Podría fingir que era una broma, pero teniendo en cuenta que ya mantenía una relación incestuosa con ella si sacaba del bolsillo las bragas de mi atractiva abuela sin duda llegaría a la conclusión de que también me la empotraba, y de que el picante juego de esa mañana no tenía dos participantes sino tres.

   —Carlos, joder... Deja de hacer el tonto. Dámelas de una vez.

  Pensando a toda velocidad, intentando recordar, solo pude esbozar una sonrisa estúpida ante la mirada impaciente de mi madre, que ya había empezado a dar golpecitos con el pie en el suelo. Si me la jugaba y elegía el bolsillo incorrecto, la situación daría un giro que no podría manejar de ninguna forma.  

  Una gota de sudor resbaló despacio por mi frente. Mamá entornó sus bonitos ojos y pude intuir que comenzaba a sospechar que ocurría algo. Si fallaba en mi elección no volvería a probar esos  labios, ni a sentir sus maravillosas y suaves piernas alrededor de mi cintura, ni a acariciar aquellas nalgas de gimnasta, tan firmes y redonditas, y tan diferentes a las de su suegra, mullidas y excesivas... ¡Eso era! Ya tenía la clave para salir del atolladero en el que me había metido mi recalentado cerebro. Las braguitas de mi madre eran mucho más pequeñas que las de la abuela.

  —¿Se puede saber qué te pasa? Deja de mirarme como un idiota y dame las putas bragas. Vas a hacer que me enfade de verdad, ¿eh?

  Llevé ambas manos a mis propias posaderas y con disimulo palpé el contenido de mis bolsillos traseros, notando el volumen de las prendas bajo la tela tejana. El derecho abultaba menos, así que introduje los dedos, agarré un trozo de fina tela y tiré. Casi me desmayo de puro alivio cuando levanté el brazo y las delicadas bragas moradas de mi madre se balancearon entre su rostro y el mío.

   —¿Qué haces? Trae acá —dijo, antes de arrebatármelas a toda prisa y meterse en la parte trasera del Land-Rover.

  Tras comprobar que no había nadie en los alrededores se las puso con un único y diestro movimiento que levantó durante un instante su falda hasta las caderas, regalándome una sensual estampa por última vez en ese día. Volvió a bajar, más relajada, y nos sentamos a esperar. Le cogí una mano, hizo un gesto más bien cómico de fingido enojo, pero no rechazó mi contacto. Al fin y al cabo, no tenía nada de malo que una madre y su hijo se cogiesen de la mano. Por lo demás, después del frenético polvo y devuelta a su lugar la prenda íntima, nuestro aspecto y actitud no revelaban nada inapropiado. 

  —¿Quieres que te lleve a casa? Podrías venirte a pasar el día en la parcela y por la noche te traigo de vuelta —propuse, pues no me agradaba la idea de separarme de ella.

  —No. Tengo muchas cosas que hacer —respondió. Por su tono y el matiz nostálgico de su mirada sospeché que en el fondo tampoco quería alejarse de mí—. Además, no quiero dejar a tu padre solo sin avisarle.

  —Seguro que ni se daría cuenta de que no estás.

  —Carlos, no empieces...