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07 julio 2026

Los secretos de Maribel. 1.


  Aquella mañana me levanté tarde y bajé a desayunar a la cocina, como cada día desde que comenzasen las vacaciones. Mi familia y yo pasábamos todo el verano en un chalet de las afueras, tan grande como la cuenta corriente de mi padre (o sea, muy grande), y como papá solo se cogía un par de semanas de vacaciones al año, mi madre y yo estábamos casi siempre solos. Aunque lo de “solos” es un decir, pues mi tía y mis primos nos visitaban a diario, para disfrutar de nuestro estilo de vida, mucho mejor que el suyo, y por supuesto de nuestra estupenda piscina.
  En cuanto me senté a la mesa comencé a notar una extraña tensión en el ambiente. Mi desayuno no estaba esperándome, como de costumbre. Mamá estaba de espaldas, junto al fregadero, y no me dio los buenos días. Su forma de vestir tampoco era la habitual. En el chalet siempre llevaba el traje de baño y alguna camiseta amplia o blusa ligera por encima, y si recibíamos la visita de alguien ajeno a la familia o a sus amistades más cercanas se ponía un pareo para cubrirse las piernas. Esa mañana, en cambio, vestía tejanos y una sobria camisa verde que no dejaba nada a la vista.
   Pero antes de seguir con el relato, creo que debería describirla, a pesar de que las descripciones tienden a quedarse cortas o a no hacer justicia a la realidad. Es una mujer muy alta, de casi metro noventa sin tacones, con piernas largas y bien formadas propias de alguien que juega al tenis y nada con regularidad. Aunque cuando uno las mira parecen interminables, esas piernas terminan en un culo redondeado, pequeño y duro, un trasero difícil de encontrar en cualquier otra señora de cuarenta y seis años. Sus senos no son muy grandes, y quizá gracias a eso se mantienen tan firmes que rara vez usa sostén. En cuanto al rostro, se podría decir que es más atractiva que guapa; tiene la nariz algo grande, pero unos preciosos ojos oscuros, una sonrisa deslumbrante y el cabello largo, negro y brillante. En definitiva, es una de esas mujeres maduras que atrae las miradas de los hombres cuando camina por la calle, entra en un restaurante o se tumba en la playa a tomar el sol. Le encanta tomar el sol, por cierto, y su piel tersa y bronceada despierta la envidia de todas sus amigas.
   —Buenos días, mamá. ¿Y el desayuno?
   —Buenos días.
   El tono de su voz, serio y cortante, me convenció de que algo no iba bien. Teníamos una buena relación, y ella siempre era cariñosa conmigo, su único hijo, a pesar de que desde hacía varios años miraba su cuerpo más a menudo y con más interés de lo que un hijo debería mirar el cuerpo de su progenitora. Esta inclinación de mi libido hacia las fantasías incestuosas había provocado entre ambos un par de situaciones que a mí me avergonzaron y a ella sin duda le hicieron sentirse muy incómoda, pero no se había enfadado mucho ni durante mucho tiempo.
   Hacía apenas una semana, por ejemplo, me propasé un poco, lo reconozco. Acabábamos de llegar al chalet, y tras deshacer las maletas a toda prisa nos cambiamos para disfrutar del primer baño del verano. Comenzamos a jugar en la piscina, como solíamos hacer. Ella se subía a la colchoneta hinchable y yo intentaba volcarla, surgiendo desde abajo cual tiburón hambriento. Después la perseguía por el agua e intentaba pillarla, cosa que rara vez conseguía pues nadaba mucho mejor que yo. Obviamente, durante aquellos juegos acuáticos mi bañador contenía a duras penas una permanente erección submarina.
   Aprovechaba la situación para rozarle las nalgas, los muslos o el vientre, o para darle suaves toques, tan breves que no podía culpar a mi lujuria sino a la casualidad. Pero ese día me pasé de la raya. Supongo que estaba demasiado entusiasmado. Habían comenzado las vacaciones, y mamá estaba deslumbrante con ese bikini amarillo que resaltaba el moreno de su piel. Salpicábamos, reíamos felices, y ella me desafiaba a atraparla nadando como una sirena. Conseguí agarrarla desde atrás, rodeándola con mis brazos de forma que no pudiese mover los suyos, y mi irreductible anguila quedó apretada contra su culo. Debí apartarme de inmediato, pero en lugar de ello empujé un poco con las caderas, de forma casi inconsciente.

08 mayo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 06.

 

El apartamento de Bogard estaba a solo dos manzanas de El Boogaloo. Era grande y amplio, a imagen de su propietario, y aunque se veía relativamente limpio y ordenado, era obvio que el lugarteniente de los Pumas Voladores no se preocupaba demasiado por la decoración.

   Tras instalarse en uno de los dormitorios de la vivienda, Elizabeth durmió durante casi todo el día, exhausta por los acontecimientos de la noche anterior. Cuando se levantó, bien entrada la tarde, se sentó en el sofá del salón, presidido por un televisor de cincuenta pulgadas, junto a su anfitrión. Se había puesto cómoda, con unos viejos pantalones deportivos que disimulaban las torneadas formas de sus piernas, una camiseta vieja con el desvaído logotipo de un grupo heavy, y su cabellera pelirroja recogida en una larga coleta.

—Gracias de nuevo por dejar que me quede, Bogard. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien.

—Bah... no es nada. Mi habitación de invitados siempre está a disposición de cualquier miembro de la banda que la necesite —dijo el corpulento puma, sacando del bolsillo su inseparable caja de puritos.

   Ofreció uno a su invitada, quien lo aceptó, mirando pensativa el pañuelo negro y púrpura que Bogard llevaba alrededor del cuello.

—¿De verdad crees que conseguiré entrar en la banda? —preguntó ella, exhalando una espesa nube de humo por la nariz.

—No te voy a engañar, Beth —comenzó a decir Bogard, con semblante serio—.Las pruebas son duras, sobre todo para las chicas, y muy pocas lo consiguen.

—Por no mencionar que a la mayoría de esas aspirantes les doblo la edad.

—Eso no debe preocuparte —dijo Bogard—. Al contrario. Significa que tienes más experiencia, más recursos. Además estás en buena forma y, lo que es más importante, tienes agallas. Hace falta mucho valor para presentarse en El Boogaloo como tú lo hiciste y ofrecernos un trato, y lo de anoche con ese bate...

—Eso fue... un arrebato —explicó Beth—. Aquella no era yo.

—Pues aprende a manejar esos arrebatos. Deja que esa “chica del bate” sea parte de ti y serás una de las mejores Pumas que se haya visto.

   La pelirroja asintió, dejando salir de entre sus labios otra nube de humo. La idea de formar parte de una banda, de sentirse por primera vez en su vida respaldada y  parte de una comunidad era algo que deseaba intensamente. Por otro lado, le asustaba la posibilidad de fracasar, de quedar en ridículo. La seriedad con que el por lo general alegre Bogard hablaba de “las pruebas” no contribuía a tranquilizarla.

—Pero olvídate de todo eso por ahora y relájate —dijo el lugarteniente, recuperando la jovialidad su rollizo semblante —¿Qué quieres que hagamos? Puedo llamar a alguno de los novatos para que nos traiga una película del videoclub... o podemos jugar a la videoconsola, aunque intuyo que los videojuegos no te van demasiado...

   Mientras Bogard parloteaba enumerando diversas actividades lúdicas de interior (Laszlo había ordenado que Elizabeth no se dejase ver demasiado por las calles), ella miraba el robusto mueble de madera que soportaba el peso del televisor. En sus estantes pudo ver un reproductor VCR, una videoconsola de cartuchos con dos joysticks y las carátulas de algunas películas de acción. De pronto, se giró hacia el anfitrión con una traviesa curva en las comisuras de su boca.

—¿Sabes lo que acabo de notar? Que para ser un tipo que sabe tanto de porno no tienes ni una sola peli guarra en el mueble.

   La sonrisa de Bogar se ensanchó y se puso recto en el borde del sofá, fingiendo indignación.

—¿”Pelis guarras”? No voy a consentir que se refiera en esos términos al noble arte del cine para adultos, señorita.

   Bogard no cabía en sí de gozo. Por lo general, las chicas que llevaba a casa no veían con buenos ojos su afición al género X, pero con Beth no tenía que disimular. Al contrario, podía presumir y eso fue lo que hizo. Indicó con un gesto que lo siguiese y ambos se levantaron del sofá.

   Caminaron por el pasillo hasta la habitación de Bogard, tan amplia como el resto de la vivienda, con las paredes pintadas de negro y una mullida moqueta de color púrpura. Si entro en la banda espero no tener que decorar así mi apartamento, pensó Beth. Se detuvieron frente a la puerta de lo que parecía un vestidor, y cuando se abrió y la luz fluorescente prendió la actriz de “pelis guarras” se quedó boquiabierta.

23 abril 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 05.

  Bogard encendió uno de sus puritos y cambió de postura en la incómoda silla plegable, haciéndola crujir. Estaba en una casa de las afueras, cerca del territorio de los Balas Blancas, aunque eso no le preocupaba en absoluto. Hasta que Lazslo y La Capitana se enfrentasen en El Coliseum los Pumas y los Balas estaban en tregua.

   A escasos metros del orondo lugarteniente, en un sofá verde pistacho, Elizabeth Rosefield masajeaba a dos manos la imponente verga de un gigantón negro disfrazado de obrero, mirando con una maliciosa sonrisa al hombre blanco trajeado que interpretaba a su marido, obligado a presenciar la infidelidad interracial desde una butaca cercana. Un tipo delgado, con coleta y gafas, lo grababa todo cámara en mano.

—¡Oooh, Beverly! ¿Por qué me haces esto?

—Porque eres un pichacorta y no me follas como es debido. Sabes que te quiero, cariño —dijo la pelirroja, haciendo una pausa para lamer el glande del obrero—,a ti y a tus tarjetas de crédito. Pero mi chochito necesita una buena polla negra.

—¡Ja, ja, ja! Tranquilo, bro. He venido a montar los muebles de la cocina, pero no me importa montar a la guarrilla de tu mujer por el mismo precio.

   Como cualquier buen aficionado al porno, Bogard apenas prestaba atención a los diálogos, concentrado en admirar el cuerpo de la actriz, arrodillada en el suelo con un vestido corto y ajustado que dejaba a la vista las interminables piernas rematadas con tacones de aguja. Cuando Koudou propuso que dos novatos escoltasen a Elizabeth y la librasen de su agresivo exnovio, Bogard se negó en redondo. Si alguien merecía estar en el rodaje de “¡Oh, no! A mi mujer se la está follando un negro 7” ese era él. Todavía no entendía que Koudou hubiese rechazado un papel en la película.

  No pudo evitar reírse al ver los exagerados aspavientos y lloriqueos del hombrecillo trajeado mientras su “querida Beverly”, a cuatro patas en el sofá, le miraba a los ojos entre gemidos y gritos de placer.

—Mmm... ¿Lo ves, cariño? ¡Aaaaauhg! Así es como se hace... ¡Dame... reviéntame el coño!

—¡Querida, por favor! Te compraré un coche, o lo que quieras... pero para ya ¡Te va a hacer daño!

—¿Daño? ¡Ja, ja! Tu zorra está chorreando, bro. Se nota que hace tiempo que no le echaban un buen polvo. Dime, nena ¿Éste pringado te da bien por el culo?

—Uuuuh... No... nunca. Méteme tu pollón negro por el culito.

—¡Vale, paramos! —exclamó el cámara y director de la película— Muy bien Beth, y tu también Sam. Y tú, Lester, fúmate un porro a ver si te relajas. Pareces tonto moviendo tanto los brazos.

—Perdona, en la escuela de arte dramático no me enseñaron a interpretar a un cornudo.

—¡Ja, ja, ja! Pues yo me lo estoy creyendo, bro.

   Bogard intentó disimular su erección cruzando las piernas cuando la pelirroja, desnuda sobre los tacones de aguja, se acercó a él y se inclinó para hablarle.

—Oye, si te aburres puedes ver la tele en la habitación de al lado.

—¿Estás de broma? Es un honor verte trabajar en directo, Elizabeth.

—Llámame Beth —dijo la actriz, recogiéndose en una coleta su larga melena—. Y ahora, si me disculpas, voy al baño a prepararme.

—Oye, Beth... Ten cuidado. Ese tío la tiene como un caballo.

—¡Ja, ja! Parce mentira que seas mi mayor fan, Bogard. ¿Ya no te acuerdas de mi escena en “Intercambio anal”? Comparado con eso, va a ser como meterme un dedito.

   Dicho esto, se alejó hacia el baño, dejando a su sudoroso escolta sumido en los recuerdos. Desde luego que se acordaba de esa película. En los vestuarios de un equipo de baloncesto universitario, preciosa con un uniforme de animadora, Beth protagonizaba una de las mejores escenas de doble penetración anal de la historia. Bogard se secó el sudor del rostro con el pañuelo negro y púrpura que llevaba al cuello y encendió otro purito.