Alba y yo pasamos el resto del día solos en la casa, aunque tanto su madre como la mía nos llamaron varias veces para informarnos sobre los progresos en el caso de Héctor, quien seguía enjaulado en la comisaría gracias a el “bueno” de Herrero. A pesar de los esfuerzos de mi padre y sus colegas del bufete, la policía insistía en retener a mi primo durante veinticuatro horas, cosa que al parecer les permitía la ley, por lo que el presunto traficante de cocaína iba a pasar la noche en el cómodo catre de una celda.
Como es de suponer, mi vivaracha prima y yo no nos aburrimos, solos en el enorme chalet. Después de la memorable y educativa mamada en el dormitorio de mis padres, pasamos el resto de la mañana jugando a la consola, escuchando música y mirando vídeos en mi ordenador. A la hora de comer pedimos una pizza, y tras devorarla en cuestión de minutos nos dimos un baño en la piscina.
Su temperamento se había suavizado bastante y saltaba a la vista que mi actitud dominante mantenía bajo control su arrogancia barriobajera. No puso ninguna objeción cuando repetí la hazaña de follármela en el agua, esta vez durante más tiempo y con mucha colaboración por su parte. En general, estaba resultando un día estupendo, con la casa para mí solo, mi primo Héctor entre rejas y su hermanita dispuesta a satisfacer todas las necesidades de mi infatigable libido. No todas, pues no dejaba de acosarme el vívido recuerdo de lo sucedido con mamá esa mañana. La sensación de su lengua en mi boca, de su cuerpo tan cerca del mío, aparecía de improviso, intoxicaba la realidad y multiplicaba por cien la intensidad de cualquier estímulo carnal. Hasta el punto de que cuando esa tarde me corrí en la piscina, con la verga apretada entre las resbaladizas y soberbias nalgas de Alba, era el cuerpo y el rostro de mi madre lo que ocupaba mi mente por completo.
El resto de la familia llegó a la casa al anochecer. Mi prima y yo, saciados de comida, diversión y sexo, estábamos tirados en el sofá del salón como dos gatos somnolientos, mirando sin mucho interés una serie policíaca en la televisión de plasma. Mamá entró la primera, seguida de cerca por su marido y por la tía Teresa, cuya cara regordeta y pecosa todavía mostraba signos de llanto reciente. Conociendo a la hermana mayor de mi madre, supuse que se había pasado el día sollozando, lamentándose y defendiendo la inocencia de su querido hijo. Su marido, el tío Sancho, se había quedado en la ciudad por si surgía alguna novedad o soltaban a Héctor antes de lo esperado.
Lo que más me sorprendió fue ver allí a mi padre, quien ese verano aún no había puesto los pies en nuestra residencia veraniega. Papá es un tipo alto (alrededor de metro ochenta y cinco, lo suficiente para besar a su mujer sin tener que ponerse de puntillas), con la cabeza afeitada para disimular su calvicie y una barba entrecana bien recortada. Se mantenía en buena forma, y a sus cincuenta y un años las mujeres todavía lo consideraban atractivo. Nuestra relación no era mala, aunque pasábamos poco tiempo juntos y a medida que aumentaba mi deseo hacia mi madre también lo hacía una especie de rencor hacia él, provocado en gran parte por la envidia y por el hecho de que prestase tan poca atención a una mujer tan extraordinaria como ella.
Esa noche solo intercambiamos un par de frases, mientras cenábamos todos juntos en la cocina. Durante unos interminables treinta minutos, todas las conversaciones giraron en torno a mi primo Héctor y a su desafortunado encontronazo con la justicia. Mi padre afirmaba que lo soltarían a la mañana siguiente sin lugar a dudas, la tía Teresa comenzó a llorar de nuevo y su hermana trató de consolarla, yo comía en silencio y Alba miraba su móvil sin prestar apenas atención a nada más. En resumen, la peor cena familiar que recuerdo.
Después todos fueron al salón para ver un rato la televisión e intentar distraerse un poco. Mi madre se quedó en la cocina recogiendo los platos y con la excusa de ayudarla yo también. Se había puesto una bata de estilo japonés, con un vistoso estampado rojo y negro, que le llegaba hasta las rodillas, y se había recogido el pelo con un sencillo moño del cual escapaban sedosos mechones de cabello negro. La visión de las torneadas pantorrillas y del largo cuello bastaron para excitarme, y no desaproveché la ocasión de acercarme a ella tanto como pude para hablarle en voz muy baja.
—Dime, ¿has visto a Héctor?
Antes de responder, giró la cabeza para asegurarse de que nadie podía oírnos, y vi como sus manos temblaban un poco. Me alegró ver que ya no parecía tan preocupada y triste como por la mañana, solo cansada.
—No. Solo tu padre ha podido entrar a hablar con él. Dice que está bien, algo asustado, y que está convencido de que alguien le ha metido la droga en el coche, pero no sospecha de nadie.
—Aunque supiese que ha sido cosa de Herrero no diría nada —dije, tras reflexionar unos segundos —. Y si sabe que tú le pediste ayuda, tampoco dirá nada, porque tendría que contar lo que te hizo.
Mi madre suspiró y miró de nuevo hacia la puerta de la cocina. Si Héctor no sabía quién estaba detrás de su arresto, si don Gerardo no se había encargado de que lo supiese, ella tendría que decírselo, o todo aquel asunto no tendría sentido. La idea de que se enfrentase a su sobrino, al cerdo que la había chantajeado y humillado, no me gustaba en absoluto.
—Es mejor que no hablemos más del tema, Julio —dijo ella. Se secó las manos con un paño y me acarició la nuca con sus largos dedos —Ve al salón con los demás. Yo voy enseguida.
Reprimí a duras penas el impulso de abrazarla y besarle el cuello, me aparté un poco, dispuesto a marcharme, pero antes decidí abordar otro tema que me rondaba la cabeza.
—Oye, ¿papá va a quedarse a dormir?
—Pues claro —respondió, con una naturalidad un tanto forzada, pues ya sospechaba que mi pregunta no era tan inocente como parecía.
—¿Y lo vais a hacer esta noche?
Apartó la mirada del fregadero y me fulminó con sus grandes ojos oscuros. Sin intimidarme, le devolví la mirada acompañada de una sonrisa maliciosa.
—Eso no es asunto tuyo.
—Esta mañana has dicho que apenas te besa. ¿Cuánto hace que no te echa un polvo?
Por un momento pensé que iba a soltarme una bofetada. Se irguió cuan larga era (lo cual era mucho), y me miró a los ojos con los labios apretados. Entendí que me había pasado de la raya pero no me acobardé. Lo ocurrido en los últimos días me había proporcionado una confianza en mí mismo que ella aún ni siquiera sospechaba. Pero también era un cazador más cauteloso, así que no me arriesgué a enfadarla demasiado y salí de la cocina, no sin antes mirarla de arriba a abajo (lo cual era mucho mirar) y dedicarle la más inocente de mis sonrisas.
No pasamos mucho tiempo viendo la televisión en familia. Había sido un día largo y antes de las doce todos nos retiramos a nuestros respectivos aposentos. Mamá y papá a su dormitorio, Alba y su madre al cuarto de invitados y yo a mi habitación. Huelga decir que yo no tenía demasiado sueño. La breve conversación con mamá en la cocina había encendido mis motores lúbricos, y el recuerdo de todo lo ocurrido ese día añadía más combustible: el beso cuyas consecuencias cada vez me avergonzaban menos, la estrecha garganta de Alba y su cuerpo sacudiéndose de placer en la piscina, las prietas nalgas de mi madre cubiertas por la seda de la bata japonesa y la elegante curva de su cuello.
Eran más de la una de la madrugada cuando decidí poner en práctica una jugada arriesgada. El silencio reinaba en la enorme casa, pero algo me decía que yo no era el único incapaz de conciliar el sueño. Cogí mi teléfono y deslicé los dedos por la pantalla para abrir una popular aplicación de mensajería, seleccioné el nombre “Mamá” en la lista de contactos y comencé a escribir. (Nota: he transcrito los mensajes sin abreviaturas ni emoticonos para hacerlos más legibles).
J: ¡Hola! ¿Estás despierta?
Pasó alrededor de un minuto y medio, pero mi intuición resultó ser cierta. Mi verga palpitó solo por el hecho de que ella estuviese en la cama chateando conmigo.
M: Si, ¿Qué quieres?
J: No puedo dormir, y parece que tu tampoco ¿Quieres venir y charlamos un rato?
M: No. Estoy agotada. Mañana hablamos.
J: Dime, ¿papá está dormido?
M: Julio... No empieces.
J: Jaja. Venga, dime solo si está dormido.
M: Si, lleva dormido una hora. ¿Quieres saber algo más?
Estaba claro que su última frase era sarcástica, pero no dudé en tomármela al pie de la letra.
J: Sí, ¿qué llevas puesto?
M: Un traje de buzo, no te digo.
J: Jajaja, pues seguro que te sentaría muy bien. Es una pena que no uses ropa ajustada más a menudo.
M: Hijo, ¿vamos a hablar de ropa a estas horas? Intenta dormir. Mañana puede ser un día largo.
J: No tengo sueño. No dejo de pensar en el beso de esta mañana.
M: Ains... Sabía que me arrepentiría de eso.
J: No te arrepientas. Ha sido el mejor beso de mi vida.
M: Ya te darán otro mejor. Te lo aseguro.
J: Lo dudo mucho. ¿Es que ha ti no te ha gustado?
Hubo una pausa de casi un minuto. Supuse que no le resultaría fácil responder a esa pregunta. Por una parte no le gustaba mentirme, y por otra no se atrevía a decirme la verdad, lo que a mí me había resultado evidente cuando su lengua bailaba con la mía un húmedo tango.
M: No me disgustó. ¿Te vale con eso?
J: Me vale. Y ahora dime, ¿has follado con papá?
M: Julio, no empieces otra vez. Me voy a enfadar de verdad.
J: Pero mamá, ¿qué pasa con eso de hablar de sexo abiertamente? ¿Ya no eres una madre moderna?
M: Que idiota eres. No, no hemos hecho nada, ¿contento?
A mí tampoco me resultaba fácil responder a esa pregunta. Sentí alivio al saber que la mujer a la que más deseaba no había sido profanada por otro hombre esa noche, pero me ponía enfermo la actitud de mi padre. Ningún hombre en su sano juicio desperdiciaría la ocasión de gozar con una mujer así, una mujer que tenía que recurrir a juguetes o a jardineros lascivos mientras su marido, no me cabía duda, la engañaba con alguna veinteañera estúpida de las que trabajaban en su bufete.
J: Mamá, te quiero. Debería decírtelo más a menudo.
M: ¿Ahora te pones sentimental? Anda, duérmete de una vez. Yo también te quiero.
Aunque no era más que un mensaje en una fría pantalla, podía sentir la ternura de sus palabras. Casi podía ver la leve sonrisa en sus bonitos labios y sentir su mano acariciándome la nuca. Ni mi acelerado corazón ni mi verga aguantaban más, tenía que verla, aunque fuese en la pantalla.
J: Hazme un último favor y me duermo.
M: A ver, ¿qué quieres?
J: Hazte una foto en el espejo y mándamela.
M: Ni hablar. ¿Que le digo a papá si se despierta y me ve?
J: Dentro del vestidor hay luz y otro espejo. Entra.
En efecto, dentro del enorme armario había un espejo de cuerpo entero y varias luces halógenas. Si entraba y cerraba la puerta, mi padre no la vería aunque se despertase. Esperé su respuesta con tanta ansiedad que hasta me mordí las uñas, una costumbre de la que había conseguido librarme años atrás.
M: No. Ya está bien, Julio. Deja el móvil y duerme. Hasta mañana.
—¡Mierda!
Eso último lo dije en voz alta, al tiempo que daba un puñetazo al colchón con la mano que tenía libre, y con la que me disponía a masturbarme si el intercambio de mensajes tomaba el rumbo adecuado. Frustrado y totalmente desvelado, con el móvil sobre el pecho y mi erección perdiendo poco a poco verticalidad, me pregunté cómo se habrían desarrollado los acontecimientos de no estar mi padre roncando junto a ella. ¿Por qué había tenido que quedarse a dormir precisamente esa noche? Apenas pasaron cinco minutos y mi teléfono soltó el pequeño zumbido que indicaba la entrada de un nuevo mensaje.
Mis esperanzas crecieron, y se vieron recompensadas. Allí estaba la foto. Reconocí al instante el interior del vestidor, las hileras de vestidos y zapatos reflejadas en el espejo tras ella. Y ella era una visión arrebatadora que habría hecho empalmarse hasta a un santo tallado en madera. Llevaba una camiseta blanca de tirantes, muy corta, sin nada debajo. La definición de la imagen era tan buena que hasta podía ver los pezones oscuros marcándose en la tela. La parte de abajo de su atuendo nocturno consistía en unas braguitas blancas con franjas azules algo descoloridas. No era lencería fina, sino la típica prenda vieja y cómoda que cualquier mujer usaría para dormir, pero no por ello resultaban menos eróticas. Eran pequeñas y tenían el elástico un poco gastado, por lo que le quedaban más bajas de lo normal y permitían ver las líneas que marcan la frontera entre el vientre y el pubis. Su postura no era provocativa, pero tampoco descuidada, con el peso apoyado en una de sus interminables piernas y la otra ligeramente flexionada, acentuando la redondez de sus caderas con una leve inclinación, una mano apoyada en la cintura y la otra sosteniendo en alto el teléfono. Debido a la distancia del espejo y a su formidable estatura, del rostro solo era visible la barbilla.
Un torrente de sangre en ebullición recorrió todo mi cuerpo y se acumuló entre mis piernas, dotando a mi badajo de una dureza marmórea. También llegó, poco después de la foto, un mensaje de su autora.
M: Haz lo que tengas que hacer y bórrala después. Buenas noches.
Sonreí ante esa forma tan elegante que tuvo mi madre de dar por hecho que iba a masturbarme mirando su foto. Pero se equivocaba dos veces. Estaba tan caliente, con el cerebro tan recalentado, que no iba a conformarme con una paja. Y desde luego no pensaba borrar esa foto jamás. Dejé el teléfono en la mesilla, enfundé el arma dentro de los boxers (cosa que no fue fácil) y salí al pasillo sin hacer más ruido que el de mi agitada respiración.
Una vez frente a la robusta puerta del dormitorio de mis padres, me di cuenta de que estaba en un punto muerto. Ella no iba a salir, y yo no podía entrar. No estaba seguro de si realmente había entrado en mi juego o si me había enviado la foto para aplacarme hasta el día siguiente, si en ese momento se estaba tocando dentro del vestidor, tan excitada como yo, o si había soltado un suspiro de hastío antes de volver a la cama junto a su indiferente marido. Me quedé de pie como un imbécil frente a la puerta, con el rabo tan duro que podría haberla derribado usándolo de ariete, hasta que respiré hondo un par de veces y volví sobre mis pasos. Pero no regresé a mi habitación.
Me deslicé por el pasillo, sigiloso y cachondo como un gato en celo, hasta el dormitorio de invitados. La puerta estaba entreabierta, por lo que solo tuve que introducir la cabeza para ver el interior. La luz de luna que entraba por la ventana me permitió ver a Alba, despatarrada en la cama y durmiendo profundamente. Ya había usado a mi prima para desfogarme dos veces durante el día, y estaba dispuesto a usarla esa noche cuantas veces hiciese falta. El plan era tan simple como entrar en la habitación, despertarla con suavidad, susurrarle mis intenciones y llevarla de la mano hasta un lugar de la casa donde nadie pudiese escucharnos, tal vez el garaje o el sótano. Pero surgió un imprevisto.
Su madre no estaba en la cama, y cuando se quedaban en casa siempre dormían juntas. Pude ver, a pesar de la oscuridad, el móvil de la tía Teresa en la mesilla, así como su bolso y algunas de sus prendas en una silla cerca de la cama, pero ni rastro de ella. No podía arriesgarme a copular con mi prima con su madre deambulando por la casa, así que hice un gesto de fastidio y me dispuse a buscarla.
Supuse que habría bajado a ver la televisión hasta quedarse dormida en el sofá, como hacía a la hora de la siesta, pero en el salón no había nadie. Crucé la estancia más grande de la casa, iluminada solo por una lamparita que mamá dejaba encendida para que no quedase totalmente a oscuras, y reparé en que las puertas de cristal que daban a la piscina y el jardín trasero estaban abiertas. La hermana mayor de mi madre no era aficionada a los baños nocturnos, y en efecto la piscina estaba vacía y en su superficie solo se percibían leves ondulaciones provocadas por la brisa nocturna. Tampoco había nadie en las tumbonas o el césped.
En ese punto comencé a preocuparme. Mi tía Teresa era una mujer nerviosa y temperamental, cuyas emociones siempre estaban a flor de piel y reaccionaba de forma exagerada ante cualquier problema. No temía que hubiese hecho algo drástico, pero sí alguna estupidez como regresar a la ciudad por su cuenta en mitad de la noche. Me adentré en el jardín y respiré aliviado cuando llegué a la pérgola donde solíamos comer los domingos. En un sofá de hierro forjado con mullidos cojines blancos y verdes, encontré por fin a mi tía.
Estaba sentada con las piernas cruzadas, inclinada hacia delante con un codo apoyado en la rodilla, y sostenía en la mano un vaso lleno hasta la mitad. Sobre la mesa vi una de las botellas de whisky que mi padre guardaba en su mueble bar. Una de las más caras, por cierto.
—Tita, ¿estás bien?
Se sobresaltó un poco al escuchar mi voz. Irguió la espalda para mirarme y pude ver que llevaba una de las camisetas viejas que mi madre a veces le prestaba para dormir, de color amarillo claro, con las mangas cortadas y muy ajustada. Claro que, debido a su abundancia mamaria, incluso la ropa de su talla le quedaba apretada. Sus generosas caderas y nalgas estaban embutidas en una especie de shorts blancos, posiblemente la parte de abajo de un pijama de verano, que a simple viste parecían unas bragas. Alba siempre decía que su madre estaba gorda, pero a mi parecer Teresa entraba en la categoría de “gordibuena”, un ama de casa de barrio en cuyo metro sesenta y cinco de estatura solo había curvas y exuberancia carnal.
—Julito... Hijo, qué susto me has dado.
Por su forma de pronunciar, su sonrisa bobalicona y la dificultad para enfocar de sus pequeños ojos verdes supe que ya se había echado al gaznate más de un trago. Tras su reciente cambio de look, llevaba el pelo muy corto, teñido de rubio platino y con un gracioso flequillo que normalmente llevaba de punta, y que en ese momento le caía sobre la frente formando un rizo. Me senté en el sofá junto a ella y, con mucha delicadeza, le quité el vaso de la mano y lo puse en la mesa.
—¿Cuántos pelotazos te has tomado, tita? —pregunté, con cierta sorna.
Sus mejillas pecosas estaban rojas como manzanas, y una de ellas se apoyó en mi pecho desnudo cuando se inclinó sobre mí. Intenté reconfortarla rodeando sus hombros con el brazo mientras mis ojos intentaban abarcar cada centímetro de sus tetazas, más apretadas que antes bajo la tela debido a la postura. No era experto en tallas de sujetador, pero sin duda estaba muy por encima de la ciento veinte.
—Solo un vasito... —dijo ella —. Pero tu madre me dio unas pastillas para los nervios...
Eso explicaba que su voluptuoso cuerpo estuviese tan relajado y que andase deambulando de madrugada por el jardín. No estaba borracha, sino drogada, flotando sobre la realidad gracias a la mezcla de alcohol y calmantes. Le acaricié el brazo, desde el hombro hasta el codo, y noté un cambio en su piel, pálida y algo enrojecida por el sol. La brisa nocturna nos había puesto a ambos la carne de gallina.
—Deberíamos entrar. Nos vamos a resfriar aquí fuera en ropa interior.
—Mi pobre niño... Encerrado como un delincuente... —dijo ella, ignorando mi consejo. Noté un temblor en su pecho y cierta humedad en su mejilla.
—Tranquila, tita. Mañana estará fuera. Seguro que todo ha sido un malentendido.
En ese momento, Teresa se apartó de repente y me miró a la cara. Sus ojos estaban húmedos y sus mejillas aún más arreboladas que antes. Pensé que iba a decirme algo sobre Héctor, pero no era así.
—Julito, cielo... Que me vas a saltar un ojo con eso.
Miré hacia donde mi tía señalaba con el dedo y entonces fueron mis mejillas las que enrojecieron. Mientras intentaba consolarla y especulaba sobre las medidas de sus tetazas, mi rebelde tranca había escapado por la abertura de los boxers y se erguía a la luz de la luna en todo su esplendor. Volví a meterla como pude bajo la tela, pero abultaba de tal forma que mi tía soltó una de sus escandalosas carcajadas ante mis esfuerzos. Lo que me había provocado la foto de mi madre no era una erección normal, sentía como si la sangre se hubiese solidificado, dotándola de una dureza y vigor incontenibles.
—Lo... lo siento —conseguí decir al fin.
—No te preocupes, tesoro. A tu edad es normal estar siempre empalmado —afirmó ella. Miró de nuevo la irreductible tienda de campaña en mi entrepierna, ladeó un poco la cabeza y rio de nuevo, esta vez de forma más discreta —. Lo que no se si es tan normal es ese tamaño... ¡Virgen santa! ¿Pero cuando has crecido tanto?
—Bah, no exageres tita. No es para tanto —dije, con una buena dosis de falsa modestia.
Teresa dio el tema por zanjado soltando un profundo suspiro y dejándose caer hacia atrás en el sofá. Se llevó las manos a las sienes, cerró los ojos con fuerza, los abrió y parpadeó varias veces. Estaba claro que las pastillas empapadas en whisky estaban actuando, no quería dejarla toda la noche allí, a merced de los mosquitos y el relente, así que me puse su brazo sobre los hombros e intenté levantarla.
—Vamos. Voy a llevarte dentro antes de que te quedes frita.
Por suerte, las piernas aún le respondían y caminó, con gran parte del cuerpo apoyado en el mío y agarrada a mi cuello. Apoyó la cabeza en mi hombro mientras yo intentaba no pensar en lo que pasaría si algún miembro de la familia nos viese, ella drogada y yo con una vistosa erección que se negaba a bajar ni un solo milímetro.
—Gracias, Julito —dijo con la voz pastosa —. Eres tan bueno.
No le llevé la contraria, aunque tenía muchos argumentos para hacerlo. Entramos en el salón, y a pesar de su brumoso estado mental se dio cuenta de que la conducía en dirección contraria a las escaleras que subían al segundo piso, hacia un pasillo oscuro que apenas utilizábamos.
—Por aquí no es.
—No te voy a llevar a la habitación. No querrás que Alba se despierte y te vea así, ¿verdad?
—Tienes razón —dijo, tras una pausa y un traspié que casi nos manda al suelo —. No quiero que mi niña me vea... así. Eres tan bueno, Julito.
Los diminutivos y apelativos cariñosos que mi tía soltaba con cada frase normalmente no me gustaban, pero esa noche me reconfortaba oírlos. Me detuve frente a una puerta de madera oscura, la abrí y encendí la luz antes de entrar con mi aletargada acompañante. Poco después de comprar la casa, mi padre había montado un despacho en una de las habitaciones más apartadas, donde no le molestase el ruido de la actividad familiar. Un despacho que nunca usaba, pues prefería quedarse trabajando en la ciudad, y en el que nadie había entrado en meses. Los muebles estaban cubiertos con sábanas, incluido el amplio sofá donde deposité con cuidado a Teresa. La ayudé a tumbarse y puse un cojín bajo su cabeza. Abrí un poco la ventana para que entrase aire en la estancada atmósfera, eché el cerrojo de la puerta y me senté junto a ella.
—¿Estás cómoda, tita?
—Sí, tesoro... mucho. Eres tan bueno.
—Deja de decir eso, o al final me lo voy a creer.
Estando tumbada, sus pechos parecían aún más grandes, estirando tanto la tela amarilla de la camiseta que se transparentaba un poco. Noté una gota de sudor bajando por mi espalda y decidí apagar la molesta luz del techo para encender una pequeña lámpara que encontré en el escritorio. La suave luz anaranjada resultaba agradable, y dio a la abandonada habitación una atmósfera que recordaba a los filtros que algunos le ponen a las fotos para que parezcan antiguas. Mi tía suspiró, se llevó una mano a la frente y cerró los ojos.
—Ay... qué mareo tengo.
Volví a sentarme en el borde del sofá, con la cadera y el muslo casi pegados a su torso. La miré durante unos minutos, escuchando su profunda respiración y una especie de suaves gemidos que se le escapaban de vez en cuando. No es necesario aclarar que el cazador llevaba despierto un buen rato, y que llevarla hasta esa estancia apartada, donde nadie nos escucharía aunque gritásemos, no había sido para evitar que su hija la viese en un estado tan embarazoso. Después de todo, no soy tan bueno.
Sin decir una palabra, le levanté la camiseta y liberé los dos prodigios que la naturaleza había colocado en el pecho de mi tía. Eran justo como siempre las había imaginado; las areolas rosadas y grandes como galletas y los pezones más apetecibles que había visto nunca. Mis manos no eran capaces de abarcarlas ni por asomo, y me dediqué a amasarlas, apretarlas una contra otra y acariciarlas con la palma de la mano, hundir la punta de mis dedos en sus tiernos volúmenes y hacerlas temblar como grandes flanes con suaves palmadas.
—¿Pero que...? Julio... ¿qué estás haciendo? —dijo ella al cabo de un rato, mirándome todo lo asombrada que le permitía su embotado cerebro.
—Tranquila, tita. No pasada nada. Relájate.
Con el cóctel narcótico que recorría su organismo, no le quedaban muchas más opciones que relajarse. Me incliné sobre ella y, apretando los pechazos con ambas manos, puse a trabajar mi boca. Sus pezones se endurecieron en cuanto mi lengua les dio unos cuantos toques, los lamí, los chupé, los apreté con la punta de los dedos y con los labios. Eran como las dos mitades de un dátil, colocadas en la cima de dos suaves montañas. Teresa intentaba hablar, pero su voz se perdía entre quejidos, suspiros y gemidos. También intentó apartar mi cabeza de su pecho, un gesto inútil ya que sus miembros apenas le respondían.
—Vaya, qué sensibles los tienes.
—Julio... Que soy tu tía, por el amor de dios... Para... Para, por favor.
Sus palabras no eran muy diferentes de las que mi madre le había dicho a su sobrino antes de que le metiese el rabo hasta la garganta. No me gustaba ponerme al mismo nivel que mi primo, pero una noche en la cárcel no me parecía suficiente castigo para ese hijo de perra, y el destino me había servido en bandeja la ocasión de devolverle el golpe, aunque él nunca llegase a saberlo, pues era poco probable que mi tía fuese a recordar algo al día siguiente. Cada vez más enardecido por la excitación y la sed de venganza, agarré la camiseta amarilla y se la saqué por la cabeza a base de bruscos tirones, tiré la prenda al suelo e hice lo mismo con sus shorts, sin encontrar más resistencia que unas débiles patadas al aire. No levaba bragas, como ya sospechaba, y el triángulo de vello oscuro quedó a la vista, enmarcado por sus rollizos muslos.
Me quité los boxers y me quedé de pie junto al sofá, totalmente desnudo. La sombra de mi verga se proyectaba sobre su cuerpo pálido, carnoso y trémulo. Me produjo una satisfacción malsana verla en ese estado, ver a una mujer tan enérgica y activa incapaz de librarse de mi inminente ataque, verla tan lenta y torpe, apenas capaz de articular palabra mientras miraba los hipnóticos cabeceos de mi palpitante báculo. Intentó rodar hacia un lado, con la intención de poner los pies en el suelo y levantarse, pero me bastó una sola mano para devolverla a su posición original, bocarriba y a merced de mis deseos. Me coloqué sobre ella, casi sentado en su vientre, listo para cumplir una de mis fantasías masturbatorias más recurrentes.
—No... cielo, por favor... ¿Qué... qué vas a hacer?
—¿Tu qué crees que voy a hacer? Voy a follarte las tetas, tita.
Le sonreí con malicia e hice una pausa para ver su reacción, que consistió en levantar las cejas, entornar un poco los somnolientos párpados y apretar los labios. A modo de preludio, froté el glande contra sus pezones, primero uno y después el otro, después les di unos cuantos porrazos y me deleité con el temblor de las pecosas ubres. A continuación, situé el tronco entre ambas y las apreté para que lo rodeasen. Eran tan grandes que solo la punta asomaba tímidamente por el canalillo, muy cerca de su barbilla. Sus ojos se abrieron un poco más y soltó un débil quejido.
—¿A que viene tanta sorpresa? —pregunté, disfrutando cada vez más de mi posición dominante —. Seguro que no es la primera vez que te meten una polla entre las tetas. Me apostaría lo que fuese a que el tío Sancho lo ha hecho muchas veces.
El esposo de Teresa no se parecía en nada a mi padre. Tras veinticinco años de matrimonio, seguía deseando a su mujer como un adolescente en celo, y no tenía reparos en demostrarlo en público, a veces de forma demasiado efusiva. Intenté no pensar en la cantidad de veces que ese fontanero grandullón habría metido su tubería entre los flotadores de su mujer y comencé a mover las caderas despacio. No recordaba haber sentido nunca nada tan suave como la piel de aquellos pechos, ni siquiera las de su hija tenían un tacto tan delicado ni desprendían esa calidez que envolvía cada centímetro de mi rígida virilidad, un calor que notaba también en las ingles, los muslos, las manos, y que se extendía por todo mi cuerpo.
Ella apartó la cara hacia un lado, con los ojos húmedos y la respiración agitada, quizá por miedo a que me corriese de improviso o porque no quería ver a su querido sobrino convertido en un desenfrenado incubo. Me moví más deprisa y apreté con más fuerza sus tetas, jadeando y fascinado por cómo la punta desaparecía y volvía a aparecer entre aquellos dos hermosos bultos. Teresa se quejó, al borde del llanto, cuando pellizqué ambos pezones con fuerza, tirando un poco hacia arriba, e incrementé la fuerza de mis embestidas hasta tal punto que el sofá comenzó a chirriar y balancearse.
Me detuve cuando estaba al borde del orgasmo, la solté y me eché hacia atrás para recuperar el aliento, sentado sobre su mullido vientre, pero sin dejar caer todo mi peso para no hacerle daño. La tremenda erección que arrastraba desde que había visto la foto de mi madre había llegado a un punto en el que resultaba dolorosa, latía como si tuviese el corazón en la punta y notaba los huevos rebosantes de munición, a pesar de que ese día había descargado tres veces.
—Ya está bien, Julio... por favor. Ya has hecho lo que querías, ¿no? —dijo mi tía, con la voz más aguda de lo normal y serias dificultades para pronunciar algunas consonantes.
—Lo siento, tita, pero... —Hice una pausa para coger aire, me escupí en la mano y extendí la saliva por mi dolorido cipote —... tengo que follarte.
Sin esperar su reacción, me bajé de su vientre, le separé las piernas y me arrodillé en el sofá, sujetándole los tobillos con las manos. No intentó forcejear ni se quejó. O bien la droga estaba anulando por completo sus facultades físicas o se había resignado. Miré su sexo, de labios gruesos y tonos oscuros, coronado por una mata de abundante vello rizado. Por un momento sentí la tentación de probarlo, nunca le había comido la concha a una mujer y aquella parecía deliciosa, pero de pronto irrumpió en mi mente la foto de mi madre, el tesoro que ocultaban sus ceñidas braguitas, y decidí que ella sería la primera en probar la habilidad de mi lengua en su clítoris (si es que alguna vez conseguía bajarle esas braguitas y dando por hecho que mi lengua era hábil).
Solté un gruñido y me coloqué sobre mi tía, con sus pantorrillas suaves y regordetas apoyadas en mis hombros. Mi barrena no tardó en encontrar la entrada a la húmeda cueva, dejé caer mi peso poco a poco y la penetré muy despacio. No esperaba estrechez en una mujer de cuarenta y nueve años, madre de dos hijos y con un marido tan fogoso, y en principio no la encontré. Mi verga se deslizó dentro de ella sin problemas, y cuando estuvo dentro los músculos de su vagina se contrajeron, estrujándola durante un momento como una prensa hidráulica. Ella gimió, con los ojos cerrados, a medio camino entre la lucidez y la inconsciencia. Su coño volvió a apretar ya relajarse varias veces, provocándome una sensación tan increíble que ni siquiera me movía, solo resoplaba y jadeaba como un animal.
Las contracciones se hicieron cada vez más débiles hasta que cesaron, y cuando comencé a bombear encontré la presión justa para que resultase placentero. La ensarté con estocadas rápidas y profundas, sacándola por completo y volviendo a meterla con fuerza. El choque de nuestros cuerpos cada vez más sudorosos sonaba como palmadas húmedas en el silencio de aquella habitación abandonada. Mi tía tenía la boca entreabierta y jadeaba suavemente, al ritmo de mis acometidas, sus ojos se abrían de vez en cuando para mirarme de forma extraña, como si no me conociera, y volvían a cerrarse segundos después. Cuando vi las sacudidas de sus enormes pechos, arriba y abajo, en círculos y hacia los lados, no pude resistirme a agarrarlos con fuerza. Las palmadas húmedas se volvieron frenéticas, sus pies se sacudían junto a mi cabeza y el sofá temblaba de tal forma que incluso se movió del sitio.
Aferrado a aquellas maravillosas tetas, llegué a un orgasmo tan intenso que por un momento mis sentidos colapsaron y pensé que iba a desmayarme. Entre gruñidos y gritos, sacudido por gloriosos espasmos, descargué dentro de Teresa varias oleadas de mi viscosa semilla. Ignoro si ella llegó a correrse. Cuando se la saqué y me senté para recuperar el aliento, soltó un largo suspiro y se quedó dormida en cuestión de segundos, como si la mezcla de calmantes y alcohol en su organismo hubiese esperado al final de la función para dejarla fuera de combate.
Me quedé al menos diez minutos allí sentado, observé aliviado como mi erección desaparecía, escuchando solamente la respiración de mi tía, tan tranquila y acompasada que casi me duermo. Salí de mi sopor al ver el semen que rezumaba del portentoso coño de Teresa. La limpié lo mejor que pude usando mis boxers, le puse sus shorts blancos, pero ni se me pasó por la cabeza intentar ponerle la ceñida camiseta. Estaba demasiado cansado, y me parecía milagroso que ella hubiese conseguido embutir sus redondeces en una prenda tan pequeña.
Antes de marcharme, reparé en algo que me hizo sentir una punzada de remordimientos. No fue el hecho de haber utilizado su cuerpo en un momento de debilidad, rozando el límite de la violación y arrastrándola a mis obsesivas fantasías incestuosas, sino caer en la cuenta de que no le había dado ni un solo beso. Esa mujer me quería tanto como a sus propios hijos, y no le había dado la más mínima muestra de afecto antes de montarla como un animal salvaje. Me juré a mí mismo remediarlo cuando tuviese ocasión, apagué la lámpara y la dejé durmiendo plácidamente.
Caminé por la penumbra de la silenciosa casa, desnudo y cubierto de sudor, apretando en mi mano los boxers empapados con mi semen y los fluidos de mi tía. En cuanto cerré la puerta de mi habitación y me tumbé en la cama, todo el cansancio acumulado me aplastó contra el colchón. A pesar de mi juventud, mi buena salud y mi considerable vigor sexual, aquel largo día me había llevado al límite de mis fuerzas. La última imagen que vino a mi mente antes de quedarme dormido fue la de mi madre, la suave curva de sus caderas reflejadas en el espejo del vestidor.
Al día siguiente me desperté sobresaltado, con la sensación de que llegaba tarde a alguna parte. Me di una rápida ducha, me vestí y bajé las escaleras, inquieto por lo que pudiese encontrarme. Si mi tía Teresa recodaba lo ocurrido la noche anterior y se lo había contado a alguien tendría serios problemas. En cuanto entré en la cocina me tranquilicé. Mamá, mi padre, Teresa y su hija estaban desayunando, me dieron los buenos días con total normalidad y no percibí nada fuera de lo común. De hecho, todos parecían más alegres que durante la cena de la noche anterior.
Al parecer, ya era algo seguro que iban a soltar a Héctor esa misma mañana. Mi padre me dio la noticia, con su habitual solemnidad de abogado, y yo fingí alegrarme por mi despreciable primo. Mientras me servía el desayuno observé con disimulo a mi tía Teresa. Llevaba una blusa de colores llamativos, algo habitual en ella, muy holgada pero con el escote suficiente como para atraer las miradas furtivas de los hombres presentes. Se había peinado el rubio flequillo hacia arriba y en sus mejillas había un leve rubor, algo también habitual. De repente, tragó el trozo de tostada que estaba masticando y volvió la cabeza hacia mí.
—Julito, ¿a que no sabes lo que me pasó anoche?
Fue un milagro que no dejase caer en ese momento el vaso de zumo que tenía en la mano. ¿Era posible que mi tía no hubiese dicho nada y que estuviese esperando mi llegada para delatarme frente a toda la familia? Con el corazón acelerado, vi a mis padres sonreír y a mi prima levantar durante un segundo los ojos de su móvil para ponerlos en blanco.
—Tu madre me dio unas pastillas para dormir, y pillé tal colocón que me he despertado en el despacho de tu padre, ese que siempre está cerrado, ¿te lo puedes creer?
—Y además se dedicó a hacer topless por toda la casa —añadió mi madre, riendo.
—Bah, no exageres —dijo su hermana, dándole una palmada en el brazo —. Me quitaría la camiseta por el calor ¡Y yo que sé, si no me acuerdo de nada! Si vendieses esas pastillas en mi barrio te forrarías.
Ambas rieron con ganas, e incluso mi serio padre se permitió una amplia sonrisa (tal vez imaginando los apetecibles pechos de su cuñada al descubierto en el sofá de su propio despacho). Me senté a la mesa, más relajado, y esta vez fue mi padre quien me habló.
—Julio, ¿puedes hacerme un favor? —dijo. Yo asentí, dando un sorbo de mi vaso —. Voy a acompañar a tu tía y a tu prima a la ciudad, y me quedaré allí terminando de resolver lo de Héctor. Necesito que vayas al Club y le lleves unos documentos a Losada.
—No hay problema —dije. Oculté mi contrariedad por el recado, ya que esa mañana esperaba quedarme a solas con mi madre.
—Y no le pidas a tu madre que te lleve en coche —dijo él, causándome un leve sobresalto al nombrar a su esposa justo cuando yo pesaba en ella —. Ve en la bicicleta, y así haces algo de ejercicio.
Mi padre, quien había sido todo un atleta en su juventud, nunca dejaba pasar la ocasión de echarme en cara mi escaso interés por el deporte. Sentí la tentación de contarle todo el ejercicio que había hecho el día anterior, acompañado por dos de las mujeres sentadas a la mesa, y que tenía intención de hacer mucho más con su propia mujer. En lugar de eso, asentí de nuevo.
Poco después, Teresa, Alba y mi padre se marcharon. Mi tía fue la última en salir, pues tuvo que regresar a buscar su móvil (solía dejarlo olvidado con frecuencia). La alcancé en el pasillo, y pudimos hablar a solas durante unos segundos.
—Oye, tita —le dije justo antes de que saliese por la puerta —. Saluda a Héctor de mi parte. Me alegro mucho de que se haya solucionado todo.
Entonces le di un abrazo y un tierno beso en la mejilla. Se sorprendió un poco, pues yo no era dado a esas muestras espontáneas de afecto, pero de inmediato sonrió, me agarró la cabeza y me plantó dos sonoros besos en la cara.
—Claro que sí, tesoro.
Cuando se disponía a girarse, me miró fijamente, sin perder la sonrisa pero con los ojos algo entornados, como si intentase recordar algo.
—¿Estás bien? —pregunté, un poco alarmado.
—Si. Me estaba acordando de un sueño muy raro que tuve anoche.
—¿Qué soñaste? —dije, incapaz de decidir en ese momento si me daba miedo que lo recordase todo o si lo deseaba.
—¡Ah, no! —exclamó Teresa, antes de soltar un par de sus agudas y escandalosas carcajadas —. Ese sueño no pienso contártelo nunca, Julito.
Dicho esto, salió por la puerta y me quedé solo en el recibidor de la casa. Yo recordaba claramente lo ocurrido la noche anterior, y estaba seguro de que no había sido un sueño. Aún así, quise confirmar la mejor parte. Saqué mi teléfono del bolsillo, moví los dedos y allí estaba la foto de mi madre, la sorprendente y sensual foto que se había hecho para mí mientras su marido dormía a escasa distancia, todo lo real que puede ser una imagen en una pantalla.
CONTINUARÁ...

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