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15 julio 2026

Los secretos de Maribel. 8.


   Alba y yo pasamos el resto del día solos en la casa, aunque tanto su madre como la mía nos llamaron varias veces para informarnos sobre los progresos en el caso de Héctor, quien seguía enjaulado en la comisaría gracias a el “bueno” de Herrero. A pesar de los esfuerzos de mi padre y sus colegas del bufete, la policía insistía en retener a mi primo durante veinticuatro horas, cosa que al parecer les permitía la ley, por lo que el presunto traficante de cocaína iba a pasar la noche en el cómodo catre de una celda.

  Como es de suponer, mi vivaracha prima y yo no nos aburrimos, solos en el enorme chalet. Después de la memorable y educativa mamada en el dormitorio de mis padres, pasamos el resto de la mañana jugando a la consola, escuchando música y mirando vídeos en mi ordenador. A la hora de comer pedimos una pizza, y tras devorarla en cuestión de minutos nos dimos un baño en la piscina.

  Su temperamento se había suavizado bastante y saltaba a la vista que mi actitud dominante mantenía bajo control su arrogancia barriobajera. No puso ninguna objeción cuando repetí la hazaña de follármela en el agua, esta vez durante más tiempo y con mucha colaboración por su parte. En general, estaba resultando un día estupendo, con la casa para mí solo, mi primo Héctor entre rejas y su hermanita dispuesta a satisfacer todas las necesidades de mi infatigable libido. No todas, pues no dejaba de acosarme el vívido recuerdo de lo sucedido con mamá esa mañana. La sensación de su lengua en mi boca, de su cuerpo tan cerca del mío, aparecía de improviso, intoxicaba la realidad y multiplicaba por cien la intensidad de cualquier estímulo carnal. Hasta el punto de que cuando esa tarde me corrí en la piscina, con la verga apretada entre las resbaladizas y soberbias nalgas de Alba, era el cuerpo y el rostro de mi madre lo que ocupaba mi mente por completo.

  El resto de la familia llegó a la casa al anochecer. Mi prima y yo, saciados de comida, diversión y sexo, estábamos tirados en el sofá del salón como dos gatos somnolientos, mirando sin mucho interés una serie policíaca en la televisión de plasma. Mamá entró la primera, seguida de cerca por su marido y por la tía Teresa, cuya cara regordeta y pecosa todavía mostraba signos de llanto reciente. Conociendo a la hermana mayor de mi madre, supuse que se había pasado el día sollozando, lamentándose y defendiendo la inocencia de su querido hijo. Su marido, el tío Sancho, se había quedado en la ciudad por si surgía alguna novedad o soltaban a Héctor antes de lo esperado.

  Lo que más me sorprendió fue ver allí a mi padre, quien ese verano aún no había puesto los pies en nuestra residencia veraniega. Papá es un tipo alto (alrededor de metro ochenta y cinco, lo suficiente para besar a su mujer sin tener que ponerse de puntillas), con la cabeza afeitada para disimular su calvicie y una barba entrecana bien recortada. Se mantenía en buena forma, y a sus cincuenta y un años las mujeres todavía lo consideraban atractivo. Nuestra relación no era mala, aunque pasábamos poco tiempo juntos y a medida que aumentaba mi deseo hacia mi madre también lo hacía una especie de rencor hacia él, provocado en gran parte por la envidia y por el hecho de que prestase tan poca atención a una mujer tan extraordinaria como ella.

  Esa noche solo intercambiamos un par de frases, mientras cenábamos todos juntos en la cocina. Durante unos interminables treinta minutos, todas las conversaciones giraron en torno a mi primo Héctor y a su desafortunado encontronazo con la justicia. Mi padre afirmaba que lo soltarían a la mañana siguiente sin lugar a dudas, la tía Teresa comenzó a llorar de nuevo y su hermana trató de consolarla, yo comía en silencio y Alba miraba su móvil sin prestar apenas atención a nada más. En resumen, la peor cena familiar que recuerdo.

  Después todos fueron al salón para ver un rato la televisión e intentar distraerse un poco. Mi madre se quedó en la cocina recogiendo los platos y con la excusa de ayudarla yo también. Se había puesto una bata de estilo japonés, con un vistoso estampado rojo y negro, que le llegaba hasta las rodillas, y se había recogido el pelo con un sencillo moño del cual escapaban sedosos mechones de cabello negro. La visión de las torneadas pantorrillas y del largo cuello bastaron para excitarme, y no desaproveché la ocasión de acercarme a ella tanto como pude para hablarle en voz muy baja.

  —Dime, ¿has visto a Héctor?

  Antes de responder, giró la cabeza para asegurarse de que nadie podía oírnos, y vi como sus manos temblaban un poco. Me alegró ver que ya no parecía tan preocupada y triste como por la mañana, solo cansada.

  —No. Solo tu padre ha podido entrar a hablar con él. Dice que está bien, algo asustado, y que está convencido de que alguien le ha metido la droga en el coche, pero no sospecha de nadie.

  —Aunque supiese que ha sido cosa de Herrero no diría nada —dije, tras reflexionar unos segundos —. Y si sabe que tú le pediste ayuda, tampoco dirá nada, porque tendría que contar lo que te hizo.

14 julio 2026

Los secretos de Maribel. 7.

 


 Lo primero que vi cuando me desperté fueron aquellas bragas blancas con ribete azul en mi mesita de noche, brillando casi bajo la luz de la mañana que entraba entre las cortinas de mi habitación. Eran la única prueba de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido un delirante sueño.

  Estiré los músculos con un gruñido de satisfacción, cogí la inmaculada prenda y la miré mientras mi mente despertaba del todo y recreaba las imágenes, añadiendo más ímpetu a mi habitual erección mañanera. El partido de tenis nocturno, en el que mi madre y la famosa tenista Diana Wesley se habían batido mostrando sus encantos a la luz de los focos. La increíble escena lésbica en el vestuario y las atenciones orales de las gemelas africanas. Una noche que no olvidaría jamás.

  Me quité los boxers y dejé a mi miembro erecto balancearse al ritmo de la sangre que hervía en sus cavidades. Acerqué las braguitas a mi rostro y aspiré profundamente, aunque ya sabía que mamá las había robado de la taquilla de la presumida norteamericana y no estaban usadas. Aún así, el olor de la tela perfumada por el suavizante y el recuerdo de su propietaria, sus nalgas perfectas aceitadas y enrojecidas por los azotes de su contrincante, bastaron para excitarme aún más.

  Entonces escuché, procedente del piso de abajo, el característico pitido del microondas. Mi madre debía estar preparándose el desayuno. Me moría de ganas por verla, tantear su estado de ánimo y cómo le había afectado todo lo ocurrido hacía apenas unas horas. No solo la velada en casa de Don Gerardo Herrero sino también, y sobre todo, el beso que le había robado antes de volver a casa aprovechando su cansancio, un beso en el que nuestras lenguas habían llegado a tocarse durante un sublime instante.

  Miré de nuevo las bragas de la campeona y tuve una idea que tal vez aliviaría un poco la tensión entre ambos. Sonreí con cierta malicia y me levanté para ponerla en práctica.

  Como ya sospechaba, mi madre estaba en la cocina, sentada a la mesa frente a una humeante taza. No me escuchó llegar, así que me detuve en la puerta para observarla. Llevaba uno de sus finos vestidos veraniegos, corto y con tirantes, de un intenso color entre el naranja y el amarillo, el tipo de color que combinaba a la perfección con su piel bronceada. La prenda dejaba al descubierto casi toda la longitud de sus formidables piernas e iba descalza, lo cual me hizo recordar el placer que esos pies podían proporcionar. La larga melena negra, recogida en una coleta, parecía un poco húmeda, señal de que se había duchado o nadado en la piscina no hacía mucho.

  —Buenos días, mamá —dije, después de acercarme a ella.

  Mi aparición la pilló por sorpresa y no pudo evitar que la saludase con un rápido beso en los labios. Consideré un triunfo que no se quejase, aunque en sus preciosos ojos oscuros pude ver preocupación y cansancio. Fui hasta la nevera para servirme un vaso de zumo y caí en la cuenta de que su actitud no se debía a mis constantes intentos de meter mi lengua en su boca. Sin duda estaba preocupada por el trato que habíamos hecho con Herrero.

  —¿Qué te pasa? ¿Tienes agujetas? —pregunté, tras sentarme frente a ella en la mesa.

  —No muchas —Suspiró y le dio un sorbo a su bebida —. Estoy preocupada por tu primo.

  Que mostrase tanta preocupación por su sobrino, el mismo hijo de perra que la había chantajeado y humillado, me puso de mal humor, pero en el fondo, y aunque me costaba reconocerlo, compartía la misma inquietud. A pesar de haber presenciado cómo usaba sus malas artes para abusar de mi madre, Héctor había sido como un hermano mayor para mí desde que tenía memoria. Habíamos pasado buenos ratos, me había defendido de matones y hasta había perdido la virginidad gracias a su ayuda. Desde luego, yo era el menos indicado para culparle por tener deseos incestuosos hacia su tía, pero la forma rastrera en que los había consumado, su actitud hacia ella, la forma en que la sometía y degradaba, eso merecía un castigo.

13 julio 2026

Los secretos de Maribel. 6.


   Todos guardamos silencio durante unos segundos que parecieron meses, incluso años. Con sus oscuros ojos muy abiertos, mi madre miró a la tenista, en cuyo bonito rostro se dibujaba una mueca traviesa. Miró a Herrero, paciente como solo puede serlo quien siempre se sale con la suya. Por último me miró a mí, tan estupefacto como ella.

   Mis sospechas comenzaban a confirmarse. Sabía que ese viejo verde no iba a conformarse con un simple partido . Quería una sesión de “tenis erótico”, si es que existía tal cosa, y no había elegido a mi madre por su habilidad en la pista sino por su espectacular anatomía. O quizá por ambas cosas. Lo más sorprendente era que Diana Wesley, toda una celebridad mundial, pareciese encantada con la peculiar norma del millonario.

   —No... No me esperaba esto, Gerardo. Es algo... embarazoso —dijo mamá al fin, con las manos todavía sobre su escueta falda blanca.

   —Vamos, Maribel —intervino Diana —. Ya verás que cómodo es. Te va a encantar, y jugarás mejor que nunca, te lo aseguro. Si en Wimbledon permitiesen jugar sin braguitas ganaría todos los años, ¡ja ja ja!

   Las francas risotadas americanas de la tenista no relajaron demasiado a mi madre. Entonces me miró, como si buscase una respuesta en mi rostro. Yo no sabía qué decir. Me debatía entre el deseo de ver ese increíble, casi surrealista, partido de tenis y el impulso de protegerla de las libidinosas maquinaciones de Herrero. Temía que jugar “a pelo” solo fuese el principio y que el viejo guardase en la manga más ases obscenos.

   —Entiéndelo, Gerardo... Delante de mi hijo...

   El viejo soltó una carcajada chirriante y se giró hacia mí. No me gustó su forma de mirarme. Parecía saber de mí más de lo que yo pensaba. Me dije que miraba así a todo el mundo, para intimidar, aunque realmente no supiese nada. ¿Qué podría saber de mi? ¿Se habría dado cuenta de lo que mamá y yo hacíamos bajo el mantel del club? Eso era poco probable.

   —No creo que a tu hijo le importe, mujer —dijo Herrero, en tono afable —. Hay confianza, ¿no? En una familia debe haber confianza. Al menos hasta que un miembro de esa familia se pasa de la raya y hay que darle un escarmiento. ¿No estás de acuerdo, Julio?

   Los ojillos astutos del vejestorio se clavaron en los míos. Obviamente, mi presencia allí significaba que yo estaba al tanto de todo, y que incluso tal vez recurrir a él para castigar a mi primo había sido idea mía, cosa que era cierta.

   —Si, estoy de acuerdo —dije, a regañadientes. Miré a mi madre y traté de sonreír para que se relajase. La había visto desnuda ese mismo día, en el baño, así que no había motivo para que mis miradas la incomodasen —. Hazlo, mamá, no pasa nada.

   No estaba seguro de si me encontraba en posición de darle permiso para que se plegase a los deseos de nuestro anfitrión, pero mis palabras surtieron efecto. Ella suspiró, esbozó una tímida sonrisa que no enmascaraba del todo su reticencia y se metió las manos bajo la falda. Con un rápido movimiento, empujó sus bragas con los pulgares hasta los tobillos, sin flexionar las piernas. Sin agacharse, las hizo pasar por sus zapatillas deportivas y con una hábil patada consiguió que se elevasen en el aire. Pretendía cogerlas al vuelo, pero Diana Wesley hizo gala de sus bien entrenados reflejos y se le adelantó. Ver a esa mujer tan famosa con las inmaculadas bragas blancas de mi madre en la mano fue una de las situaciones más extrañas que he vivido jamás.

12 julio 2026

Los secretos de Maribel. 5.

 


Esa tarde, intenté tratar a mi madre lo mejor posible, para compensarla por lo mal que se lo había hecho pasar en el club. Nadamos un rato en la piscina, bromeando y riendo como en los viejos tiempos, y no intenté rozarme ni tocarla más de lo imprescindible. Después nos tumbamos un rato al sol, y me fue imposible no mirarla mientras se untaba el bronceador por todo el cuerpo. Por un momento creí que iba a pedirme ayuda, pero desde luego no lo hizo.

   Se había puesto uno de sus bikinis más recatados, si es que alguno lo era, blanco y con un estampado de cerezas rojas. Reparé en que una de las pequeñas frutas quedaba justo sobre su pezón, y hubiese dado cualquier cosa por hincarle el diente. También llevaba sus gafas de sol y se había recogido el pelo en una coleta. Yo estaba en la tumbona de al lado, echado bocarriba, y aunque esa tarde quería disimular mi erección para no disgustarla, reaccioné demasiado tarde y antes de que doblase la pierna para que fuese menos visible ella reparó en el bulto. Sonrió de forma indescifrable y negó lentamente con la cabeza, como solía hacer cuando le decía algún disparate o me comportaba de forma demasiado infantil.

   —Ah, la juventud —suspiró. Supuse que se refería al hecho de que volviese a tenerla tan dura apenas una hora después de haberme corrido en el restaurante. A mí no me parecía nada fuera de lo común; en más de una ocasión me había masturbado dos veces seguidas sin que mi obelisco perdiese ni un grado de verticalidad—. Ve al baño, anda. Quizá me quede dormida y no quiero que hagas ninguna tontería.

   —Ya te he dicho que me comportaré, mamá. Puedes dormir tranquila —prometí —Además, no es por ti. Estaba pensando en la tía Teresa.

   Se rio y se echó hacia atrás en la tumbona, con una pierna un poco flexionada y los brazos paralelos al cuerpo. Parecía una modelo posando para un anuncio de bikinis. Al menos su risa había sonado alegre y burlona, sin un ápice de sarcasmo o amargura. 

   —Si me duermo despiértame en una hora. Tengo que llamar a Herrero para concertar una reunión —me dijo.

   La mención del viejo verde hizo que mi zepelín se desinflase un poco. Habíamos decidido pedirle ayuda, ya que no solo era poderoso e influyente dentro del club sino en todo el país. A lo largo de décadas de exitosos negocios, Herrero había comprado, de una forma u otra, a jueces, fiscales, jefes de policía, políticos e incluso capos del crimen organizado. Si alguien podía escarmentar a un chulito de barrio como Héctor era él. No era un amigo íntimo de la familia, pero le tenía cierto aprecio a mi padre, con quien a veces sostenía largas conversaciones sobre economía o política, y por supuesto admiraba sin ningún disimulo la inusual anatomía de mi madre. Bastaría con que mamá llevase a la reunión un vestido corto y algo escotado para que Herrero accediese a su petición, un favor que para un hombre como él resultaba insignificante.

   —Yo iré contigo, por supuesto —dije, con aire de macho protector.

   —No es necesario, Julio.

   —Claro que sí. No quiero dejarte sola con ese viejo verde.

   —¿Y qué podría hacerme? —dijo mamá, riendo—. Me desnudará con los ojos, como hace siempre, y si me siento a su lado tal vez me toque un poco el muslo. A mí también me desagrada, hijo, pero estoy dispuesta a pasar por eso si nos libra de Héctor.

   Me entristeció un poco que una mujer tan orgullosa estuviese dispuesta a dejarse toquetear por un anciano sátiro para conseguir ayuda, pero pensándolo bien era una minucia comparada con la humillación de la que pretendía librarse. Mi madre se encontraba en esa situación no solo por la lujuria y las malas artes de mi primo, sino también por su escasa prudencia a la hora de cometer adulterio.

   —Iré, de todas formas. Además, si vas sola a su casa la gente podría pensar mal y empezarían los rumores. Ya sabes cómo son…

   —No creo que a nadie se le pasase por la cabeza que estoy liada con Herrero —dijo, mirándome por encima de las gafas. Volvió a colocarlas sobre su prominente nariz y torció un poco los labios—. Pero la verdad es que no me apetece ir sola. Puedes venir, si prometes que te vas a comportar como es debido.

   —Vamos, mamá —protesté, indignado—. ¿Qué podría hacer en casa de un extraño?

   —Lo mismo pensé cuando fuimos al club, y mira lo que hiciste.

   —Ya te he dicho que no volveré a comportarme así. Confía en mí.

11 julio 2026

Los secretos de Maribel. 4.


   Cuando me tumbé en mi cama esa noche, más que dormirme perdí el conocimiento, agotado en todos los sentidos. Dormí del tirón hasta pasado el mediodía, y me desperté con una extraña sensación de urgencia, como si esa mañana de Lunes tuviese una cita importante y me hubiese quedado dormido. Reparé en que me había acostado desnudo, me puse unos boxers y bajé a la cocina.

   No había nadie. Ni en la cocina ni en el salón, donde no quedaba rastro alguno de mi perturbadora sesión de cine. Recorrí toda la enorme casa, entré en el dormitorio de mamá, también vacío, y bajé a la desierta piscina. La intranquilidad comenzó a apoderarse de mí y me aceleró el pulso. Fui al garaje y comprobé que su todoterreno no estaba. Normalmente cuando salía me decía a dónde iba, aunque estuviese dormido.

   Volví al salón, con el cerebro hirviendo de peguntas. ¿Habría ido, desesperada, a contárselo todo a mi padre? ¿Se habría decidido a denunciar a la policía el chantaje de Héctor? ¿Estaría pidiendo cita con un psiquiatra para que tratase mis supuestas desviaciones sexuales? ¿O tal vez mi primo la había obligado a ir hasta algún lugar discreto para continuar cobrándose el precio de su silencio? Más allá de que sus actos pudiesen causarme problemas, estaba muy preocupado por ella, así que la llamé al móvil.

   Rechazó la llamada, lo cual me enfadó pero también me tranquilizó un poco. Al menos estaba lo bastante bien como para pulsar el botón rojo del celular. Apenas diez minutos después, respiré aliviado al ver su coche entrando por la verja del chalet. No había respondido al teléfono porque estaba conduciendo, me dije.

   Me senté en el sofá, fingiendo ver un programa de deportes, y cuando entró la recibí con una amplia sonrisa. Llevaba unos pantalones cortos de color amarillo, que resaltaban al mismo tiempo la vertiginosa longitud de sus piernas y el moreno de su piel. Sus sandalias eran parecidas a las que llevaba en el vídeo de los jardineros, pero tenían más tacón y las cintas blancas se entrelazaban hasta casi la rodilla. Remataba el conjunto una camiseta de tirantes muy ceñida, también blanca, que ponía de manifiesto la ausencia de grasa en su vientre y la firmeza de los pechos. Su melena negra le caía por la espalda en suaves ondas, negra, limpia y brillante. Ni el más estricto de los psicoterapeutas podría culparme por desear a semejante mujer.

   Su expresión era seria, más reflexiva que triste, y nadie hubiese imaginado que se había pasado llorando parte de la noche anterior. Cargaba con al menos media docena de bolsas, de distintos tamaños y colores, con logotipos de sus tiendas favoritas. No se podía decir que mamá fuese una compradora compulsiva, pero cuando gastaba dinero lo hacía con la despreocupación propia de quien tiene de sobra.

   —¿Has estado de compras? —pregunté, aunque fuese evidente.

   —Sí. Necesitaba despejarme un poco —dijo ella. Su voz sonaba cansada, un par de escalones por debajo de su timbre habitual.

   —Te entiendo —dije, al mismo tiempo que me levantaba—. Deja que te ayude con eso.

   Atravesó el salón con sus largas y elegantes zancadas, dejándome plantado en el sitio. No esperaba que su actitud hacia mí fuese la de siempre, después de todo lo ocurrido, pero esa descortesía me pareció excesiva. Yo siempre había sido atento con ella, y eso no tenía por qué cambiar.

   —No hace falta. Mejor ve a ponerte algo encima. Ya sabes que no me gusta que andes por casa en ropa interior.

10 julio 2026

Los secretos de Maribel. 3.

 


 Me limpié la cara y esperé unos minutos antes de salir. No quería dar pie a sospechas bajando al mismo tiempo que ella, aunque su madre la hubiese visto sola en la habitación. Una vez en las cercanías de la piscina, vi a mi madre sentada en su tumbona, poniéndose bronceador en los brazos. Estaba aún más guapa que por la mañana, con los ojos brillantes, las mejillas encendidas y el pelo algo alborotado. Incluso lucía una tenue sonrisa. Obviamente, no era la siesta lo que le había sentado tan bien, sino el polvo (o polvos) que le había echado su sobrino.

   La idea de mi madre disfrutando con Héctor, sometiéndose a sus deseos y dejándose llevar por el placer, me hubiese hecho enfurecer mucho más en otro momento, pero mi cerebro seguía escribiendo las líneas de mi propia aventura incestuosa. Alba estaba en otra de las tumbonas, recostada y ojeando una revista de moda como si nada hubiese pasado, y la tita Teresa estaba en otra, embadurnada ya en crema protectora y con el rostro medio oculto por unas enormes gafas de sol.

   —¿Dónde está Héctor? —pregunté, al notar la ausencia de mi primo.

   —Ha ido a echarle una mano a su padre con un trabajo —dijo Teresa, con la voz melodramática que ponía cuando hablaba de sus problemas—. Le han fastidiado el domingo, al pobre. Pero a ver... Tal y como está la cosa, no hay que rechazar un encargo aunque sea festivo.

   Mi tío Sancho era fontanero, y a juzgar por las constantes quejas de su esposa el negocio no le iba demasiado bien. Pero los problemas económicos de mis tíos no era lo que más me interesaba en ese momento. Héctor estaba fuera de escena, por lo que no tendría ocasión de aclarar el asunto de las cámaras ocultas. Por otra parte, que no estuviese me ponía las cosas más fáciles en lo relativo a su hermanita.

  Mamá terminó de untarse y se tumbó bocarriba, también con unas grandes gafas oscuras. Hice ademán de volverme hacia la piscina, me giré como si hubiese olvidado algo y miré a mi prima. Mi sonrisa debía resultar demasiado perversa o libidinosa, porque cuando Alba me miró se puso tensa y frunció el ceño.

   —Oye, Alba, ¿por qué no vienes al agua? —pregunté, lo bastante alto como para que lo oyesen su madre y la mía.

   —No tengo ganas —respondió.

  —Vamos, Alba. Vete a la piscina con tu primo, que luego te quejas de que no te hace caso —intervino la tía Teresa, como yo esperaba.

   —¡Mamá! ¿Cuándo he dicho yo eso?

   Reparé en que mi madre levantaba un poco la cabeza y me miraba. No podía ver sus ojos, pero resultaba evidente que estaba sorprendida. Era la primera vez que invitaba a mi prima a venirse conmigo al agua, y tal vez sospechaba que tramaba algo. O tal vez pensaba que me había tomado en serio sus palabras de la noche anterior sobre mi aparente indiferencia hacia Alba. En ese momento, sentía de todo por mi prima excepto indiferencia.

   Alba resopló, dejó su revista y me siguió hacia el borde de la piscina, seguramente para no levantar sospechas. Me miraba como si fuese un tigre dispuesto a morder de un momento a otro, y eso me gustó. Gracias a un supremo esfuerzo mental, había conseguido aplacar mi erección durante unos minutos, pero cuando nos metimos en el agua volvió con renovadas fuerzas. Cogí la pelota de waterpolo, que andaba flotando por allí, y se la lancé a mi prima sin mucha fuerza.

   —Venga, vamos a jugar un poco —dije, con tanta normalidad que solo ella podría haber captado una doble intención.

08 mayo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 06.

 

El apartamento de Bogard estaba a solo dos manzanas de El Boogaloo. Era grande y amplio, a imagen de su propietario, y aunque se veía relativamente limpio y ordenado, era obvio que el lugarteniente de los Pumas Voladores no se preocupaba demasiado por la decoración.

   Tras instalarse en uno de los dormitorios de la vivienda, Elizabeth durmió durante casi todo el día, exhausta por los acontecimientos de la noche anterior. Cuando se levantó, bien entrada la tarde, se sentó en el sofá del salón, presidido por un televisor de cincuenta pulgadas, junto a su anfitrión. Se había puesto cómoda, con unos viejos pantalones deportivos que disimulaban las torneadas formas de sus piernas, una camiseta vieja con el desvaído logotipo de un grupo heavy, y su cabellera pelirroja recogida en una larga coleta.

—Gracias de nuevo por dejar que me quede, Bogard. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien.

—Bah... no es nada. Mi habitación de invitados siempre está a disposición de cualquier miembro de la banda que la necesite —dijo el corpulento puma, sacando del bolsillo su inseparable caja de puritos.

   Ofreció uno a su invitada, quien lo aceptó, mirando pensativa el pañuelo negro y púrpura que Bogard llevaba alrededor del cuello.

—¿De verdad crees que conseguiré entrar en la banda? —preguntó ella, exhalando una espesa nube de humo por la nariz.

—No te voy a engañar, Beth —comenzó a decir Bogard, con semblante serio—.Las pruebas son duras, sobre todo para las chicas, y muy pocas lo consiguen.

—Por no mencionar que a la mayoría de esas aspirantes les doblo la edad.

—Eso no debe preocuparte —dijo Bogard—. Al contrario. Significa que tienes más experiencia, más recursos. Además estás en buena forma y, lo que es más importante, tienes agallas. Hace falta mucho valor para presentarse en El Boogaloo como tú lo hiciste y ofrecernos un trato, y lo de anoche con ese bate...

—Eso fue... un arrebato —explicó Beth—. Aquella no era yo.

—Pues aprende a manejar esos arrebatos. Deja que esa “chica del bate” sea parte de ti y serás una de las mejores Pumas que se haya visto.

   La pelirroja asintió, dejando salir de entre sus labios otra nube de humo. La idea de formar parte de una banda, de sentirse por primera vez en su vida respaldada y  parte de una comunidad era algo que deseaba intensamente. Por otro lado, le asustaba la posibilidad de fracasar, de quedar en ridículo. La seriedad con que el por lo general alegre Bogard hablaba de “las pruebas” no contribuía a tranquilizarla.

—Pero olvídate de todo eso por ahora y relájate —dijo el lugarteniente, recuperando la jovialidad su rollizo semblante —¿Qué quieres que hagamos? Puedo llamar a alguno de los novatos para que nos traiga una película del videoclub... o podemos jugar a la videoconsola, aunque intuyo que los videojuegos no te van demasiado...

   Mientras Bogard parloteaba enumerando diversas actividades lúdicas de interior (Laszlo había ordenado que Elizabeth no se dejase ver demasiado por las calles), ella miraba el robusto mueble de madera que soportaba el peso del televisor. En sus estantes pudo ver un reproductor VCR, una videoconsola de cartuchos con dos joysticks y las carátulas de algunas películas de acción. De pronto, se giró hacia el anfitrión con una traviesa curva en las comisuras de su boca.

—¿Sabes lo que acabo de notar? Que para ser un tipo que sabe tanto de porno no tienes ni una sola peli guarra en el mueble.

   La sonrisa de Bogar se ensanchó y se puso recto en el borde del sofá, fingiendo indignación.

—¿”Pelis guarras”? No voy a consentir que se refiera en esos términos al noble arte del cine para adultos, señorita.

   Bogard no cabía en sí de gozo. Por lo general, las chicas que llevaba a casa no veían con buenos ojos su afición al género X, pero con Beth no tenía que disimular. Al contrario, podía presumir y eso fue lo que hizo. Indicó con un gesto que lo siguiese y ambos se levantaron del sofá.

   Caminaron por el pasillo hasta la habitación de Bogard, tan amplia como el resto de la vivienda, con las paredes pintadas de negro y una mullida moqueta de color púrpura. Si entro en la banda espero no tener que decorar así mi apartamento, pensó Beth. Se detuvieron frente a la puerta de lo que parecía un vestidor, y cuando se abrió y la luz fluorescente prendió la actriz de “pelis guarras” se quedó boquiabierta.

23 abril 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 05.

  Bogard encendió uno de sus puritos y cambió de postura en la incómoda silla plegable, haciéndola crujir. Estaba en una casa de las afueras, cerca del territorio de los Balas Blancas, aunque eso no le preocupaba en absoluto. Hasta que Lazslo y La Capitana se enfrentasen en El Coliseum los Pumas y los Balas estaban en tregua.

   A escasos metros del orondo lugarteniente, en un sofá verde pistacho, Elizabeth Rosefield masajeaba a dos manos la imponente verga de un gigantón negro disfrazado de obrero, mirando con una maliciosa sonrisa al hombre blanco trajeado que interpretaba a su marido, obligado a presenciar la infidelidad interracial desde una butaca cercana. Un tipo delgado, con coleta y gafas, lo grababa todo cámara en mano.

—¡Oooh, Beverly! ¿Por qué me haces esto?

—Porque eres un pichacorta y no me follas como es debido. Sabes que te quiero, cariño —dijo la pelirroja, haciendo una pausa para lamer el glande del obrero—,a ti y a tus tarjetas de crédito. Pero mi chochito necesita una buena polla negra.

—¡Ja, ja, ja! Tranquilo, bro. He venido a montar los muebles de la cocina, pero no me importa montar a la guarrilla de tu mujer por el mismo precio.

   Como cualquier buen aficionado al porno, Bogard apenas prestaba atención a los diálogos, concentrado en admirar el cuerpo de la actriz, arrodillada en el suelo con un vestido corto y ajustado que dejaba a la vista las interminables piernas rematadas con tacones de aguja. Cuando Koudou propuso que dos novatos escoltasen a Elizabeth y la librasen de su agresivo exnovio, Bogard se negó en redondo. Si alguien merecía estar en el rodaje de “¡Oh, no! A mi mujer se la está follando un negro 7” ese era él. Todavía no entendía que Koudou hubiese rechazado un papel en la película.

  No pudo evitar reírse al ver los exagerados aspavientos y lloriqueos del hombrecillo trajeado mientras su “querida Beverly”, a cuatro patas en el sofá, le miraba a los ojos entre gemidos y gritos de placer.

—Mmm... ¿Lo ves, cariño? ¡Aaaaauhg! Así es como se hace... ¡Dame... reviéntame el coño!

—¡Querida, por favor! Te compraré un coche, o lo que quieras... pero para ya ¡Te va a hacer daño!

—¿Daño? ¡Ja, ja! Tu zorra está chorreando, bro. Se nota que hace tiempo que no le echaban un buen polvo. Dime, nena ¿Éste pringado te da bien por el culo?

—Uuuuh... No... nunca. Méteme tu pollón negro por el culito.

—¡Vale, paramos! —exclamó el cámara y director de la película— Muy bien Beth, y tu también Sam. Y tú, Lester, fúmate un porro a ver si te relajas. Pareces tonto moviendo tanto los brazos.

—Perdona, en la escuela de arte dramático no me enseñaron a interpretar a un cornudo.

—¡Ja, ja, ja! Pues yo me lo estoy creyendo, bro.

   Bogard intentó disimular su erección cruzando las piernas cuando la pelirroja, desnuda sobre los tacones de aguja, se acercó a él y se inclinó para hablarle.

—Oye, si te aburres puedes ver la tele en la habitación de al lado.

—¿Estás de broma? Es un honor verte trabajar en directo, Elizabeth.

—Llámame Beth —dijo la actriz, recogiéndose en una coleta su larga melena—. Y ahora, si me disculpas, voy al baño a prepararme.

—Oye, Beth... Ten cuidado. Ese tío la tiene como un caballo.

—¡Ja, ja! Parce mentira que seas mi mayor fan, Bogard. ¿Ya no te acuerdas de mi escena en “Intercambio anal”? Comparado con eso, va a ser como meterme un dedito.

   Dicho esto, se alejó hacia el baño, dejando a su sudoroso escolta sumido en los recuerdos. Desde luego que se acordaba de esa película. En los vestuarios de un equipo de baloncesto universitario, preciosa con un uniforme de animadora, Beth protagonizaba una de las mejores escenas de doble penetración anal de la historia. Bogard se secó el sudor del rostro con el pañuelo negro y púrpura que llevaba al cuello y encendió otro purito. 


17 abril 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 04.


 
Con los codos apoyados en el borde de la cama y las rodillas en el suelo, la chica de cabellos negros recogidos en dos coletas simulaba unos convincentes gemidos de placer. Vestía un uniforme escolar, falda de cuadros, camisa blanca, calcetines altos y zapatos negros. El hombre que la embestía desde atrás, agarrándola por las coletas, solo le había quitado las braguitas.

  Cuando la puerta de la habitación se abrió sin previo aviso el hombre se incorporó con un gruñido. Con movimientos veloces y precisos sacó un revólver de bajo la almohada. La prostituta disfrazada de colegiala dio un grito y se escondió bajo la cama. El cañón apuntó a la intrusa durante unos segundos y acto seguido bajó hasta apuntar el suelo.

¡Joder, Darla!

¿Qué tal, papi? ¿Interrumpo?

  La putilla disfrazada, que aunque no era alumna de ninguna escuela tenía edad para serlo, miró al comisario Graywood con gesto interrogante y un leve temblor en los labios. Había reconocido a su hija y eso no la tranquilizaba en absoluto.

Lárgate —dijo el comisario, sin mirarla.

  Darla sí la miró fijamente mientras salía de la habitación con la cabeza baja (ni siquiera se paró a recoger sus braguitas blancas), atemorizándola por el brillo sádico de sus ojos verdes. Mientras tanto, su padre se cubría con una bata de seda de un policial azul oscuro.

¿Qué coño quieres, Darla? —escupió, haciendo vibrar el espeso bigote entrecano.

  Ella cerró la puerta y caminó lentamente por la habitación, fingiendo contemplar la recargada decoración saturada de terciopelo y pan de oro. Como de costumbre, Darla insinuaba más de lo que mostraba. Llevaba una falda hasta las rodillas, tan ceñida que el movimiento de las redondeadas nalgas podía observarse con tanto detalle como si fuese desnuda; los pechos se adivinaban, sin sujetador, bajo una camisa abotonada hasta el cuello, y unos tacones de aguja castigaban la moqueta color vino tinto. Se sentó en el borde de la cama, cruzando las piernas. El comisario no pudo evitar que su mirada recorriese durante unos segundos las turgentes pantorrillas cubiertas por unas medias de seda.

Tengo que pedirte un favor, papi.

Un favor... —dijo el comisario Graywood, pasándose la mano por la brillante cabeza afeitada—. Hace tiempo que tienes más dinero que yo, así que supongo que alguno de tus amiguitos o de tus empleados se ha metido en un lío y necesitas que haga la vista gorda.

  Darla se inclinó hacia atrás, apoyando los codos en la cama y elevando las piernas cruzadas, dejando que la falda se deslizase hasta la mitad del muslo. Los acerados ojos grises de su padre estaban clavados en los suyos.

No se trata de eso. ¿Sabes quién es Lazslo Montesoro?

Claro que lo se. Es el líder de Los Pumas Voladores.

No voy a decirte el motivo, pero quiero que Lazslo Montesoro muera. Y pronto.

  El comisario soltó una risita sarcástica, cogió un vaso de la mesita de noche y dio un largo trago.

¿Y por qué no se lo dices a tu amigo Tarsis Voregan?

  Darla se incorporó, abandonando por un momento su actitud insinuante.

Tarsis lo quiere vivo. Como ya sabrás, pues toda la ciudad lo sabe, Montesoro y La Capitana van a luchar en El Coliseum, y ese imbécil es como un niño. No quiere perderse el espectáculo, y además piensa utilizar a los Pumas contra los Balas Blancas.

¿Y qué es lo que quieres? ¿Que mis hombres detengan a Montesoro? ¿Que lo acusen con pruebas falsas y después tenga un "accidente" en la cárcel? Ya sabes que no me gustan esa clase de chanchullos.

31 marzo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 02.


   Precedida de una nube de vapor, Darla Graywood salió de la sauna, marcando con sus pies descalzos el suelo mientras se alejaba, consciente de que su compañero, sentado dentro, observaba  el hipnótico contoneo de sus caderas.

   Recorrió parte de la lujosa suite, dejando que la brisa que entraba por las ventanas enfriase su piel bronceada y se paró frente a un espejo de pie rodeado por un barroco marco dorado. Se encontraba en una de las habitaciones más caras del Sardanápalo, hotel del cual era directora y en el cual se refugiaba cuando quería mantener un encuentro discreto, ya fuese por negocios o por placer. O por ambas cosas, como en aquella ocasión.

   Con las manos en la cintura, la Directora Graywood adoptó varias poses frente al espejo, recreándose en la turgencia de sus propias curvas. Ya hacía una semana desde que fuese liberada y las marcas casi habían desaparecido, pero a la hija del comisario le ardía la sangre cada vez con más furia al recordar la humillación y el miedo que le habían hecho sentir, sensaciones a las que no estaba ni mucho menos acostumbrada. Levantó la barbilla, mirando desafiante su propio reflejo y ofreciendo un perfil regio, magnificado por la prominente nariz, a su acompañante, quien la miraba desde la enorme cama vestido con un albornoz que se ceñía a las formas de su musculoso cuerpo.

   —Me muero de hambre ¿Has pedido el desayuno? —preguntó Tarsis Voregan mientras se acomodaba sobre un almohadón.

   No era ni de lejos la mujer más hermosa de la que había gozado el líder de los Toros de Hierro, pero tenía que admitir que Darla le atraía como pocas lo habían hecho. Era una mujer inteligente, ambiciosa, con pocos escrúpulos, déspota y clasista, además de una amante inagotable y perversa, virtudes todas ellas que Tarsis apreciaba y que se concentraban en un cuerpo compacto y neumático. Cuerpo que se dejó engullir perezosamente por el otro almohadón.

   —Llegará pronto —dijo la mujer, recostándose sobre el ancho torso de su amante—. Y cuando llegue te daré una pequeña lección sobre cómo tratar a tus subordinados, mi querido Toro.

   Tarsis soltó un suspiro de hastío. A pesar de que su banda se había comprometido a proteger el Sardanápalo y hostigar a los demás hoteles de la zona y a pesar de que Clayton y Sanzinno habían sido ejecutados, Darla no estaba del todo contenta y no lo estaría hasta que no viese la cabeza de Lazslo Montesoro en una bandeja.

   —Ese hijo de puta me trató peor que a un animal. Ni siquiera me miró a la cara mientras me daba por el culo una y otra vez... 

   —No seas tan impaciente, vaquita, a el Puma también le llegará su hora, pero antes tiene que volar un poco para mí.

   —¿De Verdad crees que ese niñato va a poder con La Capitana? Si mal no recuerdo consiguió derrotar a esas dos bestias con tacones que te cubren las espaldas y te obligó a pagar un rescate por ellas —dijo Darla, sin importarle que sus palabras enfureciesen al Toro.

   El hombre se pasó la mano entre las rubias hondas de su melena, intentando no sucumbir al impulso de cerrarle la boca de un puñetazo. Freda Luvski "La Capitana" era la líder de los Balas  Blancas, una banda que controlaba gran parte del Distrito Norte. Aquel marimacho había interceptado a Farada y Lethea cuando huían del atraco a un banco, dando lugar a uno de los episodios más vergonzosos en la historia de los Toros de Hierro.

   —Me basta con que haga de escudo humano durante un tiempo, bloqueando la frontera norte del distrito hasta que disponga de efectivos suficientes para aplastar a los Balas, y lo poco que quede de los Pumas.

   La hija del comisario resopló con desdén y se dio la vuelta para coger un cigarrillo de la mesita de noche. Lo encendió y exhaló una espesa nube de humo blanco en dirección al techo decorado con frescos y molduras doradas. Antes de que pudiese replicar un melodioso toque de campana se dejó oír en toda la suite. Darla desplegó la pantalla táctil unida al cabecero de la cama, rodeada también por un recargado marco dorado, manipuló el sencillo interfaz durante dos segundos y la imagen de una camarera de piso tras un carrito plateado apareció en la pantalla.

27 marzo 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 01.



  Los dos primeros puñetazos habían sido apenas caricias comparados con el tercero, el que le rompió la nariz. El policía sonrió al ver la sangre chorrear sobre el torso desnudo de su prisionero, atado a una silla de metal atornillada al suelo de la sala de interrogatorios: un sótano inmundo con paredes de cemento iluminado por una mugrienta bombilla.

  Laszlo Montesoro, líder de los Pumas Voladores, realizó el único movimiento que le permitían sus firmes ataduras, movió la cabeza a ambos lados, desorientado por el tremendo golpe, y apretó las mandíbulas para reprimir cualquier expresión de dolor. El musculoso pecho se hinchó, oprimido por las cuerdas, y todo el aire salió concentrado en un escupitajo que salpicó de sangre la cara y la pulcra camisa celeste del agente.

—Te has pasado, puto saco de mierda.

  El cuarto golpe fue con el dorso de la mano, tan fuerte que le habría arrojado al suelo de no estar tan firmemente sujeto. Cuando tocaba el suelo gris de la sala la sangre parecía volverse negra. Le zumbaban los oídos y solo veía puntos brillantes.

  El otro agente, un gorila rapado de casi dos metros sacó una de sus armas reglamentarias y se acercó a Laszlo por detrás, colocándole el mango de la larga porra entre las mandíbulas, como el bocado a un caballo, impidiéndole emitir cualquier sonido que no fuese un bronco gruñido. El primer policía había encendido mientras tanto un cigarrillo, y se acercaba al joven detenido con la mirada propia de quien desea causar dolor y sabe muy bien cómo hacerlo. Los dientes de Laszlo se clavaron en el mango de la porra cuando la punta candente del pitillo le perforó la piel del pecho.

 

  Toda la culpa había sido de Clayton y Sanzinno, dos malditos novatos. Apenas llevaban un mes en los Pumas Voladores, realizando tareas menores, y se morían de ganas por impresionar al jefe y ser merecedores de trabajos más interesantes.

  Hacía dos noches, la pareja de novatos vigilaba la salida de un club del centro, uno de los locales de moda para los veinteañeros de clase media—alta, en su mayoría jóvenes profesionales o estudiantes mantenidos por papá que conducían coches caros, vestían ropa cara y babeaban tras mujeres caras. El cometido de Sanzinno y Clayton consistía en esperar a que saliese alguien solo y lo bastante borracho como para intentar volver a casa a pie. Entonces los pumas le seguirían hasta que llegasen a una zona solitaria y le despojarían de cualquier cosa de valor que llevase encima.

  Cuando estaban a punto de marcharse, a eso de las cinco de la madrugada, malhumorados y bastante colocados, vieron salir a una pareja: él era un guaperas que llevaba traje sin corbata, alto y atlético; ella debía de tener algo más de treinta años, era bajita y llevaba un vestido sobrio y elegante, pero que hacía resaltar sus generosas curvas.

—¡Mira! ¿Sabes quién es esa? —preguntó Sanzinno a su compañero.

—Otra furcia borracha ¿qué más da? ¿nos largamos o qué?

—Mírala bien, estúpido.

  Clayton obedeció a su compañero, contemplando a la mujer mientras se aproximaba hacia ellos castigando la acera con unos zapatos negros de tacón alto atados con finas correas de cuero que formaban rombos en la piel de sus bronceadas y carnosas pantorrillas. Oculto en la sombra de un zaguán, examinó su rostro, atractivo a pesar de una nariz algo grande, de expresivos ojos verdes que brillaban tras los cristales de unas livianas gafas de patillas rojas. La media melena azabache y la mueca irónica que danzaba en sus jugosos labios terminaron por iluminar la memoria del cansado Clayton.

—¿Es la hija del comisario?

—Lo es —contestó Sanzinno en un susurro, ya que la pareja pasaba en ese momento cerca de donde estaban escondidos—. La niña del ojo de papá.

—Querrás decir la hija de papá, o la niña de sus ojos...

—¿Qué más da, capullo? Vamos a por ella.

  Clayton miró a su compañero detenidamente, intentado averiguar si estaba de broma. Sin duda se trataba de Darla Graywood, hija del comisario del Distrito Oeste. Su rostro era conocido en toda la ciudad debido a sus frecuentes apariciones en los medios, tanto por su exitosa carrera profesional (dirigía un famoso hotel de lujo) como por sus amoríos con otras celebridades. No reconocía al tipo que la acompañaba, y que a pesar de su tamaño no era rival para dos Pumas Voladores por muy novatos que fuesen.

—¿Lo dices en serio? ¿vamos a atracar a la hija del comisario Graywood?

—¿Quien habla de atracarla? —exclamó Sanzinno, cada vez más alterado—. Vamos a secuestrarla.

  Dicho esto salió del escondite en pos de su presa. Clayton no pudo hacer otra cosa que seguirlo. Había dejado que Sanzinno tomase la iniciativa durante demasiado tiempo y ahora, cuando de verdad necesitaba disuadirle de cometer una estupidez, no se sentía con suficiente autoridad.

  No pudieron creer la suerte que tenían cuando la pareja, algo vacilante por el alcohol ingerido en el club, se adentró en un callejón desierto y estrecho que sus perseguidores conocían bien, un lugar donde, si no les daban ocasión de gritar, no tendrían ninguna oportunidad de escapar o pedir ayuda.

  Absorta en la conversación con su compañero, Darla Graywood no reparó en dos sombras más oscuras que las demás que se aproximaban a su espalda. Una de ellas la agarró, tapándole la boca con fuerza y sujetándole los brazos contra el tronco mientras miraba, con los ojos desorbitados tras los cristales, como la otra dejaba fuera de combate de un único golpe en el cuello a su amante y supuesto protector. Sanzinno dibujó un diminuto punto rojo en la suave piel del cuello femenino con la calculada presión

—Pórtate bien Graywood, o tu papi te encontrará mañana en un cubo de basura con un agujero en la garganta.

  Clayton arrastró a su prisionera hacia una zona más resguardada del callejón, intentando no confiarse ante la actitud aparentemente sumisa de la mujer, quien en lugar de resistirse lloraba copiosamente, tanto que Clayton notaba rodar por su mano las lágrimas turbias de maquillaje. Sanzinno agarró uno de los grandes pechos de Darla, mientras acariciaba el pezón del otro, marcado contra la tela del vestido, con la punta de su arma.

—¿Por qué no dejas eso para luego y nos vamos de una puta vez? —inquirió Clayton, intentando sonar sereno a oídos de su presa.

—Quiero ser el primero. Tú procura que no grite.

19 febrero 2025

EL TÓNICO FAMILIAR. (28). Capítulo Final.




  Al fin salimos de la piscina y volvimos a la mesa, sentados sobre las toallas que la anfitriona había colocado cuidadosamente en las sillas, refrescados por el baño y al mismo tiempo acalorados por lo ocurrido en el agua. No entraré en detalles sobre la cena porque la verdad es que apenas la recuerdo. Diría que se sirvió una colorida ensalada, la invitada alabó las habilidades horticultoras de la cocinera, yo hice un poco sutil chiste sobre los pepinos, recibí un pellizco de mi madre, ayudé a servir un segundo plato del que solo recuerdo una deliciosa salsa de almendras, pero sobre todo recuerdo que las copas volvieron a llenarse de ese vino con leves notas de regaliz.
  De reojo, observé beber a mi madre con cierta preocupación. Si una sola copa la había llevado a tragarse mi semen bajo el agua, no podía imaginar los efectos de una segunda dosis. Los cuatro comíamos con apetito, entre breves conversaciones, las interesantes historias de mi jefa, las risitas cada vez más desinhibidas de mi abuela y mis bromas más o menos ingeniosas. En el aire flotaba una electrizante nube de lujuria que fingíamos ignorar, cosa que cada vez era más difícil. Paz y yo, conscientes del tónico, lo manteníamos a raya, pero a mi abuela de tanto en tanto se le escapaba un inoportuno suspiro o se abanicaba con la mano a pesar de la fresca brisa nocturna.
  Lo más peculiar era la actitud de mi madre. Hablaba poco, con su asimétrica sonrisa tensa y los ojos brillantes. Ojos que cada vez más a menudo y con mayor detenimiento se centraban en las largas y tonificadas piernas de Doña Paz, sentada frente a ella. A la rubia no solo no le molestaba sino que sutilmente ladeaba el cuerpo, con las piernas cruzadas, para que su nueva admiradora apreciase bien la piel bronceada de sus muslos.
  Yo, por mi parte, no me molestaba demasiado en disimular la irreductible erección que la tela de mi bañador húmedo revelaba pegada a mi muslo. Con tónico o sin él, habría sido absurdo esperar que un joven de diecinueve años no se empalmase en presencia de tres bellezas maduras en traje de baño, y para colmo en mi mente danzaban tórridos recuerdos, pues había tenido la enorme suerte de fornicar con las tres.
  Terminado el segundo plato y la segunda copa de vino, ocurrió algo que desencadenó una secuencia de acontecimientos imprevista incluso para mi calenturienta imaginación. Doña Paz se puso en pie (sobre los tacones, que habían regresado a sus pies en algún momento) para comenzar a recoger los platos, ante las protestas de la servicial anfitriona. Al levantarse quedó a escasa distancia de mi madre quien, de improviso y como en un trance hipnótico, acarició la larga pierna de la invitada, desde la rodilla hasta casi la ingle, para después acercar el rostro, frotar con suavidad su mejilla y darle un beso en mitad del muslo.
  Mi abuela me miró con los ojos muy abiertos, atónita ante la insólita conducta, y no supe como reaccionar. Paz miró hacia abajo, tras soltar su plato de nuevo en la mesa, con una sonrisa entre tierna y malévola en sus finos labios. Al volverse el centro de atención, mi madre salió del trance y se apartó de la tentadora pierna, llevándose una mano a la boca. No es alguien que se ruborice con facilidad pero en ese momento se puso tan roja que toda la sangre de su menudo cuerpo debió acumularse en su rostro. 
  —Lo... lo siento, Paz. No... no se qué... —balbució, con un hilo de voz, la cabeza gacha y las inquietas manos apretadas en el regazo.
  La víctima de sus espontáneas caricias se giró hacia ella, se inclinó y le puso el índice en la barbilla para obligarla a levantar el rostro, donde los ojos abiertos como platos mostraban todos los tonos posibles que puede ofrecer la miel y el ámbar.
  —No te preocupes, querida. Me lo tomo como un cumplido —dijo mi jefa, en un tono melifluo y apenas condescendiente que rara vez usaba—. Sobre todo viniendo de una criatura tan encantadora como tu. Vamos, hazlo de nuevo.
  Hechizada por aquella voz, la encantadora criatura respiró hondo y volvió a acariciar la pierna, esta vez usando ambas manos, desde la pantorrilla hasta el comienzo de las firmes nalgas, venciendo poco a poco la timidez. La rubia, olvidada ya su intención de recoger la mesa, correspondió rozando con la punta de sus largos dedos el hombro y el brazo de mi madre, quien se estremeció, como diría Madonna: Like a virgin, touched for the very first time.
  —Ah, la juventud... —suspiró Doña Paz—. Recuerdo cuando mi piel era así de suave sin necesidad de cremas, visitas a balnearios, tratamientos de barro o de algas...
  Ajena a cuanto ocurría a su alrededor, mamá volvió a besar el muslo de la señora y esta vez le dio un largo lametón que terminó a la altura de la cadera, en el límite que marcaba la tela del bikini blanco. Mi abuela, que contemplaba la escena atónita, se llevó una mano al pecho y soltó una especie de hipido de indignación.
  —Pe-pero Rocío, hija... —se lamentó, con un hilo de voz, entre la sorpresa y los celos.
  —No te preocupes, cariño, solo estamos jugando —dijo Paz, girando la cabeza para mirar a su amante. A continuación, volvió a sujetar a mamá por la barbilla para encararse con ella— ¿Verdad que es solo un juego, pequeña?
  La “pequeña” asintió y sonrió mientras una de sus manos se deslizaba por la parte interior del largo muslo y la otra por la rodilla, atrapada en su inexplicable y reciente obsesión por las piernas de nuestra invitada, quien se inclinó para besarla en los labios. Las bocas no tardaron en abrirse y contemplé pasmado como mi jefa y mi madre se daban el filete delante de mis narices y de las de la arrebolada Felisa.
  Sobra decir que la escena me estaba poniendo cachondo a niveles infernales. Mi corazón repicaba al borde de la taquicardia y podía sentir el pulso en la verga, además de una tensión en el perineo molesta y placentera al mismo tiempo. En el fondo de mi hirviente cerebro, las escasas neuronas que no estaban intoxicadas por el tónico albergaban cierto resquemor. ¿Qué pretendía Doña Paz con ese supuesto juego? ¿Sería capaz de “convertir” a su nueva presa en bisexual como había hecho con su suegra? Intenté desechar tales miedos y me dije que todo era obra del portentoso brebaje.
  Ajena a mis elucubraciones, mi jefa se incorporó, cogió de la mano a mi madre y rodeando la mesa la condujo hacia una de las tumbonas situadas a pocos metros. Me fascinó ver como realmente, a pesar de sus 43 años, parecía una chiquilla caminando junto a una mujer madura, e hizo una mueca contrariada casi infantil al tener que dejar de tocar durante unos segundos las piernas de dicha mujer. Por supuesto, también me deleité contemplando los traseros de ambas, a cual más apetecible.
  Se sentaron el el cómodo mueble de exterior, cubierto por un fino colchón de funda floreada, y reanudaron de inmediato las caricias y el intercambio de saliva, tan apasionado que de cuando en cuando las lenguas se entrelazaban fuera de la boca y sus barbillas brillaban por la humedad. Estaban más cerca que antes de las luces que colgaban de los árboles, por lo que mi abuela y yo las veíamos iluminadas como si fuéramos espectadores de una tórrida obra teatral.
  —Hijo... ¿Pero qué... qué hacen? —dijo la pelirroja, que se había girado en su silla y no podía apartar la vista de la escena.
  —Ya lo has oído. Solo están jugando —la tranquilicé, y sin disimulo alguno me acomodé la tiesa verga bajo la tela húmeda del bañador, una prenda de la que estaba deseando librarme—. No te preocupes, que tu nuera no te va a quitar la novia, ¡ja ja!
  —Ay, Carlitos, no seas tonto —me regañó, aunque una leve curva en sus labios y un aumento del rubor me indicaron que le agradaba la idea de ser la “novia” de la invitada—. Pero mira... Mira lo que... Ains... Se están desnudando, hijo.

12 agosto 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (26)


 

Al día siguiente, un luminoso martes, desperté de muy buen humor a pesar de las agujetas que acribillaban cada músculo de mi cuerpo, el precio a pagar por la proeza física de la noche anterior. Una leve brisa, casi fresca en comparación con el bochorno tropical de unas horas atrás, se colaba por la ventana y contribuyó a mejorar mi ánimo. La otra cama del dormitorio estaba vacía y hecha, señal de que, como de costumbre, eral el último en levantarme.
  Antes de nada fui a ducharme, pues mi cuerpo aún despedía un intenso aroma a bosque, sudor y sexo. En el baño encontré al puto cerdo Frasquito, quien de nuevo había volcado el cesto de la ropa sucia y se daba un festín olfativo nada menos que con las bragas blancas que mi madre había usado la noche anterior. Que al guarrillo solo le interesasen las prendas femeninas resultaba gracioso pero también un poco inquietante teniendo en cuenta su origen. Saqué al lechón al pasillo y recogí las prendas del suelo, entre las cuales también estaba el camisón violeta de mi abuela. Sonreí ante el hecho de que las prendas de mis dos amantes estuviesen en el mismo lugar, mezclando los aromas que proyectaban en mi mente los deliciosos pecados cometidos a la luz de la luna.
  Bajo el agua caliente de la ducha, rememoré cada instante: los ávidos besos de mi madre, su suegra recibiendo con gusto mis fuertes embestidas y dejándose inocular el para ella inofensivo veneno de mi serpiente, la mamada con sabor a menta, el accidentado polvo en las ramas del roble y la paja más extraña de mi vida. Mi erección mañanera alcanzó su plenitud pero decidí dejar que perdiese verticalidad por sí sola mientras me secaba y vestía el uniforme de chófer, siempre impecable gracias a la diligencia de las dos mujeres que me cuidaban. Aún ignoraba qué me depararía la jornada y no quería desperdiciar energía ni munición. 
  En la cocina encontré una escena idílica que ensanchó mi sonrisa y llenó mi pecho de una cálida sensación. La estancia estaba iluminada por luz dorada de la mañana, el sencillo pero apetitoso desayuno servido en la mesa, el viejo transistor emitiendo alegre música folclórica de fondo, el aroma a hogar en verano, una mezcla de pan tostado, ropa recién lavada y césped húmedo. Y por supuesto mis dos compañeras, inmersas en la sencilla charla propia de una madre y una hija que disfrutan de la mutua compañía. A pesar de que siempre habían sido buenas amigas, algo poco habitual entre una suegra y su nuera, me encantaba notar como la confianza y la complicidad crecía entre ambas a toda velocidad.
  La abuela estaba de espaldas, preparando tostadas en la encimera. Llevaba uno de sus sencillos vestidos de faena, esta vez azul con lunares blancos y largo hasta las rodillas. Sus rizos pelirrojos asomaban bajo el pañuelo rojo desteñido que cubría su cabeza y calzaba las botas que solía ponerse para trabajar en el huerto y el gallinero, señal de que con toda seguridad llevaba horas levantada. 
  Mamá se sentaba a la mesa, frente a una taza de café a medio beber y una magdalena mordisqueada, y su indumentaria me sorprendió. Lucía el vestido “formal” que yo le había llevado de casa, uno sin mangas, poco escotado y con falda hasta las rodillas, ceñido con un ancho cinturón que formaban parte de la misma prenda, todo de un discreto color lavanda. Llevaba su corto cabello bien peinado, pendientes plateados con forma de rombo y leves toques de maquillaje que no ocultaban lo radiante que estaba su piel gracias a nuestra indómita vida sexual. Aunque parecía arreglada para salir, aún estaba descalza y me alegró ver en su tobillo la pulsera de cuentas rojas y negras, la misma que yo lucía en mi muñeca, símbolo de nuestro vínculo secreto, una unión que yo pretendía honrar siéndole fiel, si es que era capaz de controlar mi desbocada libido.
  —Anda, mira quien se ha levantado por fin —dijo, desplegando la atractiva asimetría de su sonrisa.
  Nos miramos a los ojos un instante y sentí como los míos brillaban para corresponder al chispeante fulgor de los suyos. La mirada, el cutis luminoso, la actitud relajada y cariñosa: era la viva imagen de lo que se llama una mujer “bien follada”, un aspecto que no había tenido desde hacía muchos años, si es que mi padre había conseguido alguna vez satisfacerla por completo. Le di un casto beso en la mejilla, recibiendo una breve pero estimulante dosis de su calor y su aroma al tiempo que me sentaba a la mesa junto a ella.
  —Buenos días, tesoro —dijo mi abuela, mientras se acercaba a la mesa.
  De inmediato percibí el majestuoso bamboleo de sus enormes pechos bajo la fina tela del vestido, evidenciando la ausencia de sostén. Unas semanas atrás, ni se le abría pasado por la cabeza ir por casa sin sujetador teniendo visita, pero estaba claro que a su nuera no la consideraba una simple invitada, por no hablar de su gradual desinhibición desde que éramos amantes. También reparé en que había evitado el habitual “¿Has dormido bien?”, quizá por temor a un comentario o broma con doble sentido por mi parte. 
  —Buenos días —respondí—. Vaya calor hizo anoche, ¿eh? Me costó tanto dormirme que casi salgo a darme un bañito en la piscina.
  Mi despreocupado comentario hizo que de repente una descarga de tensión recorriese el cuerpo de las dos mujeres, la que se había dado ese bañito nocturno y la que la había espiado mientras masturbaba a su hijo. Un cambio imperceptible para un observador ajeno pero muy evidente para mí, que tan bien conocía ya sus cuerpos y la forma en que reaccionaban a cualquier estímulo. Mi madre me miró de reojo y me dio una discreta patada bajo la mesa, mientras que la abuela se apresuró a girarse de nuevo hacia el fregadero antes de volver a hablar. No tan deprisa como para que no pudiese percibir el aumento de rubor en sus mejillas.
  —Eh... Y que lo digas. Menudo bochorno —dijo, antes de aclararse la garganta mientras enjuagaba una taza que ya estaba limpia—. Pero parece que hoy va a refrescar. Lo han dicho en la radio.
  —Eso parece —afirmé—. A lo mejor esta noche hasta tenemos que dormir vestidos. Quiero decir... tapados.
  No podía verle el rostro, pero sabía que mi aparente lapsus lingüístico había hecho que el rostro de la tímida pelirroja adquiriese el tono encendido de los tomates maduros. Mamá volvió a mirarme, entre la amenaza y la duda. No estaba segura de si mi equivocación había sido intencionada, y ella no estaba al tanto de la descarada desnudez con que nuestra anfitriona me había recibido la noche anterior. Yo mantuve una convincente cara de póker mientras mordía la primera tostada.
  Cuando recuperó la compostura, la abuela se sentó con nosotros, frente a mí y a la derecha de su nuera, y se apresuró a llenarse la boca de crujiente pan con mantequilla. Decidí que no debía tentar más a la suerte y dejar que la conversación fluyese de forma normal, como si realmente los tres hubiésemos pasado la noche durmiendo en nuestras camas. Pero mi osadía hizo que las dos dicharacheras hembras no se decidiesen a iniciar el diálogo, así que fui yo quien lo hizo.
  —¿Por qué te has arreglado tanto, mamá? ¿Vas a salir?
  Su bonito rostro se ensombreció un poco, cosa que no me gustó. Dio un sorbo a su café y asintió.
  —Voy a la ciudad. Tengo cita con una abogada. Ya sabes...
  No terminó la frase, pero enseguida supe que se refería a una abogada matrimonialista para resolver el asunto del divorcio. Era obvio que no le resultaba cómodo hablar del tema delante de mi abuela. Al fin y al cabo, era de su hijo de quien iba a divorciarse, y apenas dos días después de pillarlo en flagrante infidelidad. Me daba pena verla en aquella situación, dividida entre el amor maternal y el cariño hacia quien era a todas luces su mejor amiga. Haciendo gala de su habitual bondad, la reacción de mi abuela fue agarrar la mano de su nuera y mirarla con ternura.
  —No pasa nada, hija. No te preocupes. Tú haz lo que tengas que hacer.
  Ante el afectuoso apoyo de su futura ex-suegra, los ojos de mi madre se humedecieron y también quise apoyarla apretando la parte de su muslo más cercana a la rodilla, un gesto carente de lujuria que me agradeció con una dulce sonrisa. 
  —¿Quieres que te lleve a la ciudad en el coche? —me ofrecí.
  —No, cielo, muchas gracias. Tu vete a trabajar. Iré al pueblo y pediré un taxi —respondió, y me lo agradeció acariciándome el pelo con inequívoca ternura maternal.
  —Tiene gracia, ¿no? Vas a ir en taxi a divorciarte de un taxista.
  Por un momento pensé que mi espontánea broma sería mal recibida, pero mamá dejó aflorar su risa sarcástica, soltando aire por la nariz, y su amiga Feli se sintió autorizada para entonar una risita cantarina y mirarme con fingido enfado.
  —Ay, Carlitos... Siempre con tus bromas.
  El ambiente se relajó y la charla fluyó, tocando temas cotidianos, entre sorbos de café, tostadas y magdalenas. Hasta que mi abuela se puso seria de repente y me miró.
  —Esta mañana han hablado en las noticias de... —dijo, dejando la frase inconclusa.
  —¿De lo de Montillo y el alcalde? 
  —Si, hijo, si. —La compungida pelirroja soltó un profundo suspiro—. Qué locura, Dios mío.
  —¿Saben ya que fue lo que paso? —pregunté yo, una de las pocas personas que sabía lo que de verdad había pasado.
  Estaba claro que a mi abuela le afectaba demasiado hablar del tema, y por un momento pensé en la posibilidad de que, a pesar del fuerte sedante, tuviese algún recuerdo nebuloso de lo ocurrido en el matadero. Para su alivio, mi madre tomó la palabra.
  —Cada vez cuentan una cosa distinta. Ahora dicen que el alcalde abusaba de las hijas de Montillo, que se enteró y lo mató, y después a ellas y a la mujer.
  —¡Pero qué barbaridad! ¿Y qué culpan tenían ellas? —preguntó mi abuela, a nadie en concreto, algo pálida.
  —Se volvería loco, Feli. A mi el porquero ese siempre me dio mala espina. 
  —Ay... Y pensar que de joven me estuvo pretendiendo.
  —Y no solo de joven. Recuerda que hace poco te regalo el lechón —añadí yo.
  —Sí, Frasquito.
  Felisa pronunció el nombre del cerdo con aire ausente, mirando hacia el pasillo como si fuese a aparecer trotando de un momento a otro. Esperaba un comentario tipo “El animalito no tiene culpa de nada, el pobre”, pero se quedó callada, con un extraño brillo en sus ojos verdes tras los cristales de las gafas. No le di demasiada importancia en ese momento a su enigmática actitud y me terminé el café de un trago.
  —Bueno, yo me voy a currar. Aunque no se si mi jefa saldrá hoy o volveré a tener el día libre. 
  —Pobre Paz, lo mal que lo debe estar pasando —dijo mi abuela, volviendo a un tono triste más usual—. Carlitos, dile que si necesita algo solo tiene que llamarme... Y dale un abrazo de mi parte.
  —¿Un abrazo a mi jefa? No se yo...
  —¡Ay, hijo! Es una forma de hablar.
  —Vale, vale. Era broma.
  Me levanté y rodeé la mesa para despedirme de ella con un sonoro y a todas luces casto beso en la mejilla, aunque la proximidad de sus tetazas bastaba para calentarme la sangre. Eran como dos suaves planetas con campo gravitacional propio. Desde luego, no iba a ser fácil renunciar a los placeres que era capaz de proporcionar aquel cuerpo tan excesivo como acogedor. 
  —Anda, anda, tunante... 
  Me dio una palmadita en el costado y la rodeé para despedirme de mi madre. Nuestros rostros se acercaron y, ya por pura costumbre, mis labios buscaron los suyos. Se atraían de una forma tan natural e ineludible que de puro milagro no nos morreamos delante de nuestra anfitriona. Por suerte ella estaba alerta y en el último momento colocó la mejilla en la trayectoria de mi ávida boca. Después nos miramos durante unos largos segundos y me acarició el rostro.
  —Mamá, si quieres que te acompañe...
  —No, cielo, de verdad. Esto es algo que tengo que hacer yo sola.
  Lo dijo con tal convicción que no pude insistir. Asentí, acaricié la mano que cubría mi mejilla y me separé de ella de mala gana. Me consolé pensando que, si todo salía bien y mi padre no daba guerra durante el proceso de divorcio, en cosa de un mes sería una mujer soltera y la tendría toda para mí. No sabía donde viviríamos, ni como nos las ingeniaríamos para ocultar nuestra relación al resto de la familia, amigos y conocidos. A pesar de nuestro incierto futuro la sonrisa no abandonó mis labios mientras caminaba hacia la puerta principal y me giraba para despedirme con una cómica reverencia de mis dos mujeres favoritas sobre la faz de la tierra.

26 abril 2024

EL TÓNICO FAMILIAR. (25)


C
uando llegué bajo el cómplice ramaje de nuestro viejo amigo vegetal me encontré una inquietante sorpresa. Mi madre no estaba allí. La había dejado apoyada en el tronco, contrariada aunque no muy alterada en apariencia, dispuesta a esperarme y culminar nuestra peligrosa aventura. ¿Dónde coño se había metido? Colocada a más no poder y cachonda en igual grado, por no hablar de lo caótica e imprevisible que se había vuelto su personalidad en las últimas semanas, tenerla suelta por la parcela era como liberar a una diablilla que llevase siglos encadenada por un brujo  (una buena metáfora de su matrimonio, aunque mi padre era demasiado aburrido para ser un brujo.)
  No había regresado al dormitorio, pues estaba vacío cuando lo atravesé y salté por la ventana. Miré entre los arbustos cercanos al roble, en los alrededores de la piscina e incluso en la huerta. Ni rastro. Tal vez se había puesto a deambular, debido a mi tardanza, se había asomado a la ventana de mi abuela y nos había visto en pleno polvazo. En ese caso no podía adivinar su próximo movimiento. Podía estar en un oscuro rincón de la casa, llorando en silencio o rechinando los dientes de rabia y pensando en mil formas de castigarme, no solo como madre sino también como amante despechada. O a lo mejor simplemente se había quedado dormida en alguna parte. Incluso vinieron a mi mente imágenes horribles de los enemigos que había hecho durante mis negocios con el tónico, algunos de los cuales habían estado en la casa sin ser advertidos. Me esforcé en descartar semejantes temores: el alcalde y Montillo estaban bien muertos, y la Doctora Ágata no tenía motivos para atacarme a mí o a mi familia. 
  Con el corazón a punto de salirse por mi garganta decidí entrar de nuevo en la vivienda y revisar todas las habitaciones, pero antes fui a echar un último vistazo bajo el roble. No estaba. Di un par de pasos de regreso a la casa y me giré, sobresaltado, al escuchar el crujido de una rama detrás de mí.

 Lo más desconcertante es que el sonido, que se repitió a medida que perdía intensidad, no provenía de la zona cercana a las raíces del árbol o los arbustos cercanos. ¿Venía de arriba? Era eso o la droga porro me estaba jugando una mala pasada. Alcé la vista hacia las frondosas ramas del gigante vegetal y entorné los ojos para escrutar entre la maraña de hojas y sombras. La luz de la luna me ayudó a descubrir dos trozos de tela colgados, como si de la colada de una ardilla se tratase, de sendas ramitas. Uno de ellos pequeño, blanco y visiblemente húmedo. El otro un poco más grande, de un rojo descolorido. A mi alterado cerebro le llevó unos segundos procesar que eran unas bragas y una camiseta recortada en forma de top.
  Me acerqué un poco más al roble, cauteloso, y di un respingo cuando una risita sofocada sonó sobre mi cabeza. Entornando los ojos, al fin conseguí descifrar el trampantojo de hojas, ramas y formas femeninas.
  —¿Ma-mamá? ¿Qué carajo haces ahí arriba? —exclamé, sin gritar pero en un tono demasiado alto.
   Era probable que mi abuela siguiese despierta, a no ser que correrse dos veces y el sofocante calor la hubiesen dejado fuera de combate. La fugaz imagen de aquella sensual gigantona cayendo derrengada en la cama trajo a mi memoria la voz del difunto alcalde Garrido mientras la tenía atada desnuda en el matadero: “Eso sí, le hemos metido en ese cuerpazo sedantes como para tumbar a una yegua”. Estaba claro que los recuerdos de la pesadilla vivida en la finca de Montillo iban a acosarme durante mucho tiempo. Aunque, por otra parte, tenía la sensación de que todo había ocurrido hacía semanas en lugar de tres días atrás.
   Ajena a mi flashback de Vietnam pero no a la preocupación por ser descubierta mi madre me chistó, probablemente poniéndose un dedo frente a los labios. Hacía ese gesto de una forma muy curiosa, estirando el índice pero sin cerrar los demás dedos en un puño, como es habitual, sino estirándolos en una especie de abanico. Una de sus rarezas que antes pasaba por alto, e incluso me molestaban, pero que ahora encontraba encantadoras.
  —No te quedes ahí pasmado. Sube... ¡Venga! —me instó. Su voz era un susurro algo ronco y animado, con evidentes rastros de la embriaguez opiácea.
  Eché la cabeza hacia atrás y por fin comencé a verla con cierta nitidez, sin dar crédito a mis ojos. Estaba en cuclillas, vestida solo con las deportivas blancas y rosas, la pulserita del tobillo y la fina pátina de sudor que cubría su piel bronceada. Había encontrado el lugar idóneo donde colocar los pies, sobre una rama cuyo grosor bastaba y sobraba para soportar el peso de su cuerpo menudo y ágil (por lo visto, más ágil de lo que yo pensaba). Sin olvidar del todo su prudencia maternal, se sujetaba con la mano derecha a otra rama, por si acaso, y con la izquierda sacudía residuos vegetales de su corto cabello, más alborotado que nunca. Se encontraba a más de tres metros del suelo. Altura suficiente para hacerse daño si caía de mala manera. Me dio un escalofrío ante la idea de que pudiese resultar herida, sin preocuparme de como afectaría eso a la hazaña que estaba realizando aquella noche. Visto ahora, habría sido un reto interesante para mi imaginación tener que explicarle a la abuela, camino del hospital, por qué su nuera se había caído desnuda del roble.
  —Déjate de tonterías y baja de ahí. Venga, te ayudo —dije, extendiendo los brazos hacia arriba.
  —¿Por qué has vuelto a tardar tanto? —preguntó. Mis ojos se acostumbraban a la penumbra y pude ver, allí arriba, la mueca desconfiada en su rostro de hada salvaje— ¿Está despierta tu abuela?
  —Se había levantado a por agua, como te dije. He esperado hasta que ha vuelto a dormirse.
  —¿Te ha visto? —susurró, inclinándose hacia adelante cual hermosa mujer araña. 
  —No, no me ha visto —suspiré al tiempo que lanzaba una mirada hacia la casa, donde todas las luces volvían a estar apagadas, cada vez más impaciente— ¿Y qué más da si me ve? Vivo aquí, joder.
  —¡Ssshh! No grites.
  —No he gritado. Vamos, baja de una vez que te vas a hacer daño.
  —De eso nada. Sube a buscarme. ¿O es que no eres capaz de trepar hasta aquí, nenaza?
  Bufé ante la provocación. Su sonrisa creció y dos hileras de pequeños dientes destacaron entre las sombras. Por un momento recordé al gato de Alicia en el País de las Maravillas, Cheeseburguer creo que se llamaba. Obviamente no iba a conseguir convencerla de que bajase, y además mi proverbial falta de prudencia y sentido común cuando estaba caliente (cosa que al parecer había heredado de ella) ganaba terreno muy rápido en mi cerebro. Solo el hecho de verla desnuda allí arriba bastó para aumentar la palpitante dureza de mi polla. Por suerte, el susto no había bastado para ablandarla del todo y el condón continuaba en su sitio.
  Cogí aire, me froté las palmas de las manos cual gimnasta a punto de subirse a los aros y me dispuse a ascender. Sabía que mi hazaña de esa noche iba a suponer un desafío físico pero nunca hubiera imaginado que incluiría trepar a un puto árbol, cosa que no hacía desde que era un mocoso. Pero me moría de ganas por hacerle el amor de nuevo a la mujer que me esperaba allí arriba, y además: ¿Cuántas personas pueden decir que han echado un polvo en lo alto de un roble? Sería otro logro desbloqueado en el disparatado RPG de mi vida sexual.
  Fue más fácil de lo que esperaba. En pocos segundos sentí las manos de mi madre agarrando uno de mis brazos para ayudarme a coronar la cima. En ese momento miré hacia abajo y casi no pude creer la distancia que había hasta el suelo. 
  —Eso es... ya casi estás... Tranquilo, mami no va a dejar que te caigas —decía ella. Su tono era cómico pero supe que lo decía en serio.