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05 junio 2025

El Vuelo del Puma. Cap. 08.

  Poco después de la puesta de sol, los potentes focos que iluminaban la arena de El Coliseum se encendieron, provocando gritos de júbilo e impaciencia en las miles de personas que miraban desde las gradas.

   El enorme edificio circular, adornado con arcos y columnas de mármol  y majestuosas esculturas, parecía llevar allí miles de años. En realidad tenía poco más de un siglo. Uno de los primeros alcaldes de la ciudad, un extravagante multimillonario, lo había mandado construir, pagándolo con su propia fortuna, y nadie sabía el motivo. Después de su muerte, el monumento quedó abandonado y las bandas se lo apropiaron para celebrar sus populares combates entre líderes.

   En el palco principal, flanqueado por una colosal diosa desnuda con una lanza y un dios de falo erecto que empuñaba una maza, se sentaban los líderes y principales lugartenientes de las bandas, mezclados con personajes poderosos de la ciudad. Empresarios, banqueros, deportistas, modelos, jueces, e incluso el alcalde, conversaban animadamente, comían, bebían y flirteaban. Además de para ver el combate, muchos acudían para participar en el jolgorio que se extendía por las gradas, donde abundaba el alcohol, las drogas y los cuerpos con poca ropa.

   Sentado cerca de un fiscal se encontraba el comisario Graywood, observando con el ceño fruncido cuanto le rodeaba y con una severa mirada en sus ojos grises. En teoría, los combates de El Coliseum eran ilegales, pero para la policía era más fácil hacer la vista gorda, e incluso acudir al evento, que intentar acabar con una tradición tan arraigada entre los criminales de la ciudad. Miró por enésima vez el asiento vacío entre el suyo y el de Tarsis Voregan. 

   —Parece que nuestra vaquita se retrasa —dijo el líder de los Toros de Hierro, mirando al comisario con su habitual sonrisa irónica.

   Graywood detestaba a aquel presuntuoso delincuente de melena rubia, detestaba que fuese amante de su hija y detestaba que la llamase "vaquita". 

   —Nunca ha sido demasiado puntual —afirmó el comisario, sin mirar siquiera a Voregan.

   —Me ha sorprendido verle aquí —dijo Tarsis—. Su hija dice que no le gustan estos combates.

   —No pensaba venir, pero no me agradaba la idea de que Darla estuviese sola entre tanta gentuza.

   —¡Ja, ja, ja! Así que está aquí por amor paterno, ¿eh?

   El veterano policía clavó sus duros ojos en los del Toro. No le gustaba el tono malicioso en el que había pronunciado la última frase. ¿Acaso Darla le había hablado de los encuentros incestuosos que mantenían desde hacía años? Prefirió pensar que su hija era demasiado inteligente para eso, soltó un gruñido de asentimiento y apartó la vista del arrogante joven.

   —No se preocupe, comisario. Nuestra vaquita sabe cuidarse sola.



      Situados en amplios pasajes subterráneos , los vestuarios de El Coliseum eran sombríos y silenciosos. Allí apenas llegaba el alboroto del exterior, y Laszlo Montesoro lo agradecía. Estaba sentado en un banco de madera, realizando ejercicios de respiración para concentrarse. Estaba ansioso por combatir; deseaba la victoria más de lo que nunca había deseado nada. Y Kuokegaros, el dios primitivo cuyo poder le llenaba las venas con un calor sobrenatural, estaba impaciente.

   En aquellas estancias de paredes rocosas solo se permitía la entrada a los líderes, a sus lugartenientes, y a uno de los numerosos árbitros que supervisaban la contienda, para comprobar que los luchadores no llevasen armas ocultas, algo improbable ya que combatían casi desnudos. A el líder de los Pumas Voladores no le había agradado en absoluto que aquel tipo con camiseta a rayas blancas y negras le metiese un dedo enfundado en látex por el culo, pero era parte de las normas. Se había adoptado esa medida quince años atrás, cuando la entonces líder de los Murciélagos Dorados había degollado a su adversario con una navaja automática que ocultaba dentro de su vagina. Desde ese día, la inspección de orificios corporales era obligatoria.

   Koudou se encontraba a escasos metros de su líder, apoyado en el muro y fumando con expresión inescrutable. Loup Makoa, la cuarta persona en la estancia, miró a Laszlo con una sonrisa burlona mientras este se subía los cortos calzones que llevaría en la arena, mitad negros y mitad púrpura.

   —¿No me digas que no te ha gustado aunque sea solo un poco,  jefe?

   —Cállate, Makoa —gruñó el líder.

   —Todo en orden —dijo el árbitro en tono solemne. Se quitó el guante y lo arrojó a una papelera —. Dentro de diez minutos pronunciarán tu nombre por los altavoces y saldrás a la arena. 

   Laszlo miró al guerrero negro, quien asintió con gesto grave. Era la muestra de apoyo más efusiva que obtendría del siempre adusto Koudou. Loup Makoa, en cambio, le dio un largo abrazo y un beso en la mejilla.

   —Suerte, jefe. Haz que esa enorme zorra pida clemencia.

   Era lo único en lo que pensaba. Durante los dos días que había pasado en casa de Biluva, alternando sesiones de sexo salvaje para apaciguar su ánimo exaltado y ejercicios de meditación, no pensaba en otra cosa que en humillar a La Capitana delante de toda la ciudad. Casi no se acordaba de lo que supondría la victoria o la derrota, de la libertad de Ninette o del futuro de Los Pumas Voladores. Solo pensaba en ganar.

09 junio 2023

EL TÓNICO FAMILIAR. (20)

 

 
  Lo primero que percibí al despertarme fue el hedor. Un conocido e intenso olor a mierda de cerdo. Abrí los ojos con dificultad, cegado por un tubo halógeno que colgaba de una viga de madera, cubierto de mugre e insectos muertos. El fuerte dolor en el cráneo me hizo recordar el golpe y al intentar moverme me di cuenta de que tenía las muñecas atadas a la espalda y sujetas a el respaldo de una silla metálica atornillada al sucio suelo de cemento.
  —Vaya, vaya... Mira quien se ha despertado por fin.
  Reconocí la voz de inmediato, y cuando conseguí enfocar la vista lo vi de pie frente a mí, a un par de metros. El pelo canoso peinado hacia atrás con gomina, el espeso bigote negro, la guayabera blanca a juego con los pantalones, el pesado reloj de oro en la muñeca y el cigarro habano humeando entre los dedos. Era Jose Luis Garrido, el alcalde del pueblo.
  Unos pasos detrás de él, con las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida en su desagradable semblante me observaba otro hombre de edad similar, algo más de sesenta años, alto y fuerte, con pantalones de pana y una camisa de franela remangada, desaliñado, desaseado y con un brillo cruel en sus pequeños ojos. Como ya habréis imaginado no era otro que Ramón Montillo, el porquero.
  No era difícil deducir que estábamos en la propiedad del criador de cerdos, en una especie de nave abandonada con aspecto de haber servido de matadero años atrás. Las anticuadas instalaciones estaban cubiertas de suciedad y me costaba distinguir las paredes, ya que el halógeno era la única fuente de luz en el espacioso recinto. 
  —¿Pero qué... qué es lo que...? —conseguí decir, mientras forcejeaba con mis ataduras.
  —Tranquilo, chaval. No te esfuerces —dijo Garrido. Dio una calada a su puro y lo usó para señalar hacia un lado—. Ahora que estás más espabilado, quizá deberías mirar a tu derecha.
  Hice lo que me sugería, giré el cuello y lo que vi me heló la sangre. Solté un grito inarticulado y estoy seguro de que el corazón se me paró durante un instante. A poca distancia de mi silla había otra, también atornillada al suelo, y en ella estaba sentada mi abuela, completamente desnuda e inconsciente. Además de las muñecas, le habían atado los tobillos y las rodillas. Estaba un poco encorvada hacia adelante y tenía la barbilla pegada al pecho, con los ojos cerrados. Su rosado y voluptuoso cuerpo parecía tan indefenso como el de los cerdos que tiempo atrás habían sido sacrificados en aquel infame lugar.
  Me revolví en la silla, gimiendo de rabia, hasta hacerme daño en las muñecas y los hombros. Me giré hacia el alcalde y lo miré con más odio del que nunca había mirado a nadie.
  —¡¿Qué... coño le habéis hecho?! ¡Hijos de puta! —grité a pleno pulmón. 
  —Eeeh, no hace falta insultar, amigo. Tu abuelita está bien. Somos unos caballeros y a ella no le hemos arreado en la cabeza. Eso sí, le hemos metido en ese cuerpazo sedantes como para tumbar a una yegua. 
  —Si le habéis tocado un pelo... Os juro que...
  —Nadie se la ha follado, si es eso lo que te preocupa. Y no ha sido fácil evitarlo porque aquí mi compadre le tiene ganas desde que era moza —explicó Garrido, señalando a Montillo con el puro—. Y el subnormal de su hijo ni te cuento.
  Cuando hizo referencia a Monchito me di cuenta de que el susodicho retrasado estaba agazapado a unos metros de mi abuela, ocultando su considerable corpulencia en la espesa penumbra junto a una montaña de trastos tapados con lonas polvorientas. Apenas podía distinguir la expresión de su rostro, pero me dio la impresión de que no le agradaba estar allí ni lo que estaba ocurriendo.
  —Te confieso que, aunque prefiero a las jovencitas, a mí tampoco me importaría darle un buen meneo —continuó el alcalde, repasando con la mirada el hermoso cuerpo de su prisionera—. A ver, no te voy a mentir, mientras la atábamos le hemos sobado un poco las tetas. Pero, joder... ¿Quién se puede resistir a semejantes pechugas? Bueno, a ti que te voy a contar, ¿eh?
  Me guiñó un ojo y supe que estaba al tanto de la relación incestuosa con mi abuela. Apreté los dientes y bufé como un animal, aunque eso era lo que menos me preocupaba en aquel momento. Esos hombres, por llamarlos de alguna forma, nos habían secuestrado y llevado literalmente al matadero.
  —Aunque, ¿quienes somos nosotros para juzgarte? ¡Ja ja! Mi compadre se la mete a sus hijas un día si y otro también, el tonto pone a su madre mirando a Cuenca cuando le apetece y yo... Bueno, yo no he llegado a tanto, pero cuando era más joven a alguna que otra prima le metí el rabo. 
  Garrido era de esos tipos que adoran escucharse a sí mismos y pensé que no iba a callarse nunca. Su “compadre” se limitaba a reírle las gracias y a acomodarse el paquete sin disimulo, mirando a la anestesiada pelirroja y relamiéndose de anticipación. El muy bastardo daba por hecho que iba a cumplir su sueño de follársela, y la sola idea me revolvía el estómago.
  —¿Qué es lo que queréis? —escupí, más que dije. 

17 marzo 2022

HASTA QUE LA LUNA NOS SEPARE.


  En cuanto salí de la joyería con el anillo de compromiso en el bolsillo supe que no podía seguir ocultándoselo. No a Debra.

   Nuestra historia de amor no podría haber sido más clásica; prácticamente un cliché. Nos habíamos conocido en la universidad, siendo yo el quarterback del equipo de football y ella una de las animadoras. Una preciosidad de melena castaña y grandes ojos color miel de la que me enamoré casi a primera vista.

Éramos la pareja más envidiada del campus. No había chico que no quisiese estar en mi lugar ni chica que no la odiase al verla pasear colgada de mi musculoso brazo. Cualquiera hubiese vendido su alma al diablo por pasar un rato junto a ella en el asiento trasero de mi Camaro, acariciando su sedosa piel bajo la ropa, o besando los muslos que dejaba casi al descubierto la escueta falda de su uniforme.

  Al principio me manifestó su determinación de llegar virgen al matrimonio, pero al cabo de unos meses se reveló su naturaleza voluptuosa y se entregó a mí, ocultos entre los árboles de un bosque a las afueras de nuestra pequeña ciudad. Yo ya había estado con otras chicas (era el quarterback, ya sabéis) y mi experiencia hizo que todo resultase más sencillo para ambos. Fue dulce al principio. Un pausado intercambio de besos, caricias y susurros entre los asientos de cuero. Poco más tarde estaba tumbada sobre el capó, prácticamente desnuda, gimiendo de placer con cada una de mis acometidas.

   Cuando nos graduamos yo encontré un buen empleo, a pesar de mi mediocre expediente académico, lo que me permitió alquilar una casa en las afueras, cerca del bosque. Debra, mucho mejor estudiante que yo, comenzó a trabajar en un jardín de infancia hasta poder cumplir su sueño de ser profesora.

   Las cosas no podían irnos mejor, y antes de que toda la ciudad comenzase a preguntarse por qué nuestro noviazgo se prolongaba tanto entré en la joyería y escogí un anillo, pensando que debía sentirme el hombre más feliz del mundo. Sin embargo no era así.

   Durante toda mi vida había conseguido ocultarle mi secreto a  quienes me conocían, incluso a mi familia y a mis mejores amigos. Incluso a Debra. Pero si iba a compartir mi vida con ella debía compartirlo todo: la deslumbrante luz del hombre atractivo, encantador y honrado al que amaba, y también las más oscuras de mis sombras.

   Lo preparé todo cuidadosamente. Sería en la misma solitaria arboleda donde fue mía por primera vez. Un picnic bajo la luz de las estrellas, con algunas velas, una botella de buen vino... y escarbando en mi pecho como una familia de ratas la maldita incertidumbre. No por la proposición: estaba seguro de que Debra deseaba ser mi esposa más que nada en el mundo, sino por la revelación que, necesariamente, acompañaría a la propuesta. Si ella no aceptaba la única parte de mí que aún no conocía todo mi mundo se vendría abajo.

   La recogí en casa de sus padres, como de costumbre. Llevaba unos pantalones blancos, ajustados a las elegantes curvas de sus caderas y muslos, una camisa a cuadros abotonada con recato (tanto como permitía la silueta de unos prominentes pechos dibujándose en la tela) y el pelo recogido con un pañuelo amarillo.

—¿Voy bien para un picnic nocturno? —preguntó, juguetona, después de besarme.

—Estás preciosa.

   A lo largo de los años, había aprendido a dominar mis nervios. A ocultar mis emociones, o fingir otras, incluso en la más delicada de las situaciones. Pero aquella noche estaba demasiado agitado y Debra me conocía demasiado bien.

—¿Te ocurre algo, cariño? Estás muy callado.

—Nada, preciosa.

   Ella se recostó en el asiento, y pude ver de soslayo cierta sonrisa traviesa que se esforzó por disimular. Sin duda sabía, o tenía firmes sospechas, sobre el motivo (al menos uno de ellos) de la inusual cena campestre. Vivíamos en una ciudad pequeña, yo era alguien bastante conocido en la comunidad y el día anterior había comprado un anillo de compromiso. Las noticias vuelan.

   Detuve el coche al borde de un claro, abrí el maletero y comencé a disponerlo todo, bajo la luz anaranjada del crepúsculo, bromeando con Debra, quien insistía en ayudarme mientras la apartaba con amorosos forcejeos. Extendí la manta sobre la hojarasca, preparé las velas, los platos y las copas.

   Cuando nos sentamos, mirándonos a los ojos, ya era de noche. Algunas nubes ocultaban la luna, y los jugosos labios de Debra jugueteaban con el borde de su copa. No podía esperar mucho más. Mi corazón, un corazón de atleta que rara vez se aceleraba, estaba al borde de la taquicardia.