Lo primero que vi cuando me desperté fueron aquellas bragas blancas con ribete azul en mi mesita de noche, brillando casi bajo la luz de la mañana que entraba entre las cortinas de mi habitación. Eran la única prueba de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido un delirante sueño.
Estiré los músculos con un gruñido de satisfacción, cogí la inmaculada prenda y la miré mientras mi mente despertaba del todo y recreaba las imágenes, añadiendo más ímpetu a mi habitual erección mañanera. El partido de tenis nocturno, en el que mi madre y la famosa tenista Diana Wesley se habían batido mostrando sus encantos a la luz de los focos. La increíble escena lésbica en el vestuario y las atenciones orales de las gemelas africanas. Una noche que no olvidaría jamás.
Me quité los boxers y dejé a mi miembro erecto balancearse al ritmo de la sangre que hervía en sus cavidades. Acerqué las braguitas a mi rostro y aspiré profundamente, aunque ya sabía que mamá las había robado de la taquilla de la presumida norteamericana y no estaban usadas. Aún así, el olor de la tela perfumada por el suavizante y el recuerdo de su propietaria, sus nalgas perfectas aceitadas y enrojecidas por los azotes de su contrincante, bastaron para excitarme aún más.
Entonces escuché, procedente del piso de abajo, el característico pitido del microondas. Mi madre debía estar preparándose el desayuno. Me moría de ganas por verla, tantear su estado de ánimo y cómo le había afectado todo lo ocurrido hacía apenas unas horas. No solo la velada en casa de Don Gerardo Herrero sino también, y sobre todo, el beso que le había robado antes de volver a casa aprovechando su cansancio, un beso en el que nuestras lenguas habían llegado a tocarse durante un sublime instante.
Miré de nuevo las bragas de la campeona y tuve una idea que tal vez aliviaría un poco la tensión entre ambos. Sonreí con cierta malicia y me levanté para ponerla en práctica.
Como ya sospechaba, mi madre estaba en la cocina, sentada a la mesa frente a una humeante taza. No me escuchó llegar, así que me detuve en la puerta para observarla. Llevaba uno de sus finos vestidos veraniegos, corto y con tirantes, de un intenso color entre el naranja y el amarillo, el tipo de color que combinaba a la perfección con su piel bronceada. La prenda dejaba al descubierto casi toda la longitud de sus formidables piernas e iba descalza, lo cual me hizo recordar el placer que esos pies podían proporcionar. La larga melena negra, recogida en una coleta, parecía un poco húmeda, señal de que se había duchado o nadado en la piscina no hacía mucho.
—Buenos días, mamá —dije, después de acercarme a ella.
Mi aparición la pilló por sorpresa y no pudo evitar que la saludase con un rápido beso en los labios. Consideré un triunfo que no se quejase, aunque en sus preciosos ojos oscuros pude ver preocupación y cansancio. Fui hasta la nevera para servirme un vaso de zumo y caí en la cuenta de que su actitud no se debía a mis constantes intentos de meter mi lengua en su boca. Sin duda estaba preocupada por el trato que habíamos hecho con Herrero.
—¿Qué te pasa? ¿Tienes agujetas? —pregunté, tras sentarme frente a ella en la mesa.
—No muchas —Suspiró y le dio un sorbo a su bebida —. Estoy preocupada por tu primo.
Que mostrase tanta preocupación por su sobrino, el mismo hijo de perra que la había chantajeado y humillado, me puso de mal humor, pero en el fondo, y aunque me costaba reconocerlo, compartía la misma inquietud. A pesar de haber presenciado cómo usaba sus malas artes para abusar de mi madre, Héctor había sido como un hermano mayor para mí desde que tenía memoria. Habíamos pasado buenos ratos, me había defendido de matones y hasta había perdido la virginidad gracias a su ayuda. Desde luego, yo era el menos indicado para culparle por tener deseos incestuosos hacia su tía, pero la forma rastrera en que los había consumado, su actitud hacia ella, la forma en que la sometía y degradaba, eso merecía un castigo.
—No te preocupes. Seguro que don Gerardo no le hará daño. Solo le dará un susto para que te deje en paz.
Mamá asintió, mirando hacia la ventana. Me dolía verla tan triste, pero no había nada que yo pudiese hacer sobre el asunto de Héctor. Solo nos quedaba esperar hasta recibir alguna noticia. La miré más detenidamente y observé que no llevaba un bikini bajo el vestido, como era habitual en ella durante las vacaciones. A través de la tela anaranjada pude intuir el elástico de unas bragas en su cadera y, aunque la parte superior no se transparentaba, era evidente que no llevaba sostén. Tenía que animarla un poco, así que puse en práctica el plan que había ideado en mi dormitorio.
—¿A que no sabes lo que llevo puesto? —pregunté, con una sonrisa que pretendía ser pícara.
Me miró de arriba a abajo, desde la camiseta negra hasta el bañador largo con tablas de surf estampadas, siguiéndome el juego sin mucho entusiasmo.
—Una camiseta y un bañador. Como siempre.
—Si, pero ¿sabes lo que llevo debajo del bañador?
Suspiró y puso los ojos en blanco. Durante los últimos días había quedado muy claro que la deseaba más que a ninguna otra mujer en el mundo, que mi mayor anhelo era bajarla de ese pedestal donde la palabra “Madre” estaba tallada con letras enormes, atravesar con ella todos los tabúes y barreras y poseerla en el húmedo sótano de lo prohibido. Era un asunto que se mantenía en segundo plano, una fiera a medio domesticar que a veces se agazapaba a la espera y a veces soltaba un peligroso zarpazo. Y era ella quien, tarde o temprano, tendría que tomar una decisión: dejar libre a la bestia y abandonarse a los placeres clandestinos que prometía o matarla de una vez por todas. Esa mañana la decisión aún no estaba tomada, y yo intentaba mantener un delicado equilibrio, quizá imposible, que me llevase a saciar mi lujuria incestuosa sin enturbiar nuestra relación natural, gozar de ella como amante sin perder el amor y la ternura maternal que me había entregado incondicionalmente desde que nací.
—Está bien, ¿qué es lo que llevas debajo del bañador? —dijo tras una pausa y otro suspiro, como si fuese a contarle el final de un chiste de mal gusto que ya había escuchado muchas veces.
—Llevo las bragas de Diana Wesley.
Por un momento no reaccionó, solo me miró con una ceja levantada. Pero pasados unos segundos, como yo esperaba, una sonrisa se dibujó en sus labios, se llevó una mano a la frente y movió la cabeza de lado a lado. Es difícil encontrar una arruga en el rostro de mi madre cuando está relajado, pero cuando se ríe aparecen finas líneas alrededor de sus ojos y su boca, unas líneas que a mi parecer aumentan la belleza de su ya de por sí atractivo y poco convencional semblante.
—Vaya, ¿es una nueva perversión que debo añadir a la lista? —preguntó, aguantándose la risa.
—No lo creo. Son suaves, pero me aprietan demasiado —respondí, también risueño.
Me llevé la mano a la entrepierna, dónde a pesar de la presión que ejercía la prenda femenina mi miembro erecto se marcaba en la tela del bañador. Ya sabía que el tamaño de mi verga no la impresionaba, pero aun así separé un poco las piernas y estiré la tela con la mano para que su forma y envergadura resultasen más evidentes, mientras la miraba con expresión interrogante. La sonrisa desapareció de inmediato del rostro de mi madre, soltó aire con fuerza por la nariz y apartó los ojos.
—No estoy de humor para tus tonterías, Julio. Y lo sabes —dijo, con voz cansada.
—¿Sigues enfadada por lo que pasó en el Club? —pregunté, algo molesto porque mi broma no hubiese llegado más lejos.
Sus ojos oscuros brillaron más todavía cuando rememoró lo ocurrido en el restaurante el día anterior. Reculó un poco en la silla y dobló las piernas hacia atrás, apartando de mí sus pies descalzos tanto como pudo. Incluso yo reconocía que había llegado demasiado lejos, obligándola a masturbarme con un pie bajo el mantel en un lugar público donde todo el mundo nos conocía. Pero tampoco podía olvidar, y no iba a dejar que lo hiciese, lo que había ocurrido más tarde en la bañera. Me había permitido, sin reparo alguno, contemplar su cuerpo desnudo, frotar su espalda, e incluso me había besado.
—No te entiendo, mamá —dije, en tono serio —. No entiendo a qué estás jugando.
—¿A qué estoy jugando? ¿A qué te refieres?
—Dices que lo que siento hacia ti es una enfermedad, que debería olvidarlo. Pero después haces cosas... Como lo de ayer en la bañera... Que me confunden.
Las facciones de mi madre se suavizaron y el enojo desapareció de su mirada. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y por un momento pensé que iba a alargar el brazo para acariciarme la nuca, como hacía siempre que quería consolarme, pero no lo hizo.
—Julio, nunca he dicho que estés enfermo. Y si lo he dicho no lo decía en serio —bajó la vista hacia su taza, pensativa —. Respecto a lo que pasó en el baño... No sé que decirte. Supongo que después de lo que me hizo Héctor necesitaba afecto, tú me lo diste e intenté agradecértelo de esa forma. Lo siento.
En ese momento solté una carcajada y también me incliné hacia adelante. Moví una mano hasta tocar las suyas, que rodeaban la taza, y no las apartó. Una tímida sonrisa asomó de nuevo a sus labios, y mi mal humor se disipó por completo.
—¿Que lo sientes? No digas tonterías. A mí me encantó, y lo único que siento es que fuese tan corto.
No dejó de sonreír, pero se levantó de la mesa y caminó hasta el fregadero para dejar la taza. Por supuesto, me recreé mirando sus largas piernas, su elegante y elástica forma de caminar, y la delicada tela de las braguitas robadas se tensó aún más entre mis muslos. Apoyó las manos en el borde de la encimera y flexionó una rodilla. Escuché su profunda respiración en el silencio de la casa desierta, roto tan solo por el canto de los pájaros en el jardín, mientras ella miraba por la ventana en actitud contemplativa. Me pregunté que le estaría pasando por la cabeza e ese momento, si alguna vez llegaría a entender lo que ocurría en la mente de aquella extraordinaria mujer. Una mujer a la que conocía, literalmente, de toda la vida, y que cada vez me resultaba más enigmática.
Pero no dediqué más de diez segundos a meditar sobre los misterios de su mente, pues a la mía no llegaba demasiada sangre en ese momento. El cazador, ese aspecto de mi personalidad que me proporcionaba placenteras victorias y problemas a partes iguales, estaba despierto y olfateaba una presa débil. Por suerte, el cazador se estaba volviendo más sutil, estaba aprendiendo a pensar a largo plazo y a conformarse con pequeños triunfos que podrían debilitar a la presa y conducir algún día al deseado trofeo final.
—Oye, mamá, ¿por qué no hacemos un trato?
Ella se dio la vuelta, apoyó de nuevo las manos en la encimera y también las nalgas. Me miró con la cabeza un poco ladeada y su típica expresión de sospecha, habitual cuando sabía que estaba tramando algo, aunque la leve sonrisa continuaba en su boca. Incluso en aquella postura casual, algo despeinada y con ese alegre vestido, su estampa resultaba intimidante.
—¿Qué clase de trato?
—Mira, ya sé que no me he comportado muy bien estos días, que lo estás pasando mal y que debería haberte tratado con más respeto. Lo siento, y te dejaré en paz hasta que termine todo este asunto de Héctor, lo prometo, si me das un beso.
Su reacción no fue la que esperaba, aunque no estaba muy seguro de que reacción debía esperar. Echó hacia atrás la cabeza y se rió, una risa donde se mezclaban la diversión y el cansancio. Eso jugaba a mi favor, pensé. Estaba harta de mi pueril acoso y tal vez accediese solo para librarse de mí por un tiempo.
—¿Un beso? Pero si ayer me besaste más veces que tu padre en el último año —dijo, mirándome de nuevo.
No pasé por alto el comentario sobre mi padre, sin duda un desliz. Mis padres se habían distanciado bastante en los últimos años, pero evitaban hablar de ello delante de otras personas, lo cual me incluía a mí. Decidí fingir que no lo había escuchado y lo guardé en mi carcaj, por si me resultaba útil en otro momento.
—Me refiero a un beso de verdad. Un morreo, enrollarnos, comernos la boca, darnos el filete... —expliqué.
—Vale, lo he entendido. Quieres meterle a tu madre la lengua en la boca.
—Joder, dicho así suena fatal. Pero... Sí, eso es. ¿Qué dices?
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, lo cual no era buena señal en términos de lenguaje corporal, y me miró fijamente a los ojos. Yo me mantuve impasible, con la sonrisa inocente de un niño que le ha pedido un helado a su mami, sentado con la espalda muy recta y las manos unidas sobre los muslos para tratar de ocultar el persistente bulto en mi bañador. Después de unos segundos que me parecieron horas, separó las nalgas de la encimera e irguió la espalda, con las manos en las caderas y las piernas algo separadas. Cerró los ojos, movió la cabeza hacia los lados, suspiró, volvió a abrirlos y habló.
—Diez segundos, ¿de acuerdo? Y cuidado con las manos. Puedes tocarme la cintura, la espalda o el pelo, pero nada más ¿Me has entendido?
—Entendido —dije, con la sonrisa de un niño a quien su mami acaba de comprarle un helado.
Por un momento no supe que hacer, si levantarme de la silla o quedarme donde estaba. No tuve que decidir, porque ella caminó hacia mí, se inclinó para agarrarme las manos y las puso en su cintura con firmeza, dando a entender con claridad que si las bajaba hasta las nalgas o los muslos tendría problemas. Lo que hizo a continuación me sorprendió tanto que me habría caído de culo de no estar ya sentado. Se sentó en mi regazo, con las piernas cruzadas, y sus prietas nalgas quedaron justo sobre la erección que yo intentaba disimular. Debido a su metro noventa de estatura, en aquella posición su cabeza quedaba muy por encima de la mía, y tuve que doblar el cuello hacia atrás para mirarla a la cara. Su expresión parecía seria a primera vista, pero estaba lo bastante familiarizado con sus facciones como para detectar una leve curva, apenas el esbozo de una sonrisa, en la comisura de los labios que se disponían a tocar los míos. Estaba claro que se había sentado sobre mí para dominar la situación por completo, para intimidarme con su formidable anatomía y a la vez demostrar que no le importaba la palpitante rigidez de mi tranca. También me resultaba evidente que, en el fondo, a pesar de sus prejuicios y la reticencia a cruzar ciertas líneas, mi madre estaba disfrutando con la situación.
Mis manos continuaban en su estrecha cintura, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Las suyas se movieron: una me acariciaba la nuca, como tantas veces había hecho, y la otra se posó en mi rostro, con el pulgar rozando suavemente mi mejilla. Curvó la espalda para acercar sus labios a los míos, y cuando estaban tan cerca que su cálido aliento se colaba en mi boca entreabierta, habló en voz muy baja.
—¿Preparado?
No pude contestar. Tragué saliva y asentí a duras penas. Sus nalgas se deslizaron un poco entre mis muslos, presionando con más fuerza mi aprisionada virilidad. De nuevo, nuestros labios se tocaron, pero esta vez fue diferente. La energía que manaba de ellos, y de todo el cuerpo de su propietaria, era arrolladora y electrizante. Toqué su lengua con la mía, temiendo que se apartase como había hecho la noche anterior, pero no lo hizo. Al contrario, respondió con una intensidad que borró de golpe los pocos besos que me habían dado hasta entonces. Noté el sabor del té con miel que acababa de beberse, y por supuesto degusté su saliva como si fuese el más exquisito de los licores. Su lengua era como ella, larga y elástica, se entrelazaba, se deslizaba y dominaba por completo a la mía. Sus manos me acariciaban el pelo y los hombros, su cabeza se inclinaba a un lado u otro para que nuestras bocas abiertas se acoplasen a la perfección. No sabía si habían pasado ya los diez segundos, ni quería saberlo. Y de repente terminó, pero contra todo pronóstico fui yo quien le puso fin de forma involuntaria.
Cerré los ojos con fuerza, incliné la cabeza hacia atrás y solté un largo gemido mezclado con jadeos entrecortados. Cuando abrí los ojos, mi madre me miraba sorprendida, con los labios brillantes de saliva. En un par de segundos comprendió lo que había pasado, se levantó rápidamente y miró mi entrepierna. Una mancha grande y redonda oscurecía la tela de mi bañador. Mientras intentaba recuperar el aliento, conseguí balbucir unas palabras.
—Lo... Lo siento. Ha sido... Ha sido sin querer, te lo juro.
Ella se limitó a mirar de nuevo la mancha delatora con cara de fastidio, se pasó la mano por las nalgas y la parte trasera del vestido para asegurarse de que no la había manchado y se apartó de mí un par de pasos. Yo noté como la sangre abandonaba mi verga y subía hasta mis mejillas. Estaba tan avergonzado que no podía ni mirarla a la cara. ¿Cómo iba a hacer que me considerase un posible amante, un hombre de verdad capaz de darle placer, si no podía aguantar un beso de diez segundos sin correrme encima?
—No pasa nada, cielo —dijo, tratando de quitar hierro al asunto. Me hablaba con dulzura, pero podía notar en su voz que estaba molesta por lo ocurrido —. Ha sido culpa mía. Me he movido demasiado. Vamos, no te preocupes. Cámbiate y vamos a darnos un baño en la piscina, ¿vale?
Sin decir una palabra, me levanté y salí de la cocina. Resultaba evidente que, a pesar de mi presunción, aún no estaba listo para dar la talla con una mujer como mi madre. Cuando comenzaba a subir las escaleras, escuché su voz dándome una orden, en el tono tajante que cualquier madre usaría a pesar de lo atípica que era la situación.
—Ah, y tira esas bragas a la basura, ¿entendido?
Una vez en el cuarto de baño, lancé con rabia el bañador al cesto de la ropa sucia. Me quité las bragas de la tenista, totalmente empapadas en semen, y las miré durante unos segundos. Podían lavarse, pero siempre me recordarían mi bochornosa actuación, así que obedecí a mamá y las tiré en el pequeño cubo metálico que había junto al lavabo. Intenté relajarme con una ducha caliente, pero no sirvió de mucho. Lo que más me enfurecía era que, de haber continuado, ese beso podría haber terminado en algo más. Había durado más de diez segundos, estaba seguro, y al igual que cuando mi primo la tocaba su cuerpo estaba respondiendo, dejándose llevar. Había perdido una oportunidad única, traicionado por el deseo acumulado durante años como el vapor en una olla a presión.
Fui desnudo hasta mi habitación y me tumbé un rato, respiré hondo varias veces para tranquilizarme y recordé lo que mi madre había dicho sobre darnos un baño en la piscina. Recuperé un poco la confianza en mí mismo y decidí pedirle una segunda oportunidad. En la piscina le demostraría que era un hombre de verdad, como se lo había demostrado a mi prima Alba dos días antes. En ese momento escuché voces en el piso de abajo, estaba seguro de que una de ellas era la de mi tía Teresa, y parecía alterada. Con el corazón a mil por hora, me puse unos pantalones y una camiseta y bajé.
La escena que encontré en la cocina me dejó paralizado durante un momento. Teresa estaba sentada en una silla, temblando a causa del llanto, con sus pequeños ojos verdes enrojecidos y las mejillas pecosas húmedas por las lágrimas. Mi madre estaba de pie junto a ella, medio agachada para poder rodear los hombros de su hermana mayor y ofrecerle consuelo. Alba también estaba allí, en otra silla. Mi prima no lloraba pero su expresión era la más seria que nunca había visto en su bonito rostro. Sentí una especie de vértigo, hasta que mi madre levantó la cabeza y me miró.
—¿Qué ha pasado? —pregunté mientras me acercaba a la mesa.
Mi tía Teresa me miró, alargó una mano para tocar la mía e intentó hablar entre hipidos y sollozos. A pesar de todo, no pude evitar fijarme durante un instante en el temblor de sus enormes pechos, ceñidos por una escotada camiseta rosa.
—Julio... Tu primo... Tu primo...
No pudo continuar, así que su hermana tomó la palabra.
—A el primo Héctor lo han detenido esta mañana y está en comisaria —dijo mi madre. La conversación muda que sostuvimos al mirarnos, casi telepatía, fue tan intensa como el beso que nos habíamos dado poco antes. Estaba claro que Herrero había actuado. Acariciando el pelo y los hombros de Teresa con ternura, continuó hablando en tono grave —. Lo han parado en un control de carretera, y al parecer llevaba... Un paquete con droga en el maletero.
Contuve las ganas de soltar un suspiro de alivio. Mi tía era tan exagerada que por un momento temí que Héctor estuviese muerto, o como mínimo en el hospital con todos los huesos rotos. No me costó mucho imaginar lo ocurrido. Un par de policías corruptos, a sueldo de Gerardo Herrero, habían puesto la droga en el coche de mi primo. Lo mejor del plan era que, teniendo en cuenta las compañías que frecuentaba Héctor en su barrio, resultaba creíble que la droga fuese suya.
—Dos... Dos kilos de cocaína... ¿Te lo puedes creer? —dijo Teresa, que comenzaba a recuperar la compostura —. Mi niño no haría algo así. Seguro que alguien se la ha metido en el coche sin que se diese cuenta.
“Tu querido niño es un macarra que chantajea a mi madre para abusar de ella y que se folla a su hermana pequeña cuando le viene en gana” pensé, aunque mantuve la boca cerrada. Me volví hacia Alba, quien miraba la pantalla de su móvil sin mucho interés, y le acaricié el hombro. Un gesto cariñoso y carente de lascivia al que ella respondió con un intento de sonrisa. Mi tía, por otra parte, reanudó su concierto de sollozos y gemidos. Mi madre se arrodilló frente a ella y la obligó a mirarla sujetándole el rostro con las manos.
—Teresa, cálmate, ¿de acuerdo? Voy a llamar a Arturo y se encargará de todo. Héctor estará en la calle hoy mismo —Dicho esto la abrazó y la dejó llorar sobre su pecho.
Arturo, mi padre, era socio de uno de los bufetes de abogados más importantes del país. Mamá no exageraba al afirmar que liberaría a mi primo en cuestión de horas, y eso no me entusiasmó. Me hubiese gustado tener a Héctor entre rejas al menos un par de semanas, que tuviese que vérselas con tipos duros de verdad, e incluso que lo hubiesen humillado metiéndole un buen rabo hasta la garganta como él había hecho con su tía. Eso habría sido un buen escarmiento. La voz de mi madre interrumpió aquellas sórdidas fantasías carcelarias.
—Julio, llévate a Alba arriba, anda.
Aunque me moría por conocer más detalles sobre el arresto de mi primo, no quería levantar sospechas y obedecí. Subí las escaleras y Alba me siguió, sin dejar de mirar el móvil, mientras yo la miraba a ella. Como de costumbre, su vestimenta distaba mucho de ser recatada. Un top blanco con un estridente logotipo dorado cubría sus firmes pechos, dejando al aire el abdomen y casi toda su espalda. Los shorts tejanos eran tan cortos que dejaban ver el inicio de las redondeadas nalgas y calzaba unas deportivas de colores chillones sin calcetines. Llevaba una pulsera de diminutas cuentas moradas en el tobillo y el pelo castaño oscuro recogido en una trenza corta y gruesa, adornada con un llamativo coletero.
Cuando llegamos a mi habitación se sentó en mi cama con las piernas cruzadas, sin apenas mirarme. Yo me senté a su lado, esperé y busqué en su rostro alguna pista sobre su estado de ánimo. Estudié la curva de su boca pequeña y carnosa, con el labio superior un poco adelantado, las lineas de su naricilla respingona, el movimiento de los grandes ojos verdes y el de sus pequeños dedos sobre la pantalla del móvil. Saqué en claro que era una auténtica monada, cosa que ya sabía, y que a pesar de lo ocurrido no iba a consentir que esa niñata maleducada me ignorase en mi propia habitación. Le quité el teléfono de las manos tan deprisa que cuando reaccionó ya lo había escondido bajo uno de los cojines de la cama.
—¿Qué haces, idiota? ¡Dame mi puto móvil! —dijo, con su habitual soltura barriobajera.
Pensaba que después del polvo acuático se había suavizado su mal carácter, al menos conmigo, pero al parecer un par de latigazos no bastaban para domesticar a la deslenguada fierecilla. Por mi parte, someterla aquella calurosa tarde me había servido para ganar confianza en mí mismo. Ya no me intimidaban sus formas femeninas, y mucho menos sus arrebatos de adolescente colérica. Intentó recuperar su teléfono pero la inmovilicé sujetándole un brazo.
—Deja el teléfono, joder, y vamos a hablar —dije, en tono autoritario. Algo sorprendida por mi actitud, Alba resopló y se quedó quieta —. Dime, ¿cómo estás?
—¿Cómo quieres que esté? Han metido a mi hermano en la cárcel —respondió.
Bajó la mirada para ocultar que sus ojos comenzaban a humedecerse. Le acaricié la espalda para consolarla, y el tacto de su piel suave y bronceada bastó para que la sangre fluyese de nuevo hacia mi dragón dormido.
—No te preocupes por eso. Ya has oído a mi madre, estará fuera hoy mismo —Me incliné y acerqué la boca a su oído para susurrarle —. Esta misma noche lo tendrás en casa, follándote como a ti te gusta.
Los comentarios sobre su relación incestuosa con Héctor no le molestaban demasiado. Ya había comprobado dos días antes, en el dormitorio de invitados, que hablaba del tema con una naturalidad pasmosa, aunque por supuesto lo mantenía en secreto. En cualquier caso, mi malicioso comentario me costó un codazo en las costillas y uno de sus sutiles insultos.
—Hijoputa, cállate la puta boca.
—Y hablando de follar —continué, separándome de su oreja pero sin levantar demasiado la voz —. ¿Te tomaste la píldora del día después?
Era un tema en el que no había pensado mucho, pero en ese momento me di cuenta de lo importante que era. En la piscina, había rellenado su tierno bollito con una buena cantidad de crema, y la idea de que estuviese embarazada me provocó un escalofrío en la columna. De mejor humor, Alba me miró con una mueca burlona.
—Claro qué sí, imbécil. Fui al centro de planificación familiar de mi barrio y me la dieron. Pero ya te vale, correrte dentro... ¿Sabes qué? En la puerta del centro había unas viejas y me miraron como si fuese un putón.
—O sea, como te miran siempre.
Esta vez respondió a mi broma echando el cuerpo hacia atrás y lanzándome una patada al pecho, sin demasiada fuerza. Agarré su pantorrilla y la sujeté sobre mis muslos. Era la misma pierna donde llevaba la pulsera, y cuando deslicé la mano hacia su tobillo para tocarla los pantalones comenzaron a apretarme bastante. Debí hacerle cosquillas, porque soltó una mezcla de risita y bufido e intentó liberarse. En lugar de soltarla le quité la zapatilla deportiva, dejando al descubierto un pie pequeño y perfecto, con las uñas pintadas de violeta, uno de sus colores favoritos.
—Quítate la otra, que me vas a ensuciar las sábanas.
—Que te den.
Tuve que forcejear con ella un buen rato, entre risas y resoplidos, hasta que conseguí dejarla descalza. El juego me excitó tanto que mi erección ya era más que visible bajo la tela de mi pantalón. Ella la vio, saltó de la cama y se agachó junto al mueble donde tenía la televisión y la videoconsola, ofreciéndome un plano sublime de su trasero.
—Va a ser mejor que juguemos a otra cosa, primo. Nuestras madres están abajo, y si suben y nos encuentran restregándonos en la cama, contigo empalmado como un burro, se van a mosquear.
Me senté y respiré hondo. Para variar, Alba tenía razón. Puso un juego de lucha (uno que sorprendentemente se le daba mejor que a mí), me pasó uno de los mandos y volvió a sentarse en la cama. Apenas habíamos comenzado el primer combate cuando escuché pasos cerca de la puerta, alguien llamó con los nudillos y cuando dije “adelante” mi madre entró. Levaba un vestido distinto, más largo y de un color más sobrio. También se había peinado, llevaba sandalias y un bolso colgado al hombro.
—Julio, nos vamos a comisaría. Papá y el tío Sancho nos esperan allí —dijo, muy seria. Mi prima y yo la miramos con expresión inocente después de pausar el juego —. Portaos bien, y si no hemos vuelto a la hora de comer pedid una pizza o algo, ¿de acuerdo?
Ambos asentimos. Mi madre se agachó para darle un beso en la mejilla a su sobrina y otro a mí. Antes de alejar la cabeza reparó en el largo cilindro de carne aprisionado por la pernera de mi pantalón. No dijo nada, pero antes de salir por la puerta me lanzó una mirada de advertencia. Una advertencia que me traía sin cuidado. No podía dejar solo a un tigre junto a un sabroso trozo de carne y esperar que no le hincase el diente.
—Joder, que elegante va siempre tu madre, con cualquier cosa que se ponga —dijo Alba, y yo me limité a asentir.
Mi prima siempre había admirado a su tía, y en más de una ocasión había dicho que de mayor quería ser como ella, casarse con un millonario y pasarse el día de tiendas o en el spa. No me gustaba que viese a mi madre como una simple mujer florero, pero tampoco podía hacer mucho para demostrar lo contrario. De repente, se me ocurrió que podía usar a mi favor la obsesión de Alba con la ropa de marca y el lujo.
Cuando estuve seguro de que mi madre y la tía Teresa se habían marchado, apagué la videoconsola y miré a mi prima en actitud conspiratoria, como si planease una travesura.
—Oye, ¿quieres ver una cosa?
—¿El qué? —preguntó ella. Levantó una ceja y ladeó la cabeza, en un gesto de sospecha muy parecido al de mamá.
—Algo que te va a encantar. Ven conmigo.
Me levanté y salí al pasillo. Con cierta desconfianza, Alba me dejó llevarla de la mano hasta el dormitorio de mis padres. La puerta estaba entreabierta, así que solo tuve que empujar y entramos. Mi prima había estado allí muchas veces, pero nunca por su cuenta. Con los ojos abiertos como platos, miraba a un lado y a otro, a los caros perfumes y las joyas del tocador, a la suave alfombra bajo sus pies descalzos, a la fina colcha de encaje blanco que cubría la cama...
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó —. ¿Es que me quieres follar en la cama de tus padres?
—No. Bueno...Tal vez, pero no estamos aquí por eso.
—¿Entonces por qué? ¿Quieres que me ponga un montón de joyas, en plan Cleopatra? ¿Eso te pone? Porque a mí no me importaría probarme...
—¡Joder, calla de una vez, pesada! Ven, sígueme.
Abrí las puertas del vestidor de mi madre, más grande que cualquiera de las habitaciones del piso donde vivían Alba y su familia, repleto de vestidos, zapatos, bolsos, etc. De nuevo le brillaron los ojos, pero no tardó en soltar un bufido.
—Bah, he estado aquí muchas veces. Tu madre siempre me enseña su ropa cuando se lo pido —Dio unas cuantas vueltas por el enorme armario, rozando con los dedos algunas prendas —. Tiene una ropa alucinante, pero es una putada que sea tan alta. No me sirven sus vestidos, ni mucho menos sus zapatos. ¡Y qué zapatos tiene! ¡Mierda! ¿Por qué tendré los pies tan pequeños?
Mientas ella maldecía su propio cuerpo (un cuerpo por el que muchas mujeres matarían), yo fui hasta la parte más profunda del vestidor, hasta un mueble lleno de anchos cajones. Le dije a Alba que se acercase y abrí uno de ellos.
—Mira, esto no te lo ha enseñado nunca, ¿verdad?
—¡Joder, primo!
Los cajones estaban llenos de lencería. Lencería fina, cara y muy variada. Sujetadores, tangas, ligueros, camisones transparentes, corpiños, ligas, medias de todo tipo. Mi prima estaba como en trance, rozando con la punta de los dedos ese amplio muestrario de imaginería erótica. Por un momento, pensé en sacar de su escondite el maletín secreto de mamá, repleto de juguetes sexuales, pero no quería que Alba viese a su tía como a una especie de ninfómana. Con la lencería era más que suficiente.
—Vamos, no te cortes. Pruébate algo —la animé, mientras ella sacaba algunas prendas del cajón y las sujetaba frente al rostro para verlas mejor, con tanta delicadeza como si estuviesen hechas de cristal.
—No me quedarían bien —dijo ella, en tono apenado —. Tu madre es altísima, joder. Además, yo tengo las tetas más grandes.
Enfatizó su afirmación irguiéndose y sacando pecho. Sus pezones se marcaron contra la tela blanca del top y tuve que contenerme para no arrancárselo.
—Eso es cierto. Parece mentira que hace solo un par de veranos estuvieses plana como una tabla.
—Ya ves. He salido a mi madre en lo de las tetas. Aunque espero no ponerme tan gorda como ella —afirmó, dándose unas palmaditas en la cadera.
—No lo creo —dije, pasándole una mano desde la cintura hasta la nalga cubierta por tela tejana —. Vas a ser una mujer impresionante, y creo que estarías impresionante si te pusieras alguna de estas cosas. Vamos... yo te he enseñado los cajones, ¿no vas a devolverme el favor?
Alba me miró de reojo, se mordió el labio en actitud pensativa y juguetona al mismo tiempo. Yo sabía desde el principio que no se resistiría a probarse la cara lencería de su admirada tía Maribel, así que me limité a esperar mientras ella seguía manipulando con cuidado algunas de las prendas.
—Está bien, me probaré algo. Pero tú sal y espera fuera.
—¿Por qué? Si ya te he visto desnuda.
Fingiendo enfado, me empujó fuera del vestidor y cerró las puertas. Yo me reí y me senté en la cama, para esperar a que hiciese su aparición. Me entretuve pensando cuantas veces mi madre habría paseado por la habitación o se habría tumbado en la cama vistiendo alguna de aquellos sensuales atuendos. Que incluso en aquella situación no pudiese dejar de pensar en mi progenitora era la prueba definitiva de que estaba obsesionado con ella.
Intenté alejarla de mis fantasías y concentrarme en lo que estaba a punto de suceder. El incidente de la cocina había supuesto un golpe para mi virilidad, un vergonzoso indicio de que quizá no estaba listo para lidiar con semejante hembra. Necesitaba recuperar la confianza en mí mismo, templar mi descontrolado deseo y entrenar mi lanza con presas menos peligrosas antes de enfrentarme al gran desafío. El sonido de las puertas del vestidor al abrirse lentamente interrumpieron mis pensamientos. Contra mi voluntad, mis ojos se abrieron al máximo y mi labio inferior se descolgó un poco cuando vi a mi prima aparecer y dar unos tímidos pasos por la alfombra.
Había elegido una de esas prendas a las que llaman “babydoll”, una especie de camisón muy corto y transparente, en este caso de color lila con encajes negros y morados (no pasé por alto que hacían juego con la pulsera de su tobillo). La parte superior contenía a duras penas la exuberancia de sus pechos y el fino tejido permitía intuir el delicioso color rosado de los pequeños pezones. La parte inferior le llegaba hasta la mitad del muslo, por lo que supuse que a mi madre apenas le cubriría las nalgas. Para completar el conjunto, Alba se había puesto unas braguitas a juego, un triángulo lila rodeado de encaje que revelaba el inicio de su rajita rasurada, sujeto a las redondeces de sus caderas por dos finas tiras negras. Giró sobre sí misma y vi que era un tanga, y que sus nalgas quedaban totalmente al descubierto. Cuando fui capaz de levantar la vista hasta su rostro me sorprendió encontrar cierto rubor en sus mejillas y un poco de timidez en su expresión. De nuevo, el contraste entre su cara de niña jugando a ser adulta y las curvas de su neumático cuerpo llevaron mi erección a ese punto en el que apenas queda suficiente sangre en el cerebro para articular una palabra.
—Bueno... ¿qué me dices? —dijo Alba, un poco confundida por mi prolongado silencio. Se puso las manos en la cintura y flexionó una rodilla, posando como una modelo —. ¿Me queda bien o no?
—Joder... Estás para comerte enterita.
Mi entusiasta cumplido le dio más confianza, me guiñó un ojo y caminó hacia el espejo, moviendo las caderas más de lo normal. Ensayó varias posturas, cada una más sexy que la anterior, flexionando las piernas, cortas pero muy bien formadas, levantando el culito con las manos en las rodillas o cruzando los brazos para que sus pechos se apretasen uno contra otro. A esas alturas, yo estaba al borde del estallido craneoencefálico. Me quité los pantalones y Alba no tardó en clavar los ojos en la venosa majestuosidad de mi verga.
—Hostia puta, primo. Parece hasta más grande que el otro día —exclamó, acercándose poco a poco a la cama.
—Bueno, los dos estamos todavía en edad de crecer, ¿no? A ti te crecen las tetas y a mí la polla.
Soltó una carcajada y se acercó todavía más. Se humedeció los labios con la punta de la lengua y se quedó de pie frente a mí, llevando los ojos de mi cara a mi entrepierna una y otra vez. Parecía a punto de tomar la iniciativa, pero no podía permitírselo. Para conseguir mi propósito tenía que ser yo quien llevase la voz cantante. Si no era capaz de dominar a esa niñata nunca podría enfrentarme a una diosa como mi madre. Dos días atrás había resultado fácil, debido a las circunstancias y a un pequeño chantaje por mi parte, pero ahora estábamos en igualdad de condiciones, solos en la enorme casa, y ella era consciente del poder que le daba su cuerpo. Borré la estúpida sonrisa que su desfile había puesto en mi boca y la miré con severidad.
—Quítate las bragas —ordené, en tono tajante.
—¿Por qué? ¿No te gustan? —preguntó. Levantó el bajo del babydoll para que las viese mejor y se contoneó en una especie de baile ondulante.
—Quítatelas. No quiero que se manchen.
Me dio un poco de pena ver su expresión triste mientras se quitaba las braguitas y las dejaba con cuidado sobre le cama. De golpe, la había devuelto a la realidad, recordándole que esa lencería de marca no era suya, y que tal vez nunca podría comprarse algo así, ni tener los zapatos, las joyas o la casa que tenía su tía. La miré de arriba a abajo, sin mostrar compasión por la repentina tristeza en sus ojos.
—Quítate esto también —dije, dando un pequeño tirón de la prenda transparente.
Frunció el ceño y abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor y volvió a cerrarla, algo inusual en mi deslenguada prima. Suspiró y se desnudó por completo. Entonces la atraje hacia mí, obligándola a montarse sobre mis muslos, le agarré el culo a dos manos, estrujando con fuerza las firmes nalgas. Comparado con el de mi madre, su cuerpo era de lo más manejable, un juguete de piel tersa con un leve olor a vainilla. Con la polla emparedada entre su vientre y el mío, la besé de la misma forma en que mamá me había besado a mí, dominando su pequeña lengua con la mía. Fue un beso largo, intenso, húmedo y ruidoso. Una de mis manos subió hasta su trenza y la obligué a echar la cabeza hacia atrás, con firmeza pero sin hacerle daño. Me miró sorprendida, jadeante y con un fino hilo de saliva colgando de su labio inferior.
—Joder, primo... pareces otro —dijo, francamente sorprendida —. El otro día no me besaste así.
—Hablando de lo que pasó el otro día —dije, mirándola a los ojos y sin soltarle el pelo —. Creo que todavía me debes algo.
—¿Que te debo algo?
—Me debes una mamada, ¿recuerdas?
—¿Qué? Ya te hice una mamada, y mi madre casi nos pilla.
Sonreí un poco al recordar el incidente, a pesar del miedo que había pasado en aquel momento. Alba parecía dispuesta a seguir discutiendo, así que la obligué a arrodillarse en el suelo tirando de su trenza.
—¡Ay! ¡Ten cuidado, idiota!
—Esa no cuenta —afirmé, ignorando sus quejas —. Quiero que me la chupes hasta que me corra.
Intentó soltarse de mi férrea presa pero no se lo permití. La obligué a acercarse más a mi verga, que cabeceaba al ritmo de su agitada respiración. Su pequeña boca se torció pero en sus ojos verdes brillaban el hambre y el deseo.
—Vale, pero no te me corras dentro, que me da asco.
—Pues te aguantas. Te lo tienes que tragar, ¿o es que quieres manchar algo? ¿Sabes lo que cuesta esa alfombra que tienes debajo?
—¡Joder, pues vamos a otra parte! —gritó, cada vez más enfadada —. Ya te he hecho el numerito de la lencería, ¿no? Pues vámonos de aquí. Yo no me trago tu lefa ni la de nadie, ¿te enteras?
—No vamos a ninguna parte. Cállate de una puta vez y empieza a mamar.
Dicho esto, me agarré la porra con la mano y le administré un correctivo a base de fuertes pollazos en las mejillas, los labios, la nariz e incluso los ojos, que cerró con fuerza. Mientras la aporreaba caí en la cuenta de que a pesar de tener las manos libres no intentaba defenderse con ellas, sino que las mantenía sobre sus propios muslos, apretando con fuerza las prietas carnes. Solo intentaba mover la cabeza hacia los lados, soltando grititos y quejidos entrecortados. En vista de que no pensaba abrir la boca, le tapé la nariz y le tiré del pelo, esta vez con intención de causarle dolor. Adelanté las caderas y su grito quedó ahogado por la ingente cantidad de carne que le introduje.
Por suerte, Alba no estaba tan loca como para intentar morderme. Cuando comprendió que no iba a sacársela de la boca por mucho que se quejase, se relajó un poco y comenzó a succionar mi glande. Me miró, con el ceño fruncido y los ojos húmedos, pero era obvio que no estaba tan enfadada como intentaba aparentar. Solté su linda naricilla y la dejé chupar a su ritmo durante unos minutos, para que se relajase. También relajé la presión en su trenza e incluso le acaricié la cabeza y la cara. Pasados unos minutos, la obligué a tragarse más de la mitad del asunto, provocándole arcadas y lágrimas que rodaron por sus enrojecidas mejillas. La saqué de golpe, recogí con los dedos la espesa saliva que colgaba de su barbilla y de mi verga y la introduje en su boca, abierta y jadeante. Se la tragó como pudo y me miró al borde del llanto.
—Ni se te ocurra vomitar —le dije, tan serio y amenazante como pude.
—Primo... Por favor... No puedo, en serio.... No hagas eso... —gimoteó ella, tratando de normalizar su respiración.
Entonces se me ocurrió un nuevo enfoque a toda aquella situación. Estaba claro que Alba no fingía; a pesar de su supuesta promiscuidad con los macarras de su barrio y de ser la amante esporádica del macarra de su hermano, no tenía tanta experiencia oral como para encajar toda la longitud de mi tranca en su garganta. Pero tal vez pudiese conseguirlo con el estímulo apropiado. Le sequé las lágrimas con el pulgar, me incliné hacia adelante y la miré a los ojos.
—Oye, Alba. Tu siempre dices que te gustaría casarte con un millonario, como hizo mi madre, ¿no? Alguien que te tuviese como una reina, sin trabajar y con dinero para comprarte todo lo que quisieras. Joyas, ropa de diseño, zapatos carísimos... Tener criadas que te lo hiciesen todo y pasarte el día de tiendas o relajándote en un spa. ¿no es así?
Mi prima, arrodillada frente a mí y totalmente desnuda, asintió sin entender a dónde quería llegar con mis palabras.
—Pues todo eso no te lo van a regalar, ¿sabes? No basta con ser guapa y estar buena, tienes que estar dispuesta a hacer cosas que tal vez no te gusten, aunque puede que algunas terminen gustándote. —Hice una pausa para ver si me entendía, y asintió de nuevo, como una alumna obediente dispuesta a obedecer a su libidinoso profesor —. Los ricos somos muy viciosos, Alba, ya lo sabes, y si quieres que uno te lleve al altar tendrás que estar a la altura. ¿Crees que tu marido te comprará un coche nuevo si le dices que te da asco su semen, o si das arcadas cuando se la chupas? De eso nada. Tendrás que tragar lo que te diga y cuando él te lo diga, dejar que te de por el culo, que te ate y te azote, dejar que te empotren cuatro negros mientras él mira, comerle el coño a la criada o lo que sea que le guste.
Alba me miraba con los ojos muy abiertos y una leve mueca de desagrado en la boca. Me levanté de la cama y caminé despacio hasta el tocador de mi madre.
—Entiendo lo que me dices, Julio —dijo. Bajó la mirada hasta sus manos, que continuaban apoyadas en los muslos —. No sé si yo podría aguantar todas esas cosas, pero... tampoco quiero terminar como mi madre, casada con un puto fontanero y comprando las bragas en el mercadillo.
Sonreí mientras abría uno de los joyeros. Me resultaba de lo más divertida la idea de adiestrar a mi prima en los sórdidos hábitos sexuales de la alta sociedad, convertir a una putilla de barrio en una zorra cazafortunas de alta gama. Sería una excusa perfecta para mantenerla sometida a mis deseos y un excelente desahogo que me ayudaría a mantener el control la próxima vez que tuviese una oportunidad con mi madre. Saqué del joyero una pulsera de oro con pedrería, una cuyo precio conocía pues yo mismo se la había regalado a mamá en su último cumpleaños, y me acerqué de nuevo a la cama.
—Mira. Esta pulsera vale mil doscientos euros. ¿Te gusta? —pregunté, sosteniendo la joya a un palmo de sus brillantes ojos.
—Ya te digo. Es preciosa.
Ante su mirada atónita, me puse la pulsera en el cipote, de forma que los finos eslabones de oro y las brillantes gemas quedaron sobre mis huevos. Ella levantó las cejas, sorprendida, y soltó una carcajada al ver mis atributos masculinos tan engalanados. Me senté de nuevo en la cama y separé las piernas, invitándola a acercarse más.
—Pues si quieres cosas bonitas y caras como esta tienes que aprender a ganártelas. Escúchame bien, si tocas la pulsera con la lengua, con la polla dentro de la boca, es tuya.
Se puso seria de nuevo, sin dejar de admirar el premio que le ofrecía. Podía ver la codicia en sus ojos, aunque sacudió la cabeza y fingió indignación.
—No voy a llevarme una pulsera de tu madre. Aunque me la des tú, sería como robársela.
—No voy a darte esta misma, tonta. Te compraré una igual o te daré el dinero, como prefieras.
—¡Oye! ¿Crees que soy una puta?
Solté un suspiro de impaciencia. Pensaba que Alba estaba entendiendo la situación, pero a pesar de su desparpajo no era tan lista e iba a tener que explicárselo.
—No quiero pagarte por sexo. Ya te follé gratis y volveré a hacerlo. Esto es una lección para que, si te ligas a un tipo con pasta, sepas como conseguir que te dé lo que quieras, ¿lo entiendes?
De mala gana, Alba asintió, se apartó de la cara un fino mechón de pelo, puso las manos en mis muslos y se irguió sobre las rodillas, de forma que su boca quedó a la altura de mi tieso manubrio.
—Vale, voy a intentarlo. Pero no me agarres la trenza ni me la metas como has hecho antes.
—Tranquila, te dejaré a tu aire. Pero ponle ganas, ¿eh?
En efecto, el estímulo en forma de resplandeciente joya hizo que su encantadora boquita se abriese al máximo para succionar mi glande con renovado entusiasmo. Hizo un par de pausas para dejar caer saliva a lo largo del tronco y lamerlo, con la intención de lubricarlo y facilitar la hazaña de engullirlo entero. Poco a poco, puso a trabajar su resistencia a las arcadas, centímetro a centímetro, sus labios bajaban cada vez más y llegaron a la mitad del trayecto en apenas cinco minutos. En ese punto mi prima comenzó a tener problemas, los sonidos que emitía al atragantarse debían escucharse en toda la casa, húmedos gorgoteos, toses ahogadas y el aire saliendo por su nariz como vapor a presión.
Al cabo de un rato paró, levantó la cabeza y cogió aire como si estuviese buceando, con los ojos enrojecidos y espesa saliva cubriendo su barbilla. Por un momento pensé que iba a rendirse, pero a pesar de todo la había subestimado. Con gesto resuelto, Alba se puso de pie, las manos aún apoyadas en mis muslos, dobló el cuerpo hacia adelante con las piernas rectas y separadas, arqueó un poco la espalda y reanudó sus esfuerzos por alcanzar la meta. En ese momento me sentí orgulloso de la pequeña Alba, y al ver como buscaba la mejor postura, el mejor ángulo para que mi verga se deslizase por su garganta. Además, en esa posición podía tocarle las nalgas, y no desaproveché la ocasión de magrear y dar unos cuantos azotes suaves en sus prietas redondeces.
Entre mis piernas, abundaban los resoplidos, los amagos de arcadas y las lágrimas, pero noté que lo estaba consiguiendo. Sus manos apretaron mis muslos con fuerza, sus rodillas temblaron un poco y sentí en la punta de mi implacable tuneladora la exquisita estrechez de su garganta. Aunque no podía verla, noté la punta de su pequeña lengua acariciando mis huevos, e incluso noté moverse la pulsera. La muy tragona lo había conseguido.
Se puso en pie de golpe, medio asfixiada, con la cara cubierta de lágrimas y babas que salpicaron sus tetas. Tosió un poco, cogió aire y su rostro se transformó con una sonrisa triunfal. Me recordó a esas actrices porno, en ocasiones no mucho mayores que la propia Alba, que sonríen a cámara con el maquillaje corrido y lefa en el pelo después de una larga sesión de sexo brusco y degradante con media docena de sementales.
—¡He... Ganado! —exclamó, dando saltitos y levantando los brazos, tratando aún de recuperar el aliento.
—Enhorabuena. Pero aún no hemos terminado.
Sin darle tiempo de terminar esa encantadora celebración que incluía dos hermosas tetas rebotando, me puse de pie, la agarré de nuevo por la trenza y la obligué a agacharse. Comencé a masturbarme furiosamente, con la punta de mi resbaladizo rabo metida en su boca. Abrió mucho los ojos cuando sintió en la lengua la primera oleada de semen, y los cerró con fuerza mientras se esforzaba por tragárselo a pesar del asco. El orgasmo fue largo e intenso, pero como había vaciado los huevos hacía apenas una hora, la descarga no fue muy abundante. Aun así, le hice tragar hasta la última gota, chupar a conciencia la punta y limpiar con la lengua cada milímetro. Me dejé caer en la cama, exhausto, me quité la pulsera y se la ofrecí. Todavía tragando saliva para eliminar de su garganta los restos viscosos del nutritivo almuerzo que le había proporcionado, Alba la cogió sin pensarlo dos veces y se la acercó a la cara.
—Mierda, se ha manchado de babas —dijo, con la voz algo espesa —. La limpiaré bien y volveré a meterla en el joyero.
Incluso para mí, la escena resultaba casi surrealista. Tumbado en la cama de mi madre, recuperándome después de una monumental corrida, mientras mi prima, completamente desnuda, limpiaba una joya con un pañuelo sentada junto a mí. Cuando terminó, guardó también la lencería y se aseguró de que todo estaba limpio y en orden. Se vistió y se quedó de pie junto a la cama, mirándome con los pulgares metidos en los bolsillos de sus diminutos shorts tejanos, con los ojos todavía enrojecidos y una sonrisa traviesa en la boca.
—Te compraré una igual, descuida —dije, mientras me esforzaba por ponerme los pantalones.
—La verdad es que prefiero el dinero —dijo, sin vacilar un instante —. La pulsera no podría ponérmela, porque si la viese mi madre me preguntaría de dónde he sacado algo tan caro. Pero el dinero puedo esconderlo y gastármelo poco a poco sin que se de cuenta.
—Qué lista eres, prima. Y qué puta.
Tras soltar uno de sus rotundos insultos, me dio un empujón que me hizo caer de nuevo de espaldas sobre la cama, se dio media vuelta y se fue de la habitación riendo y dando alegres saltitos.
CONTINUARÁ...

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