24 abril 2023
22 marzo 2023
EL TÓNICO FAMILIAR. (18)
Por supuesto no dejaba de pensar en lo bien que lo habríamos pasado mamá y yo solos en el pinar y aún me dolía recordar la decepción mal disimulada en su voz cuando cancelé el plan. También pensaba, mientras conducía a Klaus en silencio, en nuestra onírica luna de miel y en la horrible pesadilla que la siguió, cuyas grotescas imágenes por suerte se desvanecían poco a poco en mi mente.
Durante todo el día tuve que reprimir las ganas de llamarla, e incluso de ir a la ciudad y presentarme en casa con la esperanza de que estuviese sola, o repetir la hazaña de llevármela frente a las narices de mi padre, de nuevo al cine o directamente a un motel. Pero conseguí contenerme, ya que la seguía culpando de mi alterado estado mental. Hablando de eso, mi viejo amigo el hachís me estaba ayudando bastante y me encontraba más tranquilo y centrado (dentro de lo que cabe). Los efectos del tónico en mi organismo habían desaparecido por completo y ya pensaba que el portentoso brebaje era cosa del pasado (me equivocaba, para variar).
Con mi abuela la situación había regresado a un engañoso remedo de normalidad. A simple vista cualquiera habría pensado que éramos una atractiva señora de pueblo y su nieto conviviendo sin más, con un trato afectuoso, sin ningún secreto bajo la alfombra, mostrando quizá una complicidad poco habitual entre una mujer de cincuenta y tantos (lo creáis o no, nunca he llegado a saber su edad exacta) y un joven de diecinueve, pero sin indicios de una relación inapropiada entre parientes de sangre. Obviamente, el secreto bajo la alfombra abultaba tanto que tarde o temprano tropezaríamos con él. Mi deseo hacia ella no había disminuido en absoluto y sospechaba que ella echaría de menos mis lúbricas atenciones antes de que se cumpliese la semana de castigo.
Aquel caluroso martes volví a casa antes de lo habitual gracias a la inesperada benevolencia de la alcaldesa, quien me dio el resto del día libre después de llevarla a la mansión. Mi abuela se alegró al verme llegar horas antes de lo habitual y celebró con encantadoras sonrisas y besos en la mejilla el simple hecho de que pudiésemos comer juntos. Me había castigado sin fornicio durante una semana, pero no había regresado a sus antiguas costumbres en cuanto a indumentaria doméstica, sino que mantenía esa actitud más relajada y sensual que había adoptado gradualmente desde que comenzase nuestra relación secreta. Mi pelirroja anfitriona no llevaba sujetador bajo su ligera bata floreada y mientras cocinaba, canturreando y dando sorbitos a un vaso de vino blanco, moviéndose con despreocupada gracia sobre sus pies descalzos, las tetazas temblaban bajo la tela como dos enormes flanes y con cada leve cambio de postura la rotundez de sus nalgas adoptaba distintas formas, cada una más llamativa y deseable que la anterior.
Sentado a la mesa y bebiendo cerveza, conseguí portarme bien y aceptar mi condena, conteniendo las ganas de acariciar y lamer todas y cada una de las pecas de su suave piel, saborear su lengua y sus pezones, enterrar mi verga entre los pálidos y robustos muslos y sentir la acogedora calidez de su coño. Pero me conformé con mirarla y charlar amistosamente, lo que bastó para alejar mi mente los problemas con mamá y demás tribulaciones, cosa a la que también contribuyó el porro que me había fumado antes de entrar en la casa.
21 noviembre 2022
13 septiembre 2022
EL TÓNICO FAMILIAR. (17)
presión en el pecho y un nudo en la garganta. Me senté en la cama y la vi de pie cerca de la ventana, en toda su espectacular desnudez, brillante por el sudor y con sus bonitos ojos verdes enrojecidos por el llanto. La forma en que me miró me partió el corazón. Una mirada de reproche y rabia, con un matiz de compasión que me desarmó. A pesar de todo, era incapaz de odiarme. Me levanté y caminé hacia ella. Extendí una mano para coger la suya e intenté parecer lo más arrepentido posible.
29 julio 2022
14 julio 2022
EL TÓNICO FAMILIAR. (16)
—Carlos, joder... Deja de hacer el tonto. Dámelas de una vez.
Pensando a toda velocidad, intentando recordar, solo pude esbozar una sonrisa estúpida ante la mirada impaciente de mi madre, que ya había empezado a dar golpecitos con el pie en el suelo. Si me la jugaba y elegía el bolsillo incorrecto, la situación daría un giro que no podría manejar de ninguna forma.
Una gota de sudor resbaló despacio por mi frente. Mamá entornó sus bonitos ojos y pude intuir que comenzaba a sospechar que ocurría algo. Si fallaba en mi elección no volvería a probar esos labios, ni a sentir sus maravillosas y suaves piernas alrededor de mi cintura, ni a acariciar aquellas nalgas de gimnasta, tan firmes y redonditas, y tan diferentes a las de su suegra, mullidas y excesivas... ¡Eso era! Ya tenía la clave para salir del atolladero en el que me había metido mi recalentado cerebro. Las braguitas de mi madre eran mucho más pequeñas que las de la abuela.
—¿Se puede saber qué te pasa? Deja de mirarme como un idiota y dame las putas bragas. Vas a hacer que me enfade de verdad, ¿eh?
Llevé ambas manos a mis propias posaderas y con disimulo palpé el contenido de mis bolsillos traseros, notando el volumen de las prendas bajo la tela tejana. El derecho abultaba menos, así que introduje los dedos, agarré un trozo de fina tela y tiré. Casi me desmayo de puro alivio cuando levanté el brazo y las delicadas bragas moradas de mi madre se balancearon entre su rostro y el mío.
—¿Qué haces? Trae acá —dijo, antes de arrebatármelas a toda prisa y meterse en la parte trasera del Land-Rover.
Tras comprobar que no había nadie en los alrededores se las puso con un único y diestro movimiento que levantó durante un instante su falda hasta las caderas, regalándome una sensual estampa por última vez en ese día. Volvió a bajar, más relajada, y nos sentamos a esperar. Le cogí una mano, hizo un gesto más bien cómico de fingido enojo, pero no rechazó mi contacto. Al fin y al cabo, no tenía nada de malo que una madre y su hijo se cogiesen de la mano. Por lo demás, después del frenético polvo y devuelta a su lugar la prenda íntima, nuestro aspecto y actitud no revelaban nada inapropiado.
—¿Quieres que te lleve a casa? Podrías venirte a pasar el día en la parcela y por la noche te traigo de vuelta —propuse, pues no me agradaba la idea de separarme de ella.
—No. Tengo muchas cosas que hacer —respondió. Por su tono y el matiz nostálgico de su mirada sospeché que en el fondo tampoco quería alejarse de mí—. Además, no quiero dejar a tu padre solo sin avisarle.
—Seguro que ni se daría cuenta de que no estás.
—Carlos, no empieces...
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