04 febrero 2026

Fotos de familia.


C
uando era adolescente me encantaba pasar los sábados con mis abuelos. Mis padres trabajaban, y mi enervante hermano pequeño se quedaba en casa de mis tíos con mis también insufribles primos, así que estábamos los tres solos. Comíamos juntos, y les escuchaba hablar sobre los últimos cotilleos del barrio o comentar alguna noticia del telediario que zumbaba en la televisión.

  Yo por aquel entonces era poco hablador y apenas participaba en la conversación, anhelando que terminase la comida para irme a la habitación que había sido de mi tía y que yo había redecorado y utilizaba como refugio aquellas agradables tardes. Mientras el abuelo roncaba en el sofá y la abuela se sumergía en el argumento de algún telefilme cutre basado en hechos reales yo pasaba las horas jugando a la videoconsola, leyendo cómics y haciéndome alguna que otra paja.

   Como la habitación tenía pestillo no tenía que preocuparme por ser sorprendido con las manos en la masa, así que me recreaba, mucho más relajado que en cualquier otro lugar. A veces incluso me desnudaba por completo, tumbándome sobre la colcha que la abuela mantenía siempre suave y fragante. Por aquellos tiempos no era tan fácil conseguir pornografía cómo hoy en día, y a no ser que algún compañero de clase me prestase con extrema discreción una revista guarra o una cinta de vídeo con alguna peli porno grabada del Canal Plus, mi material masturbatorio se limitaba a catálogos de lencería, revistas de moda o las pantorrillas de alguna presentadora de la tele. Pero de vez en cuando los abuelos salían después de comer, a cumplir con algún compromiso social o simplemente a dar un paseo, dejándome solo, y entonces la cosa cambiaba.

   Salía de mi refugio, a veces sin pantalones, y buscaba cualquier cosa que pudiese estimularme sexualmente, cosa que por aquel entonces era bastante fácil pues me ponía cachondo hasta con los maniquíes de los escaparates. Mi primera parada solía ser la habitación de mis abuelos, concretamente los cajones donde la señora de la casa, la cual tocaba con mucho cuidado, fascinado por su tacto y por su olor a lavanda. En el último cajón había algunas prendas particularmente provocativas para una mujer de 68 años, aunque aparentase menos y todavía fuese una mujer enérgica y atractiva, entre las que destacaba un salto de cama transparente adornado con encajes y cintas rojas.

   Otra de mis fuentes de alimento erótico eran los numerosos álbumes de fotos que mis abuelos tenían en la sala de estar. Mi abuelo siempre había sido muy aficionado a la fotografía, y nunca desaprovechaba la ocasión de echarse al rostro su cámara. En aquellas gruesas páginas protegidas por plástico transparente buceaba buscando alguna imagen que pudiese hacerme llegar al clímax o al menos dejarme en las cercanías. Me encantaban las fotos de bodas, bautizos y comuniones, todo un festín de piernas con elegantes medias, vertiginosos tacones, generosos escotes y sonrientes rostros maquillados. No me incomodaba que aquellas mujeres fuesen mis tías, primas, mi madre o mi abuela; en mis fantasías no existían los tabúes, y simplemente disfrutaba contemplando sus cuerpos hermosos y sensuales dejando que mi imaginación añadiese lo que la tela no dejaba ver.

   Cierto día, ojeando uno de los álbumes menos frecuentados por mis lujuriosas manos me topé con una foto que hasta entonces me había pasado inadvertida: en ella aparecía mi tía, la hermana mayor de mi madre, con unos veinte años, vestida con una minifalda tejana y sentada con las piernas cruzadas en el banco de un parque. El descubrimiento merecía sin duda una buena corrida, así que me encerré con el álbum en el cuarto de baño, lo coloqué cuidadosamente sobre el lavabo y comencé a tocarme mirando los rollizos muslos de mi tita. Cuando estaba a punto de correrme hice un movimiento brusco con la mano y el álbum cayó al suelo, rebotando con una de sus esquinas. El impacto hizo salir despedida una foto antigua que se encontraba oculta en el forro de la cubierta. Me agaché, rezando para que la cubierta no se hubiese dañado, y me acerqué al rostro la foto oculta.